La ventana de la cocina daba a una infinidad de luces. 

Miles de puntos de las calles de Lima se observaban desde lo alto.

El cielo, siempre nublado, pero las estrellas se veían de noche mirando hacia abajo.

Yareni se detuvo contando algunas luces. 

Su niña estaba en su cuarto y Oniro, su marido, todavía en el taller.

Miró su mesada:

una hilera de sánguches de palta, de queso y de camote frito.

Treinta para la mañana.

El aroma de la canela llenaba el ambiente.

Las cáscaras de manzana y piña en el agua aportaban su fragancia.Su quinua carretillera estaría lista pronto.

Cada mañana las vendía en su puesto en la esquina del hospital.

Oniro estaba preocupado,no dormía bien desde hacía meses.

Ella sabía el motivo: lo escuchó hablar con su amigo.

—Me dejaron el papelito, mano… si no pago, me revientan el negocio —había susurrado esa noche.

Resonaba esa frase en su mente.

Una sola palabra la ayudaba: Araisamiamsi (todo irá bien).

Entonces la sala de la cocina se llenaba con el sonido de los árboles.

Con el piar de los pájaros de la selva.

La voz de su madre le relataba a Kashíri:

como el padre Sol alimenta cada mes a la Luna,

para que crezca.

Corría de niña con plumas rojas y máscaras de felinos,

ofrecía masato en jícaras,

y las risas llenaban su vida.

El miedo se alejaba.

El ruido de la chapa de la puerta la sobresaltó. Oniro ingresó silbando.La melodía la elegía cada día para sorprenderla. Si la repetía, ella hacía como que no se daba cuenta.

Sus ojos eran de marrón claro y sus pómulos marcados.

Desde que eran niños, ella amó su sonrisa.

Lo tomó del rostro con ambas manos y lo besó.

Antes de dormirse se animó:

—Mañana voy al taller. Vamos juntos a la madrugada a la puerta del hospital para vender mis panes y luego te acompaño.

—Ajá.

Lo escuchó suspirar, pero permanecieron callados.

Yareni tomó de la mesa de luz una piedra del río con forma de estrella que la acompañaba desde sus seis años.

La apretó fuerte.

La dependienta de la botica cerca del taller de su marido le comentó que estaba pagando muchos soles por mes para protección;

que pasaban todos los viernes antes de retirar la caja de la semana.

Que cuatro hombres la esperaron de sorpresa en una mala esquina.

Que lloró toda la semana.

Se durmió despacio. Al otro día le dejó el desayuno listo a su hija y la besó dormida en la frente.

Los panes y la quinua se vendieron rápido.

En el auto, el sonido de la cumbia de Los Mirlos sonaba bajo.

Su música los alimentaba, los unía a sus recuerdos.

—No les pagué y no voy a hacerlo —comentó de la nada Oniro.

Ella se acordaba de cuando él, a sus trece años, empezó a arreglar motos.

Su cara de felicidad cuando compró sus primeras herramientas.

Ella había vendido sus tortas.

Llegaron escapando de la selva a las colinas arenosas de Lima.

Casi nunca llueve.

Ese día sí.

El lugar que habían arrendado  era un lote vacío;

con los años se transformó en un taller.

Una de las paredes la pintaron verde furioso,

y su niña dibujó unas flores al borde.

A una cuadra se veía el humo.

Cuando el olor le llegó a la nariz,

supo que era el taller de Oniro.

Cuando él la vio llorar, se dio cuenta.

Un sonido de notificación en el teléfono de su marido.

Vio la expresión de rabia en sus ojos cuando le mostró la pantalla.

Un número desconocido.

«Para que aprendas, pe.»

Una sola frase.

La gente ayudaba con baldes de agua,las paredes negras del fuego.

El humo rodeaba y los perros miraban en silencio.

Los sonidos del barrio se escondieron por un rato.

El silencio fue invadiendo la botica, la bodega de don Samuel y el bar de mitad de cuadra.

Un cliente que Yareni conocía, arrodillado en la acera:

su mototaxi quemado en el patio del local.

Tardó en llegar el bombero; las calles angostas y la gente agolpada.

El humo ardía en su garganta cuando cerró los ojos.

Observó en su recuerdo la selva

y las ramas altas del bosque que se abrían en un claro,

y su luna Kashíri en el centro, vigilante.

El pajé hablaba junto al fuego.

Solo las chispas movedizas cortaban el silencio.

—Kashíri nunca se va. Se esconde, se achica, desaparece…

pero siempre vuelve a brillar.

El murmullo del tambor junto a las danzas,

las plumas rojas,

máscaras de felinos,

jícaras de masato pasaban de mano en mano.

Yareni apretó en la mano la piedra en forma de estrella que guardaba desde niña.

Sintió que ardía contra su piel.

Abrió los ojos.

El humo del taller.

El mensaje en la pantalla.

Oniro a su lado.

Dos hombres se le acercaron abriéndose paso entre la gente.

Uno de ellos le habló a su esposo al oído,

pero ella lo escuchó:

—Este viernes le toca la cuota. No se me haga el valiente, ni me junte a la gente —la voz socarrona, entonada.

Ella los conocía: distintos cuerpos, el mismo espíritu.

El otro se acercó a ella, siseando como una víbora.

Le tocó su pelo negro lacio que caía sobre su hombro.

—Son ricos tus panes, como tu hija, dale mis saludos —le espetó.

Retuvo sus ojos, su piel, su olor.

Lo vio irse entre la humareda.

Oniro le dio su mano, fuerte.

Eran niños en esa selva violenta cuando unos hombres se los llevaron.

Soldados de la nada.

Robando sus juegos

y aniquilando su mundo.

La arrastraron por el pasto

con espinas clavadas en sus piernas.

Su madre muerta al lado del río

con sus ojos abiertos buscando una mano que nunca llegó.

Años después se enteró del nombre,

cuando el español llegó a su vida: Sendero Luminoso.

Le dolía sobre todo la traición de esas palabras.

Era el rastro de las espinas

Y la oscuridad de la pérdida.

Cuando todo se apagó y el humo se fue,

otra vez la oscuridad la rodeó.

Sintió su estrella de piedra en el bolsillo.

Abrazó a su marido y se lo llevó para la casa.

Cuando abrieron la puerta,

su hija estaba en medio de la sala,

con los puños apretados y los nudillos blancos.

Las luces de Lima entraban por la ventana;

las nubes grises cubrían la noche negra.

El café goteaba poco a poco,

y un par de tamales esperaban en la mesa.

Oniro abrazó a su hija

mientras Yareni los observaba.

Sombras mudas esperaban afuera.

Era la noche profunda

cuando un sonido, como un chistido, la despertó.

Se asomó por la ventana de su habitación.

Nada.

Su marido dormía, sobresaltándose por momentos.

Sus pies fríos en el piso.

Estaba en alerta.

Esa sensación aprendida.

Esa urgencia marcada a fuego por el sufrimiento.

Sin ruidos, fue a la cocina.

En la alacena, una luz plateada la llamó.

Un ruido nuevo:

el cuarto de su hija.

Lo supo.

Sintió el olor.

Se acercó a la puerta y escuchó.

Su niña murmuraba pidiendo ayuda.

La imaginó con los ojos abiertos

y la mano extendida.

Abrió la puerta y lo vio.

Estaba ahí,

con su voz socarrona y su aliento pútrido,

reteniendo a su hija.

Solo atinó a arrodillarse frente al hombre.

—La mamita también quiere —le escuchó decir.

El hombre se acercó a ella

y le tomó la cara con una mano,

mientras sostenía a la niña con la otra.

Fue en ese momento que el haz de plata salió entre sus ropas

y abrió el cuello del maligno de derecha a izquierda.

La llamarada de sangre salpicó el piso mientras caía.

Escuchó ruidos en la cocina.

Rápido, Yareni corrió.

Al ingresar en la penumbra vio a su marido sobre otra sombra muda.

Sus manos apretaban el cuello.

El rostro violeta boqueaba,

con su arma arrojada a unos metros.

Los tres acomodaron los cuerpos.

En silencio prepararon sus bolsos.

El amanecer trajo el ruido de los mototaxis

y de los vendedores ambulantes.

Sentados en el ómnibus de larga distancia

vieron irse de a poco las arenas de Lima.

Varios días después,

la lluvia torrencial

y el sonido del uaripuru los acompañaban.

Esperaron tranquilos

hasta que, en el claro del bosque, apareció la luna.

—Kashíri nunca muere,

siempre vuelve a brillar —les dijo a su familia.

Ahora estaban donde debían estar.

Nota del Autor

Esta historia es un viaje a través de la tensión irreconciliable entre dos mundos: la Lima urbana de luces infinitas y amenazas concretas, y la Selva originaria, que pervive como el núcleo de la resistencia.

La narrativa se sostiene en un poderoso contraste espacial. Las calles grises y el humo del taller son el escenario de la extorsión y el miedo; son el rastro de la espina clavada. Frente a esta hostilidad, la memoria se convierte en un arma: el aroma de la canela, el piar del uaripuru y las danzas con plumas rojas no son solo recuerdos, sino anclajes espiritualesque permiten a Yareni y Oniro soportar el presente.

El corazón simbólico del relato es Kashíri, la Luna, que desaparece solo para volver a brillar. Esta metáfora ancestral y la piedra de río en forma de estrella que Yareni atesora, son los objetos-talismanes que fusionan el trauma pasado (la violencia de Sendero Luminoso) con la amenaza presente. No hay distinción: la oscuridad es la misma, y la respuesta es la supervivencia marcada a fuego.

El relato culmina en un clímax abrupto y decisivo, donde la acción se impone al diálogo. La violencia final es el acto purificador y necesario, la única forma de garantizar que su linaje —su hija, su quinua carretillera, su música cumbia— pueda continuar brillando, tal como lo promete Kashíri. Es la afirmación de que, incluso escapando, el verdadero retorno es a la fuerza inmutable de la identidad.


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