“El ómnibus que me llevaba a la escuela era un Mercedes Benz anciano adornado con el arte del fileteado porteño, símbolo de una Buenos Aires que respiraba historia en cada esquina. El vehículo, con sus curvas decoradas y colores vibrantes, parecía un dragón dormido que, al despertar cada mañana, continuaba su eterno recorrido por la ciudad.” Huesos del Silencio (pag 9)

Lucas Joaco y Gabriel nos cuentan un poco del fileteado pórteño
En una mesa de café en el corazón de San Telmo, tres amigos de toda la vida, Lucas, Joaco y Gabriel, se reunían como no lo hacían desde hacía más de dos décadas. Ya entrados en los sesenta, el tiempo había teñido sus cabellos de gris, pero su espíritu seguía siendo el mismo de aquellos días jóvenes, cuando Buenos Aires era su patio de juegos.
Mientras saboreaban un cafecito y mordían unas medialunas doradas, la conversación tomó un giro nostálgico, como solía ocurrir cuando se trataba de su ciudad. Esta vez, el tema era el fileteado porteño.
«Che, ¿te acordás cuando el fileteado era parte del paisaje de Buenos Aires?» preguntó Lucas, su voz cargada de una melancolía que solo el tiempo puede conferir. «Me vienen a la mente imágenes de Junín o Chascomús… Los carros tirados por caballos, los carteles del almacén, todos adornados con esos detalles tan coloridos y elegantes. Era imposible no notar su presencia, ¿no?»
«¡Cómo no me voy a acordar!» exclamó Joaco, con un brillo en los ojos que delataba su pasión por ese arte. «Era como si los colectivos mismos le dieran vida a las calles de Buenos Aires. Esos firuletes, las flores, los dragones… eran verdaderas obras de arte en movimiento. Lo que más me fascinaba eran los colores fuertes y esas sombras que les daban un efecto tridimensional, casi como si fueran a saltar del metal.»
Gabriel, el más meticuloso de los tres, dejó su taza en la mesa y añadió, como quien comparte un secreto: «Y pensar que todo empezó allá por el siglo XIX, en un taller de carrocerías en la Avenida Paseo Colón. Dos pibes italianos, Vicente Brunetti y Cecilio Pascarella, decidieron darle un toque de color a un carro gris. Esa travesura inocente resultó ser un éxito, y lo que comenzó como una chispa de creatividad se convirtió en una tradición que, al final, moldeó parte de nuestra identidad porteña.»
Lucas asintió, recordando los días en que los colectivos fileteados dominaban las calles. «Es cierto, y con el tiempo, el fileteado no solo decoraba carros; también embellecía camiones, colectivos y hasta las paredes de la ciudad. Esos colectivos eran una maravilla, aunque recuerdo que en los años setenta una ordenanza casi acaba con esa costumbre. Pero el fileteado es como el tango: no se deja morir tan fácilmente.»
«¡Sí!» interrumpió Joaco, emocionado. «El fileteado sobrevivió, se reinventó y hoy lo ves en todas partes: cuadros, tatuajes, ropa, hasta en botellas de vino. ¡Incluso fue declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en 2015! Un reconocimiento que, si me preguntás, tardó en llegar.»
Gabriel, atento a los detalles, comentó: «El fileteado es más que una decoración, es una expresión de nuestra identidad. Los mensajes y frases que lo acompañan, como ‘A Dios bendigo la suerte de ser… ¡Argentino hasta la muerte!’ o ‘La vida es como la cebolla, hay que pelarla llorando,’ reflejan nuestra filosofía, nuestra forma de enfrentar la vida con humor y resiliencia.»
Joaco soltó una carcajada, recordando algo gracioso: «¿Sabés cuál vi el otro día? ¡LTA de Maradona! ¡Ese sí que es un mensaje directo!»
Lucas se unió a la risa, pero luego volvió a su tono más reflexivo. «Y no olvidemos a los grandes maestros fileteadores,» dijo, volviendo a encauzar la conversación. «Miguel Venturo, por ejemplo, fue fundamental en la evolución del estilo. Introdujo nuevos motivos, como esos pájaros que parecen volar y los dragones que surgen del metal como si estuvieran vivos. Y, más recientemente, artistas como Martiniano Arce y Jorge Muscia han llevado el fileteado a un nivel completamente nuevo, logrando reconocimiento internacional y poniendo el arte porteño en el mapa mundial.»
La charla continuó entre risas, anécdotas y un segundo café, mientras los amigos recordaban cómo el fileteado porteño no solo embelleció la ciudad, sino que también se convirtió en un símbolo de la cultura y la historia de Buenos Aires.
«Al final,» concluyó Lucas, con una mirada que abarcaba las calles de su querido barrio, «el fileteado es como un tango pintado, un arte que refleja el alma de Buenos Aires. Es la historia de nuestra ciudad escrita en colores vibrantes, una historia que nos pertenece a todos y que, al igual que nosotros, ha sabido resistir el paso del tiempo.»
Borges y el fileteado
Jorge Luis Borges, uno de los escritores más célebres de Argentina, mencionó el fileteado porteño en varias ocasiones, resaltando su singularidad y riqueza cultural. Borges se refirió a las frases del fileteado como «la sabiduría de lo breve» y destacó cómo estas inscripciones en los carros y vehículos de Buenos Aires reflejaban la idiosincrasia y el espíritu popular de la ciudad
En su ensayo «Séneca en las orillas» publicado en la revista Sur en 1931, Borges dedicó palabras a esta práctica artística, describiendo una inscripción en particular que lo intrigó: «No llora el perdido». Este tipo de frases, con su estilo conciso y a menudo enigmático, capturaron su interés y el de otros intelectuales de la época, como Xul Solar (Buenos Aires Gobierno).
Borges también mencionó cómo el fileteado, con sus colores vibrantes, espirales y motivos decorativos, se integró al paisaje urbano de Buenos Aires, otorgando a la ciudad una estética distintiva y un sello de identidad cultural porteña(Turismo Buenos Aires) (Ser Argentino).
Jorge Luis Borges valoró el fileteado porteño no solo por su aspecto decorativo, sino también por su capacidad de transmitir sabiduría popular y reflejar la identidad de Buenos Aires. Este arte, que comenzó como una simple ornamentación para carros, ha evolucionado hasta convertirse en un emblema cultural reconocido mundialmente
«Vuelvo a las inscripciones clásicas. La media luna de Morón es lema de un carro altísimo, con barandas ya marineras de fierro, que me fue dado contemplar una húmeda noche en el centro puntual de nuestro Mercado de Abasto, reinando a doce patas y cuatro ruedas sobre la fermentación lujosa de olores.»»Qué le importa a la vieja que la hija me quiera es de omisión imposible, menos por su ausente agudeza que por su genuino tono de corralón.»
Puedes leer el ensayo completo en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes)(Borges todo el año).






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