A mamá le encanta ver salir a la gente de la Iglesia de Santa Brígida. Nos ubicamos entre la arboleda, en un banco que ya es nuestro.

—Mi querida Pilar, me gusta ese saquito perla —comentó, como si no fuera ella quien lo dejó sobre mi cama.

Cruzó las piernas hacia un costado para que sus zapatos se vieran bien. Hice lo mismo.

—Tienes el cumpleaños de tu primo —dijo, acomodando la cruz en el centro de su blusa bordada.

—Son un poco cabecitas negras, como el padre —acotó.

—Así es, mamá. Voy esta tarde —respondí, sin agregar más para que no pensara que quería ir.

—No levantes mucho la vista. Fíjate cómo están vestidos los Pérez Pruneda. Yo le digo a tu padre que venga y no me hace caso. ¡¿Viste?! Ella combina los marrones con él.

Mi madre distingue todos los tonos de colores. Sus lápices labiales según la ocasión, el color exacto de su tinte. ¿Siempre fue así?

Detrás de la pareja aparecieron las hermanas Nicolini.

—¿Esas niñas fueron contigo a la escuela, no? —había encontrado el tema justo para ese avistaje detallado desde nuestro banco.

—La más chica, pero en otra división —contesté. Las dos estaban con el cabello suelto. ¿Les llega a la cintura? Me gustan esas cintas de color que se han puesto.

—Pero, por favor, venir a misa con todos los pelos sueltos… Y esas cintas. ¿Qué son? ¿Un arbolito de Navidad? —opinó mi madre.

Asentí en silencio, moviendo el rostro en desaprobación. La brisa de junio movió sus cabellos y sus cintas de colores. Un segundo las miré, y las hice mías.

—Conozco a la madre de las Nicolini. Son de familia irlandesa. Un día nos enteramos de que quería ser maestra. No sé cómo fue… pero le tocó ser directora en una escuela rural por Chivilcoy.

Observé a las chicas hablando con unos muchachos, boquiabiertos. Se animan a todo. ¿Cómo pueden así, porque sí, hablar con ellos, tan libres?

—Una es Clara, la más alta, y la otra Magdalena —le comenté.

A mamá le gustan los detalles.

—Me enteré por mis amigas de la Acción Católica —acomodó su cruz— que la mamá de las chicas se movilizó por el voto femenino. ¡Me quise morir! Imagínate.

—Ahí nos dimos cuenta de todo. Por esos pueblos por los que anduvo, conoció al marido… un italiano anarquista.

Las Nicolini venían hacia nosotros sonriendo. Me acomodé el saquito color perla. Ellas, con sus vestidos acampanados con flores, eran parte de la plaza, del mundo.

Clarita me saludó sonriendo.

—¿Me parece a mí, o está más gordita la que era tu compañera?

—Está con peso, mamá —le contesté mientras caminábamos a nuestra casa.

Un remolino de hojas me siguió. El mediodía soleado nos acompañaba, pero una nube con cara de ángel parecía decirme algo.

El reloj marcaba las cuatro de la tarde cuando mi hermano salió de la ducha.

—¿Ya estás lista? —me gritó desde su cuarto.

Mi madre me miraba de arriba a abajo desde el espejo.

—Estás preciosa —me acomodó el cabello—. Hablé con tu tía.

Se quedó en silencio unos minutos. Ella maneja los tonos y las intrigas, baja la voz y gesticula como si compartiéramos un secreto.

—¡Sabes que somos muy distintas con mi hermana Beba! —acomodó su cruz—. Pero tu primo es muy amigo de un muchacho de buena familia. Le falta un poquito para recibirse de abogado. Quedé en que te lo presente —comentó.

¿El alto narigón que juega al fútbol con mi primo? —pensé.

En el espejo otra vez el reflejo de la nube. Corrí a la ventana. No la vi.

Papá pasó por la puerta y levantó el pulgar en aceptación de mi vestido. Me reí. Continuó al cuarto de mi hermano y le gritó:

—¡Che, nene, cuidado en la casa de tu primo con cantar la marchita, eh!

El rostro de mi madre al escucharlo. Recordé las discusiones en las Navidades por Perón y Evita. Hace años que ya no nos reunimos. Mi madre se movió rápido a su lado.

—Mira que tu padre te lo dice por tu bien. No son días para imprudencias —acotó.

Cuando el periódico quedaba olvidado en la cocina, leía los titulares y el suplemento de cultura.

—No leas tanto eso… —comentaba mi mamá y me acercaba un Corín Tellado.

Una tarde en el recreo escuché a Clara hablar de un poema del analfabeto político. Estaba con sus amigas debajo de uno de los arcos del patio del colegio de Santa Brígida. Mientras yo charlaba con una de mis amigas de no sé qué cosa, escuchaba a las pelirrojas. Clara nos saludó y en mi mano dejó un papelito: Bertolt Brecht, para que busques. Su caminar por el patio fue majestuoso.

Mamá me prestó su colonia, me puse el eterno saco color perla. Papá nos llevó en el auto y nos dejó en la puerta. No se bajó ni a saludar.

—Héctor, trae a tu hermana a las veintiuna horas —encomendó.

Saludé a mi tía Beba. La vi feliz, tenía una blusa con calas. En el patio, la parra era asombrosa. Bajo ella, una mesa con canapés. Tomé uno y el muchacho alto se puso a mi lado. Me lo sacó de la mano.

—Justo el que me gusta —me dijo.

Me hacían falta las novelas de mi madre: no me salía ni una palabra. La música sonó en el tocadiscos. Un tango con la voz de la Merello me salvó.

—¿Te gusta, Tita? —me preguntó con su voz de barítono.

“Si charlo con Luis, con Pedro o con Juan / hablando de mí los hombres están…”

Sus ojos eran de color miel. Sonreí. No era narigón.

—Ricardo, un gusto —me dijo.

—Pilar.

Mi vestido era bonito. Un amarillo adecuado para la tarde. Me acompañaba mi cadenita de plata de la Virgen María. La acomodé en el centro: que se vea.

Los ruidos de nuevos invitados. Vi a mi hermano y mi primo alborotados. Lo primero que noté fue el pelo largo, castaño, con esa cinta que conocía. Primero una y luego la otra. Sus vestidos, como siempre, acampanados. Sus moños impecables.

Escuché un zumbido grave. Resonó en el aire. ¿Un avión? Nadie más levantó la cabeza.

Ricardo se disculpó y fue a saludarlas. Mi hermano me codeó:

—¡Las Nicolini!

Mi tía Beba me llamó desde el living. Escudriñé de costado a Ricardo, pavoneando con Clara y Magda.

—¡Qué alta que estás! —observó mi tía.

Le toqué la blusa. Las calas se movían al compás de la tela suave.

—¿Te gusta? ¡Me la hice yo, tengo los moldes! —comentó orgullosa.

Nos sonreímos. Observé la biblioteca. Me gustaban sus libros. Uno me llamó la atención, tenía un dibujo de un gaucho con vincha roja.

—Este no te lo dejan entrar en tu casa —rió mi tía—. Jauretche no pasa el porche.

No le entendí.

—Llévate este, La dama y el perrito de Chéjov —me lo entregó. La imagen de la señora con su sombrilla me enamoró.

Héctor me hacía señas para que volviera al patio.

—Anda, nena, anda.

En el patio sonaba Gardel:

“Ella aquieta mi herida, todo, todo se olvida…”

El brazo de mi hermano me contuvo. Caminamos hacia Ricardo. Magda acomodó su cabello.

—A mi primo le encantó conocerte —tenía una media luna de colgante— y a nosotras nos encanta eso —me dijeron.

Su primo. Es su primo. Sus ojos de miel me miraban. Un hormigueo en la planta de mis pies.

—¿Es tu primo? ¡A mí también me encanta! —le susurré.

Ricardo me ofreció un vaso de Fanta. Clara me dijo algo de mi vestido. Nos reíamos de nada. El atardecer sobre la parra. Los racimos comenzaban a alargarse en junio. Un reflejo de luz sobre Magda. Un color sepia como un póster del cine.

—Mañana en el Cine Monumental hay matiné: El amor nunca muere —comentó Ricardo— con Zully Moreno, Mirtha Legrand y Tita.

Noté su mirada y acomodé, igual que mi madre, mi cadena sobre la blusa.

Las hermanas Nicolini me tomaron del brazo y a coro dijeron:

—¡Vamos!

Esa noche me costó dormir. En la cocina escuché a mi padre comentar sobre Perón y sus bravuconadas. Otra vez el tema de la reforma de la Constitución. Sobre una manifestación con bombos y banderas. Mi madre llorando en el baño por las discusiones en las fiestas.

—Querido, no va a pasar nada. Es un matiné en el hermoso Cine Monumental. Héctor la cuida —le rogaba mi madre.

Con mi hermano no dijimos nada de que venían las Nicolini. Él me guiñó el ojo cuando pedimos permiso.

En mis sueños volvía a estar bajo la parra, en el patio de la escuela y en el banco de la plaza. Mi mamá sentada, esperando.

El libro de mi tía bajo la almohada. No dije a nadie que lo traía.

—Es un amor entre dos personas que están casadas —me comentó.

Tomamos el metro y descendimos en la estación Florida. Al salir por las escaleras me solté el cabello. La brisa lo envolvió.

—Hay una manifestación en la Plaza de Mayo, mucha gente. Vamos derecho al cine —sugirió Héctor.

En la puerta estaban todos. Ricardo me besó en la mejilla y yo le toqué el brazo. Olor a madera. Eucalipto.

—¡Te soltaste el pelo! Te queda hermoso —comentó Clara acariciándome.

Quedé en el medio de ambas. En la dulcería compramos chocolate confitado. Sentí el olor en la bolsa. ¿Y si siempre fueron buenas? ¿Y si no somos tan distintas?

Entramos a la sala. Un acomodador corre al vernos. Le toma la mano a Clarita y les dice:

—Las hermanas Nicolini —me mira— y una bella amiga.

Magda me susurra:

—¡Cuando puede, nos regala caramelos! Es mi hermano.

Nos sentamos los seis juntos. Magda con Atilio, Héctor con Clara y a mi lado Ricardo. Sus zapatos me parecieron enormes. Magda y Clara. Sus gestos, su cabello.

Apareció Zully Moreno. El público la ovacionó. Clara y mi hermano hablaban por lo bajo. ¿Hace cuánto que se conocían?

Un zumbido fuerte. El terciopelo del telón vibró junto a la pantalla. El señor del frente buscó el sonido. Ricardo miraba para ambos lados. Los acomodadores se acercaban.

En la gran pantalla, Mirtha Legrand planchando ropa y el cine volvió a estallar en aplausos. Olor a humo.

Otro zumbido más fuerte. Mi hermano toma mi mano.

—Salgamos del cine —me dice preocupado.

El hermano Nicolini nos señala la salida. Clara se levanta y va al pasillo. Atilio toma la mano de Magda. Ella me mira.

El collar en la película pasa a Tita. Un minuto la miro. Tan valiente. Tan ella. Tita la de Buenos Aires.

Magda trastabilla con la alfombra. Sus ojos son los de Tita.

Me empujan. Todos quieren salir. Gritos. Logro ver la calle. Mis pupilas se adaptan a la niebla del humo. Me saturo de olores. Me arrastran al centro de la calle Florida.

—Son bombas —grita alguien.

El zumbido de los aviones sobre el celeste cielo de Buenos Aires.

El cartel del Cine Monumental. El póster de El amor nunca muere me sirve de brújula. Mis manos vacías. Perdí a Héctor y a Ricardo.

Frío y llamas a mi alrededor.

Siento el calor de una mano. Entre el humo veo unos ojos marrones. El viento pegó mi pelo al rostro empapado de Magda. Clarita tomó mi otra mano.

—Corramos —me dicen.

Un repiqueteo en mis pies. Son balas. Gritos desgarradores a mi lado. Una madre y su niño caen en la calle. Una hilera de sangre sobre mis zapatos. Los mismos que cruzábamos de piernas en el banco de la plaza con mamá.

—¡Corrimos en sentido contrario! —grita angustiosa Clara.

Autos estallando. Restos de cuerpos en los mosaicos de la Plaza de Mayo.

—¡Aviones! ¡Dios mío, son aviones! —gemía un abuelo arrodillado.

Entre el humo pude ver la Casa Rosada y una centella sobre ella. El avión venía hacia nosotras. La balacera directa a mi rostro. No podía moverme.

Pensé en el libro bajo mi almohada. La mujer del cuento que paseaba con su perrito. ¿Era yo la mujer o el perrito? ¿Alguien me recordaría si quedaba ahí tirada?

Magda otra vez color sepia. Como si fuera el póster. Se abalanzó sobre mí. Ella me cubrió. Ella me salvó. Virgencita mía, no me dejes.

Cayó despacio, sin tiempo, sobre la Plaza de Mayo. Los cadáveres nos rodeaban con su llanto inexplicable. La campana de su vestido atravesada por las balas. La sangre que teñía la plaza.

Me saqué el saquito perla, el que mamá me había elegido, y lo apreté contra el agujero que le había abierto la bala. Clara me miraba perdida.

—Agarra las piernas de Magda, llevémosla a la Catedral —supliqué.

Las campanas retumbaron como una guía.

Busqué a mi hermano con miedo de verlo tirado. Ricardo estaba en el piso. Se movía. Estaba vivo. No encontré palabras para rezar.

Magda sangraba. Clara se arrancó la cinta azul que tanto criticaba mi madre y la ató fuerte alrededor de su pierna.

El humo avanzaba. Sonidos de ambulancias.

—¡Perón o muerte, carajo! —escuché a la distancia.

Resonaban en mi mente las palabras de mi padre:

—¡Abajo la tiranía, viva la libertad! ¡Fuera Perón!

Las veía en el piso a una, llorando a la otra. Sus lazos perdidos. Busqué mi cadenita. Ya no estaba.

Estábamos solas. Pero juntas.

Entre el humo, un póster de El amor nunca muere flotaba. Zully, Tita y Mirtha seguían sonriendo inmóviles, como si nos miraran desde la pantalla. Cayó a nuestro lado y se manchó con sangre.

Nota de autor

Escribí “El amor nunca muere” para contar cómo, incluso en los días más oscuros, los muros que nos separan pueden desvanecerse. Pilar empieza la historia viendo el mundo con los ojos de su madre: las diferencias de clase, las etiquetas, los juicios.

Pero el bombardeo lo cambia todo. Quise mostrar ese instante en que la vida y la muerte nos igualan, y donde el gesto más pequeño —cubrir a alguien con un saquito, tomar una mano— puede convertirse en la única forma de amor posible.


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