Varios niños, perdidos.
Este último, cuidado.
Su panza crecía:
sietemesino nacería.
Muchos partos truncos,
una maternidad deseada.
El cuarto vacío,
y él, ni a su lado.
“Todo irá bien”, le dijo ese hombre.
Ella no le creía.
Esa vez ni pañales tenía.
Su amor le buscó nombre,
pero eso se lo prohibía.
El día llegó
—como llegan—a las corridas.
Nadie fue. Nadie sabía.
Sola entró,
él se quedó.
Las horas pasaron.
Las miradas, contenidas.
Otra mujer la ayudaba.
Cuando el hombre le dijo que el niño viviría,
Fue la ayudante quien preguntó:
—¿Qué nombre le pondría?
Ella tocó el hombro del médico que se iba:
—¿Su nombre, me diría?
—Renato.
—Entonces, así le llamaría.






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