El canto de los uairapurú, al atardecer, indicaba el final del día. Los últimos rayos coloreaban de naranja los techos de paja de las casas circulares del abandonado pueblo de Shitani.

Chasca, con su abuela, era de las pocas familias que quedaban cuidando lo poco que quedó tras la inundación.

La niebla se movía espesa en la selva nubosa del Amazonas. Sigilosa, observó a la niña-mujer que cuidaba los tamales en la olla de cerámica. Chasca movió el agua hirviendo con una cuchara tallada por su abuelo. Siguió los círculos desde el centro hacia la periferia.

—¿Mi niña, ya está listo? —preguntó Yari, su abuela. Observó en detalle las trenzas con cordones de algodón en el cabello de su nieta.

La niebla se acercó a sus pies, rodeándola.

—Sí, abu, ya está —murmuró la niña.

Yari tomó sus manos. El silencio entre ellas fue como un disparo en la selva.

El rostro de la niña se inundó de lágrimas. La niebla lo notó y les dio espacio.

—Yo estaba ahí… lo vi —las palabras entrecortadas por el llanto de Chasca cruzaron el vacío del pueblo.

Yari permaneció callada.

—Se lo llevó el agua, abu, se lo llevó —suplicó. De uno de sus bolsillos sacó un ramo de orquídeas violetas, secas.

—Me acuerdo cuando Wayra te lo regaló —dijo Yari, tomando el ramo.

Chasca vio a su abuela y se detuvo en cada una de sus arrugas.

—Fue en la cosecha del algodón del año pasado… Wayra trabajó tan duro. Nos íbamos a ir juntos. Él dibujaba la casita en el polvo —comentó Chasca.

Las arrugas de Yari acompañaron las lágrimas en sus surcos. Tomó un tamal y lo sirvió en un plato de cerámica. En el borde estaba pintado un colibrí.

El canto nocturno de un quenquén desde la altura de un árbol las acompañó.

Chasca abrió su tamal. El humeante olor las envolvió. En el costado, la cuchara tallada acompañaba el ritual. Yari la tomó por el mango. Observó las líneas rectas del dibujo.

—El abu dibujaba bello —comentó Chasca.

La abuela asintió.

—Tardó muchos días. Me hizo el juego completo. A escondidas —comentó con una sonrisa.

Chasca llevó una porción de tamal a su boca.

—También nos dejó, abu —aclaró la niña.

La abuela movió el agua con la cuchara.

—¿Sabes? Fue por el agua también. Ese año llovió como nunca. Un mosco lo picó —recordó Yari.

Chasca hizo una seña, como preguntando.

—Vi la marca. Se puso más caliente que esta agua —señaló la olla de cerámica—, y en tres días más, se me fue.

La niebla fue rodeándolas como un aro, lento, cálido. Dos uairapurú daban saltitos tratando de ingresar al círculo.

Yari miró a su nieta. La luz de la luna mostraba su hermosura. Sus ojos grandes, negros, intensos.

—Pero estabas tú, mi niña. Tu mami se me fue cuando naciste. Así que solo te besé en tus piecitos y acá estamos.

Chasca tomó las manos de su abuela.

Un colibrí de dos colas vibró sobre ellas.

Yari se alarmó.

—¡Un colibrí! ¡No aparecen de noche, mi niña! —exclamó contenta.

La niebla se movió, sabedora, entre las piernas.

—Me acuerdo de tu cuento, abu… No solo son hermosos, tienen mensajes de las almas.

—Sí, mi cielo. Nos traen mensajes.

Comieron en silencio sus tamales. Chasca colocó su mano en su vientre unos segundos.

Yari la observó, pensativa.

—¿Te sientes bien? —preguntó, preocupada.

—Un poco de náusea, abu —respondió Chasca.

—¿Has manchado la ropa, con la luna redonda?

Chasca elevó sus ojos por unos segundos. Su piel se puso rosa.

—Hace cuatro que no, mi abu —contestó.

El colibrí voló en círculos sobre Chasca.

—Mi niña, ya tendrás unos piecitos para besar —murmuró Yari.

Chasca sonrió y su vida cambió.

La niebla se fue despacio.

Recorrió los senderos vacíos del pueblo. Se internó en el bosque nuboso, entre la arboleda. Los matapalos la vieron pasar.

Sobre la tierra húmeda, restos de la inundación, se reflejaban un grupo de colibríes.

Chasca durmió esa noche con sus manos en el vientre.


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