Los Guardianes de la Niebla.


Nada calla en esta tierra.
La niebla guarda memoria,
las piedras conversan,
los animales escuchan,
los niños heredan ecos antiguos.
Así nacen las historias:
con muchas voces,
con un mismo latido,
como un río que nunca se detiene

Wayrak observó a su hermanita caminar detrás de él. Ella recogía las plantas sin descanso. ¡Todas le gustaban, tuvieran flor o no! Un chillido alegre lo distrajo. El cuy asomó la cabeza desde su bolsa colgada en su hombro. Hociqueó el aire, embriagado por el perfume de las flores.

La niebla caminaba entre los altos árboles que rodeaban el camino en ascenso hacia su ciudadela. Un Quequén curioso se asomó entre las nubes.

—¡Mira, Lukma! —exclamó Wayrak, señalando el cielo—. ¿Viste ese pájaro?

—¡Sí, hermanito! ¿Viste su cresta azul? —dijo Lukma con los ojos brillantes

—Brilla como si llevara un pedazo de cielo en su cabeza.

El pájaro, con sus ojos oscuros y brillantes, parecía analizarlo todo. Su mirada era un puente entre la naturaleza y el mundo de los niños. Se movía con elegancia, dejando una estela de colores a su paso. Su canto, claro y alegre, rompía el silencio de la aldea como una señal.

Wayrak había vivido diez temporadas de las grandes lluvias. Miró hacia lo alto, donde la ciudadela se alzaba entre las montañas, oculta por el manto perpetuo de niebla. Desde allí, vio sus casas redondas, construidas con bloques de piedra encajados en círculos perfectos.

Lukma corrió los últimos metros para llegar, levantando los brazos. Una mariposa la perseguía.

Sobre uno de los techos cónicos de paja trenzada, el padre de los niños colocaba tiras amarillas. Hilera, tras hilera ajustando con un nudo en el extremo. Wayrak saltó para llamar su atención.

La madre los recibió, maravillada con las plantas recolectadas por Lukma. Se sentó junto a su hija a verlas.

El Quequén ladeó su cabeza como si analizara lo que ocurría abajo. Se posó en una rama cercana. Las hojas le cedieron su espacio. Solo observó. Comprendía secretos que se guardaban en las piedras.

El padre sintió el cantar del ave recorriendo el espacio. Saludó a sus niños levantando su mano cuando el sol del atardecer se escapó a través de su silueta.

Wayrak bajó a su cobayo, que trataba de escaparse de su bolsa. Al tocar el piso corrió hacia la casa. Una mujer con el pelo blanco como el del cuy lo atrapó en el aire y comenzó a darle besos.

—¡Chiwchi, cada vez estás más gordito! —rió la abuela, levantándolo en el aire—. ¿Qué has estado comiendo, pequeño glotón?

Chiwchi movió su naricita y miró de reojo la vasija con granos de choclo.

—Yo no soy el único gordito por aquí… —pensó, mientras su pancita temblaba con cada caricia de la abuela.

El ruido de cientos de cotorras anunciaban el atardecer. El sol caprichoso no quería irse, ya que sabía que a esas horas se contaban las historias más lindas.

Lukma, junto a su mamá, contaba las flores y las plantas. Separaban una por una las hojas y las flores con cuidado y precisión. El interior de la casa tenía los tonos ocres de los últimos rayos del sol. Las flores emanaban perfumes ancestrales.

La abuela tomó unos pétalos de flores blancas de la mesada de piedra. Se acercó despacio a la hermosa niña.

Wayrak contemplaba ese momento. Se alegró al ver caer los pétalos sobre el pelo de su hermana. Su abuela y su hermana rieron. Fue como la ligereza de un arroyo saltando entre las piedras. Sonaba como si la cascada no estuviera a mil pasos, sino ahí, dentro de su risa. Lukma juntó cada uno de los pétalos. Los guardó en una bolsa tejida que su mamá le había dado para sus cosas preciosas. Wayrak recordó cuando era más pequeña y había perdido su bolsita. Caminaba por la aldea diciendo:

—¡Quiero mis cosas, quiero mis cosas!

El aroma de la paja nueva en el techo lo envolvía.

Un rayo de sol se reflejó en unas piedras brillantes incrustadas en las paredes circulares de la casa. Miró el piso alto donde dormían todos, le pareció ver una sombra. La voz ronca de su padre lo sorprendió. Ingresó con brazas de carbón y las dejó en el centro de casa junto a cáscaras de naranjas. El suave aroma confirmó la llegada de la noche. Las saltarinas chispas de fuego se reflejaban en las figuras de las paredes.

A Wayrak le encantaban las figuras de piedra en las paredes. Le recordaba a su abuelito. Le enseñó a cortar las piedras con cuatro líneas hechas con lanas. Bellos cuadrados. Hacía muchas lluvias que se había ido, pero todos lo sentían cerca.

A veces en el Quequén, él los vigilaba desde las ramas. Otras veces, era el monito que los espiaba entre las hojas.

La abuela recogió el cabello de Lukma con suavidad, miró a su hija y sonrió.

—El sol ya nos dijo adiós. Es hora de que las historias despierten.

Cada uno tomó una hermosa vasija con la comida de la noche. Los cinco salieron camino a la reunión del pueblo.

Era la noche de las historias jamás contadas.

El Quequén miró las estrellas alineadas como nunca antes lo habían hecho. Desde lo alto, siguió con la vista a Chiwchi, que se había quedado rezagado, corriendo para alcanzarlos. Llevaba una zanahoria entre los dientes. Sus dos hermanos, el negro y el marrón, se quedaron en la casa.

Wayrak tomó la mano de Lukma y juntos fueron hacia la fogata.

—¡Mira, Wayrak! —susurró Lukma, deteniéndose un instante—. ¡La niebla nos sigue!

Wayrak giró la cabeza. Vio cómo la neblina se deslizaba suavemente tras ellos. Le pareció que quería escuchar las historias.

—Tal vez siempre lo hace… —susurró Wayrak, con los ojos brillando de emoción. Se estremeció al verla moverse. No era miedo. Era otra cosa. Tal vez… un susurro, un mensaje.

La niebla siguió a los hermanos. Se preparó para escuchar. Siempre le gustaba ese momento. Las estrellas brillaban más que la luna esa noche, sabedoras de historias y leyendas.

Wayrak estaba sentado junto a su hermanita. Ella cuidaba con esmero un par de luciérnagas que entraban y salían de su bolsa de las cosas importantes. Wayrak trató de no mirar hacia su derecha. Una niña de ojos grises lo observaba en silencio. Eran sus vecinos que vivián a cien pasos de su casa.

—Te están mirando —susurró Lukma con una sonrisa traviesa.

Wayrak bajó la vista a sus rodillas, fingiendo no escuchar. Pero su hermana, conocedora de su vergüenza, insistió:

—Se llama Chaska, como la estrella brillante —alzó la vista al cielo y añadió con picardía—: Hoy debe ser su noche.

La niña se puso de pie y caminó hacia ellos con timidez. Antes de que Wayrak pudiera reaccionar, Lukma le tomó la mano y la sentó junto a él.

—Aquí se está más calentito, ¿verdad, Chaska? —susurró con complicidad.

—Sí… —respondió la niña con una pequeña sonrisa.

—¿Por qué te sientas aquí? Hay más espacio allá —murmuró Wayrak, incómodo, sin despegar la mirada del fuego.

Una brisa con aroma a eucalipto los envolvió. Wayrak, sin poder resistirse, alzó la vista. La luz rojiza del fuego iluminaba el rostro de Chaska y la brisa jugueteaba con su cabello oscuro.

—Porque aquí es donde quiero estar —dijo ella, abriendo aún más sus hermosos ojos grises.

El calor subió al rostro de Wayrak y se quedó callado.

A unos metros, los hombres de la aldea comenzaban a reunirse en grupos. Chiwchi, el pequeño cuy, los observaba con curiosidad. De un salto, se coló entre Wayrak y Chaska, moviendo su hocico en busca de caricias.

Entonces, el padre de Wayrak lo llamó con un leve cabeceo. Él se levantó de inmediato y corrió hacia él.

—Cuando cumplas doce grandes lluvias, mi niño, entrenarás con nosotros. Ya conoces el viento, pero te falta conocer la lanza.

—Sí, padre —asintió con seriedad. Sintió su corazón acompasarse con el ritmo de los tambores que resonaban en la plaza. Allí, su madre y otras mujeres marcaban el inicio de la ceremonia.

Mientras tanto a sus pies, Chiwchi se erguía, imitando la postura de los guerreros. Su padre lo observó con curiosidad y, por primera vez, dijo:

—Mira, tu cuy lleva a un guerrero en su piel. —Acarició el suave pelaje del animal con respeto—. Presta atención a lo que la naturaleza te da.

La música crecía, vibrando en la tierra como un latido profundo. De pronto, un canto claro y firme rompió el silencio. Desde una rama cercana, el Quequén elevó su voz hacia la noche.

Silencio en el amazonas. La ceremonia había comenzado.

Lukma tomó la mano de Chaska y, con los ojos brillantes de emoción, exclamó:

—¡La noche de las historias jamás contadas!

Su sorpresa fue aún mayor cuando vio, a su buela Yari, caminar hacia el centro de la plaza.

El pelo blanco de la anciana estaba recorrido por lanas de colores. Su voz se alzó entre el crepitar del fuego y la brisa nocturna.

El Quequén la aconpañó. Se posó en el hombro de una estatua de piedra que estaba a espaldas de Yari. Las luces de las llamas reflejaban destellos en las piedras incrustadas en zigzag sobre la escultura. El rostro iluminado de la abuela . El Quequén la contemplaba esperando.

Los niños de la aldea callaron, mientras la niebla se espesaba, moviéndose entre ellos. Los adultos tomados de sus manos.

—Escuchen bien —dijo la anciana, recorriendo con su mirada a cada uno—. Hace tres noches tuve una visión. La brisa hizo un silbido entre las estatuas que rodeaban a la plaza.

— El Señor de la Niebla va a aparecer. No sabemos cuál es el peligro que nos acecha.

Murmullos recorrieron la plaza. Los mayores intercambiaron miradas de preocupación, mientras las mujeres contenían el aliento.

—¿El Señor de la Niebla? —preguntó Chaska en un susurro, sus ojos reflejando el fuego.

Yari, podía escuchar incluso lo no dicho. Observó a la niña y asintió con gravedad.

—Es el guardián de nuestro pueblo —dijo, elevando las manos al cielo. Las estrellas brillaban aún más—. No tiene forma ni rostro.

La niebla juguetona rodeó sus manos como un guante.

—Aparece cada cien grandes lluvias, para proteger a los Chachapoyas.

Las llamas parpadearon, como si respondieran a sus palabras. La niebla era más densa y misteriosa. Empezó a girar alrededor de la plaza formando espirales que se entrelazaban con las luces de las estrellas.

Chiwchi, atento a todo y muy sabio, comenzó a alejarse del centro. Corrió desesperado a la casa circular de la familia de Wayrak y Lukma.

—¡Hermanos míos! —gritó, moviendo su naricita.

En un costado, Negro y Marrón, separaban semillas. Levantaron la mirada.

—Viene el Señor de la Niebla —anunció el cuy— Va a elegir a sus guardianes. ¿Me tocará?

La niebla, agazapada en la puerta, los escuchaba en silencio. Pareció reírse. Pero no.

Los cobayos vieron entrar uno por uno a los integrantes del hogar hasta que la luz de las estrellas también se fue.

Era bien entrada la noche cuando Wayrak se despertó. La brisa entraba por la ventana, trayendo consigo el aroma tenue del fuego de la reunión de ese día. Un destello azul le llamó la atención. Desde su posición, pegada a la pared derecha del círculo de su casa , podía ver a sus padres dormidos en el otro extremo. Su hermanita dormía a su lado. Estiró la mano para tocarla. Seguía allí. Las paredes tenían un revoque liso, y una línea de piedras de colores en zigzag rodeando a la casa. Allí estaba el reflejo azul . Se inició en las piedras cerca de su cabeza y recorrió toda la línea de piedras. Un relámpago azul que latía.

Con su mano acarició su cara, para saber si dormía. No, no lo estaba. Dos ojos brillantes lo observaban desde un costado.

—Chiwchi, me vas a matar del susto —susurró al verlo mejor.

El cobayo y sus dos hermanos estaban, como guardias, en la cabecera de la cama. Chiwchi se acomodó el pelaje. Si había algo que no soportaba, era estar despeinado.

La luz apareció de nuevo y Wayrak supo que era real.

Los tres cobayos siguieron su trayectoria, erguidos sobre sus patas traseras.

El niño no supo qué le extrañaba más: la luz o las posiciones de sus cobayos. Lukma despertó. Vio a su hermano con su dedo índice en la boca, que le pedía silencio.

Otra vez, la luz.

La niña intentó hablar, pero Chiwchi saltó a sus brazos.

—Mantén el silencio —escuchó Lukma en su mente. Nunca le había pasado algo así.

Sabía que su abuela se comunicaba con el Quequén.

¿Podía ella hacer lo mismo con los cobayos?

Ruidos de abajo. Alguien parecía moverse. Wayrak abrazó a su hermanita. Se acercaron al borde de la escalera de piedra para ver mejor.

Una neblina suave, ondulante, musical, flotaba entre el lugar de cocinar y el de guardado. A Wayrak le pareció que los observaba. Pensó en despertar a sus padres.

El reflejo de luz dio la vuelta completa, hasta saltar a la manta de la abuela. Se detuvo saltarina sobre una figura geométrica.

El Quequén, que apareció en la puerta de la casa y cantó una nueva melodía. La abuela se despertó sabiendo que era el momento de Wayrak.

—Guagüitas, ¿por qué no duermen? —dijo en voz baja a sus nietos.

Chiwchi la observó y también se dio por aludido. Se consideraba nieto.

Lukma señaló las piedras que rodeaban la casa. La abuela miró atenta. El destello saltó de su manta y recorrió la línea de piedras.

Silencio.

Los acostó y les pidió que se quedaran tranquilos, pero ella ya no lo estaba.

—¿Tan pronto? —pensó.

Wayrak se tapó con su manta. Su madre la había tejido. Le pareció grande al principio. Pero un día su padre le dijo, que debía conservarla toda la vida. En el borde tenía guardas geométricas. Su padre le explicó que ocultaban números y que sus combinaciones revelaban secretos. Tenía frío. Su abuela y su hermana dormían como si nada hubiera pasado.

Y, de pronto, apareció la cara de Chaska, sentada a su lado con el reflejo del fuego en las mejillas. Sintió que su rostro se ponía rojo. Se concentró en una figura en el borde de su manta. La reconoció. Era la misma que tenía la abuela en el centro de la suya.

¿Qué imagen era esa? La había visto antes.

Seis rectángulos, cada uno con un color diferente en su parte superior. Sin saber cómo, números aparecieron en su mente. Dimensiones, longitudes, círculos. La luz había dejado un mensaje.

El mensaje no era solo para él. En su pueblo, siempre era primero el todo antes que yo.

Un ruido y un calor cercano a su panza lo obligaron a llevar la mano a la zona. Los pelos de Chiwchi le daban calor. Sonrió al sentirlo.

Seis rectángulos y un mensaje que lo cambiaría todo

Todo guarda un secreto.
La manta susurra,
las piedras arden con memoria,
los animales velan en silencio,
los ancestros caminan en el resplandor.
Así continúan las historias:
con señales ocultas,
con un mismo destino,
como un río que lleva su canto al amanecer.

Continuará

Este capítulo que hoy comparto con ustedes es el inicio de una novela titulada Los guardianes de la niebla, escrita como parte del proyecto final de mi tesis de Maestría en Escritura Creativa, realizada en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR), en España.

Este no es solo un texto de ficción. Es también una búsqueda literaria y ética que forma parte de un proceso académico y personal. La novela ha sido concebida como una obra de literatura infantil y juvenil que no subestima a su lector, sino que lo acompaña en la construcción simbólica de su mundo. En ella conviven el juego, la memoria, la historia y la imaginación como partes inseparables de la infancia.

La historia sigue a Wayrak, su hermana Lukma y otros niños de un pueblo inspirado en la cultura Chachapoya, que deben emprender un viaje ancestral para proteger a su gente. Pero el viaje no es heroico en sentido clásico: es colectivo, emocional y ritual. La niebla —que no es solo clima sino personaje— los envuelve, los elige, los guía.

Desde el plano teórico, esta obra dialoga con autores fundamentales como Colomer, Nodelman, Chambers, Zipes y Andruetto, cuyas ideas me ayudaron a sostener una narrativa simbólica, sensible y no moralista. Se trata de una literatura que ve a la niñez no como un estado de inmadurez, sino como un espacio de percepción profunda, de ternura activa y de posibilidad transformadora.

En el marco de la tesis, el relato se sostiene también desde conceptos como la hibridación narrativa (García Canclini), la oralidad ritual (Brabec de Mori) y el pensamiento fronterizo (Catherine Walsh), proponiendo una literatura que entrelaza mito, historia y emoción desde una mirada decolonial.

Esta publicación forma parte de una serie de capítulos que iré compartiendo como parte de mi proceso de cierre del máster y apertura hacia nuevos lectores.

Tu lectura, tus emociones y tus comentarios son bienvenidos. Si lo lees escribe un comentario, me ayudaras. ¿Se los leerias a tus hijos , sobrinos o nietos?

Porque como dice Lukma en este primer capítulo: “la niebla también quiere escuchar las historias”.

— Gustavo Moretta

Lima, Perú / Logroño, España

2025


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