La brisa cálida de la madrugada se acompañaba de los sonidos del puerto. Un par de gaviotas observaban el ir y venir de los hombres con sacos de cacao en sus hombros. El olor dulzón y agrio de los costales se mezclaba con los sonidos del inglés. También se mezclaba con el francés y el español de los señores de las estancias. Esto completaba un entorno ágil y feroz. El muchacho apilaba los sacos uno sobre otro. El sudor le recorría la sudadera. A lo lejos se escuchó la sirena de un trasatlántico que buscaba el puerto de Guayaquil. Tomás observó sus pies descalzos; le pareció que uno era más grande que otro. Su ma le había advertido que le crecerían sus partes, pero esto le parecía demasiado.

Uno de los caballeros con un bigote fino lo miraba.

—Negro, mueve esa pila más cerca de la pared, que no se puede pasar.

Tomás aceptó gustoso; en su cabeza un golpeteo rítmico nació del suelo y lo acompañó en la tarea. La marimba le trajo el sentir de los suyos.

Una canción se asomó entre sus labios. Su voz era armoniosa y grave a sus dieciocho años.

—Allá va la canoa bajando por el río…

Cantó moviendo sin tiempo los sacos repletos. Recordó a su padre, venido de Esmeraldas, y a esa tarde cuando lo perdió entre los manglares. Le pareció verlo en el puerto alguna vez. Una gaviota se paró desafiante en el saco. Cuando era niño, vio a una comerse una ardilla, así que las respetaba. El cuello blanco y sus alas negras. Lo vio parecido al sacerdote de capilla de la Isla Trinitaria. La tenacidad de ir donde ellos vivían. En la nada misma. Las raíces aéreas se retorcían sobre el barro. Silenciosas aves zancudas, junto al murmullo del agua estancada, parecían bailar con la marimba. Una mañana oyó cantar al cura. La voz castiza resonó entre los árboles tupidos del manglar.

—«Dejad que llore,

lágrimas mías,

que con su llanto

mi pena alivia.»

—Es una zarzuela, mi niño —le dijo—. El Juramento.

La gaviota picoteó el saco y se llevó unos granos de cacao. La vio irse, satisfecha.

El pitido del trasatlántico retumbó en el almacén entre el techo de madera y los hierros oxidados que lo sostenían. El capataz lo observó desde la puerta y, con una señal, lo envió a ayudar a desembarcar.

Corrió con sus pies golpeando la madera.

—Tomás, ayude a la señorita con las maletas —le ordenaron.

De reojo contempló el pelo castaño y la piel clara. Su Griselda era más linda, con su piel negra que brillaba y su boca rosa que el otro día besó.

La maleta era pesada y la cargó en sus hombros. La mujer hablaba con un italiano que la fue a recibir. Él lo conocía: era un constructor, estaba haciendo el cementerio. No le gustaban las estatuas. Su ma le dijo que vio a una escaparse y que nadie la encuentra. La otra semana se quedó horas vigilando a una.

El italiano conversaba con la dama.

—¿Cuándo estrenan la Zarzuela? —preguntó curioso el constructor.

—En dos semanas, estimado —contestó ella, acomodando su falda. Tenía un sombrero azul con una pluma que se movía con cada paso.

—¿Y usted es la protagonista, mi señora? —preguntó haciendo un ademán.

—Señorita. Sí, lo soy —confirmó—. ¿Su nombre es?

—Francesco, para servirle hoy y toda la vida.

—Leonor —contestó moviendo su abanico.

Tomás bajó su mirada, avergonzado, y apuró el paso. La carreta con las mulas estaba fuera del puerto. Colocó la maleta. Van al teatro Olmedo, comentó alguien.

Se sentó en el borde de la acera para descansar un poco. El olor a pescado con salitre inundó sus fosas nasales. El sol empezaba a despedirse y la gente, apurada, completó sus trámites. Consiguió el pescado frito que su Griselda le dejó de regalo en un puesto. Atardecía cuando llegó a su casa. Su mamá lo esperaba sentada en la puerta. La casa, con maderas desiguales, dejaba entrar entre hendijas la luz rosada. Rosa había preparado café y el aroma fluía desde adentro. Por la tarde hirvió el plátano macho y, luego, en mortero, lo dejó como una masa. Con un poco de queso que quedaba, armó la bola verde. Lista para la cena.

A lo lejos vio la silueta de su hijo Tomás. Por momentos lo confundía con su padre. Y a solas lloraba. Ella era del pueblo kichwa. Un domingo nublado entre palmeras lo encontró. Le curó sus heridas de la espalda con hierbas y rezos. Al latigazo quisieron calmarlo en la hacienda. Ella supo después que era indomable. Cuando él veía que quedaba poco para comer, se iba y volvía con comida. Hasta que un día no regresó. Rosa lo supo en su sueño. Lo vio flotando en el río. Se consolaba algunas mañanas con la idea de que volvió a su pueblo. Una vez le dibujó en el suelo a un animal raro, con un cuello largo que comía las hojas más altas de los árboles. Seguro estaba allí.

Tomás la abrazó y le refregó sus rulos azabache de su cabeza en la mejilla. Ella tomó uno de ellos y lo besó. Su niño.

Lo miró comerse la bola con rapidez y, al rato, lo escuchó dormirse en su catre.

Unas luciérnagas danzaban sobre el cuerpo de Rosa, que en vano trataba de conciliar el sueño. Le traían un mensaje que no quería escuchar. Sus ojos, al final, se vencieron, y en la humedad del cuarto se acurrucó en sus recuerdos.

Todavía no amanecía cuando Tomás ya estaba listo para partir. Dos horas de caminata lo separaban del puerto. Vio a su madre dormida. Unas lucecitas voladoras, que su madre adoraba, lo seguían. Parecía como si no quisieran que se fuera.

El manglar lo dejó pasar. Una iguana entre roja y verdosa lo siguió unos kilómetros.

Las calles de Guayaquil se llenaban de sirvientas que buscaban el pan caliente. En la puerta, sentado con unas margaritas, estaba Tomás. A metros la vio caminar y la reconoció. Ocultó su ramo en la espalda y, de un salto, se le apareció a su Griselda.

Sus risas surcaron las calles como sonidos danzantes y curiosos.

Ella le dio un pico en los labios. Unas cuadras caminaron juntos hasta que su amor se desvió para la casona. Desde esa esquina, Tomás observó las puertas del teatro. Caminó, dejando que sus pies supieran dónde ir.

En la puerta del teatro Olmedo estaba el italiano. Él dirigía a unos hombres que ingresaban madera por un costado del edificio. Cabizbajo saludó. Estaba lejos cuando escuchó:

—Muchacho, hacen falta manos por aquí —gritó Francesco.

El italiano estaba maravillado por la altura y la fuerza de ese hombre.

—Entra, muchacho, entra —le dijo.

—Sí, señor, sí… ¿Usted es el constructor, no? —preguntó Tomás.

Francesco lo vio pasar; se sonrió con la pregunta por si había estatuas. El moreno solo ingresó cuando le confirmó que no.

Los pies descalzos le recordaron su adolescencia en Milano. Era un niño cuando empezó a tallar piedras para la catedral. Ese mármol blanco con vetas únicas. Una peste se llevó a sus padres. Aprendió mucho, de taller en taller, el oficio. Un día, un compañero le dijo:

—Del puerto de Génova parte un barco a las Américas. En la capital del cacao quieren constructores italianos.

Esa semana se decidió. Un viejo escriba le falsificó unos certificados. Hasta el sello consiguió.

Tres años le llevó el cementerio y ahora el teatro.

—De los muertos a los vivos —pensó—, con las mismas máscaras.

Las maderas pesadas se acumulaban en el patio. Un par de iguanas pequeñas corrieron rápidas entre ellas.

Francesco observó sus manos, tomó un trozo de madera y, con un fino punzón, midió si era fácil tallarla. La guardó en su bolsillo derecho. Una voz se elevaba en el aire. Los artistas ensayaban la Zarzuela. El sonido de la afinación de los instrumentos en el foso y el zapateo en el escenario.

Francesco vio a Tomás llevar un jarrón azul con flores rojas al interior. Lo siguió.

Los palcos ornamentados en madera tallada y terciopelo rojo. Arañas de cristal colgadas del techo generaban luces como estrellas. Tomás quedó petrificado. No se animaba a caminar sobre la alfombra.

Francesco observó los pies sucios del muchacho y comprendió.

—Quédate en la puerta —le dijo.

El moreno asintió en silencio. Francesco caminó por el pasillo central. Los acordes de los violines, chelos y timbales generaban un ambiente irrepetible cuando se sumó la voz de Leonor.

El italiano, perplejo frente a la voz de la dama, mantuvo el jarrón inmóvil. Un temblor ligero en sus piernas le recordó que debía llevar las flores. Una tarjeta blanca con una dedicatoria. Agudizó su vista en la penumbra. Estancia San Rafael. Don Juan Carlos Seminaro.

El sonido y las luces se fueron apagando por el pasillo. El camerino de la izquierda era el de ella. Sobre la mesada estaba su sombrero. Sus pulpejos siguieron la forma de la pluma azul. El espejo le devolvió a un adolescente perdido por el primer “no” en el barrio de la Brera.

El golpe de la puerta lo asustó.

Ella estaba ahí, de pie, mirándolo. Él retiró sus manos de la mesada, señalando el jarrón con sus manos.

Leonor lo miró curiosa, el rulo en la frente del escultor. Desde el puerto se había percatado de sus hombros anchos y sus ojos de miel.

—Le han dejado este presente —comentó el constructor.

Ella se acercó a oler las flores y sostuvo la tarjeta en su mano. El filo dorado del papel y su textura le llamaron la atención.

—Sí, tiene el aroma del cacao —le dijo él con ironía.

Ella acomodó su pelo castaño sobre uno de sus hombros. Conocía esa mirada, pero no le gustaba. Pensó que podía ser la mezcla entre español e italiano, esa cadencia indefinida.

Le recordó la huida de su casa por algo mejor. El barrio El Rabal, en su Barcelona. Los días de espera para dejar de ser la suplente. Ese representante que se quedó con su dinero. La humedad junto a la soledad del camarote tapada por los sueños.

Francesco tosió.

—Me disculpo, signorina. Me encantaría ser io quien le diera estas flores —le dijo.

Su voz le pareció dulce y su mirada en el piso como disculpa.

—¿Y por qué no va a buscar unas?

Lo vio irse, risueño. Buscó a su perfumero y el abanico. Unas gotas le hicieron bien. El aroma a bergamota y vainilla le encantaba, pero necesitaba aire fresco.

Las maderas del pasillo crujían con su paso. Los empleados del teatro se corrían a su paso. Desde el foro pudo ver los palcos de madera labrada, las telas bordó que caían suaves generando formas.

Se sostuvo contra el muro cuando una iguana verde le saltó al salir al patio.

La sombra del ceibo del llano en el centro la invitó a sentarse en una banqueta de madera.

Una mujer joven estaba esperando en la sombra. Rulos negros, pequeños, ensortijados en una melena tan frondosa como la misma sombra del árbol. Tenía un vestido blanco y, en sus manos, una tela que dejaba ver un pan.

Leonor acomodó su falda al sentarse.

—Buen día —dijo mientras movía su abanico.

La morena se encogió de hombros con una sonrisa.

—Buen día, mi señora, aquí estoy para servirle —contestó, mirando hacia el ingreso al teatro.

La cantante se percató de la búsqueda.

—¿Busca a alguien? —preguntó fascinada por la belleza de la mujer. Esa piel lustrosa, con unos ojos negros enormes.

—A mi negrito, mi señora. Le he traído pan con palta.

—¿Cómo te llamas?

—Griselda.

De otro extremo del patio se acercó corriendo Tomás, sus ojos solo para su amor.

La morena se despidió amable y fue en su búsqueda. Los dos quedaron bajo el sol del Ecuador.

Griselda se perdía en el rostro de su amado, sus labios carnosos y su alma trasparente.

Se emocionó al ver su sonrisa cuando le dio el pan con palta.

El calor de su mano, esas cosquillas al tocarlo.

La llevó a un costado del patio, lejos de la gente, donde acopiaban las maderas.

—Entré al teatro —le comentó—. ¡Hay música y los blancos cantan! Hay sillas y muchas telas.

Griselda sacó otro pan.

—Este tiene huevo —le dijo.

El cielo azul, los rayos rebotaban en la madera. El aroma a flores llegaba con una tenue brisa.

Él empezó a cantar suave, moviendo sus pies para marcar el ritmo.

—Lo que van a cantar es parecido a lo que nos enseñó el curita —agregó Tomás, comenzando el segundo pan.

Al final de las tablas apareció el capataz y le gritó:

—Muchacho, ven para aquí. Te he conseguido unas chanclas de cuero para que ingreses a la sala.

De un brinco, Tomás le robó un beso a Griselda y salió corriendo tras el hombre.

Ella juntó sus repasadores y, sonrosada, se alejó.

Se conocían desde niños. Él la asustaba con las iguanas hasta que, un día, ella tomó a una por la cola y se la puso en el hombro.

Desde ahí son inseparables. Ella sabe que su ma habló con Rosa. Ella un día la invitó a cocinar.

No se dijeron una palabra. Solo el aroma de la comida las acompañó.

Tomás no entraba a la cocina ni a palos.

Al final de ese día, Rosa tomó su mortero de madera, el que era de su madre, y se lo dio a Griselda envuelto en un lienzo blanco.

—Para que lo cuides —le dijo.

Aceleró el paso de vuelta a su trabajo, miró curiosa la tienda de telas a su derecha.

Un olor mezquino rondaba en el aire. Una chispa roja con una negra aparecieron flotando frente a sus ojos.

¿Luciérnagas?

No quería darse vuelta. Sus ojos negros miraron el cielo: un humo apagaba el azul celeste. Las chispas no eran bichitos de luz.

A sus pies, la iguana la miraba atenta.

El humo siguió su camino al cielo y se observaba desde el sur.

Entre las casuchas de madera sobre pilotes de agua estancada, Rosa corría desesperada entre los manglares. Sus pies se hundían en el barro.

Sus ojos reflejaban las llamas en la ciudad. El olor a madera quemada se unía al otro. Intenso. Penetrante.

A su lado, gritos mezclados con llantos. Sombras con chispas.

Antes del humo, ella lo supo.

Como cuando vio a su amor en el río, ahora el fuego quería algo de ella.

No se lo daría.

Las piedras rajaron sus pies. La hilera roja de su sangre la seguía.

Cuando llegó a las casas ardidas, los cuerpos negros sobre la tierra apisonada, cayó sobre la acera. Sus rodillas sonaron como un cuenco.

Arrastrada en el piso, su alma rota, cuando un par de ojos en el piso, una cola roja y verde que se movía, se detuvo a centímetros de su nariz.

Se miraron segundos, cuando la iguana, rápida, veloz, única, entró entre las llamas del Teatro Olmedo.

El humo y las llamas competían con el resto de los cortinados que caían pesados.

La tos venía desde lo alto, continua como una súplica.

Sobre una de las maderas del techo, sostenido cerca de la gran lámpara, sufría ya sin fuerzas Tomás.

La neblina en sus ojos le ardía cuando le pareció ver a su madre y a Griselda corriendo desesperadas.

En su mano, el paño para limpiar los cristales. Lo puso en su boca.

Las chispas fulgurantes lo rodeaban.

Tres de ellas se encendían y apagaban.

Entre humo, un túnel lo guiaba hacia el telón.

Aferrado al madero central, fue deslizando colgado del techo.

Sus manos astilladas.

Su vida fue guiada por las luciérnagas.

Desde el aire vio una sombra correr entre el fuego.

Una mujer en el escenario se quemaba desde su falda.

Leonor gritaba desesperada de dolor. Sus piernas, ardidas, se ampollaban al calor.

El hombre se abalanzó sobre ella para parar el fuego con su propio cuerpo.

En esa eterna chispa vio los ojos de miel de Francesco.

Observó su pelo quemado, su rostro licuado, y solo atinó a abrazarlo. Él también lo hizo.

No se fueron solos.

El techo cedió.

Las maderas rebotaron sobre las pocas sillas que quedaban ardiendo.

Sobre el último jirón de telón, Tomás caía, sostenido por las telas.

El humo cruel y el golpe lo aturdieron.

Los llantos y los gritos lo silenciaron.

La carne chamuscada se impregnaba en sus olores.

Las ropas del muchacho comenzaron a arder.

Un silbido, un siseo raro, lo despertó.

La cola enorme, roja y verde, se movía rápida, apagando el ardor de su piel.

La iguana tenía los ojos de Griselda y el corazón de su madre.

Como pudo, arrastrándose, dejando jirones de su piel pegados en la madera, buscó la luz del patio.

 Nota del autor: 

Narrar sin cortar el aliento

Las luciérnagas no mienten nació como una forma de decir gracias.

Gracias a Guayaquil, que me recibió con calidez y fuerza.

Gracias a la memoria ancestral que habita en los márgenes.

Gracias a las luciérnagas que, aunque pequeñas, insisten en alumbrar.

Pero también fue, desde su origen, un experimento narrativo: intentar contar una historia como si fuera un plano secuencia.

Quería que el lector no sintiera los cortes, ni las costuras.

Que la narración fluyera como lo haría una cámara que atraviesa un puerto sudoroso, un manglar húmedo, una casa tibia, un teatro vibrante y, finalmente, un incendio.

Todo en un solo movimiento, sin pausas impuestas.

El plano secuencia, técnica propia del cine, me sedujo por su capacidad de mantener la tensión sin respiro, de habitar la simultaneidad de voces y espacios. En literatura, intentarlo es difícil, pero posible: requiere un ritmo interior sostenido, transiciones orgánicas y un compromiso con el tiempo continuo de la emoción.

No hay capítulos. No hay quiebres evidentes. Solo pasos, olores, cantos, sudores, luces, silencios… y fuego.

Este cuento está habitado por personajes que quizás no verán nunca un escenario, pero sostienen el mundo desde el borde.

Y por eso, quise que el lector caminara con ellos, sin apartar la mirada, sin poder salir del plano.

Espero que la historia te abrace como me abrazó a mí mientras la escribía.


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