Vi pasar a la gente por el pasillo, con trajes en todas las gamas de los azules y grises. Me parecía increíble estar en esta situación. Sentado, observé los tonos marrones de la puerta de la sala 4 del juzgado. Todo empezó con las noticias en los diarios sobre los fallecimientos en los hospitales.
Recordé cuando, unos días atrás, una compañera de trabajo se acercó preocupada.
—¿Se ha enterado, jefecito? —preguntó mientras se acomodaba el guardapolvo. Tenía la tonada del norte, con esa cadencia que me da risa. La miré y levanté los hombros como dudando. En realidad, sabía.
—Dicen… que las personas que han fallecido es por nuestros sueros —aclaró con cierto temblor en la voz. Lo dijo despacio, susurrando.
La puerta de la sala se abrió y un agente me miró de abajo a arriba. Le sostuve la mirada. Esa cosa que tienen los vigilantes, ese poder prestado. Me acomodé en el asiento por décima vez. Los hacen así para molestar.
Uno de los trajes azules que se acercaba era el abogado de la compañía, Ramiro Ulloa. Esos zapatos marrones con una hebilla al costado, típico del que le importa más la forma que el fondo. Pasó por mi lado y saludó con la cabeza. Ese perfume caro, innecesario en ese lugar. Me dio mala espina. Si hay algo que desconfío, es de los abogados. Varias horas estuvimos con el dueño del laboratorio y su grupete. Les repetí hasta el cansancio que el procedimiento era siempre el mismo y estaba correcto. Como conozco a mis colegas, guardé todos los correos. En ellos, solicité que revisaran el sensor de sodio de la mezcladora. Después de esa reunión me di cuenta de que necesitaba mi propio abogado.
Mi hermano me la consiguió. Justo la vi ingresar por la puerta final del pasillo. Con sus tacos y falda, con las gamas de color del lugar. La primera vez, en su oficina, no pude dejar de verle las pestañas postizas.
—A ver, explíqueme simple lo que ocurrió —me dijo haciendo garabatos en un cuaderno. Esa frase me hizo reír. Química para dummies.
—Los tanques para hacer el suero fisiológico deben moverse de manera de homogeneizar la sal —le contesté. Estaba seguro de que no entendió.
—Hay que revolver, como cuando hacemos cocoa, hasta que no queda grumo. Tomó nota; en el borde escribió “grumo”. Lo del sensor… me parece que ni lo registró.
Me tocó el hombro. Ahí estaba, con sus pestañas, y me dijo:
—En cinco minutos nos toca a nosotros. Ciñase a lo acordado —me recordó.
Al ingresar a la sala observé a los camarógrafos en el fondo y a la jueza en el frente. Un agente de la policía me guió al sitio de los declarantes. Me senté, era cómodo. Palpé la madera del costado: estaba fría. Al frente, los familiares de los muertos. ¿Veinticuatro eran? Bajé mi mirada; me pareció respetuoso. Más atrás, el personal de las aseguradoras; se los veía afilados. Un hombre mayor se presentó como el fiscal del caso. El traje negro y la cara de cuervo.
—Gracias por estar con nosotros hoy. Por favor, identifíquese para el acta —explicó el abogado.
—Martín Rodríguez. Químico. Jefe de aseguramiento de la calidad en Laboratorios Richmondi —respondí. No sé por qué tuve que mover la lengua, como que estaba pegada, pastosa. Lo vi acercarse a su pupitre y extrajo una serie de documentos.
—¿Esta firma es suya, mi estimado doctor? —preguntó. Tomé el documento. La fecha, los códigos. Era el registro de la toma de muestra del laboratorio. En la cuarta línea, la medición del sodio del tanque 1. Mi firma estaba al pie.
—Sí, es mi firma. Una luz me cegó unos segundos. Fue el resplandor de la televisión que mostraba el resultado y la hora del documento para toda la sala.
—Por favor, lea la hora del documento —dijo el fiscal. No me hizo falta leer. Tengo muy buena memoria.
—19:45 —contesté. El valor estaba normal.
La noche previa, en la cena con mi esposa, me preguntó:
—Si el valor estaba normal, ¿por qué tienes que declarar? —Ella reflexionó curiosa. Me servía una causa acevichada. No quise responderle, como a tantas otras preguntas en realidad.
El ruido de la carpeta del fiscal me volvió a la sala. Vi que extrajo otro documento, arrugado. Lo imaginé arrogante con su carta triunfante. —Estimado doctor Rodríguez, ¿reconoce este documento? —consultó mirando a la jueza.
Me quedé callado. Se vino a mi mente la norteña, esa igualada. Me había traído el resultado de la prueba de sodio del tanque 1 y estaba mal. Recordé que le dije: —¡No vuelvas hasta que el resultado te dé bien! La vi irse y tiré el papel en el cesto de la basura. Tuve un acceso de tos. El fiscal no me sacaba la mirada de encima. Qué impertinente.
—No, no he visto ese documento —repliqué. A los pocos minutos, en el televisor estaba el video de la declaración de mi compañera. Decía que yo lo había tirado. Hablaba con ese dejo provinciano. ¡Qué se puede esperar! Me mantuve en silencio.
—¿Nada para opinar? —dijo el fiscal. —No, no he visto ese documento. Más si la compañera lo vio, debería haberlo guardado y repetir la prueba. Observé que el abogado de la empresa tomaba nota en su libreta.
—¿Sabe cuántas personas han fallecido por hipernatremia asociada a los sueros de ese lote? —retomó el fiscal.
—He visto en los diarios que más de veinte personas —susurré.
Llevo treinta años en el control de soluciones de pequeño y gran volumen de los laboratorios. Sé cuándo hay algo mal. Sentía ese peso en las manos.
—Según dice su manual de procedimientos, estos contenedores sensan el sodio en línea. ¿Es así? —insistió el abogado, señalando los tanques en el televisor que los mostraba.
—Sí, es así —contesté.
Yo sabía que el sensor de control de la centrífuga de mezcla a veces falla y no es muy fiel. Tengo los correos.
—¿Por qué pide el laboratorio dosar el sodio antes de liberar cada lote? Usted ya tiene un sensor en línea.
—¿Usted cuando ingresa al correo no tiene una autenticación de dos factores? … Por eso —le contesté.
Siguió preguntando, pero mi mirada estaba en una niña de ojos raros que no dejaba de escudriñarme. Ya no podía escucharlo. Me distraje unos minutos.
—¿Es cierto eso? —decía el fiscal con voz elevada.
—Disculpe, no le escuché. ¿Me puede repetir? —le contesté.
—¿Es cierto que usted recibe un bono en dinero si logra cumplir con los tiempos de entrega de pedidos? —preguntó el fiscal.
Miré a mi abogada. La vi charlar con el abogado de la compañía. ¿Era yo el chivo expiatorio? Podía ver el papel arrugado en el pupitre. ¿Y si tiene mis huellas?
Un destello plateado me llevó a ver a la niña otra vez. Tenía un cuadro con la imagen de quien pienso sería su padre. Una mujer la abrazaba. Estaba de trajecito azul. Una abogada de la aseguradora, pensé.
Que vengan de a uno.






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