La brisa de la mañana traía el olor del pasto húmedo, del rocío. La extensión de las hileras de maíz daba un manto verde infinito. La camioneta se estacionó en la puerta de entrada de la “Dulce”. Rodrigo saltó de la tolva. Tenía el sabor de mate cocido. También sentía el pan recién hecho por su madre en la boca. Recordó su sonrisa, cuando le dijo que tenía trabajo.
—¡Con trece años tienes trabajo, mi gurisito! —le dijo con un beso en la frente.

El capataz les ordenó ponerse en fila, para ver los documentos de los nuevos.
—Este pibe parece de veinte —observó—; si le hiciéramos caso al reglamento peronista, no te podemos dejar pasar.
Fermín tenía la fusta en el cinturón. Estaba acostumbrado a manejar a la gente. Con sus cincuenta años, desde niño estaba en la estancia.
Los ojos del niño le suplicaban. Con un manotazo lo hizo pasar con el resto de los peones rurales.
—¡Pensá en quién votás cuando te llegue la edad! A este país se lo saca trabajando —comentó. Esa frase era prestada de su patrón, como sus botas.
El ayudante del capataz se rio a carcajadas mientras apagaba un cigarro en el pasto. El resto de los hombres miraba sin mucho que decir.
—Pibe, vas hoy con la peonada. Al galpón, tomá un costal, guantes y el machete.
El muchacho asintió y sonrió; llevaba unas semanas esperando poder trabajar.

Forzó la vista en la oscuridad del recinto, el olor a humedad lo rodeó. Una tos seca se sintió desde el fondo.
Los maíces estaban unos sobre otros, depositados en bolsas de arpillera en el lado derecho, en un sector. En el otro, miles de bolsas marrones con los granos secos en el interior.
—Andá al cuartito ese —le señaló un peón.
Rodrigo pasó justo por la abertura. Un polvo dorado flotaba en el aire. Reflejaba un rayo de sol perdido en la negritud.
—¡Saliste alto, pendejo! —se burló el peón, caminando entre costales de mazorcas acumuladas sobre el piso.
El aire era espeso y Rodrigo estornudó.
—¡Salud! ¿No tendrás la gripe, no? —preguntó el capataz desde el fondo.
—Alergia, nomás —aclaró el niño.
—¿Y tu hermano, cómo anda? ¿El colorado sigue en la unión obrera? —le preguntó el capataz al peón.
—… Es su vida. Ni al fútbol va —comentó el hombre. Corrió un saco roído con su pie—. ¿Ahora a la milonga? ¡No se la pierde!
Rodrigo tomó una de las bolsas; estaba húmeda en los bordes y deshilachada por partes.
Uno de los peones se acercó a ayudarlo. Sacó de la bolsa unos guantes gruesos, desgastados.
—Nene, usá esto —le dijo y desapareció en la oscuridad con un silbido bajo.
Un ruido lo alertó. Una sombra rápida, veloz, escurridiza, entre las bolsas, aprovechó el silbido ocultando su chirrido.

Las risas de los peones recorrían las hileras de los maizales. Rodrigo seguía a Fermín.
—¿Ves esta planta, que está amarilla, como seca? Bien, tocás la punta del choclo y lo arrancás —le enseñó—. Sujetás el tallo con una mano. Con la otra mano, girás la mazorca hacia abajo y afuera. Luego, la desprendés del olote.

El día se fue rápido y el atardecer estaba tan rosado como sus manos. El guante áspero no lo había ayudado mucho. Sopló sus manos en busca de alivio. Las cotorras pían como indicando el final del jornal.

El trote de dos caballos le llamó la atención.
—Es el dueño —dijo por lo bajo uno de los peones.
Rodrigo prestó atención a las manos del hombre sobre el caballo. Las sobaba, se acariciaba dedo por dedo. En un momento movía un anillo y cada movimiento se sumaba a una voz particular, pegajosa.
—¡Qué alegría verlo, mi patroncito! —halagó el capataz.
—¿Te faltó alguien, Fermín? —preguntó desde lo alto.
—Dos por fiebre.
—Bueno, que ya no trabajen. No vaya a ser que se vengan con que tenemos que pagarles la atención de salud. El daño que están haciendo estas cabecitas negras.

Rodrigo no quiso escuchar más. Se subió atrás, junto a todos los peones, en el carro que los llevaba a la puerta de la estancia.
—Llévale esta bolsa de choclos y granos a tu mamá —le dijo el ayudante del capataz.
El muchacho sonrió. La sola mención de llevar un regalo fue suficiente para olvidarse del dolor de todo el cuerpo.
En el baño de su casa usó el jabón blanco federal para lavar bien sus manos. Le gustaba ese olor a fresco. El ruido de su mamá en la cocina le dio hambre.
Le pareció ver a la sombra oscura por el zócalo de la sala.
Un guiso de fideos moñito, bien caliente, le cambió la noche. La silla de su padre tenía el plato vacío; nadie lo retiró hasta que formó parte de la cocina.
El poco queso parmesano que quedaba, su madre lo puso en su plato. Él solo la miró. No quería, pero en esos momentos tenía ganas de llorar.

—Vino tu hermano y la esposa esta tarde. Trajeron unas medialunas; te guardé algunas para el desayuno —comentó la mamá.

Rodrigo saboreó cada fideo como si fuera la primera vez. Con la cuchara raspó el plato.
—La han hecho jefa de sala en el hospital regional. Se la veía muy contenta a la María José.

El radioteatro de Los Pérez García sonó en la radio. La madre, atenta a la historia, mientras el muchacho, rendido, se fue a su cuarto.

A la medianoche tuvo fiebre muy alta.
—Estás con 39 grados, gurisito —le dijo su madre.

A la madrugada fue al baño. Tosió y un hilo de sangre, delgado como una hebra, cayó y se abrió paso en el agua del lavabo.

Por la fiebre cayó al piso haciendo un ruido seco. Observó a su madre desesperada, sosteniéndole la cabeza y su cuerpo temblar.

No supo si estaba despierto o si lo arrastraban por un sueño extraño. El aire olía a metal y a perfume de limón. Entre parpadeos reconoció la voz de su hermano y el olor de su Chevrolet cincuenta y dos.

—¿Cómo lo ves, mami? —preguntó el conductor sin apartar la vista de la ruta.
Estaba preocupado. En el sindicato, le comentaron de otros casos de la fiebre con sangre. Observó a su hermano por el espejo retrovisor. Puntos rojos en el rostro y sus ojos de niño.
—Está ardiendo… y respira rápido —contestó la madre, ajustándole la manta a cuadros—. ¿José, por qué nos pasa esto? —preguntó. Su llanto se sumó al recuerdo del accidente de su esposo.
José se quedó en silencio. La ruta oscura los envolvía. Con voz conmovida comentó:

—Hoy me enteré… —hizo una pausa, como midiendo si decirlo— que en el hospital hay un montón con fiebre.
—¿Qué fiebre? —la mamá se inclinó para escucharlo mejor.
—No sé… dicen que es como gripe, pero fuerte. El Fidel del taller me contó que un compañero suyo se enfermó igual que el pibe. No lo pudieron internar.
La madre apretó los labios.
—¿Por qué?
—No había camas. Tuvieron que mandarlo a la casa. Y no duró… —tragó saliva—.

Rodrigo escuchó a medias. Voces como ecos desde un pasillo largo, mezcladas con el rugido del motor y un chillido. Ojos rojos, mirándolo fijo desde una ventana.
Su madre lo sostenía fuerte, le hablaba al oído, pero se disolvía. Reconoció el rostro de su cuñada, María José. Un pasillo estrecho. Observó cuerpos sentados, agachados, recostados en colchonetas. Un destello en el techo lo obligó a girar la cabeza. Dos, cuatro… no, seis. Todos rojos, redondos, flotando sobre ellos. Lo perseguían. Su madre a su lado. Unas voces lo regresaron al pasillo del hospital.

—¡Doctora, cama libre en observación! —gritó alguien.
—¡Quiero hablar con el responsable! —protestó un hombre desde la puerta.
—No hay lugar, señora, espere afuera —respondió otra voz, cortante.

Entre ese ir y venir, vio a su madre apretando su mano.
—Suegrita, venga conmigo —dijo María José, tomándola del brazo con suavidad.

La llevó hacia un lado donde estaba un médico joven.
—Doctor, es mi cuñado —dijo ella, bajando la voz—. Está muy mal, necesito que lo vea ya.
El Dr. Cintora asintió, observando hacia la camilla donde Rodrigo estaba tumbado.
—¿Qué tiene? —preguntó, mientras se secaba las manos con un trapo.
—Fiebre alta, mucho sangrado…, como todos —respondió María José.
En ese momento, desde una camilla cercana, una mujer escupió sangre dentro de un balde. El golpe hueco del metal hizo que el médico girara la cabeza.
La paciente jadeaba, con un pañuelo empapado en la mano. María José aprovechó para susurrarle :
—Ella empezó igual. Y ahora está así…
El médico asintió, serio.
—¿Los mismos síntomas?
—Sí —respondió ella—. Fiebre alta, encías sangrando.
El médico miró a la madre.
—Su hijo está muy grave. De diez casos como este… cuatro no salen, madrecita.

Ese golpe en el balde le retumbó en la cabeza a Rodrigo. María José le acarició la frente y luego se alejó, hablando rápido con su madre. Él no alcanzó a escuchar, pero vio a su hermano salir por la puerta a paso apurado, siguiéndolos. Se quedó solo. Por momentos veía a sus compañeros desgranar las mazorcas, rodeados de un polvo dorado.

La sala pequeña de la guardia del Hospital Regional de Junín tenía una foto de Evita, la reciente difunta. El joven médico los hizo pasar. Guardaba una hoja doblada en el bolsillo. “Uso de los anticuerpos de recuperados para tratamiento” estaba escrito como título.

—Me acaba de llegar la confirmación —dijo en voz baja—. El Dr. Milani envió la muestra al Malbrán. Parodi lo confirmó: es un virus. Creo que hay algo que podemos intentar.
La madre lo miró con ceño fruncido. José tenía sus manos como garrotes dentro de los bolsillos.
—¿Qué cosa? —preguntó María José.
—Plasmaféresis —contestó—. Leí sobre esta técnica. Podría salvarlo… si lo hacemos hoy —aclaró el Dr. Cintora.

María José arqueó las cejas.
—¿Cómo? ¿Qué significa plasma…?
—Necesitamos a alguien que se haya recuperado. Que se curó. Le sacamos sangre, separamos el plasma, que es como el agua, de los glóbulos rojos.

El ruido de las camillas y el de una lluvia torrencial sobre el ventanal de la guardia les dificultaba oírse.

—Los glóbulos se los devolvemos al donante y el plasma se lo pasamos a Rodrigo —concluyó el médico.
—¿Es seguro, mi doctorcito? —preguntó la madre, acompañando con sus lágrimas el sonido de la lluvia.
—Es lo que tenemos.

José contuvo a su madre.
—Yo sé de un compañero que zafó de la fiebre con sangre —confirmó, dándole un beso a su madre.
—Búsquelo —ordenó Cintora.

Corrió a ver a su hermano. María José lo siguió. Al lado de la camilla lo abrazó como cuando eran niños. Cruzó la calle y esquivó a un vendedor de café. Luego se internó por una calle lateral que daba a las viviendas del barrio obrero. La lluvia le pegaba en su rostro, sus zapatillas embarradas. Golpeó una puerta de chapa oxidada.

—¡Anselmo! ¿Estás? —gritó.

Un hombre flaco, con el cabello pegado a la frente, asomó la cabeza.
—¿Qué pasa, che?
—Mi hermano… el gurí… está grave. Me dijeron que vos pasaste la fiebre y saliste.

Anselmo dudó un momento.
—Sí, conozco al pibe. El otro día le di mis guantes en “La Dulce”. Hace dos semanas que no tengo fiebre.
—¿Vos le diste tus guantes, hermano? —José Luis lloró, su voz era un hilo—. Necesitamos tu sangre. Parece que eso puede salvarlo.

El peón lo miró en silencio. La lluvia entraba a la casa. Su mujer los observaba desde adentro.
—Si sirve, vamos —le confirmó.
El granizo fue cayendo. Las piedras golpearon el techo de chapa de la casa y los vidrios de la sala de guardia.
En ella, el doctor Cintora discutía con un hombre de traje claro, delgado, con una carpeta bajo el brazo. Movía las manos con rapidez, frotándose los dedos unos contra otros.

—No puede hacer ese procedimiento —dijo el funcionario—. No está autorizado.

—Es la única opción que tenemos —replicó el médico, controlando la voz—. Si no lo hacemos hoy, el chico muere.

—Si usted lo hace, se arma un escándalo. Ya hay rumores, y el Ministerio no va a decretar una emergencia sanitaria por un caso más o menos. Esto es rural, doctor. La gente entiende que las enfermedades pasan —dijo el funcionario, e hizo un gesto con la mano, como sacudiendo algo.

—No son rumores. Es un virus, lo confirmó el Dr. Milani. ¿Quiere que muera un chico para mantener una estadística limpia? —increpó.

El hombre entrelazó los dedos, se frotaba, y por momentos parecía una caricia.
—Tomé estas personas… como una cosecha perdida. Si esto sale mal, yo no estuve acá.
—Si sale bien, tampoco —cerró el médico, saliendo sin esperar respuesta.

María José preparaba un frasco de vidrio, agujas y mangueras. Estaban en el quirófano, era el lugar más limpio del hospital.
El joven médico le explicó el procedimiento en voz baja. Primero, extraerá sangre. Luego, separará el plasma. Devolverá los glóbulos rojos y finalmente, pasará el plasma a Rodrigo.

Anselmo ingresó al cuarto con azulejos verdes en sus paredes. Dos camillas. Vio a Rodrigo.
—Vamos a darle lo mío. Es igual a su padre —concluyó, saludando a todos con la cabeza.

Rodrigo observó al hombre al lado suyo, la aguja entrando en su brazo como un diente brillante. El frasco se llenó de rojo espeso. ¿Le robaban la vida al hombre?
—Vampiros —pensó, mientras los ojos rojos lo cercaban en su mente afiebrada.
En un abrir y cerrar de ojos, un líquido dorado del plasma brillaba como un sol extraño que bajaba hacia él. El chirrido, más suave ahora, parecía alejarse… pero no del todo. María José estaba a su lado, firme, lo miró a los ojos, sin decir palabra, mientras regulaba el goteo.
El ruido de la lluvia fue una música calma en sus oídos.
A su lado, Anselmo recibió de nuevo sus glóbulos rojos. Quieto, sin queja. Entre ambos, María José controlaba los frascos, apretaba abrazaderas metálicas con movimientos rápidos.

El calor del plasma se mezclaba con su propia fiebre. En un costado, su madre estaba de pie, con la mirada perdida. La luz blanca le daba un tono deslavado a su piel. Detrás de la ventana de la puerta, el hermano observaba en silencio. Tenía las manos juntas, la frente baja. Las luces se fueron.

Por la mañana, el sol se filtró por las ventanas altas de la guardia. Rodrigo dormía con un leve color, volviendo a sus mejillas. Su madre, agotada, lo vigilaba sentada en una silla de madera.
Por el pasillo principal apareció el patrón, seguido de cerca por el capataz. Detrás, con paso rápido y manos inquietas, venía el funcionario del Ministerio.

—Le dije al doctor Cintora —movía los dedos como si contara monedas—, que no podemos armar escándalos. La cosecha ya está vendida y las noticias viajan más rápido que el tren.

El patrón sonrió, conciliador.
—Por eso vinimos, para que se vea que aquí no hay problema. Trajimos un presente para el muchacho.

El capataz cargaba una bolsa grande de arpillera, cerrada con una soga. El olor dulce del choclo fresco se adelantaba a cada paso. Al llegar a la cocina del hospital, la dejó junto a otras provisiones.

—De la mejor cosecha —dijo el patrón—. Nada como lo que da nuestra tierra.

El funcionario asintió, acomodándose la chaqueta.
—Que todos vean que seguimos trabajando… y que lo de la fiebre es un caso aislado.

En la cocina, la bolsa quedó inmóvil por un instante. Luego, un leve temblor recorrió la tela. Un chirrido corto se oyó. Un polvo dorado comenzó a escapar por una costura suelta. Algo se movía adentro, rápido y silencioso, buscando salida.

En ese momento, el patrón, el capataz y el funcionario se dieron la mano. Hablaron de precios y de la próxima siembra. También mencionaron que “todo está bajo control”.

Detrás de ellos, en la penumbra de la cocina, un par de ojos rojos se encendió. Y otro. Y otro.

Nota del autor

La sombra de Maizal es una docuficción que entrelaza memoria rural, enfermedad y poder. Los nombres de médicos, hospitales y referencias históricas son reales. Lo ficticio es la mirada del niño enfermo y la sombra que lo persigue. Esta sombra es un símbolo de lo que se oculta en los surcos y en los pasillos de los hospitales.

El relato parte de testimonios y archivos sobre epidemias en la Argentina rural de mediados del siglo XX. Mi intención no fue reconstruir un hecho puntual. Quise transmitir la atmósfera de explotación y abandono sanitario que marcó a generaciones de trabajadores.

Al mismo tiempo, el texto quiere rendir homenaje a la valentía de los médicos y enfermeras de aquella época. Con recursos escasos, ellos enfrentaron lo desconocido. Improvisaron con coraje y humanidad donde el Estado no llegaba. Ellos sostuvieron la vida, muchas veces en soledad, y su memoria late en cada línea de esta historia.


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