Afuera, Roma seguía su curso. Las campanas doblaban como si el alma de Francisco pudiera volar por encima de todo esto. Pero yo me quedé pensando en las tumbas, en quién tiene derecho a llorar y en los muertos que nunca pudieron despedirse. 

El recorrido de las palomas sobre la plaza, en ese viaje eterno sobrevolando el cadáver, me llamó la atención tanto como la monjita que lo custodiaba. Vimos memes y dibujos animados al respecto. 

Pero una imagen me impactó aún más. Ver al cardenal Juan Luis Cipriani Thorne mirando, atrevido, el rostro de quien lo había expulsado de esa Iglesia. Me pregunté si Cipriani también lloró. Me pregunté si alguna vez pidió perdón. 

Me lo imagino frente al espejo del baño, afeitándose, ese día en Roma. Esa sensación única de la impunidad que te permite gozar de la muerte de tu enemigo. 

Ese sábado veintiséis de abril, cerca de las diez de la mañana, comenzó el funeral del Papa Francisco. Calculo que una parte —pequeña o no— de la humanidad sintió pena. 

No voy a repetir quién era. Los que lo conocieron ya lo saben, y los que no: ¿qué importa? 

Es cierto que me quedé unos minutos mirando sus zapatos negros. Los de siempre. Algunos viendo símbolos, otros reclamando el oro del Vaticano. 

Pero, ¿saben? No voy a hablar de eso. 

Voy a hablar de los abusos. De que este hombre, el hoy fallecido Papa Francisco, tuvo la valentía de poner sujeto y predicado. 

Voy a hablar de un cardenal de origen peruano y de una congregación llamada el Sodalicio. 

Juan Luis Cipriani Thorne nació el 28 de diciembre de 1943 en Lima. Tenía once hermanos, dentro de una familia blanca y acomodada del Perú. A los 34 fue ordenado sacerdote. 

Casi al mismo momento se funda el Sodalicio de Vida Cristiana. Era 1971 y comenzaban las andanzas de su fundador, Luis Fernando Figari. 

Una época difícil para los peruanos y para casi toda Latinoamérica. Con golpes de Estado y terrorismos de todo tipo. En medio de ese dolor fue nombrado obispo en una región afectada por Sendero Luminoso: Ayacucho. 

A esta altura de nuestra vida, ya sabemos que de las ideologías lo único que queda son nuestros muertos. 

Si el ejemplo es Cristo, no como referente religioso sino como hombre. 

Si esa vida entregada a los demás fuera el faro de quienes dicen propagar su voz, por lo menos uno esperaría compasión por el otro. 

Pero no. La Comisión de la Verdad y Reconciliación del Perú señaló que Cipriani no apoyó el trabajo de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos y que, en ocasiones, se expresó en contra de sus actividades. 

Parece que la memoria nunca le vino bien. 

De esos años es la primera denuncia de abuso sexual que tiene Cipriani. Una persona que tiene 58 años hoy. Pero seguro se sentía el adolescente ese día, siete años atrás, cuando tomó valor y le escribió una carta a Francisco. 

Y, como siempre, alguno de ustedes dirá: ¿tantos años tardó en hablar? 

Bueno, hablemos de impunidad. Y no solo de la Iglesia. No, señores: también es falta de justicia que se consigue… con dinero. 

Nuestro personaje ignoró a las primeras víctimas que acudieron al arzobispado de Lima para denunciar los abusos del Sodalicio. 

Bueno, era de esperar. Entre bomberos no se van a pisar la manguera. 

Cuando estalló el escándalo en 2015, tras la publicación de un libro de los periodistas Paola Ugaz y Pedro Salinas, las víctimas llevaban cuatro años sin recibir respuesta. 

¿Y usted qué haría? 

Si hablamos del dinero, a lo largo de los años el Sodalicio acumuló un vasto patrimonio estimado en hasta mil millones de dólares. Inversiones en sectores como educación, minería, agricultura y bienes raíces, tanto en Perú como en el extranjero. 

Mirá si había sobres para tapar voluntades. 

Para que quede más claro, uno de los últimos actos del Papa Francisco fue suprimir todas las organizaciones fundadas por Figari. 

El Sodalicio reconoció 98 víctimas. Treinta y siete de ellas por abusos sexuales; diecisiete, cuando eran menores de entre once y diecisiete años. 

Les sugiero que, si son padres, se levanten y vayan a ver a sus hijos. Porque hay algo que es clave: uno no espera que quien debe cuidarte te viole. Y menos que luego se pasee impune por las calles. Y lo peor: en un funeral. 

Así fue. Juan Luis se paró frente al féretro. 

Seguro las palomas no sabían qué hacer. 

Mantuvo una mirada seria, con sus manos entrelazadas. 

La sotana negra y la cruz pectoral —que el propio pontífice le había prohibido llevar tras denuncias de abuso sexual— se movió incómoda. 

Seguro no quería estar ahí. 

Y lo peor es que nadie hizo nada. 

Los compañeros de Bergoglio brillaron por su ausencia. Nadie lo sacó. 

El cuervo se quedó. Insolente. Envalentonado. 

No me imagino a las víctimas. 

Pero seguro están representadas por la monjita. 

¿Qué otra cosa te queda por hacer que mirar eternamente a quien, por lo menos, intentó tener compasión con el dolor de otro.? 

Gustavo Lorenzo Moretta


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