Mariana Enriquez

Postales del horror: una lectura crítica de Las cosas que perdimos en el fuego

Las cosas que perdimos en el fuego consagró a Mariana Enríquez. Ella es una de las voces más potentes del cuento latinoamericano actual. Doce relatos cortos y oscuros mezclan lo cotidiano con lo siniestro. Incluyen villas, hospitales, rituales, casas tomadas y chicas a punto de incendiarse. Es un libro que se lee rápido, que atrapa, que incomoda. Y sin embargo, a mí me deja a mitad de camino.

Enríquez escribe con una oralidad adictiva. Sus narradoras parecen confesarte algo en un bar: frases cortas, llenas de detalles aparentemente casuales que van creando tensión. Es fácil entrar en estos cuentos. La mezcla entre sordidez urbana y lo fantástico funciona como un gancho: no sabés cuándo el relato se va a torcer hacia el horror. Ahí radica parte del encanto del libro.

Pero lo que me pasa —y no puedo dejar de sentirlo— es que muchos de estos cuentos parecen postales. Pinceladas de lo feo, lo marginal, vistas desde una narradora que, por más que use la primera persona, no habita realmente esos mundos. No las siento encarnadas desde adentro. Las veo descritas desde afuera. Es desde una mirada de clase media que visita el barrio pobre, el consumo adolescente, la violencia. Esta mirada los convierte en escenario. A veces tiene un tono de denuncia. Otras, muestra cierta fascinación. Casi siempre lleva un dejo de superioridad crítica que me saca de la historia.

Y cuando aparece lo fantástico, que podría ser el gran momento revelador, muchas veces queda como un golpe de efecto. Una irrupción que asusta, que impacta, pero que no termina de integrarse con el núcleo emocional del relato. Supongo que esa es la apuesta de Enríquez: dejar huecos para que el lector complete. Pero en mi caso, el resultado es una sensación de inconclusión, como si las piezas no terminaran de encajar.

No todo me frustra. Algunas escenas quedan grabadas. Son el hotel de La hostería, el juego morboso de El chico sucio, y el plan final del cuento que da título al libro. Además, hay una voz narrativa que sabe mantenerte leyendo. Pero cuando cierro el libro, me pregunto si vi el corazón de esas historias. O solo vi una serie de imágenes impactantes sobre el horror.

Quizá ahí esté su fuerza: incomodar incluso a quienes, como yo, esperábamos otra clase de verdad.
Enríquez no deja indiferente, y eso también cuenta.

Recomendación: Hay que leerla. Por :

1. La oralidad como recurso narrativo

Enríquez logra que la primera persona suene cercana, confesional, como si alguien te hablara al oído.

  • Usa frases cortas, retazos de pensamientos, detalles cotidianos que parecen inofensivos pero cargan tensión.
  • Incluso cuando sus personajes no son confiables, te atrapan porque parecen reales.

Aprendizaje: si querés narrar en primera persona, podés trabajar el tono oral sin caer en lo plano. Convertir la voz del narrador en un personaje en sí mismo.


2. El poder de la atmósfera

Aunque discutamos la profundidad del “fondo”, es indudable que ella sabe crear escenarios inquietantes:

  • Una hostería en el conurbano. Una villa es tomada por un chico extraño. Un cuarto de entrevistas se vuelve espacio sobrenatural.
  • Los detalles concretos (olor, objetos, sonidos) arman el clima antes que la acción.

Aprendizaje: no hace falta explicar todo el horror. Sugiriendo con objetos, olores y luces, el lector llena el resto.


3. El uso del vacío narrativo

Te incomodó (y a muchos lectores también), pero es deliberado: Enríquez deja huecos, finales abiertos, cosas que no cierran.

  • Esto provoca que el lector siga pensando en el cuento después de leerlo.
  • Es una técnica riesgosa: si no te atrapa, parece solo “inconcluso”; si te agarra, te persigue como una pesadilla incompleta.


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