Como toda la vida, te espero, hermano.

Mirá, acá estamos. Y te lo digo así, al pan, pan y al vino, vino. Te escribo desde la muerte. Al principio andaba a la bartola, pero si la muerte me dio un cuaderno y una lapicera, sería de mal gusto no usarla.

Cuando llegué, me dieron un número. ¡¿Podés creer que lo leí sin los lentes?!

—Espere que lo llamen, Sandoval —me dijeron.

Y sí, esperé. Calavera no chilla.

Esto es una oficina. Lo juro. Con archivadores grises, una lámpara que parpadea y un olor a humedad, hermano, que mata.

¿Sabés qué se me vino a la mente?

«Café La Humedad, billar y reunión»

«Sábados con trampa, qué linda función»

Así que acá me tenés, escribiendo y esperando. Como te esperé, Benjamín, que te animaras a decirle algo a Irene. Como esperé que alguien me creyera. Que, aunque mi vida era con olor a whisky, yo entendía más de justicia que todos esos tipos de traje planchado.

Ahora que tengo tiempo —eterno, parece—, me voy a despachar. Porque si alguno piensa que me fui sin saber lo que hacía, que lea esto. Leelo, Benjamín. Y que se sepa: que el único que engañó a la muerte… fui yo.

No es que quiera abrir el paraguas, pero me lo encontré acá al “chupa naranjas”. Nos reímos un buen rato. Se acordaba de cuando jugamos en el campito, cerca de la escuela. Me preguntó por vos. Tal vez alguno crea que nos conocimos en el juzgado… El flaco me dice:

—Siempre lo cuidabas. Eras su hermano.

Y sí, Benjamín. Siempre te cuidé a capa y espada, hasta el final.

Tranquilo, que sé que fue recíproco.

Con tanto tiempo por estos lados, me di cuenta de que estuve un tiempo al tun tún y que vos me rescatabas.

Me he reído a carcajadas. El “chupa naranjas” piensa que le decíamos así porque tenía la boca chica, el muy jetón.

Viste que te conté del cuaderno que me dieron. No es cualquier cuaderno, Benja. Al principio me costó, pero después… entre gallo y medianoche, dando vuelta hojas vacías, empezaron a tomar vida. Y la primera me partió en cuatro.

Mi jermu, la Graciela. ¿Te acordás que me insistías en que la cuidara? Y cuando me fui de casa, ni yo me bancaba el olor a alcohol. Pensé que ya no me quería. Y ¿sabés qué me mostró el cuaderno? Cuando los hijos de puta que nos buscaban la interrogaron.

Mirá, Benjamín, hasta acá tengo que parar un segundo y tomar aire…

No les dijo nada, ¿sabés? Me protegió como hizo siempre, hermano. Se ve que me amaba, che.

Acá hay muchas reglas. Una es que no se puede hablar con los tuyos. Y a mí las normas me pueden… y las rompo.

Al principio pensé que era un rumor de los otros muertos. Viste cómo son: repiten lo que no pudieron decir en vida. Pero no. Era cierto.

Le di vuelta al caso, metí fichas y encontré un hueco.

Contacté a Morales, el marido de Liliana Colotto.

Lo tenía ahí, al hijo de puta, encerrado como a una mosca en un frasco: sin juicio, sin visitas, sin redención. Veinticinco años. Sé que lo encontraste. Ese día te vi.

Está muy bueno eso. En los espejos estamos. Desde ahí vemos a los vivos.

Me costó eso. Pero acá hay tranza también. Te voy a contar algo que no muchos saben. Hay una que maneja esas visitas… esas que no figuran en ningún archivo.

Tiene una máquina de escribir que no usa. A veces pienso que es la nuestra, la del juzgado, la que te llevaste y tiene la letra mal. Empecé de a poco con ella. Un día le dije:

—¡Ay, qué bonitas tus manos! —Me miró y arremetí—: A ver, nalguéame.

Y se rió.

Tengo una más para contarte, que me consiguió mi nueva amiga, pero te la dejo para el final.

Lo que voy a escribirte ahora me cuesta. Porque sé que te atormenta. Cuando me vinieron a buscar, yo ya sabía. Sabía que iban por vos. Así que me senté, me serví una copa, me puse tus zapatos —literal— y esperé.

Me entendés. Yo estaba para cuidarte. Así que sí, Benjamín. Te salvé. Pero me salvé a mí mismo también. Y al ver lo que hizo Morales… me paro y nos aplaudo.

La otra salida que me conseguí fue al cine. Sabés, Benjamín… Han hecho una película de nosotros. Mirá vos.

Yo, que no servía ni para ordenar un expediente, ahora aparezco en las películas. Con mi cara, mi vaso, mi muerte y todo.

Eso sí: al actor que me pusieron… no toma como yo. Pero actúa bárbaro. Decí que tiene tus ojos, porque los míos no los copia nadie.

Para ir cerrando: cuando te dan el cuaderno, vas escribiendo, también viendo. Cuesta al principio y te da bronca ver algunas cosas en las que fuiste un boludo. Y otras te dejan sin aliento. Un día te llaman, y pasa algo maravilloso. Se abre una puerta, y así de a poco van llegando tus seres queridos y los abrazás, ¿viste?

Pero solo cuando terminás de escribir. Esta es mi última hoja.


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