Los casos de Lucía Fuentes. Uno
Lucía Fuentes compró una bolsa de alfajores libre de gluten y a su lado el termo con café caliente. Miró el tablero: tanque lleno. La esperaban siete horas de viaje desde Buenos Aires a Mercedes.
Prendió la radio, en la FM 100 sonaba Babasónicos. En el asiento del acompañante, una caja con expedientes: Ramón Ignacio González.
El viento golpeaba el parabrisas. El sonido le recordó aquella mañana en el Instituto Universitario de la Policía Federal, cuando le comunicaron la tarea.
—Profesora Fuentes, el rector la espera al terminar —le había dicho el celador.
Lucía asintió. El rector la recibió en su oficina con dos profesores más, bajo el cuadro de Juan Vucetich que presidía sobre la pared posterior.
—Gracias por aceptar, Lucía —dijo, tendiéndole la mano el rector.
Ella los miró en silencio. Dos semanas que había perdido a su padre. Un profesor le sirvió café. En una mesa lateral, la máquina liberaba un tenue vapor, llenando el despacho de ese aroma cálido que por un momento le dio coraje.
—Profesora Fuentes, como sabrá, hemos recibido una colaboración técnica del Juzgado Federal. Este puede ser el primer caso considerado asesinato ritual del país —agregó el rector.
El otro profesor le alcanzó el expediente. Las noticias del niño asesinado ya estaban en todos los medios.
El sonido del teléfono la devolvió al viaje. Bajó el volumen de la radio: su mamá en la pantalla.
—¿Mi chiquita, cómo anda? —preguntó la mujer.
El canto norteño de su madre le arrancó una sonrisa. No quiso contarle todo, pero ella seguro ya sabía.
—Tengo que entrevistar a los sospechosos y a los testigos —comentó Lucía.
—¿Y la seguridad?
—Sí, mamá, tengo seguridad. Tengo arma, soy policía también —respondió.
La escuchó culpar a “la Mujer Biónica” por todo. No pudo contener la carcajada. Su risa rebotó en el habitáculo del Ford. El locutor en la radio comentaba la alerta de vientos fuertes. Los cristales del auto vibraban desde hacía rato. Ella sostenía con fuerza el volante. La lluvia torrencial caía sobre el capot. En el espejo retrovisor, la fuerza del agua como un chorro. Algo se movió.
¿Una sombra sentada atrás? Su arma en la guantera. Un temblor en sus manos. Giró el volante a la orilla de la ruta. Detuvo el auto. Sin respirar, abrió la guantera y apuntó al asiento posterior. Nada. El olor del cuero mojado en sus fosas nasales. Un rezo en lo profundo de su mente.
Unos minutos más tarde volvió a la ruta. En el piso de goma de los asientos posteriores, unas huellas húmedas de botas. Su corazón no se hubiese aguantado, no esa semana. La ruta 137 estaba desolada como ella.
Horas después, en una estación de servicio, empezó a leer el expediente. Vendía estampitas. El forense, minucioso, detallaba el horror. Una palabra le revolvió el estómago: empalamiento. Los datos de cada acusado en folios. Los leyó varias veces y los acotó con su lápiz negro. Su letra cursiva, por momentos, se transformaba en imprenta. Mariana fue la niña que vio todo y la que permitió encontrarlos. Cabeza separada del cuerpo. Tirado cerca de la vía del tren. Perros. Al final de las hojas, el reporte de un antropólogo.
El rito de San La Muerte —caviló.
A seis kilómetros de Mercedes vio el mausoleo del Gauchito Gil. Banderas y velas rojas al santo pagano. Aceleró. Las banderas inmóviles a su paso esperaron que se fuera para flamear de nuevo.
El hotel era simple, cerca de la plaza central y de la iglesia. Le quedaban cinco horas para ir a la comisaría. Acomodó su maleta. Ningún ruido.
El silencio asusta.
Un cuervo de cabeza amarilla la observaba sigiloso en la ventana. El amanecer la encontró sumergida en el expediente. El pan casero con dulce de leche del desayuno la reanimó un poco. El auto del juzgado que la llevaba atravesó las calles arboladas de Mercedes. El edificio simple, cuadrado, marrón, con la bandera celeste y blanca en la puerta. Un chamamé suave de fondo se escuchaba al ingresar. Un escritorio con una estampita del gauchito Gil.
—Sub comisaria Fuentes, le damos la bienvenida —exclamó, apretándole la mano, el secretario del fiscal.
La sala de reunión tenía esas mesas antiguas de madera de caoba. Lucía observó la lámpara con caireles que refractaban un rayo de sol. Era muy parecida a la de la oficina de su padre.
La luz de los caireles en su rostro. Muerto. Así te encontré, papá.
—Puede llamarme Lucía. Quiero confirmar las agendas de las entrevistas —aclaró, mientras la imagen imborrable del padre la acompañaba.
—Ya se encuentran en la sala la primera imputada y su abogado —avisó el secretario.
—Muy bien. ¿Un sanitario, por favor? —solicitó Lucía.
El baño era grande, con ventanas en el sector del lavabo que daban a un patio interno. Lucía lavó su rostro. El agua tibia sobre sus ojos. Una mujer la observaba. Despacio se puso a sus espaldas. La vio por el espejo.
—Esta estampita es para usted —susurró la anciana.
En sus manos, un cartón con una imagen única: una persona delgada, cadavérica, con sus manos en el mentón.
El goteo de la canilla, lento y repetitivo, ocupaba el espacio del baño.
—Él es San La Muerte. Es Cristo tras la flagelación, mi niña —aclaró la mujer—. No es el Señor de la Muerte, para que no se me confunda.
Clac, clac del goteo.
Lucía veía los objetos girar; el piso en un rojo con negro formando círculos. Hizo foco en el jabón amarillento. El vértigo fue cediendo.
El ruido de la puerta dio paso a otra mujer. La saludó amable. Se sostuvo en el lavabo.
¿La anciana y la estampita? Ya no estaban.
La sala de interrogatorio no tenía ventanas. Las paredes en dos tonos de grises: el primer metro, topo; luego, un degradé hasta el blanco del techo. El oficial de policía se paró en la esquina. El escritorio de metal, con un vidrio grueso sobre la mesada, reflejaba el rostro del abogado, que miraba para otra parte. A la derecha, en su escritorio, el escribiente. Una mujer de unos cuarenta años, con sus raíces negras en un pelo rubio.
La máquina tecleó:
Expediente N.º 2456/06 – Juzgado Federal de Mercedes
Entrevista pericial: Psicopatología forense.
Perito actuante: Lic. Lucía Fuentes (Psicóloga Forense – Policía Federal Argentina)
Imputada: Yolanda Sánchez Ventura (49 años)
Delito: Homicidio triplemente calificado – Causa “Ramón Ignacio G.”
—Yolanda, háblame de tu madre —preguntó la perita.
Me llama la atención cómo me mira. Busca mis ojos. Le han dicho qué decir. Insiste en que escucha voces.
Lucía anotó en su cuaderno palabras de la declarante: “pureza para el rito” cuando describió lo sucedido.
—Mi madre… no fue una santa. Tomaba mucho vino, así que terminó atropellada por un camión en la ruta. Le hice una casita donde palmó para poner las estampitas. Le llevo una botellita con vino para que no le falte —aclaró Yolanda.
—¿Y sobre su padre? —Lucía sabía que eran preguntas de rigor.
El oficial le acercó una taza de café. Le agradeció.
—Me explica de nuevo el tema del rito y la pureza —dijo la perita con un tono cortante.
Lucía notó la impostura de la voz. El tono sacerdotal del habla. El uso de las manos como una misa.
—La comprendo, Yolanda. Ahora, ustedes conocían a Ramoncito —Lucía buscó la hoja del expediente—; les vendía su droga… Por lo visto, abusaban sus socios de él. ¿Su rito de pureza, entonces? ¿No se cumplía en este caso?
Silencio.
—Una sombra entró en mi mente —aclaró la imputada, moviendo la cabeza a ambos lados—. Luces verdes me dijeron que debía darle otra vida. Que si no lo hacía, el cielo me tragaba.
Lucía escribió en su cuaderno de notas:
“Simulación”.
—Tenga cuidado con lo que escribe, que el Señor de la Muerte lo lee —amenazó Yolanda.
—Escribiente, registre amenaza al perito —solicitó Lucía.
Yolanda dio un manotón y tiró el café al piso. El charco se esparció mientras Lucía movía su silla. El oficial se abalanzó sobre la rea y el abogado protestó.
En un costado de la habitación, observando todo, Lucía redactó:
“Disciplina afectiva plana.” Lenguaje místico coherente. No evidencia psicosis activa. Imputable“”.
Entonces una mujer ingresó, en silencio, con un balde. Lucía se detuvo en las arrugas de las manos sobre el trapo de piso.
—Permiso, señorita —le dijo mientras recogía un cartón del piso en el borde del zócalo—. Se le ha caído su recuerdo.
Lucía vio la estampita y la guardó en el bolsillo de su saco. El cielo se nubló.
No me van a asustar. No les tengo miedo.
Algo golpeó los pies de Lucía cuando la mujer se alejaba. Una soga.
—Perdón, señorita —recogió el objeto que tenía un borde rojo—. Me la llevo a otra parte —dijo.
El balde crujió, guardando algo más pesado que el agua. Lucía reconoció la soga. Era la misma en el cuello de su padre.
Su cara azul. Sus labios hinchados. Sus pies en el aire. La silla caída al costado. La foto de ellos, tres sobre el escritorio.
Los caireles de la lámpara transmitieron su camisa azul en todo el techo y en su vida.
—Oficial, veinte minutos de receso —exigió.
La perita no supo si lo pensó o si realmente lo había dicho. Salió al patio de la fiscalía. Una frondosa higuera y un banco de madera en frente. Tomó asiento. Se detuvo en sus zapatos, en cada detalle. El aire olía a fruta y tierra. Respiro hasta recuperar el ritmo. Abrió su cuaderno. La estampita de San La Muerte en una hoja nueva. El sonido de la brisa entre la higuera. Con un lápiz negro escribió en el centro:
¿Quién más está implicado? ¿El poder real?
La mujer, con sus baldes, la observaba.
Al lado de su zapato, Lucía observó un higo abierto. Volvió a su casa de la infancia, al recuerdo de su padre, con un cesto de higos.
—¿Sabías que esta es una fruta única? —le dijo ese día.
Cientos de pequeñas flores… encerradas dentro de una estructura carnosa.
El color rosado y violeta junto a sus pies. Un mundo abierto. Aplastado
¿Qué te pasó, papá? ¿Por qué te fuiste así?
Su casa, la higuera y su aroma.
Discutían. Mamá llorando en el lavadero.
La estampita, con sus ojos huecos en el centro de su cuaderno de notas, estaba atenta a Lucía y sus recuerdos.
—Sub comisaria Fuentes, ya está el otro imputado en la sala —anunció el oficial.
La mujer del balde desapareció, pero su mirada persistía sobre el cuerpo de Lucía.
El escribiente era otro.
—Mi compañera tenía un compromiso —justificó.
El expediente sobre la mesa. La foto en el cuadrante derecho. Una adolescente. Mariana. Ella estuvo presente y participó del proceso completo hasta su conclusión. En un costado, el comentario del antropólogo:
«Conocía bien la estructura de la secta que dividía a sus integrantes en generaciones.» El grupo negro con 6 integrantes entre vivos y muertos: Reino de Maritsa Adams, Reino de Dailem…
Las teclas sonaban en el cuarto aislado. Imputada: Mariana (menor de edad)
—¿Me relata con detalle lo que vio? —preguntó Lucía.
La menor movía sus pies, los cruzaba, los ponía en punta. Su madre no quiso acompañarla, sino una tía lejana. El abogado de parte chasqueó los dedos. Ella comenzó a hablar.
—Le sacaron fotos. Todos aullaban y lloraban alrededor; después, se tomaron de las manos con la sangre de Ramoncito. Bailaron con el tema “Neo Satán” —comentó.
Mariana empezó a reírse. Un sonido agudo y molesto. Lucía levantó la vista.
—Le sacaron el pantalón e hicieron una oración: «el santísimo cuerpo». Le pusieron unas cositas en las piernas, eran parecidos a reglas, pero tenían una luz. Después le inyectaron en sus partes de abajo…
Otra vez la risa de la imputada. Sus suelas resbalaron en el granito. El chillido. Lucía llevó su mano a la cadenita de la Virgen María que sobresalía de la blusa. La sintió cálida, conocida.
—Quiero preguntarle algo —cortó la declaración Lucía—. ¿No fue la primera vez que veías este acto?
—No. Pero en los previos, eran fetos que compraban en la maternidad —aclaró.
Lo soltó como nada. Como algo que todos sabían.
—¿Vos lo conocías a Ramoncito? ¿No pensaste que corría peligro? —preguntó la perita.
La mujer hablaba sin parar, sin sentido, sin gramática.
—¡Deje de hacer ruidos! —ordenó Lucía—. La realidad es que ustedes recibían dinero. ¿Es así?
No esperó la respuesta. Anotó en su cuaderno de notas y subrayó lo escrito.
La risa de Mariana la acompañó todo el viaje de regreso al hotel.
¿Cuánto se hace por dinero?
Una imagen del Gauchito Gil colgada en el espejo del auto. El chofer movió su brazo al asiento lateral y sacó un cesto.
—¿Quiere un higo? Están buenos —ofreció.
Lucía tomó uno.
—Seguro que a su padre le hubiese encantado —comentó el chofer.
Su pulso se aceleró. Apretó el botón para bajar el vidrio; no funcionaba.
Su padre, en el piso de su estudio, cuando lo descolgaron.
¿No pude abrazarte antes, papi? ¿Qué te estaba pasando? ¿Estabas solo? Nadie te escuchó. No te escuché.
—Ya estamos en el hotel, señorita —avisó el chofer.
Le costó dormir. Entrada la madrugada, el sudor pegajoso, el sabor dulce del higo todavía en su boca.
Su madre le dice que había un intento anterior. Nunca me lo dijiste, mamá.
Olor a los higos. Mi madre corriendo por el patio. La higuera. Mi padre con las venas abiertas. La ambulancia.
La anciana con su balde limpiando el baño de mi padre.
El sol irrumpió en el cuarto. Un higo en la mesa de luz. Un golpeteo en el cristal de la ventana. El picoteo de un cuervo. Su cuaderno de notas está abierto en la cama.
Fue a desayunar, y la moza la saludó alegre. Hoy era la última entrevista. El cuervo, posado en el borde de una banca de hierro, la observó a través del ventanal. Una sombra en el patio.
¿La anciana de los baldes?
El aroma, el ruido de las tazas, las charlas con su padre, su mirada triste, su deseo ausente, sus silencios, ese mutismo que lo encerraba.
El día en que le dijo su decisión.
—Vaya, mi niña. ¿Cómo no se va a ir a estudiar a Buenos Aires? Su futuro está allí —le dijo.
Vi tu tristeza al irme y no te dije nada. No volví las veces que debía.
La taza humeante entre las manos le recordó su trabajo. No quiso llorar.
La anciana del patio llevaba un sobre de papel madera. Llegó a la mesa sin ruido, flotando. El cuervo atento a la caminata.
Lucía Fuentes sintió la presencia antes de verla. Sin darse cuenta, movió los pies de adelante hacia atrás, el taco rozando el suelo; el chirrido la obligó a mirarse los zapatos.
Una voz neutra, sin tiempo ni espacio, le habló:
—La anduve buscando varias veces estos días. ¿Se esconde usted de mí?… No debería.
La mujer hablaba mientras Lucía observaba sus manos flacas, las uñas largas, la piel opaca con manchas oscuras, seniles.
Sin olor, sin sudor, sin lágrimas. Sin aliento.
—He visto que no ha comido los higos. Hay uno por día en su mesa de luz. Vaya, mi niña, ¿no le gustan?
El cuervo escapó junto al trueno y las gotas que repiqueteaban en la ventana. Lucía miró los pies de la vieja: uñas largas, dedos flacos, talones gastados bajo los zapatos negros, deslucidos, sin suela. Gastados del largo camino.
Desde la puerta, sin animarse a entrar, el chofer le gritó:
—La espero afuera.
Lucía tomó aire y tomó el sobre. Agradeció con la mirada.
—Es para el viaje de regreso —recomendó la anciana y se fue flotando hacia otro espacio.
El recorrido a la fiscalía a través de la arboleda, la plaza principal y la iglesia. Se persignó.
En la entrada del edificio, los abogados parloteaban entre ellos con sus trajes impecables y sus buenos maletines.
Siempre le llamaba la atención delincuentes pobres con abogados ricos.
La última hora. Faltaba poco para alejarse de Corrientes.
Lucía dejó sus pertenencias sobre el escritorio. El teléfono vibró.
—Disculpen, debo tomar esta llamada —aclaró mirando a los presentes.
Tomó asiento; no era el momento, pero sentía que tenía una charla pendiente con su mamá.
En medio de la conversación, una sucesión de imágenes de su pasado. Su madre en un acto de la escuela. El regresa a casa y su padre postrado. Días llevándole comida, rogándole que coma. Momentos de verlo bien y rogar que todo haya pasado.
—Es como un bichito de luz; cuando está encendido, todos brillamos —le dijo su mamá llorando. Y ella se fue a Buenos Aires.
Del otro lado del teléfono, la voz de mamá cansada pero vital:
—Encontré un sobre con tu nombre, mi hijita, de tu padre —le comentó.
Silencio.
—Hizo lo que más pudo por quedarse. No aguantó más, hija. Déjalo partir.
La puerta de la oficina se abrió.
—Ya está en la sala Daniel Alegre, el último en ser capturado —avisó el oficial.
Ese pasillo estaba más gris y el cuarto olía mal.
El reo estaba sentado con sus piernas abiertas. Sus labios húmedos y saliva en la comisura. El chasquido de su abogado. Las palabras de un relato vacío.
—¿Qué hicieron con los huesos del niño? —preguntó la perita.
Daniel estiró una de sus piernas cerca de las de Lucía.
—Los esparcimos por cada rincón de Mercedes, como dice el Libro Negro —contestó manteniendo su mirada en el techo.
—¿Usted confirma que siguió los lineamientos de un libro de magia negra?
—Sí.
—¿Y qué voces le dijeron que produjera material pornográfico sádico? —preguntó la sub comisaria.
El preso se puso de pie. Miró a Lucía y al oficial de custodia. Sus manos esposadas.
—Me pica las bolas. ¿Quién de los dos me lo rasca?
Por la tarde, en la oficina del fiscal, Lucía ya tenía el informe terminado. Le trajeron su auto a la puerta para partir a Buenos Aires desde allí. Dejó el expediente sobre la mesa de caoba. Son todos imputables.
Los caireles jugaron con sus luces sobre la tapa gris.
En la calle, sobre los cables de la luz, el cuervo miró a Lucía subir a su Ford.
El santuario del Gauchito Gil en la ruta, lleno de devotos. Disminuyó la velocidad.
El sobre de papel sobre el asiento del conductor. Se detuvo.
Al abrirlo, reconoció la letra de su padre. El auto se inundó de olor a higos. Muchas palabras. Te amo. El bichito de luz.
Lucía apretó el papel contra su pecho, como si pudiera devolverle un latido a su padre.
La anciana sentada en el asiento de atrás, el balde sobre el tapizado.
—Ya está conmigo, ya no sufre. Yo te acompaño. En las huellas de tu camino. En los frutos que dejaste sin comer. En el balde que limpia lo que nadie quiere ver.
Sus dedos flacos rozaron el aire, dejando un frío que trepó por la nuca de Lucía.
Continuará






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