Los casos de Lucía Fuentes. Tres


Lucía estacionó su Ford Focus bajo la sombra de los árboles en el ingreso del parque ecológico del camino del Buen Ayre.   La brisa del verano le resultó insuficiente. La ola de calor y el uso sin escrúpulos de los aires acondicionados habían provocado cortes de electricidad, como siempre. Para variar, el de su auto estaba sin filtro y no consiguió turno en el taller.  

— Muerta de calor— pensó. 

Los periodistas estaban en la entrada con los micrófonos y sus cámaras. Los trabajadores del parque habían encontrado los restos óseos hace unos días.   Se escabulló por un sendero. Reconoció a Nora, que movía sus brazos para señalar dónde la esperaba.  El césped tenía un verde brillante, pero se podía sentir un olor distinto, penetrante.  Debajo de todo lo transformado estaban toneladas de basura.

El sol refractó en las cintas amarillas que marcaban la excavación. Lucía se colocó sus lentes.

— Hola, Nora. ¿Novedades?

— Aparte del informe que te envié anoche, más profundo en la fosa,  han hallado ropa y otros objetos.

Sobre uno de los lados, sobre una manta de plástico celeste, los hallazgos etiquetados y numerados. En una bolsa transparente, ropa femenina y unos tacos altos.

— Por las monedas y un recibo, sabemos que es  1983— agregó Nora mientras llevaba un frasco pequeño de perfume a sus narinas.  

— Sí, leí que sospechan del “Atrapa mariposas”— comentó Lucía. 

Nora asintió en silencio. 

La subcomisaria Fuentes se agachó para observar y tomar fotos a una blusa rosada con volados. 

Hace dos días le había llegado el expediente a la universidad. Había pedido más trabajo en campo, para sus investigaciones, así que le vino bien. Otra vez  era su expareja quien la solicitaba por su experiencia para los interrogatorios.  Le gustaba eso, saber que la seguía reconociendo. Recordaba su voz en el teléfono, ese tono grave y melancólico que no se corresponde con su presencia. 

— Lucía, este caso es importante, ¿me entendés?— le dijo esa mañana. 

Ella asintió. Si bien era una fecha al final de la dictadura, el caso había  pasado de la justicia ordinaria a una unidad mixta: Policía Federal, y la Procuraduría de Crímenes de Lesa Humanidad.

— Tu experiencia en evaluaciones de imputabilidad y reacciones postraumáticas es clave.

La charla se deshizo en detalles imprecisos.  Ella tenía ganas de invitarlo a comer, pero sabía que él no aceptaría. 

— Javier, necesito tu apoyo con los datos encriptados del caso de Montes de Oca— le susurró.

Lo dijo rápido, sin pensar.  El malestar estomacal volvió junto a una  sensación de desmayo.  El recuerdo de la foto de su padre con la Dra. Giubileo la acompañaba desde que su madre se la había enviado.

La náusea la devolvió a la fosa y a la blusa.   El clic resonó. La foto de la blusa que alguna vez alguien usó orgullosa se guardó en una simple carpeta. Nora le dictaba a su teléfono un recordatorio cuando el ayudante del fiscal se les acercó.  Era un hombre joven de unos treinta años, con algo de sobrepeso y una barba candado bien cuidada. Saludó con cortesía y esperó que le atendieran. Lucía se acercó y él le dio la mano. La sobaquera mostró su revólver Bersa. Notó la mirada del muchacho. 

— Subcomisaria, un gusto conocerla. Quisiera resumirle los testigos que debe entrevistar.

—Cómo no.  Caminamos.  ¿Me permite que lo grabe?

— Por supuesto. 

Nora los observó caminar. Les tomó una foto y con sus dedos amplió la imagen analizando los detalles. Un cuervo negro  caminaba detrás de ellos. 

Lucía tomó un abanico de su bolso mientras el ayudante  le resumía.

— De acuerdo , iremos primero a la persona que denunció la desaparición de este ignoto. 

— Sí, si bien falta la identificación final, creemos que es una de las víctimas del asesino en serie de la Panamericana. 

— ¿Me repite el nombre, por favor?

— Desidere Pereyra. Cambió su nombre con la ley de identidad de género.  Identificación previa: Carlos Soto. 

El vuelo del cuervo los asustó.  El ave se posó sobre las ramas de un eucalipto, observando.  El árbol se mecía con la brisa. Lucía ya lo conocía. En el fondo de su alma sabía que lo necesitaba. 

— Le acabo de enviar un documento resumen a su teléfono móvil. Están los datos de los otros testigos. Los hermanos Soria.

Llegó a su departamento al atardecer. En la recepción le avisaron que había llegado su madre. 

Escuchó los ruidos en su cocina. Le alegró no estar sola esa noche. Se quedó unos minutos observando la espalda algo encorvada de su mamá. El pelo corto y esos aros grandes que pocas veces se sacaba.  El calor de su abrazo no mitigó la ambivalencia de las dudas y certezas de la historia con su padre.  Las voces con diferentes tonos y colores llenaron el espacio de la cocina. Sobre la mesa pan casero y queso.  Algún comentario de sus tías. Hasta que la pregunta se cristalizó entre ambas. Una foto de su padre con una mujer joven en el Hospital de Montes de Oca. 

— Me comentaste que es la Dra. Giubileo la de la foto. No lo puedo creer— comentó angustiada la madre mientras buscaba en el interior de un bolso. 

— Sí, mamá, y es en el patio central del hospital. El joven que los acompañaba era un paciente.

— No entiendo, Héctor nunca me dijo nada de que conocía a esa mujer.  Imagínate, salió en todos los diarios…

Extrajo un frasco de vidrio con una tela cuadrillé roja y blanca en la tapa.  Lucía lo sostuvo. Abrió y untó el dulce de higos sobre el pan.

— Mami, ¿en dónde trabajó papá   cuando vivió en Buenos Aires?

— Bueno, hija, no sé muy bien. Se recibió y estuvo dos años viviendo en Boedo. Me dijo que hacía experiencia. 

 Notó un ligero temblor en el párpado. Un tic en el rostro de su madre. 

¿Cuánto más me ocultas, mamá?

Esa noche no fue fácil. Volvía la imagen de su papá colgado en su estudio. El ruido de los caireles de la lámpara vibrando en su mente.

El reloj de la mesa de luz mostraba las tres de la madrugada. Prendió la luz y leyó el expediente de Desidere. 

Dos de sus compañeras desaparecieron, una la encontraron desmembrada y la otra hasta ahora no.  Ella cree que estos restos son de una trabajadora sexual: Robotina. Le extrañó el nombre. Veintiocho travestis asesinados en cuatro años. Apuñaladas, algunas desmembradas y otras atropelladas.   

Le costaba seguir leyendo por sueño, pero también por la compasión.  Esas personas habían sufrido lo indecible. A nadie le importó sus cuerpos.  Ni cuando vivían y menos de muertas. 

Nora la pasó a buscar temprano, su bolso con el termo y unos alfajores.  A unas cuadras de la casa de la testigo se detuvieron y entre mate y mate charlaron un poco. Nora estaba saliendo con el policía que conoció en Luján. Una recaída. Las dos habían quedado, que basta de abogados y policías. Un contador vendría bien. Sus risas mejoraron el humor de Lucía. 

El monobloc era de color crema con áreas grises por el esmog. El ascensor era antiguo y después de múltiples intentos subieron las escaleras hasta el octavo. La escalera tenía un piso de granito húmedo. En uno de los pisos, sobre el lateral derecho de la escalera, una puerta estaba entreabierta sostenida por un balde gris. A su costado un trapo de piso como testigo.  Lucía sintió el olor a lavanda del piso. Un reflejo amarillo, proveniente de la pequeña lámpara del pasillo, iluminaba el recipiente. El agua se movía en su interior. Un susurro que la sub comisaria interpretó.  

La puerta se abrió. Un niño de nueve años recibió a las oficiales. Su pelo castaño, un poco largo con sus ojos de miel, se detuvo en los verdes de Lucía.   Ella lo evaluó.  Se imaginó a un hijo de ella con Javier. 

— Hola, mi mamá las esperaba —comentó el niño.

Nora elevó sus hombros, intrigada.

El departamento era mediano. La pintura blanca no era reciente pero estaba limpia. Los sillones eran de cuero marrón con vetas negruzcas. Tenía unos almohadones al croché distribuidos en forma regular. Lucía y Nora corrieron algunos y tomaron asiento.  Sobre un mueble de madera, varios portarretratos junto a una copa de un baby fútbol. 

Lucía registró cada detalle de Desidere. Su pelo enrulado, sostenido apenas por un lazo. Las arrugas en sus ojos y los surcos en sus mejillas. Se sentó al frente de ellas con delicadeza. Las manos grandes y el pañuelo en el cuello disimulando la nuez de adán. Sus uñas son de color rosa claro. 

— ¿La veo sorprendida?—dijo la testigo.

— En absoluto. ¿El niño es su hijo?

— Sí.

Silencio. Nora abrió su cuaderno de notas. 

— Usted hizo una denuncia hace cuarenta años de la desaparición de una compañera de … vida. ¿Es así? — dijo la asistente con un tono seco. 

— Sí. Ya me han avisado de la fiscalía que pueden ser sus restos los hallados.  

Desidere comenzó a rascarse la mano derecha. Tomó aire. El niño atravesó la sala. Ella, con su dedo, le señaló su cuarto. 

— Esa noche salimos las dos.  La Panamericana era  Travestilandia. 

De lejos se sentía el caer rítmico de una gota. 

— ¿Cómo explicarlo? Necesitábamos el dinero, pero no era eso.  Era una pulsión. Un juego macabro. Vestirse. Ser un personaje.   Yo tenía dieciséis años y empecé con los camiones en la ruta. Un día que me vestí de mujer, creí que me pegarían menos.  No fue así. 

— ¿Por qué se llamaba Robotina?— cuestionó Lucía. 

La testigo sonrió. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

— A ella le gustaba un enterito que vimos en una película.  Tardamos meses en conseguir la tela. Entre las dos, hicimos el traje pegado al cuerpo. 

Lucía se percató de los retratos, en una de ellas lograba divisar un traje plateado. El mueble era en realidad una vieja máquina de coser Singer.   

— Una noche estábamos las dos paradas, haciéndonos las vedettes, y uno gritó desde la ventana de su auto: Robotina venite con los muchachos.  Desde ahí se llamó así. No es tan fácil encontrar un nombre que te represente. 

Desidere se levantó y fue al otro cuarto en búsqueda de tazas y de té.

Lucía se acercó a la foto.  Se veía a un grupo de festejo. Una de ellas con un enterito y al lado estaba la testigo con una blusa rosa con volados. Buscó en su móvil y las comparó.  Era la misma.

Nora tomó la taza adornada con rosas rococó rosadas sobre la mesa ratona y sorbió té sin azúcar. 

— Por favor, cuénteme la última vez que vio a su amiga —preguntó.

La testigo observó a Lucía con el portarretrato.

— Sí, ella es… Era la dos de la madrugada. Hacía calor. Las dos habíamos visto a un Peugeot celeste dando vueltas. Me acuerdo de que ella le decía la vuelta del perro.  Varias travestis habían desaparecido sin rastros y estábamos alertas.  Les ofrecíamos a los clientes ir las dos, pero no querían.  Estos tratos son de a una, viste.

Lucía tomó nota en su agenda de cuero. 

Mantiene vivido el recuerdo. Se percibe la emoción. 

Por favor, describa dónde estaban— solicitó la subcomisaria. Su voz era tranquila, sedosa.

Desidere tenía una medalla de plata colgada, la tomó entre sus manos y la besó.

Nos juntábamos en grupos de 3 o 5  después de la once de la noche. La autopista tiene unas calles colectoras y en esa zona hay una arboleda que nos oculta. El que entra sabe lo que encuentra. Pero nosotras no. 

Llevaba sus manos en forma repetida a su boca como para callarse. Por momentos su tono se agudizaba y tartamudeaba. 

— No habían dicho que había un rubio raro con una cicatriz que tuviéramos cuidado.  El Peugeot se acercó y Robotina meneó las caderas como un gato en su búsqueda.  Yo me reía.

— ¿Cómo estaba vestida esa noche?

— Déjame pensar… hacía calor.  ¡Me acuerdo! Le había prestado mi blusa rosa. Yo misma la confeccioné.  Sí, tenía esa blusa con una minifalda blanca. Se dio vuelta  y me hizo una seña rara.

En ese momento pasó lo peor en mi vida. Otro auto, un patrullero sin luces, se acercó por atrás mío. Escuché la voz grave, burlona en mis espaldas.

Nora apretó la grabadora y, mirando a la testigo, le dijo:

— A partir de ahora se inicia la grabación de la declaración. 

— Antes de subir al auto de la policía, vi a mi amiga irse. Recuerdo su mirada y estoy segura de que había más personas en el asiento de atrás.  Teníamos que pagar la habitación que compartíamos y no llegábamos. Por eso fue. 

— ¿Qué más ocurrió esa noche? — Lucía acomodó su cabello que le incomodaba—. ¿Qué te pasó a vos? 

Lucía no podía dejar de escuchar el murmullo del agua del balde. Un mensaje oculto en el repiqueteo de esa gota que caía en la habitación de al lado.

Unos segundos callados. Un ruido de una puerta al cerrarse. Desidere se sacó los zapatos y caminó descalza por la sala mientras hablaba.

— Me llevaron a la comisaría. Estaba pintada de un verde oliva y olía a tabaco. Pensé que estaría la noche en una celda.  La primera cachetada hizo volar mis aretes. Uno por uno me violaron. ¿De qué te quejas, maricón? Escuché  entre mis llantos. En un momento vi mis dientes en el piso.  Soria era uno de los agentes.  Me sacó sucia y me recordó que seguía viva por él. Me desperté en el basural donde hoy está el parque ecológico.  Un mes estuve en coma en el Hospital de Ramos Mejía.

Lucía prestó suma atención a cada frase. Los movimientos. En su cuaderno de notas con letra precisa escribió:

  Hay congruencia emocional. La emoción expresada, tristeza y dolor coincide con el contenido del recuerdo.

Nora se puso de pie y Desidere le ofreció agua. Ella aceptó. Lucía preguntó por un sanitario.

El baño tenía azulejos amarillos con la unión negra.  El inodoro tenía una carpeta de cobertor tejida. El lavabo blanco tiza. Lucía cerró la canilla que goteaba. El espejo le devolvió su rostro. Se vio más vieja. No supo por qué abrió el gabinete del espejo.  Un pequeño altar a San La Muerte la esperaba. La calavera vestida de Cristo. La vela roja pequeña sin luz. Las rosas rojas pequeñas de tela rodeando la capa negra. 

Se vio en el baño de su casa en Tucumán. Tenía dieciséis años. Su madre llorando en el piso. Las baldosas negras y blancas como un tablero. El frasco de calmantes. Su padre y su nuevo intento fallido de acabar con su vida. La hoja de afeitar con sangre en el lavabo. 

Sin aire. Cerró el espejo.  

El tiempo dejó de ser lineal.   Abrazó a Desidere.  Se enteró de los años fuera en Santiago del Estero. Años vistiéndose como hombre hasta que no pudo más.  Su regreso, el trabajo en el comedor de la Villa. Empezó a criar a chicos de calle. Hasta que le dejaron adoptar a uno. El niño se acercó a saludarla.  La puerta se cerró al despedirse. 

¿Y si todo se lo debe al altar?

En el auto, Nora le dio el último alfajor. Lo necesitaba. 

Era la noche y su madre mantenía todas las ventanas abiertas. En una de ellas se veía la calle arbolada y los cables de la luz como límites del espacio.  El olor de la salsa casera y de la albahaca la recibió. El plato humeante y las caricias de su madre. No le comentó nada.   

— Tuve un recuerdo hoy, mamá— le dijo de pronto.

Ella escuchó en silencio.  Fue levantando los platos y los cubiertos uno por uno. La tomó de sus manos.

—¿Te sirvió de algo ese recuerdo?

Buscó palabras para decir lo que sí sentía. Esa verdad que necesitaba. 

— No— contestó. 

Deseó la fuerza de Desidere. Ahora no la tenía.

Un té negro con canela y clavo la acompañó a su cuarto.  En la mesa de luz la lámpara de imitación Tiffany que le regaló Javier. 

Leyó el expediente de las entrevistas de mañana y se durmió.  Los ruidos en la cocina la despertaron. El reloj parpadeaba.  Vio a su madre sentada en la mesa con su caja entre sus manos. El sonido del sollozo le ingresó a través de los huesos. 

La madre levantó la vista señalando la ventana.

— ¡No puedo hacer que se vayan!

Lucía se acercó a la ventana.  El cielo comenzó a aclararse.  La arboleda de la calle se movía al compás de viento constante, lleno de presagios. Sobre los cables negros colgantes los vio. Eran dos cuervos haciendo guardia. En silencio. Parecían no respirar. Sus ojos estaban clavados en la ventana, pero sus miradas atravesaban el tiempo y la memoria.  

— No te preocupes, mamá. Se irán cuando todo acabe.

Observó a su madre cambiar de postura. Algo pasó dentro de ella. Lucía se dio cuenta de que ciertos muros empezaron a agrietarse.  

Se sentía cansada cuando llegó a su oficina en la universidad de la policía federal argentina. El vidrio esmerilado la aislaba del bullicio. En su bandeja de correos, uno de Javier, en el asunto: Cocodrilo Verde. Era un lugar donde fueron a bailar en unas vacaciones compartidas en Lima. El cuerpo no decía mucho, pero entendió que su expareja tenía información de los expedientes encriptados relacionados con el caso “Montes de Oca”. Borró el correo.  

A las nueve de la mañana el chofer la pasó a buscar. Se alegró de ver a Nora con el mate.  El viaje para ver a los hermanos Soria era de dos horas. 

— Lucía, ayer pedí comprobar los datos de Desidere: la internación en el Ramos Mejía y su historia de la comisaría.  

— Muy bien, eso. No me extrañaría que sea cierto todo. 

— Sí, de acuerdo con leyes actuales, aunque el hecho fuera hace cuarenta años, no prescriben.

 — Así es Nora. En el expediente está la denuncia de la desaparición de Marcelo Robles, Robotina, pero no hay ningún dato de la violencia descrita por Desidere. 

Nora agregó unas hojas de menta picada al mate.  Lucía sonrió. Algo tenía su amiga. Le gustaba pensar que eran almas viejas que se habían reencontrado. 

— Sí, a Robotina la llevó el rubio con cicatriz, no sabemos eso en realidad, y el que liberó a Desidere fue el agente Soria.  ¿Hay conexión?

Nora bajó el vidrio para que entrase aire fresco.

— Estos datos no están en el expediente.  ¿Los testigos de hoy, tienen el mismo apellido que el agente?

— Sí, Lucía.  Tenemos los audios del llamado que recibió la fiscalía.  Fue el otro día de los hallazgos en el camino del Buen Ayre. Nora hizo clic en el móvil. 

Una voz grave entrecortada. Cierto ruido sucio en el fondo. El cacareo de un gallo a lo lejos.

— Si hay una blusa rosa con volados… sé quién puede ser— explicó la voz. Un pitido finalizó el archivo de audio.

Ambas se miraron. 

Dos patrulleros estaban en la puerta de la casa de los supuestos testigos.  Lucía observó la simetría de los arbustos de la entrada. El césped recién cortado.  El olor a pasto y humedad. 

— Está solo el hermano menor, Rubén Soria— informó el agente de turno—, es el que llamó.  

La sala del comedor era austera.  Una mesa de madera y cuatro sillas. La luz fría emergía de una lámpara antigua de metal verde. El hombre sentado tenía sus brazos cruzados sobre el pecho. Una ligera barba canosa.

Nora se presentó y se sentó en la cabecera.  A sus espaldas un cuadro de Ángel de Guarda con paspartú gris y marco dorado que del hombre no dejaba de mirar.

— Es una linda imagen —comentó Lucía y se sentó cerca del testigo que emanaba colonia a lavanda.

— Si lo es— aceptó Rubén sin quitar su mirada.

— ¿Nació por esta zona?  

— No, mi padre. Esta es la casa de mis abuelos. Cuando quedamos solos, nos vinimos.

— ¿Su hermano, no está?

— No. Se fue a pescar a la Laguna de Gómez.  Se queda todo el fin de semana allá. 

—¿Por eso aceptó nuestra visita hoy? 

— Sí.

La grabadora hizo un “bip”y Nora colocó una batería de repuesto.  

— Perdón.

Rubén bajó la mirada. Sacó una estampita y la colocó sobre la mesa. La sub comisaria tuvo un escalofrío.

— Veo que la conoce— le dijo Rubén.

Lucía sonrió. 

—¿Cómo supo lo de blusa rosa? En esa fecha… tendría catorce años.

—Trece.  Mi hermano tenía catorce años. Unos pibes para vivir eso.

  Una puerta del comedor daba al patio. Una ventisca la abrió de par en par. El agente la sostuvo y la dejó abierta.

Rubén parecía estar en otro lado. Recordó el velorio de su madre. Su llanto toda la noche bajo el cajón. Los amigos de su padre hablando fuerte en la sala contigua. Que dejara de llorar y se hiciera hombre. La primera vez que lo llevaron a buscar travestis. Que a ellos les gusta. Su padre, que le grita, ¡no te vas a disfrazar que te mato! Su hermano que lo defiende. 

Un ruido alertó a Nora y a Lucía.  Saltando un cuervo, ingresaba desde el patio. 

— Continué, Rubén. 

— Cuando subió al auto, me miró. Tenía ojos de almendra. Creo que entró cuando me vio. Éramos carnada.  Ahora me doy cuenta de que al ser tan jóvenes les dábamos seguridad. Me dio la mano. Cuando llegamos a esa casa. Estaban todos los amigos de mi padre. El peor era el que conducía. 

Rubén tomó aire. El cuervo estaba al lado de Lucía. Ella tomó nota en su cuaderno. Nora  intentó espantar al ave. Con una seña, la sub comisaria le dijo que no.

— Nuestro padre era policía. De los bravos. Nos entregaba al rubio para ir de caza. Esa noche fue la primera de muchas para nosotros. El muchacho estaba agotado, se dejó solo los tacos. Yo recogí su blusa. Cuando llegó mi padre nos mandó al auto a vigilar. Nos dormimos ahí. 

— ¿Qué recuerda del Rubio?—preguntó Lucía. 

— Lo he recordado toda mi vida. Una vez le dije a mi padre todo. Me golpeó por bocón.

Silencio.

El Ángel de la Guarda se iluminó con el relámpago.

— Un día vi su Peugeot en la salida de la escuela. Mi hermano tenía actividades y salía más tarde —suspiró— subí.

Quedé mudo varios meses. No podía hablar. Soñaba con que terminaba en la panamericana. Cuando podía, me llevaba. Me dijo que le iba a hacer lo mismo a mi hermano. 

El cuervo graznó, los observó y voló.

— ¿Qué fue de su padre?

— Se ahorcó un buen día.

Lucía se sostuvo en la silla.  Las paredes giraban. Necesitó un punto fijo. El manto del ángel.  Recordó un diálogo en la cocina de su infancia. Su papá con unos amigos.

— Escucha, si este tema sale, estamos en el horno. Y vos peor que todos. 

El rostro de Nora la ayudó a volver. 

El sol sorprendió con sus rayos entre las nubes y la lluvia. 

En el regreso le costó hablar, pero estaba entrenada. 

¿El “Atrapa Mariposas” seguirá vivo?

Nora le tocó el brazo.

— Me llegó el informe del hospital. Fíjate que está en el grupo de WhatsApp.

Lucía abrió la aplicación. Un mensaje de audio y un PDF.  El clic sonó junto al audio.

— No fue fácil encontrar los archivos de cuarenta años atrás. Al principio nadie sabía nada. En uno de los sótanos nos dijeron que había modulares antiguos con historias clínicas. ¡Y qué chico es el mundo! Había una enfermera, que debería estar jubilada, pero sigue, viste. Me lo ubicó.  Cuando me lo da, me dice: es para Lucía Fuentes.  Mis ojos como platos. Parece que te conoce. Trabajó en la colonia Montes de Oca.—La voz del agente sonaba alegre.

Lucía abrió el archivo. Confirmó que era Robotina la internada y las fechas. Cuando vio el certificado del alta, la taquicardia no la dejaba respirar .

La firma del médico era de la Dra. Giubileo. 

Continuará

Nota del autor

Este cuento nace de la necesidad de mirar hacia los márgenes: los cuerpos invisibles, las memorias negadas y las heridas que permanecen bajo tierra.
La historia de Lucía y Nora se mueve entre la investigación policial y el desgarro íntimo. Cada escena busca sostener el equilibrio entre la objetividad del procedimiento y la fragilidad de quien observa demasiado.

El estilo se apoya en la contención —la palabra justa, la imagen precisa— para que el silencio hable por los personajes. La memoria, más que un tema, es un pulso narrativo: aparece en los objetos, en los olores, en los pequeños gestos que revelan lo que el lenguaje intenta ocultar.
El atrapa mariposas es, ante todo, una historia sobre la imposibilidad de cerrar del todo lo que alguna vez fue violencia.

Todos los casos son reales . Se hace ficción a través de los personajes para que sus historias no sean olvidadas.


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