Para Larita .
La tierra roja estaba mojada por un chaparrón. Esquivando una gota de agua, una hormiga logró llegar al camino.
Una de sus antenas le alertó de un movimiento hacia la derecha.
El sol le impedía ver bien. A duras penas distinguía dos figuras: una iba montada sobre un caballo, y la otra… sobre un burro.
No estaba muy segura de la diferencia entre los dos animales.
La persona del caballo era alta y flaca, con un sombrero gracioso.
El otro era bajito y le pareció una panza con patas… con un gorro encima.
Un ruido la sobresaltó: del otro lado del camino venía una carreta.
El carretero ajustó las riendas y frenó.
—¡Deteneos, señores, que llevamos leones sueltos! —dijo el hombre.
La hormiga se detuvo en seco, justo en medio del camino, como si pudiera detener la carreta.
Se rió un poco del español. Había aprendido sonidos nuevos cuando bajó del barco de frutas que la trajo de América.
—¿Leones sueltos? —pensó la hormiguita, mirando al hombre flaco que se bajaba del caballo y movía su sombrero como un saludo.
El caballo la miró, curioso. Y ella movió sus antenas.
Rocinante se llama.
Una voz grave, sonora, se escuchó en el camino. La hormiga logró ver el rostro. Le gustaron los ojos y la barba.
Escuchó al hombre decir:
—¿Leones? ¡A mí no me detiene eso! ¡Abríd la jaula!
Sus antenas vibraron de nuevo.
Don Quijote. Sí, le gustó ese nombre.
La brisa le trajo el olor de la carreta. Otro hombre, parado y con un dedo en alto, decía:
—Señor caballero, vuestra merced procure ponerse en cobro, que abro la jaula.
La hormiga tomó una piedrita con su mano y se puso al lado del Quijote.
Tenía ganas de decir “¡Y olé!”, pero no sabía hacerlo.
A su lado, una sombra temblaba. La miró de reojo y vio a la panza con gorro,
que rogaba que no se abriera la puerta a los leones.
Preocupada, se adelantó, con su piedrita, unos pasos, para defenderlo.
Escuchó a Don Quijote, firme, que gritaba:
—¡Ábranla, que yo mostraré quién soy!
La hormiga abrió los ojos y sus antenas vibraron al compás del ruido de la puerta que se abría.
Ahora supo lo que era un león. Lo vio estirarse y bostezar. La cola le tapó el rayo de sol y observó cómo se recostaba de nuevo.
La voz de Don Quijote sonó con eco en sus oídos:
—Agradecido te estoy, fiera, por haber mostrado respeto. No te obligaré a luchar contra quien sabes que vencería.
La hormiguita lo miró encantada.
—Ya podéis decir que habéis visto a Don Quijote enfrentarse a un león —dijo el hombre montando a Rocinante.
En otro borde del camino, dejó su piedra.
—Bueno… puedo decir que he combatido con Don Quijote —pensó.
Había caminado unos pasos, cuando volvió a buscar su piedrita.
Nota del Autor
Una adaptación es una transformación deliberada de una obra existente. El objetivo es hacerla accesible, comprensible, y disfrutable para un público diferente. Esto puede ser por edad, cultura, lengua o formato.
Pensando en los niños adaptamos una escena de Don Quijote
• Cambios en el lenguaje (modernización, simplificación).
• Reorganización de estructura y escenas.
• Cambios en el punto de vista narrativo.
• Inclusión de elementos metafóricos o simbólicos que faciliten el acceso emocional o cognitivo del nuevo lector.
Autores como Linda Hutcheon o Gérard Genette consideran que una adaptación puede incluir “comentario, transformación o transposición”. La hormiga cumple una función de mediador narrativo, no de protagonista alternativo. No usurpa el relato, lo reinterpretadesde una escala nueva, tal como ocurre en muchas adaptaciones infantiles.
Nuestra hormiga cumple una función de mediador narrativo, no de protagonista alternativo. No usurpa el relato, lo reinterpreta desde una escala nueva, tal como ocurre en muchas adaptaciones infantiles.






Deja un comentario