Me tocó el turno noche. Suerte que estoy cerca. Conseguir ese cuarto a pocas cuadras me resultó bárbaro. Me froté el entrecejo. La máscara me fastidia.
No puedo volver a casa… estando la beba y mis viejos.
—Doctorcito, ¡tengo un cuarto a dos cuadras! No regrese a su casa con este bicho de mierda —me soltó seria la jefa de enfermeras de la unidad de terapia intensiva.
¡Cómo me divertí ese día!
—Sos un ave de presa —le espeté con voz grave, remarcando las “s”.
Ella nunca queda desprovista de médico. Hace diez años que nos conocemos.
Sentí correr el agua entre mis dedos. Observé la ruta de las burbujas jabonosas hasta el desaguadero.
Recordé mi primer día de residencia. Ya estaba Raquel. Creo que es jefa desde que nació.
Con los zánganos de los otros residentes le tarareábamos: “Vení, Raquel, vení con los muchachos”.
Nunca sonrió, pero sé que lo disfrutaba.
La busqué en la puerta para que me asistiera con los camisolines. Teníamos un mantra antes de entrar a la sala de UTI COVID.
Yo la veía y le comentaba:
—Pero Raquel, vos estás en grupo de riesgo.
—No me hagas reír, nene. ¿Viste a alguien más por acá?
Y bromeábamos.
En la puerta no había nadie. Revisé a mis espaldas. Costaba moverse con tanta ropa.
—Doctor, el paciente de C14 está saturando muy mal.
Entre la máscara y el traje casi espacial, descifré los ojos de Pedro.
—¿Qué hacés, Pedrito? ¿Y Raquel?
—Tiene el día libre hoy…
El sonido de los monitores parecía una macumba. Una colega me indicó el monitor, y sí: no saturaba un carajo.
Me coloqué en la cabecera del paciente. Le acaricié el rostro.
—Ya va, papito, ya va. Tranquilo.
Agarré el laringoscopio, traccioné la cabeza y el tubo se deslizó como una bala.
Pedrito alzó el pulgar. El bip de la línea azul del monitor brincaba de lo lindo.
Me sostuve de la cama al notar la luz emerger de la pantalla como un rayo.
Curiosa, marchó junto a Pedrito.
—Doctor, acompáñeme, este nuevo caso lo necesita.
Tomé la carpeta. No logré descifrar bien el nombre. Quince años.
—Quince y embarazada —añadió mi compañera, la única ginecóloga que resistía en la pandemia.
Mis pies como garras en los zapatos.
—El bebé, bien —prosiguió.
Observé el oxímetro. Todavía no.
Apunté mi nombre en un papel: Javier.
La niña adivinó mis ojos entre la escafandra y festejó.
—¿Le administro heparina de bajo peso molecular? —consultó Pedro.
Asentí.
Alguien de la consola nos convocó urgente. Al acudir me dieron el teléfono.
—Sí, soy yo. Jefe de guardia de hoy.
El destello azul jugueteaba con el cable del teléfono y me forzó a separar el auricular.
—Quieren una cama para el suegro del gobernador —le expliqué a Pedro.
Recorrí la sala: atiborrada. No había más ventiladores ni espacio.
—Sacáselo a un viejo… no seas pelotudo —escuché en la voz del teléfono.
Le colgué.
—Si vuelve a llamar, decile que estoy ocupado.
Pedro levantó el pulgar y me dijo:
—El paciente ya ingresó por guardia… Ramírez lo admitió.
La consola se abrió y mi colega, apurada, me gritó:
—Javier, la nena no satura. Hay un solo respirador disponible.
El ruido de las puertas de ingreso nos sorprendió. Un grupo de enfermeras arrastraba una camilla.
¿Quiénes son para acceder así? Me aproximé y mi alma se desplomó.
El suero en su mano. La máscara no cubría sus ojos.
—Pichón, no podía dejar de venir —me susurró.
Me desbordé de lágrimas.
—Qué sos jodida, Raquel… no parás de darme trabajo.
La instalaron al lado de la piba.
Sobre ellas, el cuadro de la enfermera con un gesto de hacer silencio.
Lo contemplé. Cuando era chico, mi madre me afirmaba que era ella. Y para mí, lo era.
La luz saltarina recorrió el marco del cuadro.
—Doctor, Ramírez insiste con el recomendado, que no puede quedarse en la guardia —dijo Pedro.
Me acerqué al teléfono.
—Escuchame, gil, no quedan camas ni respirador. ¿Qué querés que haga, que lo meta en el baño?
Silencio.
—Hablá con la gente del gobernador, que consigan un respirador y lo lleven a Neonatología.
Me sujetaron del brazo.
—Doctor, Raquel no satura nada.
Me vino a la mente mi vieja preparando canelones.
Su ausencia después del accidente.
El monitor de Raquel y el de la nena batallaban.
Esos sonidos únicos.
La mano de Raquel me buscó y, con una gota de aire, me sopló:
—La C15 es prioridad. Son dos vidas. Si no hacés las cosas bien, vengo después de la muerte a tirarte las bolas.
No pude besarla.
Corrí a la cama de la piba.
Pedro y las enfermeras le sujetaban la mano a Raquel.
Usé el tubo en la niña y entró fácil.
De reojo, divisé la última bocanada de Raquel.
Como siempre, le hice caso.
La luz azul se apartó de su cuerpo.
Flotó entre ambas camas, indecisa.
Se inclinó primero hacia la nena, rozó su vientre donde latía la vida, y después regresó hacia Raquel, que ya no luchaba.
Pasó cerca de mí y me rozó el alma.






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