Los casos de Lucía Fuentes. Dos


El calefactor no alcanzaba a entibiar la oficina. Desde el cuarto piso del Instituto Universitario de la Policía Federal, Lucía Fuentes observaba la parada de autobuses, aún vacía. En la pared del fondo brillaba un anuncio publicitario de chicles de menta. Sobre el piso, una sombra llamó su atención.

Tomó el teléfono y apuntó; el clic de la cámara resonó en el cuarto. Sintió el frío metálico de la carcasa y se acercó al calefactor. La llama azul se movía como si una brisa fantasma la agitara. Buscó la foto en el archivo. Era un balde.

Se concentró en la imagen. Su mente se nubló; todavía recordaba el regreso desde Corrientes y la sensación de que algo la acompañaba. Ese balde y aquella vieja.

La asistente abrió la puerta. Se conocían desde hacía ocho años. Lucía ya se había acostumbrado a esas irrupciones intempestivas.

—Lucía, llegó un sobre de la Fiscalía —anunció.

Norita llevaba el pelo corto, uno de los pocos estilos que realmente le quedaban bien.

—Muchas gracias, Norita.

Ella sonrió, fue hacia el calefactor y giró la perilla con un movimiento extraño.

—¡Ahora sí! —comentó, cerrando la puerta al salir.

Lucía miró su mesa de trabajo. Había documentos y resúmenes para sus clases en el posgrado de Análisis del Lugar de los Hechos. Al principio no comprendía por qué la habían invitado. Con el tiempo descubrió que mediante el estudio de la escena, también se podía inferir la psicopatología del actor. Los sucesos revelaban decisiones, sentimientos y pensamientos del ignoto.

Cada vez que en clase decía esa palabra, «ignoto», sabía que los estudiantes pensaban en la serie Criminal Minds.

En el cajón derecho aguardaba un estilete plateado que había sido de su padre. Lo tomó para abrir el sobre y lo sostuvo unos minutos, como si en ese gesto pudiera retenerlo a él. Su rostro amable se le vino a la memoria. Recordó aquel chiste; cada vez que empezaba una película y aparecía el león de la Metro, él decía: “¡Ya la vi!”.

El documento fue fechado una semana atrás. La Fiscalía de Mercedes la convocaba a participar en la investigación. Se trataba de nuevos hallazgos en la excolonia Montes de Oca. Restos óseos habían aparecido durante las excavaciones para levantar nuevos edificios del hospital.

Junto al oficio estaban los expedientes de los testigos que debería entrevistar.

¿Huesos de más de cuarenta años? El caso de Cecilia Giubileo. Mismo hospital y año,1985.

Abrió su computadora e ingresó con su huella digital al Sistema Federal de Comunicaciones Policiales.(SIFCOP). Buscó los datos del caso de Cecilia. Estaban encriptados. ¿No tenía acceso?

Norita volvió a entrar con dos tazas de café; se sentó frente a ella y esperó, paciente.

Lucía la miró al fin.

—Voy contigo —le dijo.

Lucía la observó. Necesitaba compañía.

—Te paso a buscar en la madrugada —le contestó.

Al atardecer, revisó todo el material disponible en la web sobre el hospital psiquiátrico Montes de Oca. También revisó el caso Giubileo. Estaba cerrado hace dieciséis años. El expediente lo tenía la Fiscalía de Mercedes. Tomó su libreta de anotaciones. Entre el forro del cuero y la tapa había puesto una estampita. La buscó. No había encontrado otra igual. El esqueleto y la guadaña eran semejantes. Sin embargo, la túnica era marrón. En su mano tenía un corazón en vez de un mundo. No era la típica imagen de San la Muerte.

Escribió en una nueva hoja: “Nuevo caso en Montes de Oca”.

Numerosas palabras, en un orden que solo Lucía conocía, se distribuían por todo el espacio. Dictadura militar. Crimen pasional. Secta. Venta de órganos.

Subrayó una.

Nora abrió la puerta del Ford Focus y dejó la bolsa sobre el asiento. El termo para el mate sobresalía, impertinente, junto a una pelota de vóley.

Lucía la observó sacarse la campera negra y acomodar su arma reglamentaria en la cintura.

—Una Glock 17, austriaca —pensó Lucía.

Sintió en su cintura la Bersa hecha en Ramos Mejía.

—Tenemos hora y media de viaje. ¡Te traje las galletitas, don Satur! —sonrió Nora.

El sol y el cielo azul golpeaban desde temprano el parabrisas.

—¿Algo te ha llamado la atención de este caso, Norita?

Lucía sabía que Nora poseía una mirada aguda sobre lo común, esa percepción profunda sobre la rutina de las relaciones humanas. Podía establecer los tipos de vínculos con solo escucharlos.

Nora la observó, atenta.

—Hay un punto. Durante los primeros años, el hermano de Cecilia Giubileo estuvo muy pendiente de la investigación. Sorbió el mate. Pero algo pasó. De pronto, abandonó todo. Se fue a vivir a Los Toldos. Nunca más apareció.

Lucía bajó la velocidad del auto; un camión de químicos le impedía el paso. Entre los árboles al costado de la ruta, una cruz y una capilla recordaban un accidente. Una bandera roja flameaba sobre la imagen del Gauchito Gil.

Nora notó que el aire acondicionado seguía apagado.

—Qué frío está, ¿no? —preguntó.

El sol rebotaba en el metal del automóvil.

—¿Sí, abrimos un poco las ventanas? Así entra el calorcito —sugirió Lucía.

El sonido del llamado del jefe se escuchó por el altavoz, Lucía tocó la pantalla.

—Superintendente, ¿cómo está? —preguntó.

Un ruido de estática molestó.

—Hola, Lucía. ¿Está Nora contigo?

—Sí, señor —dijo Norita.

—Bien que viajen juntas. Lucía, necesito hablar en privado.

Detuvo el auto en la orilla, entre el asfalto y el alambrado del campo. Una vaca Holando-Argentina se acercó, atenta. Mientras Lucía recibía órdenes, el animal no le quitaba los ojos de encima. A la sub comisaria le dio risa al principio. Luego se acercaron dos más con la misma postura. El sol parecía quemar el pasto; sin embargo el frío en sus manos le impedía sostener el teléfono.

—Otro tema, Lucía: ayer usó su clave para acceder a datos encriptados. Solo es posible con orden judicial. ¿Me entendió?

—A sus órdenes, señor.

Lucía guardó su teléfono en el bolsillo del jean. El ardor en la boca del estómago le trajo un sabor ácido.

¿Quién lo llamó por los datos encriptados?

En el auto, Nora le dio un mate caliente. El sabor dulce de la galletita le devolvió energía.

—¿Qué es de la vida de tu suegra? —preguntó Lucía.

—No, no… es un corso a contramano. El otro día fui al ginecólogo. Estaba sola en la sala de espera. Me hace pasar y… ¡Se apareció de la nada y entró conmigo!

—No te puedo creer, ¡ja, ja, ja!

—Es que todas sus amigas son abuelas.

Ambas se rieron. Lucía sabía que llevaban tiempo intentando. No quiso preguntar más.

—¿Qué más tenemos del caso?

Nora explicó detalles. La División de Policía Científica de Mercedes participaba. Sin embargo, los primeros en intervenir fueron los de la comisaría 2.ª de Torres. Los restos óseos fueron trasladados al Cuerpo Médico Forense para una pericia antropológica.

—Tenemos que ir a ver —comentó la subcomisaria Fuentes.

—Han solicitado un informe histórico del hospital respecto a internaciones, fallecimientos y traslados de pacientes en la década de 1980.

—Claro, presumen que la edad de los restos es superior a 40 años.

—Sí, Lucía. Tenemos que revisar las desapariciones en el pueblo. También debemos revisar las denuncias históricas vinculadas a la colonia Montes de Oca en esa época.

Las dos se quedaron pensativas.

—¿Quién nos llamó? —cuestionó Nora. Buscó entre las hojas del expediente hasta que encontró la solicitud, la firma y el sello.

Se quedó en silencio.

—¿Y?

—Tu exmarido, Lucía.

Lucía mantuvo la vista en la ruta, que se estrechaba entre campos húmedos. Un cartel oxidado anunciaba: Colonia Nacional Montes de Oca. Un portón verde, despintado, se alzaba al final de un camino de eucaliptos. La brisa traía ese aroma.

Un policía de la bonaerense levantó la mano, verificó sus documentos y las dejó pasar.

Nora bajó el vidrio.

—¿Está el fiscal? —preguntó.

El agente asintió con un movimiento de cabeza.

— El ayudante — aclaró.

Dejaron el auto a la sombra. Caminaron entre los pabellones dispersos. Algunos pabellones estaban pintados de blanco y estaban activos. Otros estaban tapiados con maderas o tenían vidrios rotos.

—Impresiona, ¿no? —dijo Nora en voz baja.

Lucía asintió. Al ver un pabellón, en la esquina, se quedó sin habla.

En un viejo aljibe, al lado de una higuera, estaba una mujer de edad, vestida de negro. Llevaba consigo elementos de limpieza y un balde.

La mujer levantó la mano, como saludando.

Norita le respondió con la suya.

—Qué amable anciana. ¿Será paciente? —comentó.

Lucía trastabilló. Nora la sostuvo.

—¿Estás bien?

A unos metros, el ayudante del fiscal, cerca del área acordonada con cintas amarillas, las llamaba.

Era un hombre joven, alto, con una nariz aguileña. Las oficiales lo saludaron.

Restos de ladrillos y cal, amontonados a un costado, no dejaban ver la fosa. Un olor penetrante en humedad ascendía, buscando huir.

—Aquí aparecieron los huesos —informó el ayudante del fiscal, señalando un rectángulo de tierra removida.

Lucía y Nora se inclinaron. La penumbra del pozo parecía tragarse el sol.

Parpadeó. Nada. Solo tierra y piedras.

—Sub comisaria Fuentes, sé que su fuerte es el análisis del lugar de los hechos y las entrevistas.

Lucía vio a un personaje que quería prensa y fama. Los conocía.

A unos metros, construcciones recién terminadas. Casas para 250 internados. La idea de un barrio inclusivo había prosperado. En una de esas obras hallaron la fosa.

—Las entrevistas comenzarán mañana —continuó el ayudante—. Decidimos que se realicen aquí, en el hospital. Médicos retirados, enfermeras, personal de mantenimiento. Queremos que hablen en el mismo espacio donde trabajaron.

Lucía asintió.

—Por favor, recorran el predio con libertad.

Un sonido las alertó. El ayudante giró la cabeza hacia la derecha. Lucía y Norita lo siguieron.

Un graznido. A diez metros, un cuervo negro daba saltos. Al ver a Lucía, se detuvo, desafiante. Impertinente.

—Hoy apareció. No se quiere ir —comentó el ayudante del fiscal.

Lucía tomó el brazo de Norita buscando salir. A cincuenta metros estaba el edificio principal. Un agente las acompañó para hablar con el director. El edificio antiguo tenía una torre; Lucía notó uno de los cristales rajados. La hilera de árboles proyectaba sombras sobre las paredes como caminantes sin destino. El camino estaba sellado por piedras rectangulares engarzadas unas con otras. Observó que su compañera seguía, al igual que ella, el patrón.

En el recibidor, Nora se disculpó para ir a buscar expedientes. Se fue veloz por el pasillo. A lo lejos, Lucía la vio hablar con alguien, desapareciendo en un recodo del interminable corredor.

—Al final de este corredor, a mano izquierda, encuentra la oficina del director —comentó el oficial.

—¿Hay personal todavía activo de esa fecha?

El agente extrajo una libreta. Lucía se detuvo en los dedos gruesos y en el anillo de casado.

—Solo dos personas. Una enfermera y un paciente. Ya los agendé para sus entrevistas de mañana —aseguró.

No volvió a ver al agente.

El pasillo estaba pintado de un gris claro. Deslizándose contra la pared, un hombre desdentado se acercaba. Lucía escuchaba el roce áspero de su ropa refregándose contra el muro. Ese sonido le devolvió el recuerdo de su padre. Ella recordó aquella tarde de junio. En esa tarde, lo encontró llorando y apoyado en la pared gris del baño de su casa. No hablaba. Tenía los ojos perdidos en el techo, buscando una ayuda.

—Papi, ¿qué te pasa? —su propia voz resonó en la memoria.

El hombre ya estaba a su lado, cara con cara. Sus ojos vacíos junto a una risa abandonada. La enfermera se acercó a ambos, con la experiencia de años, tomó al hombre del brazo y lo alejó.

—No se preocupe, es inofensivo —comentó.

Lucía se percató del nombre en la chapa sobre su guardapolvo. Clelia.

—No hay problema. ¿Tendrá unos minutos para charlar conmigo?

Un camillero con su ambo bordó venía en sentido contrario, silbando una cumbia.

Empujaba una silla de ruedas vacía. El tapizado rajado, de un color gris rata, dejaba ver una esponja apolillada.

El paciente se agitó al verlo. Se sentó en la silla y continuó con el silbido.

La enfermera se acomodó el zapato. Su pie gordo se movía con precisión, giró en busca de la sub comisaria.

—Ahora sí, ¿va para la oficina del director? La acompaño —comentó Clelia.

—Sí, gracias. Por las notas que me han dado, creo que usted trabaja en el hospital hace más de cuarenta años.

La vibración en su teléfono le anunció un mensaje entrante: mamá. Lucía tecleó “no molestar”.

Clelia le comentó que su vida estaba en ese pasillo. Las paredes la mostraban joven, con rulos, embarazada, de noche, sola.

—¿Si recuerdo algo de los días posteriores a la desaparición de la Dra. Giubileo?

Hay un detalle que lo he dicho muchas veces. Mi supervisor de ese entonces, Eduardo Andrade, renunció a los treinta días.

Lucía se percató de los movimientos al hablar de Clelia. Los zapatos generaban un sonido agudo al resbalar en el granito.

—Y cómo le contaba, algo le pasaba a Eduardo. Él estaba muy preocupado. No me acuerdo bien, pero se llevaba mal con el director. Eso pasa siempre, querida. Por favor, tutéame o decirme, Clelia, como todos.

Avanzaban por el pasillo, cuyo gris se profundizaba. Otra vez el frío. Lucía se sobó los brazos.

—¿Tenés frío, querida? Cecilia era querida en la guardia. Siempre se levantaba a la noche cuando la llamábamos. Yo era chica, ¿viste? Recién recibida.

Se detuvieron frente a un ventanal a un patio: el aljibe y la higuera.

—Yo no estaba de guardia ese día. Cuando llegué vi el auto, un Renault blanco de la doctora, en la puerta. Me pareció raro, ya que tenía el segundo turno y entraba a las catorce horas. “¿Algo pasó?”, me dije. Y me enteré de que había dejado la guardia. Cecilia, no. Los varones se escapaban para jugar al pádel, pero ella no. Nunca. No era de esas.

Lucía escuchaba atenta, su reflejo en el ventanal. En el borde, una hormiga intentaba salir. Clelia abrió la ventana.

—Para que entre un poco el calorcito. Había unas compañeras que me contaron que sabía venir un muchacho a verla, pero yo no lo vi.

Un hombre se asomó al final del pasillo y les hizo señas para que se acercara.

—Es el director —comentó la enfermera.

Lucía se despidió. Clelia la tomó del brazo y le dio un paquete.

—Sé que le van a gustar.

Lucía sonrió y fue en busca del director. Abrió la bolsa: higos. El olor de fruto se acomodó en su cuerpo. Se fue acercando, pero por momentos su mente viajaba a su casa en Tucumán. El patio con los dulces higos en el piso. Las abejas cerca de ella. El director era joven, preocupado por la prensa, hablaba lento con un dejo de Corrientes.

—Sub comisaria, el auditorio está disponible para sus entrevistas de mañana —dijo el director mientras atendía el teléfono.

A Lucía le llamaron la atención las múltiples fotos en una de las paredes. Se acercó. Una de ellas, de 1985: médicos y enfermeros posando para el aniversario de la colonia. Reconoció los rulos de Cecilia, que en uno de los costados miraba para otro lado.

—Yo hice lo mismo la primera vez que ingresé. Busqué a la Dra. Giubileo —susurró a su espalda el director.

El agente de policía se asomó a la dirección.

—Sub comisaria Fuentes, la busca su compañera. Espera en su auto.

Lucía vio su reloj. A las seis de la tarde. No recordaba si almorzó ni dónde habían estado todas esas horas que le faltaban.

Caminó lento hasta su auto. Palpó la bolsa de los higos. Solo le quedaba uno.

Al subir al auto para el hotel, se los comió. El sabor dulce con la cáscara áspera.

Era entrada la noche cuando concilió el sueño. Las hojas de los expedientes durmieron al lado. Nora había recolectado muy buena data. Entre sueños vio a su madre preocupada. Se movía en la cama. Se vio en la oficina de su padre al otro día de verlo colgado del techo. Su mamá arrodillada con un balde y un cepillo refregando el piso. ¡Mamá, no hay sangre!… Pero hay dolor, mi hija. Mucho.

Su sudor entre las sábanas. La falta de aire la despertó. A su lado, las sábanas guardaban una concavidad, una hendidura fría, una silueta que no se animó a ver.

Rápido se alistó, evitó ver la cama y probó su arma reglamentaria frente al espejo.

Sintió un impulso, buscó su agenda y sacó de la cobertura la estampita. Los huesos y esas manos la iban a acompañar hoy en el bolsillo izquierdo.

Norita charlaba con la moza del hotel y la llamó para sentarse con ella. El reloj marcaba 06:40 AM.

—¿Mirá lo que te conseguí? —le dijo, destapando la servilleta: un par de panes de queso.

El cielo estaba tormentoso. Los grises se mezclaban con azules y negros. Lucía sorbió de su taza de café con leche y se sintió reconfortada. Sobre la mesa, varios documentos. Nora tomó uno de ellos. Le señaló unas cifras. Estas cifras mostraban las transferencias recibidas por el hospital en los meses de desaparición de Cecilia Giubileo.

—Los pasé a dólares en esa época. ¡Una fortuna! —comentó.

—Ok, ¿y se documentaron gastos?

—Ahí hay un tema. Se la gastaron arreglando techos.

Lucía se percató de un hombre de traje que se acercaba.

—¡Opps! Llegó el fiscal más rápido del oeste. Tu ex —le dijo Nora por lo bajo.

El fiscal se sentó en la tercera silla, hizo un gesto mirando los chipás.

—Ni loca te los llevás —sentenció Lucía, colocando la servilleta sobre el plato.

El fiscal observó de arriba a abajo a Nora.

—¿Te estás quedando pelada o te odia tu peluquero?

Lucía no quería reírse y lo logró. Sintió la mirada de su ex pareja. Lo vio bien.

—Les traje el informe del forense. No está completo, falta análisis de pelvis y cráneo —comentó el fiscal.

Lucía tomó el documento.

“El individuo, de entre 35 y 45 años al momento de la muerte, presenta dos lesiones óseas perimortem compatibles con arma punzo-cortante.”

Siguió leyendo.

“La primera lesión se localiza en la sexta costilla izquierda, con una incisión oblicua de 12 mm. Corte limpio. El trayecto sugiere dirección descendente, compatible con penetración torácica. “Lesión potencialmente letal.”

Hizo una pausa. Se imaginó la hoja entrando entre las costillas.

“La segunda herida se encuentra en el borde inferior de la escápula derecha. Incisión de 16 mm con fractura lineal asociada. Podría corresponder a maniobra defensiva o herida secundaria.”

Lucía pasó los documentos a Nora. El fiscal puso en silencio a su teléfono que vibraba.

—Lucía, pedí tu opinión por tu capacidad en las entrevistas. Me interesa tu visión de análisis de la escena y del posible actuante.

Lucía le agradeció con la mirada. En su memoria afloraron las risas conjuntas cuando recorrían lugares buscando alfajores.

—Me pareció muy interesante que quisieras entrevistar en el hospital y no en la fiscalía —agregó el hombre.

Le pasó el listado de los testigos de esa época que asistirían.

El fiscal se levantó y observó el temporal por la ventana.

—Se viene el temporal de Santa Rosa —comentó.

Nora lo miró.

—¿Viste cómo son las cosas? El que siembra vientos cosecha tempestades —agregó jocosa.

En el camino a Montes de Oca se rieron un poco y trabajaron otro.

—¿Sabés algo? No creo que sea la Dra. Giubileo, pero algo tiene que ver —caviló Lucía.

Otra vez el frío en el auto. Sobre la mano derecha, unos banderines rojos en una capilla al lado de la ruta.

—¿Vas a parar? —comentó asombrada Nora.

La tormenta traía los vientos y los aromas del campo. Las vacas, alertadas, se acercaban al alambrado.

Las dos mujeres miraban las imágenes. San La Muerte y Jesucristo. Uno al lado del otro. Alguien había dejado una estatua pequeña de yeso de la Virgen María.

—Hay algo en los ritos. Es un mapa simbólico que da significado a la vida —dijo Lucía.

Nora estaba en silencio.

—Ayudan a las personas a navegar por situaciones de incertidumbre, explicando lo inexplicable.

El viento fue creciendo junto a la lluvia.

Corrieron al auto.

Estaba tan oscuro el cielo que la mañana se había hecho anochecer.

Le avisaron que había llegado el ex director. Dejó la taza de café en el escritorio del auditorio y fue en su búsqueda. Le interesaba ver la reacción en los pasillos del entrevistado.

Era una persona delgada, alta, su piel apergaminada. Más de ochenta años. Lúcido.

—Gracias por acercarse, Dr. ¿Puede caminar? —preguntó Lucía.

La mirada sagaz del anciano mostraba una vitalidad no esperada.

—Camino.

—Gracias. ¿Hace mucho que no venía por acá?

—Más de 20 años —observó las paredes—. Sigue todo igual.

—¿Cómo era su vínculo con la Dra. Giubileo?

—¿Es una mujer los restos hallados? —preguntó despacio, entrecortado.

Lucía se sorprendió por la duda. ¿Esperaba un hombre?

—Estamos esperando el informe final— comentó Lucía.

Varias sombras dejaban el pasillo libre al paso. Sobre los ventanales, la luz violeta de los rayos y luego el sonido del trueno jugaba con ellas.

En el medio del pasillo un balde. Apoyado en la pared lateral, el palo con el trapo de piso.

El director se detuvo. Tomó el brazo de Lucía para sostenerse. Lucía sintió el olor a higos que llenaba el espacio.

Entre los relámpagos, una aparición. Una mujer joven caminaba rápido, hablando con una médica de rulos. ¿Cecilia?

El diálogo llegaba entrecortado por los truenos y el tiempo: dinero y las sospechas de Andrade de desfalco.

Siguieron caminando despacio, con miedo a caerse, al pasar al lado del balde. Lucía se preguntaba si él había visto lo mismo.

El ex director tuvo dificultades para sentarse frente a Lucía en el auditorio. Estaba transpirado y agitado.

Lucía esperó unos minutos y le solicitó un té. Notó su miedo con las preguntas sobre Andrade.

—Ese enfermero renunció a los meses de la desaparición de Cecilia. Creo que se fue a Uruguay —comentó el anciano.

—Qué interesante. ¿Usted se acuerda de a dónde se va cada personal al renunciar?

—Tengo una buena memoria. ¿Disculpe, hablando de eso, cómo era su apellido? Le veo cara familiar.

Lucía dejó la lapicera de sus anotaciones a un costado.

—Fuentes.

El ex director se acomodó en la silla, erguido.

—Qué casualidad. Por ese entonces recuerdo que Cecilia tenía un… festejante. Me lo presentó una tarde. Era un abogado recién recibido. Un tal Fuentes. Usted es muy parecida.

El auditorio se hizo pequeño. La lámpara de cristal se movía incómoda. Lucía sintió una punzada en el abdomen. Un cólico repentino. La lluvia torrencial generaba un ruido ensordecedor. Se levantó para abrir un poco la ventana. No había aire. Las ramas de la higuera resistían el vendaval.

La puerta del auditorio se abrió. Nora ingresó con pasos rápidos.

—Sub comisaria, un minuto, por favor —dijo, mostrando una carpeta.

Lucía observó al anciano tomarse su té. Le pareció ver una risa burlona.

—Estimado Dr., hemos terminado por ahora. Pero, por la tormenta, seguro estará un par de horas en el vestíbulo. Mi compañera lo va a volver a llamar.

El ex director se puso de pie y caminó lento. Ambas lo vieron irse por el interminable pasillo. Varias veces se detuvo observando el sitio de la excavación a través del ventanal.

Nora apartó del brazo a Lucía.

—Llegó el informe de la pelvis y el cráneo. Es un hombre. No es Cecilia —aclaró Nora.

Lucía leyó el informe. En silencio. Notó a Nora ansiosa.

—¿Hay algo más?

—Sí, esta mañana encontraron una caja de metal con un estilete. El agua excavó más profundo la fosa y flotaba.

Lucía miró asombrada a su compañera.

—Los policías insisten en que vieron a una anciana en la fosa.

La vibración del teléfono de Lucía cortó el diálogo.

—Es mi madre, dame un minuto, por favor.

Lucía se acercó al ventanal. La cortina de agua sobre la higuera y el cielo negruzco se teñían de violeta con cada relámpago.

Tecleó:

“Hola, mami.” Estoy a full con el trabajo. Te quería preguntar algo.”

“Hola, mi bebé”. ¡Pobrecita! Sí, dime.”

“¿Papá estuvo en Buenos Aires en 1985?”

“Claro, mi cielo, tu papá es egresado de la Universidad de Buenos Aires en esa fecha.”

Observó a Nora impacientarse.

“Te llamo más tarde, ma”, tecleó al la final Lucía.

Nora miraba la ventana asombrada. Un cuervo estaba apoyado en el dintel, a resguardo del agua, con sus ojos clavados en la sub comisaria Fuentes.

—Dime, Nora, ¿qué más necesitas? —preguntó Lucía, ignorando al pájaro.

—Me han comunicado que está disponible en la sala B el único paciente de la época. ¿Vas vos o yo?

—Voy yo. Entrevista al exdirector de nuevo. Mira su reacción con lo del estilete —confirmó Lucía.

Cada una siguió uno de los extremos del pasillo. Lucía caminó por el ala derecha.

El ruido de unos zapatos en su espalda la sobresaltó.

—Querida, no quise asustarla —dijo la enfermera.

—¡Clelia! ¿Cómo está? Hace rato que no la veo.

—El trabajo… ¿Se vino fuerte la tormenta, no? Pero, como dice el refrán, no hay mal que por bien no venga.

El agua ingresaba en la fosa, en los techos, en los pasillos. Recorría el hospital generando hilos de agua al lado de los zócalos.

Lucía buscó el pin con el nombre de la enfermera. Ya no estaba.

—Venga conmigo, querida, la llevo con el paciente. Tenga paciencia y escuche bien. Uno de los problemas actuales es la atención, mi cielo.

Clelia se adelantó unos pasos. Sus zapatos bamboleaban sobre una fina capa de agua.

El paciente estaba sentado en la cama. Los respaldos de metal pintados de verde. Sobre la cabecera, un Jesucristo los miraba.

Lucía sentía frío. Tiritaba.

Clelia les acercó un café caliente a ambos. Pero a ella le dio una bolsa de papel.

—Es una tontería, mi niña, un sándwich de queso de cabra con dulce de higos.

La vio irse contorneando su cuerpo. Su mano temblaba con la bolsa. En un minuto recordó a su padre cortando el queso de cabra en cuadrados. Y en un costado, el dulce de higos recién hecho.

En su mente repitió: “Dios te salve, María, llena eres de gracia” hasta que pudo ver la risa desdentada del paciente enfrente de ella.

Las primeras respuestas le parecieron incoherentes. La historia clínica resumía que estaba internado desde los dieciocho años.

Nombres, frases, fechas. Tenía rulos y era buena. Estaba muy sola. Alguien vino un día. Comieron higos bajo la sombra de la planta. Le dieron algunos a él. Los vio correr. Una noche vio a varios hacer un pozo. Eduardo no vino más. Como Cecilia. Ahora puedo hablar porque me cuida Clelia.

Lucía tenía ganas de llorar y lo hizo. Sus lágrimas caían en silencio, sin sollozo.

Una de ellas cayó sobre su anotador, dispersando la tinta sobre la palabra que quedó borrosa.

Un agente se acercó a la habitación.

—Sub comisaria, el fiscal la llama por teléfono fijo. Dice que no le contesta al móvil.

Lucía retomó el caminar en ese pasillo. Le parecía un círculo que siempre miraba al patio.

Llegó a la sala donde estaba todo el equipo de la policía. Escuchó los saludos a lo lejos. Nora charlaba con un oficial muy animado.

Tomó el teléfono, escuchó hablar a su ex pareja unos minutos sin entender demasiado.

—Lucía, el reporte de todas las entrevistas ha sido excelente. El detalle de Eduardo Andrade nadie lo había descubierto de no ser por ti.

No recordaba haber enviado el reporte.

—Clelia lo comentó. Lo de Eduardo —aclaró Lucía.

—¿Qué, Clelia?

—La enfermera que trabaja desde antaño.

Silencio.

—Se ve que estás agotada. Excepto el director, no hay ninguno de esos años.

El cólico volvía. Nora la vio descompuesta.

—¿Estás bien?

—Sí, no te preocupes. Estoy con el período.

—Bien, tengo analgésicos. ¡Una buena! Hay huellas en el estilete.

Lucía sonrió y tomó su bolsa. Otra vez el sonido del móvil. Su madre. Una foto.

“Encontré esta foto en el cajón de tu padre. Es de esa fecha. ¡Decí que es antes de conocerme a mí!”, con un emoticón de risa.

Lucía observó la juventud de su padre, los rulos de su acompañante y un adolescente comiendo higos bajo la sombra de la planta.

Otro zumbido. Su jefe.

“Felicitaciones, Fuentes. Identificó los huesos. Nada que ver con el caso Giubileo.”

Silencio.

“Cálculo que ahora entenderá por qué debe seguir encriptado.”

Nora vio irse a Lucía.

—¿Te vas?

—Sí, ¿te molesta?

Nora miró al policía que estaba a su lado.

—No, no te preocupes. Me llevan.

Lucía caminó a su auto. Sobre el capot, el cuervo salió volando al encenderlo.

Las banderas rojas del Gauchito Gil flameaban con rabia por el viento.

Sabía que había alguien sentado en el asiento de atrás. Puso la radio. La voz inconfundible de Mercedes Sosa.

“Cambia lo superficial

Cambia también lo profundo”

Continuará

Nota del autor

Detrás de la investigación policial late otra pesquisa: la del sentido de la memoria y del dolor. Lucía Fuentes encarna la tensión entre dos fuerzas opuestas: la necesidad de olvidar para sobrevivir y la imposibilidad de olvidar para que los ausentes no desaparezcan del todo.

El cuento parte de una premisa filosófica: el pasado no está muerto, sino que retorna en formas insistentes, en objetos mínimos —un balde, una estampita, un higo— que obligan a revivir lo reprimido. Lo fantástico no es aquí un ornamento, sino la manera en que lo inconcluso se manifiesta en la realidad: pasillos que se repiten, apariciones que no se explican, un tiempo que se pliega sobre sí mismo.

El trasfondo también es ético: el juicio a los padres, a los testigos, a quienes callaron. En este universo, la investigación criminal se convierte en una exploración metafísica: ¿qué significa heredar una historia familiar atravesada por la violencia? ¿qué precio paga la memoria cuando se resiste a ser borrada?

Lucía no busca solo resolver un caso, sino enfrentarse a la trama de repeticiones que ata la vida y la muerte. Y el lector, al seguirla, también se ve arrastrado a preguntarse qué fantasmas lo acompañan en sus propios pasillos interiores.


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