Thep alzó las manos para cubrirse del sol del atardecer, que se resistía a irse como un niño travieso.
El canto de los pájaros cruzando el Nilo lo hizo reír.
—Son las viejas del templo que no dejan de hablar —le dijo el otro día su hermano, y ambos estallaron en carcajadas.
Llevaba en su bolsa las herramientas que el abuelo de su abuelo había tallado con sus propias manos. A los seis años, Thep ya sabía escribir el calendario en piedra: diez días, una semana.
Trazar una línea recta con profundidad constante era difícil; más aún, girar a tiempo para formar un cilindro perfecto.
Pero su familia había sido elegida por los dioses. Todos lograban la línea tras veinte intentos. Él, desde la primera vez.
Ayer le habían dicho que durante los próximos diez años escribiría en las paredes del templo del Faraón.
Él debía elegir a veinticinco artesanos de la piedra.
Ingresó al templo sin llamar la atención. Los sacerdotes estaban en la sala lateral y varias personas traían las ofrendas.
Fue a la pared lateral izquierda y se quedó maravillado frente a la imagen del dios Amón-Ra.
—Qué colores maravillosos —dijo en voz alta.
—Esos colores solo los sabía hacer tu abuelo —le comentó su padre.
Thep giró, emocionado. Hacía cinco años que no lo veía. Había estado en el Valle de los Reyes escribiendo las paredes de Ramsés.
Cuando le preguntó a su madre dónde quedaba, hubo un silencio, y con sus ojos le dijo que nadie sabe.
Miró las arrugas en los ojos delineados de azul intenso de su padre.
Lo abrazó como nunca, con miedo a perderlo de nuevo.
—Querido Thep, ¿cómo está tu pulso? —le dijo su padre, tomando el brazo musculoso de su hijo.
Él no respondió de inmediato. Miraba la pared con una mezcla de admiración y vértigo.
El sol juguetón iluminó el azul de los ojos de Amón-Ra.
La brisa trajo el olor a mirra.
—¿Y cómo lo hacía? ¿Cómo logró esos colores? —preguntó.
—No lo sabía él solo —dijo el padre, apoyando una mano en su hombro—. Nadie lo hace solo. Estas paredes son como un panal, hijo mío.
Unas pequeñas abejas se movieron sincronizadas con las manos del padre, que eran igual a las del abuelo de su abuelo.
Unos niños pasaron silenciosos y miraban curiosos el diálogo.
—¿Toda esta pared es nuestra, papá? —preguntó Thep, extendiendo sus brazos.
El padre, sorprendido por lo largo que estaba su hijo, sonrió.
—Estás grande. Mira la cantidad de pelo en las axilas.
Thep se sonrojó.
—Cada familia de artesanos como la nuestra deja aquí lo que sabe. Lo que aprendió. Lo que sueña.
De lejos, la figura del dios Athop los miró fijo.
—Los jeroglíficos… no son del Faraón, Thep. Son de todos nosotros —dijo el padre.
—¿De todos?
La brisa se coló entre ellos con olores a lavanda.
Athop, sin ser descubierto, giró su cabeza de piedra, dispuesto a todo.
—Sí. No firmamos. No necesitamos. Esto es más que arte. Es legado —dijo el padre.
Thep recordó a su abuelo haciendo los cinceles y guardándolos para los hijos de sus nietos en una caja de papiro.
—¿Sabes, Thep? Es nuestra forma de rezar y de recordar.
El tiempo se hizo uno, y su padre continuó la frase:
—Cuando tú escribas aquí, Thep, no serás tú. Serás tu abuelo, tu bisabuelo, y todos los que vinieron antes. Tallarás con sus manos.
El dios Athop esperó.
Thep tragó saliva. Sintió, por primera vez, que el cincel en su bolsa pesaba como si contuviera todos los siglos del mundo.
El padre de Thep miró a su hijo con algo de preocupación.
—Todo lo que hacemos es por y para nuestros dioses —aclaró Thep.
El dios de la sabiduría, Athop, asintió, pero no se quedó tranquilo.
—El azul tiene sus secretos también —rió el padre.
Athop rió también.
“A mí me gustaría firmar”, pensó Thep.
Su pensamiento flotó, y el dios Amón-Ra lo vio.






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