Miré al lobby del hotel dos veces para ver si se despejaba un poco. Imposible. Era un contingente de turistas alemanes o europeos. Con sus chalecos y zapatillas de trekking. Un uniforme unido a una lengua extraña en cuerpos de elfos.

Mi teléfono vibró, un correo del trabajo. Vi que un mostrador estaba libre. Me acerqué rápido.

—¿Tiene reserva? —preguntó sonriendo el conserje.

Con la respuesta lista, me sentí mareado. Trastabillé. A los minutos me vi sentado con un mate de coca en la mano y una máscara de oxígeno en la otra. Tras el vidrio del ventanal se veían los edificios blancos de sillar. Arequipa y su altura. Seguí el rayo de sol que atravesaba el lobby sobre el piso de madera. ¿Pero qué pasa? La madera se ondula y la luz se multiplica en reflejos naranjas. Y lo veo a él. Ese vacío de antaño, de su partida. Su pelo rubio tirado para atrás y el paquete de cigarrillos 43/70 en su bolsillo posterior. Mi viejo. El humo fuerte, pesado, de esos cigarrillos negros. Sus manos grandes. Esa fuerza imparable.

Verlo me volvió a la ciudad de Córdoba en Argentina. En mis oídos el cántico particular de esa lengua que añoraba: el cordobés de mi secundaria.

Un amigo se sentaba adelante en la fila. Daniel Gonzales. Flaco, alto y con pecas. Un galán. Usábamos saco azul con pantalón gris. En esa última hora me dijo:

—¿Te sumás a jugar al billar? —tenía la risa fácil, compradora.

Nunca había ido a jugar al billar. No esperaba esa invitación, pero fue fantástica.

En casa me esperaban, más tardar a las 18 horas como todos los días.

Eran las 23 y estaba en la avenida Colón esperando el 137. De lejos, lo vi venir apoyado en el cañito azul. Levanté la solapa por una brisa brava que me perseguía. Cuando usé el abono escolar para subir al ómnibus, el chofer me miró.

—Pasá, nene, pasá —me dijo como sabiendo que no me quedaba ni un cospel.

Las luces de la noche tras la ventana se reflejaban naranjas en el asiento. Me sentía vivo. Pero sentía pastosa mi boca. Una mujer mayor, con una bolsa tejida, me observaba. Al bajar vi la mirada del chofer por el espejo retrovisor. Esperó un rato, hasta que me vio llegar a mi casa. En esos cincuenta metros, mis zapatos tenían suela de plomo. En mi mano llevaba los cuadernos sostenidos con una banda elástica. Segundo novena. Turno tarde.

La ventana de la casa del frente estaba entreabierta. El flaco Torconi. Casi le golpeo para que me deje entrar.

Mi viejo abrió la puerta. Tenía unos ojos azules que ese día brillaban más, lo juro. Acomodó su pelo con los dedos, como era su costumbre. Bajó su mano. Nunca en la vida me golpeó. Tampoco ese día. Me señaló un bolso en el piso al costado del sillón del living.

—Ahí tiene su ropa —lo dijo sin tono, sin enojo.

En el fondo, el sonido del llanto en la habitación de mi vieja. Supe que mi hermana estaba allí.

No quiero recordar lo que dije. Si hoy pudiera, me mordería. Ese juego de decir sin saber. De buscar palabras que duelan. Amargo es poco.

Tomé el bolso, le sostuve la mirada y me fui.

La brisa me acompañó varias cuadras, hacia la estación terminal de ómnibus. La veía a mi abuela en Buenos Aires. Para allá me iba. Veinte cuadras a las dos de la madrugada. Un ruido en las tripas me trajo el olor de los canelones de mi madre. Él se comía doce y yo lo seguía. ¿Y los buñuelos con anís? Ella los cocinaba a la siesta del domingo.

La vi llorando no solo por mí. Los días que mirábamos la puerta con miedo por su regreso. A mi viejo lo perseguían por pensar. La angustia de todos para que mi hermana entrara a Medicina. El ahorro para la academia. Ella era un genio. Entró como nada.

Mi boletín de la escuela también era impecable, siempre me fue bien. No me tenían que decir nada. Se sufría en esa época. Un llanto silencioso. Un miedo que te recorre. Silencios. Palabras que solo se decían en casa.

Si un familiar desaparecía, el barrio opinaba: por algo será. Amigos que no lo eran.

Llegué al parque Sarmiento. Una estatua te recibe, te acobija. Cristóbal Colón. Me senté bajo su sombra. El saco no alcanzaba y el frío me entraba por la botamanga.

A la izquierda, las luces de la terminal. Un par de ómnibus maniobraban para ingresar.

Llevé mi mano a la estatua, estaba tibia. ¿Qué hacés, nene?

Volví. Despacio.

Nada me ocurrió en esa caminata nocturna.

Estoy seguro de que unos ángeles me cuidaron.

El pasaje y el número 365 seguían ahí.

Toqué timbre. Las luces estaban prendidas. El mundo pasó cuando se abrió la puerta.

Los dos parados, unidos.

—Mirá, pibe, esta no es tu casa —dijo mi viejo inmutable.

Lo miré y empecé a llorar. Mis lágrimas, sin sonido.

—Esto es un hotel. ¿Me entendés? ¿Tenés reserva para esta noche? —me preguntó.

No supe qué decir.

—Te voy a aclarar por única vez. Si no llamás para decir a qué hora vas a ingresar, perdés tu espacio. A nosotros no nos importa dónde estuviste, sino saber a qué hora volvés y que lo hagas.

Mi mamá lo abrazó a él. Y yo también.

Tiempo después me enteré de que lloró sin parar cuando me fui.

Yo también lloré de la misma manera cuando él me dejó.

Mis ojos se detuvieron en la máscara de oxígeno que ya me estaba haciendo efecto.

El rayo de sol jugó con las sombras de los muebles.

Me incorporé y me acerqué al conserje y le dije:

—Sí, tengo reserva. Llamé ayer para asegurar que venía.

No hubo día en que no llamara a mi casa para decir dónde estaba, inclusive ya de grande, casado.

Lo que hoy me hace llorar es que ya no hay quien atienda el llamado.


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