Teo se despertó antes que el despertador. El reloj le había monitorizado el sueño. Un destello le confirmó que durmió bien. 

Se observó en el espejo que ocupaba toda la pared anterior de su cuarto. Nuevo destello: color amarillo. La voz masculina se escurrió entre las paredes.

— Teo, hay más grasa abdominal en los costados. Te estoy calculando el índice de masa corporal.   Tienes horario disponible a las 18 h.  Te reservo el boxeo hoy.

  El muchacho, con sus dedos pulgar y anular como una pinza, tomó la piel con la grasa. El pellejo se corrió unos centímetros.  

La grasa, como círculos dorados, flotaba por el cuarto. 

Eran aves volando en v.  

La plaza del barrio. La calesita con la música que repite.

Los amigos que lo dejan para el final en la elección de los jugadores. 

Le toca el arco de nuevo.  

El piso cambió de color a un blanco cetrino.  Una línea discontinua se transformó en números. 

Su peso.

Cada tres meses era la reunión de inicio del ciclo de negocios. Los zapatos le daban siete centímetros más.  

¡Hay que salir a matar!   La camisa. La fit, la que me marca los hombros. ¿Tengo grasa?  

No veo mi cara.  Una silueta que no es la mía.

Y ese pelo en la oreja.  Se mueve solo. Es largo, demasiado.  Parece que me quiere decir algo. 

No.  No se lo permito.

La voz masculina de la inteligencia artificial le recuerda que debe escuchar un resumen de libros para ser más inteligente. 

La reunión con los gerentes de la nueva compañía.  El tarado que habló de teatro. ¿Qué es eso? No supe qué decir.  Había unas migas de pan que se fueron organizando entre las servilletas. Eran grupos de once.  Unas de repente se fueron tirando al borde de la mesa.  Sin que me vieran, traté de poner mi mano.  No rescaté ni a una. 

El traje azul le queda impecable.  El hilo de mi cuerpo sigue ahí. Ahora salió de mi oreja y me toca el cuello, como llamándome. 

— Teo, ensayemos su sonrisa. Miré los números consecutivos y en el tres hágalo— resonó en el cuarto la IA.

Esa noche, en ese cóctel.   

Me miró con esos ojos lindos, con esa mirada ensayada.  

La voz me sonó dulce, algo melancólica. 

 Sin filtros, me lo dijo así:

— Estás más viejo que en el video de la app. 

Sonreí.  

Apretó el parche de testosterona que tiene el muslo.  Se imaginó el ardor como soldados romanos corriendo por sus capilares. Con sus bíceps y sus abdominales. 

En el espejo, en uno de los laterales, flotaban las imágenes que presentaría en el dichoso inicio de ciclo.   Las historias de éxito de unos pocos para incentivar a unos muchos que jamás ganarían esos billetes. 

La sonrisa analizada y comparada con miles de sus propias fotos y el veredicto de que no está feliz. 

Y el pelo que me dice: —Te lo dije. 

Está frente mío. ¡Una cana!  

Busco desesperado mi pastillero.  

Sildenafilo.  

Para eso era. Creo que sí.  Tengo treinta y cinco años. 

— Teo, no se olvide de pagar la suscripción a nuestro servicio. Ya le solicité turno para el bótox. 

Nota del autor

En este cuento trabajé la intersección entre la vanguardia surrealista y la posvanguardia posmoderna para explorar la figura de un hombre atrapado en las exigencias de la masculinidad contemporánea. El protagonista, Teo, tiene 35 años y vive bajo la constante supervisión de sistemas inteligentes que regulan su cuerpo, su apariencia, su rendimiento sexual e incluso su discurso. A través de una narración fragmentada y simbólica, el texto indaga en los efectos psicológicos y existenciales de esa presión por mantenerse joven, deseable y productivo.

La influencia del Surrealismo se manifiesta en la presencia de imágenes simbólicas y oníricas: la grasa que flota como aves doradas, las migas que se organizan en equipos de fútbol, el pelo que cobra vida y parece querer hablarle. Estas irrupciones sensoriales operan como manifestaciones del inconsciente corporal y emocional de Teo, que contradice el control racional que se le impone. En lugar de marcar con claridad cuándo ocurren, decidí dejar que estas escenas emergieran dentro de la cotidianeidad, como si lo extraño formara parte de la normalidad: un procedimiento propio del surrealismo maduro.

Por otro lado, la dimensión posmoderna se presenta a través de la hiperregulación tecnológica: relojes que monitorizan el sueño, espejos que escanean grasa abdominal, aplicaciones que programan emociones y lenguaje, y rutinas de autoayuda que confunden la inteligencia con el consumo de resúmenes. El lenguaje técnico, los comandos automatizados y la estética de la optimización personal no se caricaturizan: se integran como parte del mundo narrativo, para mostrar su naturalización.

La estructura del cuento no sigue una línea argumental tradicional. Opté por una estructura interna en espiral: el relato inicia con la medición del cuerpo y concluye con la desaparición de la subjetividad, sin que haya un “clímax” externo. En lugar de resolución, hay una intensificación del malestar: Teo sigue funcionando, pero algo en él —una cana, una voz, una memoria— empieza a resistir. En este sentido, el cuento dialoga también con el legado de autores como Franz Kafka o Don DeLillo.

Narrativamente, el estilo se construye en tercera persona, pero con filtraciones constantes de la voz interna del protagonista. Esa alternancia deliberada refuerza su disociación: entre lo que debe parecer y lo que realmente siente. La elección de una prosa contenida, cortada y sin adornos responde tanto a la estética posmoderna como al deseo de transmitir la alienación del personaje sin dramatismo ni pathos explícito.

En conjunto, este ejercicio buscó combinar forma y fondo: una estructura y un lenguaje que encarnen, sin explicar, la angustia del cuerpo masculino contemporáneo frente a un sistema que lo vigila, lo entrena y lo anula.


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