Relatos desde Huesos del Silencio


«Mientras espera, una canción se cuela en el aire. El chofer ha puesto en la radio Seminare, de Charly García, una melodía que resuena en su estado de ánimo; la voz del artista entrelazándose con sus propios pensamientos.

No hay fuerza alrededor, no hay pociones para el amor. ¿Dónde estás? ¿Dónde voy?
Porque estamos en la calle
de la sensación, muy lejos del sol que quema de amor…

A medida que avanza el 60, las calles de Buenos Aires desfilan ante sus ojos como un caleidoscopio urbano; cada esquina, un recuerdo; cada fachada, una historia que él conoce tan bien. En el fondo, la letra de la canción de García no deja de repetirse, marcando el ritmo en su corazón preocupado.» (pag 67)


El abrazo y la tormenta


Gabriel acomodó sus libros sobre el banco de la plaza. Sabrina lo miró sin decir nada. Un mar de personas a su alrededor y la brisa de la primavera jugaba con los cabellos de ella.

—¿Día difícil hoy, no? —preguntó Gabriel, sosteniéndole la mano.

Ella siguió sin decir nada.

—“No hay fuerza alrededor, no hay pociones para el amor” —le cantó.

Ella sonrió.

—¡Ahora me vas a pedir que te haga la segunda! —dijo Sabrina.

—¿Dónde estás?, ¿dónde voy? —cantaron juntos.

Dos palomas grises, buscando pan, los miraron curiosas.

Gabriel se distrajo un instante mirando el final de la calle.

—¿No te pasa que es como que buscás y no sabés qué? —le dijo.

Ella suspiró. Acomodó su crucecita de oro que le había regalado su abuela. La colgaba como un simple detalle sobre su polera blanca. Prestó atención a las manos de Gabriel que tanto le gustaban. En su mente resonó la canción: “Porque estamos en la calle… de la sensación”. Se puso un poco triste y él se dio cuenta.

Por la esquina de la plaza un Falcón verde se estacionaba. El humo de un cigarro se escapó por la hendija de la ventana. Las palomas huyeron volando sobre el techo. Una de ellas detuvo su mirada en el hombre con lentes negros. Este solo observaba, pero logró escucharlo:

—¡Este es el mocoso! —dijo el hombre, bajando más la ventana.

La paloma, sabedora, volvió sobre su vuelo. Valiente, se sentó en el borde del asiento de la plaza.

Sabrina y Gabriel, absortos en su amor e inocentes del aire de Buenos Aires.

—¿Sabés algo? No es como la canción —dijo Gabriel de pronto.

Ella lo miró desconcertada.

—“Te doy pan, querés sal

Nena, nunca te voy a dar

Lo que me pidas” —le cantó, entonado.

Le tomó las manos y le dio un beso dulce en la mejilla. Con una sonrisa amplia, le dijo:

—Yo te voy a dar lo que me pidas.

La brisa trajo el olor de las flores del vendedor de la esquina. Y el sol los quemaba de amor.

La paloma, como último riesgo, se abalanzó sobre ellos. Riendo y escapándose de ella, se fueron de la plaza. Una tormenta repentina dejó caer las primeras gotas sobre pelo de Sabrina. Gabriel la protegió con un abrazo eterno.




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