de Herman Melville
He terminado de leer Bartleby, el escribiente. Quedé fascinado por la sutileza con la que Melville construye el humor. La ironía también es notable. Y, sobre todo, el desconcierto es fascinante. Me impresionó cómo una frase tan simple como “preferiría no hacerlo” se convierte en un acto de resistencia. Es una especie de contagio que se expande silenciosamente entre los personajes. La oficina entera, en algún momento, parece hablar en el idioma de Bartleby. Es como si su negativa se volviera una forma nueva de estar en el mundo.
El narrador me pareció magistral. Él es también un personaje —un abogado—. Se expresa con esa jerga jurídica. Usa un tono medido, burocrático y casi clínico. Sin embargo, bajo esa voz aparentemente objetiva, se filtra una emoción contenida, una compasión que va creciendo de forma incómoda. Melville logra algo admirable: que la neutralidad del lenguaje legal se vuelva un recurso literario cargado de humanidad.
El final me dejó perplejo. Bartleby muere en la cárcel. Se encuentra recluido en su silencio absoluto. Aparece mencionada una posible explicación de su conducta: trabajó en la oficina de cartas muertas. Esa imagen es brutalmente simbólica. Las cartas muertas eran misivas sin destinatario: mensajes que nadie leerá, vínculos rotos, palabras perdidas en el tiempo. Saber que Bartleby pasó años entre esos restos del lenguaje le da al cuento una dimensión trágica. Como si él mismo se hubiese convertido en una carta que nadie supo recibir.
Brújula narrativa: Herman Melville y Bartleby, el escribiente
(Para leer con lupa. Para escribir con conciencia.)
1. El narrador como personaje: confiable pero vulnerable
Melville elige un narrador-personaje que es, en apariencia, sensato, educado y objetivo: un abogado. Sin embargo, esa máscara de profesionalismo es el verdadero disfraz. A través de su punto de vista, vemos cómo la lógica del sistema se desmorona. Esto ocurre frente a un hombre que simplemente “preferiría no hacerlo”.
2. Ironía estructural: el tono burocrático como lenguaje del absurdo
El texto se construye como si fuera un informe administrativo, pero lo que cuenta es una tragedia silenciosa. Esa fricción entre forma y fondo es donde nace el humor, la incomodidad, y la crítica social.
3. Oraciones extensas y subordinadas: ritmo, pausa y digresión
Melville no escribe con urgencia. Usa la pausa como estrategia narrativa. Sus frases se ramifican en comas, puntos y coma, aclaraciones y desvíos. El relato avanza como un expediente: espeso, ritual, medido.
4. El personaje como símbolo: Bartleby es una idea
Bartleby no se explica. No tiene pasado claro, ni motivos visibles. Es una presencia. Una forma de resistencia. Un misterio que ni el narrador logra resolver.
5. Estructura de expediente: digresión, repetición, archivo
El relato gira y gira sobre sí mismo. Repite escenas. Se demora en descripciones menores. Parece perder el foco. Pero en esa forma de perderse, se parece a la burocracia que retrata.
La sombra que escribía contra el viento
(Una vida narrada de Herman Melville)
Había una vez un niño que creció mirando barcos. Nació en Nueva York en 1819, en una familia elegante venida a menos, donde los apellidos pesaban más que el pan. Su padre, comerciante soñador y deudas crecientes, murió cuando Herman tenía solo doce años. La caída fue brutal: de salones a sótanos, de la seda al silencio.
Herman no estudió en Harvard ni en Yale. Su universidad fue el Atlántico. Se embarcó a los veinte como marinero común y se lanzó a la mar sin saber que allá, entre ballenas, tormentas y motines, iba a encontrar su voz. Trabajó en barcos balleneros, desertó en islas del Pacífico, fue prisionero de caníbales, rescatado por misioneros, y siguió navegando en naves de guerra. Es decir: vivió mucho antes de escribir nada.
Cuando volvió a tierra, volcó su memoria en libros. Primero en relatos de aventuras como Typee o Omoo, que fueron éxitos editoriales. Pero luego vino Moby-Dick (1851), y el mundo no estaba listo. Su gran novela pasó desapercibida, confundida, ninguneada. Era demasiado oscura, demasiado metafísica, demasiado él.
Melville envejeció escribiendo en cuadernos que nadie leía. Fue funcionario público, trabajó en aduanas, publicó poesía casi secreta. Cuando murió en 1891, en un barrio modesto de Manhattan, los diarios apenas lo mencionaron. En su certificado de defunción decía: “empleado jubilado”.
Décadas después, el mundo despertó. Y entendió que había perdido en vida a uno de sus gigantes.
Entonces Bartleby, ese escribiente que prefería no hacer nada, se volvió el emblema del siglo XX. Y Melville, el escritor ignorado, se convirtió en un faro para todos los que escriben a contraviento.






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