Vi el sol filtrarse entre la tela que cubría la ventana. Las paredes de barro, resecas por el calor eterno. La luz naranja traía granos del desierto.El amanecer y la mosca cumplieron su rutina. Toqué mi espalda y su dolor, como cada mañana.

El mugido de mi vaca a lo lejos me recordó que tengo poca agua guardada.
—La arena entra en todo —pensé, retirando los granos.
Moví la única sábana, para sentir el aire, mientras mi piel áspera buscó la caricia de solo mis manos. Tras la puerta, el desierto y mi pobre hija. Flaca, con sus ojos de hambre y sus manos listas. La bolsa de mijo entre sus piernas.
—Está vacía —murmuró.
No quise verla. Doce años tiene. La última que me queda.

Un movimiento en la arena me alertó. La sombra negruzca con cola, que me persigue, está presente. Sentía su mirada, su reclamo. Busqué una vasija entre los cestos. Sentía los ojos de mi niña. ¡Lo encontré! El último mijo. El que guardé el año pasado. Se lo mostré: hoy comeríamos.

Lo tomé entre mis manos y, con mi mirada, le pedí que preparara el fuego y el agua. Me pareció verla reír al encender la fogata.

Otra vez la sombra: el Gabbara. Le he visto la cola con espinas. Me acerqué a la fogata. El agua hervía en la olla negra. Sumergí las bolitas de mijo y el vapor subió como un suspiro de ancestros.

Y me vi. Llegando hace unos años a un campamento de la Cruz Roja. La mujer blanca que me miraba y hablaba sin yo entender. Mi niño, el único varón, dormidito hace un día. Alguien me dijo que mi niño tenía hambre. Yo mi mijo le daba. Así, flaca como estaba , lo cargué, muertito, en mi espalda. Y volví sola, con más hambre.

El ruido de olla me volvió a mi hija. Mi niña me dio danwake, mis bolas de mijo.

Le vi sus ojos negros que hoy parecían grises. Como los de mi otra niña la que se fue en silencio.

Un día entregué a la mayor, por mi vaca. Sabía que no quería ir. Solo tomó mis manos y me las besó. Se fue en silencio.

Y así todas las veces que se escapó. Desde la vez, que le pegaron tanto, ya no regresó.

La otra, que nació con seis dedos en una mano, cuando su suegro la llevaba me preguntó:
—¿Por qué?
Silencio.

Las diez bolsas de mijo alimentaron a las que me quedaban. Yo trataba de no comer.

Solo cuando ya lloraba de hambre, una bolita tomaba.

Cinco se me fueron.

A la del año pasado fui a verla. Le llevé pimienta y cenizas para sus heridas.
Entre todos, su marido y sus parientes, la violaron una tarde, con el silencio sin tiempo de la arena.

Me dijeron: para curarla.Me volví sobre mis pasos.

Otra vez el lagarto que me mira. Sus ojos rojos, testigos. Mi niña me ofrece otra bola de mijo caliente.

Está delgada, y me la llevan pronto. Ella sabe… y no me dice nada.

—¿Por qué debo darlas?

Y vuelvo a esa ventisca que me busca y me arrastra. A la mano de mi madre, cuando me entregó a mi marido.

Tanto me pegó que un día se cansó de hacerlo.

¿De qué servía Alá y sus rezos, si al volver solo su mano sobre mi cara le calmaba el alma?Un día no quise taparme para que vea lo que había hecho.

Guardé mis dientes en una cajita. Cuando la fiebre se lo llevó y las moscas lo velaron, ese día la paz se acompañó de hambre.

No lloré, dormí.

Un aplauso en la puerta.

Dejé a mi niña con unas cuentas de piedras, estaba contenta con una de color rosa.

Vi las arrugas del hombre, su túnica blanca y el aliento a ajo.
—Por la última, siete bolsas —sonó su nariz con pañuelo, señalando a mi hija.

Mi niña empezó a cantar. Tiene una voz bella que resonó entre los rayos del sol y los granos de arena. Es la única que canta. Yo nunca pude.

Aspiré y el olor de mijo cambió. No le contesté, bajé mi mirada y cerré la simple puerta de madera.

La sombra negruzca, con su cola, se movió entre las vasijas.
¿A dónde va? Qué rápido se mueve. Está escapando hacia la arena.

Miré el cielo rosa del crepúsculo. La vi en un recodo entre las piedras y la arena.
Cavaba ágil, con fuerza, con ganas.

Mis piernas temblaban y el alma gritaba. Su mirada en mi cuerpo. Sus huevos en la arena.

—Ella no entrega sus huevos. Nadie se los pide —como un eco sordo en mi mente.

La debilidad me tira a la arena, mis rodillas contra los granos. Mis lágrimas secas de años surcan mis mejillas.

Mi niña se acerca. Me toma de los hombros. Ella está en consonancia con la brisa. Me dice:
—Vamos a buscarlas, mamá. Su rostro estaba iluminado por el último reflejo del sol cuando lo murmuró.

No podía mirarla. Solo el silencio estaba en mí.

—No importa si terminamos todas juntas en el desierto —sentenció mi niña.

Miré al lagarto, cómo cuidaba sus huevos. Con este desierto. Con esta hambre.

Solo me levanté y le di la mano. Caminamos juntas un trecho. Nuestra vaca nos seguía.

Nota del autor

La que no entrega sus huevos es un relato de ficción inspirado en situaciones reales que ocurren a diario en regiones donde el hambre se mezcla con la tradición, el patriarcado y el olvido.

Al escribirlo, volví muchas veces a un pasaje del libro El hambre, de Martín Caparrós, donde Kadi, una madre de Níger, carga a su hijo muerto en la espalda y dice: “Acá me dicen que está así porque yo no le di su comida. Se ve que acá no entienden.”

Esa frase —ese dolor— me acompañó como un latido. El relato no busca explicar ni resolver, sino dejar que la arena, la sombra y la voz de la hija construyan otra memoria posible.

En el tono y en la forma, la narración bebe de autores que admiro profundamente: la sobriedad emocional de Hemingway, la interioridad fluida de Virginia Woolf, y la dimensión poética y simbólica de Gabriel García Márquez.

Este texto no pretende hablar sobre el hambre, sino hacer que el lector la escuche desde la voz de quien ha perdido casi todo, menos lo que no está dispuesta a entregar.


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