Me costó acercarme a la ventana. La pierna derecha la tengo fija desde ese maldito día. Observé el mar de cabezas circulando por la calle Lavalle. Intento imaginarme sus vidas desde el cuarto piso: la mujer de rulos, que pasa a la misma hora, secretaria, casada, con hijos.

Un sonido de apertura de puerta. ¿El ascensor?

Nadie golpeó. Mejor, ya que no está Elvira.

Un sobre atravesó la puerta. Amarillo.

La raja que atraviesa todo el techo del living es educada: se detiene en la lámpara colgante y luego continúa. Sentado en la mecedora, paso horas calculando los metros de cada lado. Llevo años observándola. La hice pintar, pero vuelve.

La repisa, al lado de la ventana, soporta las fotos de mi vida. Momentos de estos setenta años. No las quería en el teléfono. Tomé un portarretrato y, como pude, llegué al sillón negro de la sala. El sonido del desplome hasta a mí me asustó.

En la foto, dos niños abrazados con una pelota en el medio. Atrás, nuestra casa de Zárate. Jugábamos en el patio interior. Un aroma inconfundible invadió mi memoria. Recordé el árbol y la vez que esperé al amanecer para ver los brotes.

—Vení, Virgilio, esto te va a gustar —desperté a mi hermanito.

Fuimos de la mano. El aroma inundaba todo. Vi sus ojos emocionados como los míos al contemplar las flores blancas entre las tupidas hojas verdes. Recién florecidas, entre ellas brillaban las naranjas redondas. Nuestro naranjo en flor.

Tengo un temblor fino en una de mis manos. Trato de contenerlo y es peor. Con Virgilio hicimos de todo. Yo escribía, él componía. Hace diez años que no nos hablamos.

En la foto, bien atrás, la sombra de mi viejo. Siempre fue enorme.

Teníamos la panadería y pastelería más reconocida del barrio. La cola de los clientes tras el vidrio antes de abrir. El horno desde las cuatro de la mañana ordenando las vidas. El olor inconfundible de la crema pastelera y su vozarrón.

Mi viejo era ilustrado. Se hizo solo. Cuatro idiomas hablaba.

No tuvo apellido. Expósito. Así lo llamaron y así nos llamamos. Él lo convirtió en un emblema.

Entre la harina y la crema pastelera nos dio a Virgilio y a mí el único linaje que conocimos: el del esfuerzo y la música.

Lo busqué en la repisa. Tenía otra foto de él y de mi madre. No estaba. Sé por qué. La última vez que vi a mi hermano se la llevó. Y sí, también me fui en esa foto.

Otra vez la carraspera. Hay momentos que me ataca y no puedo respirar.

Decí que me quedó el departamento. ¿Bueno para los negocios?

No. Puse un restaurante. Se llenó de amigos, de música, pero no de pagos. Todos eran invitados.

El rostro de Virgilio tocando el piano y su mirada de preocupación me sigue hasta el día de hoy. Esa mirada es como la raja del techo: nos separó en dos.

Nuestro primer éxito. Escucho su música maravillosa porque vivo con ella. Éramos dos pendejos cuando la hicimos.

Yo estudié Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires. ¡Imaginate el viejo cuando vio el título! Pero su felicidad era mayor cuando en su sala sonaban nuestros tangos.

Al lado de la repisa está la colección de discos. Tengo los de pasta todavía. Podía ver, desde ese sofá maldito, el que quería.

Me levanté como pude. Apoyado sobre una silla estaba el bastón. Lo alcancé, gracias a Dios.

—Un accidente cerebrovascular tuvo —comentó el médico, mientras se me caía la baba.

Ahí sí que estuvo Virgilio. Venía solo. Su mujer no me perdonaba. Me ayudaba a ir al baño. En esa época me orinaba hasta en la sala.

Un día lo besé, como debía haberlo hecho antes. Se quedó quieto. Lo esperaba.

Tomé el vinilo. Coloqué la púa en la primera línea. La música de Virgilio.

Era más blanda que el agua,

que el agua blanda.

Era más fresca que el río,

naranjo en flor.

Y en esa calle de estío,

calle perdida,

dejó un pedazo de vida

y se marchó.

Veníamos en tren desde Zárate a Buenos Aires cuando se la mostré. El ruido del tren nos acompañaba con ese no sé qué. Era un tango en las vías. Vi cómo movía sus manos, primero la guitarra y luego ese bandoneón maravilloso.

Desde el cuarto de la pensión que compartíamos se veía la calle perdida. Y ella, el amor de mi vida, se fue para no volver.

No sé si llovió, pero mi alma quedó humedecida.

Cincuenta años después sigo solo en esta eterna juventud que me ha dejado acobardado.

La música se fundió con las paredes. Mi alma buscó restos de mi cuerpo que estaban esparcidos por el piso de la sala.

Un día me fui. Abandoné mi pasado. Vi en la puerta a mi hermano y a mi madre. Tomé el avión para escaparme del viento y terminé con una copa de vino tinto en Madrid.

Pero en cada esquina veía los naranjos en flor, con esas promesas del amor.

Te busqué varias veces, buscando esa luz. Pasé frente a tu casa. Te vi con él.

No pude más cuando me crucé con esa niña que tenía tus ojos y su pelo.

Qué importa el después. Toda mi vida es el ayer.

No estuve, Virgilio, cuando se fue papá. Te abandoné, hermano.

El tango seguía en la casa.

Mi pierna fija, arrastrando mi pesar. Te escribí la carta que te debo, el perdón que espero.

Hace unas semanas escribí la segunda carta. Para ella, sé que está viuda. Elvira fue a su casa y se la dejó, pero ella no dijo una palabra.

Como un pájaro sin luz.

El olor a las naranjas lo sentí de a poco. Ruido en el pasillo. Veo el sobre amarillo en el piso. Lo tomo como puedo. Estoy cansado.

De nuevo el sillón me espera.

Nada. No dice nada el sobre.

Rompo el papel. Una sola hoja blanca.

—Nunca te olvidé. Solo te tuve miedo.

La letra clara como el agua blanda. Dolor de vieja arboleda.

Me fui en el sillón. Como dicen, todo se ve en el último minuto.

Escuché la voz de Elvira que trataba de que me quedara.

El ruido del teléfono. Ella que llora y dice:

—Se nos fue Homero, señor Virgilio.

Y me fui.

Me esperaba el viejo con sus masas con pastelera.

Nota de Autor

Este relato nació de una obsesión: volver al origen de un tango. Naranjo en flor no es solo una melodía ni una letra; es la memoria misma de Homero Expósito puesta a cantar. En el cuento quise prestar mi voz a la suya, imaginarlo anciano, con la pierna inmóvil y la raja en el techo como espejo de su biografía. La vida de Homero y Virgilio estuvo marcada por la música, pero también por la fractura y la culpa. Esa tensión me permitió construir un narrador confesional, íntimo, que avanza entre recuerdos luminosos —la infancia en Zárate, el aroma del naranjo, la figura enorme del padre— y escenas descarnadas de enfermedad, abandono y reconciliación.

No me interesaba escribir una biografía, sino un tango en prosa, con frases cortas, sincopadas, con silencios que respiran como bandoneones. Los símbolos —el sobre amarillo, la foto ausente, la raja en el techo— funcionan como motivos musicales que regresan para cerrar el círculo.

El final no necesitaba estridencias: bastaba con un sobre abierto, unas palabras escritas con miedo, y la certeza de que hasta en la muerte alguien nos espera con un pan caliente. Si algo me propuse fue que el lector escuchara, debajo de la voz del narrador, la cadencia del tango mismo.


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