Fue difícil estacionar.
El tráfico de Lima empeoraba cada día.
El manejo era milimétrico.
Los autos pasaban en rojo y, para doblar, quedaban en la mitad del asfalto contrario.
La mirada de los conductores iba siempre al volante, negando al otro.
Valery acomodó su abrigo, tocó su vientre; su bebé se acomodó.
Se la imaginó feliz.
¿Y si era cantante?
Le quedaba un mes más de trabajo, luego la licencia.
El oficial de seguridad la saludó al ingresar a la Maternidad Nacional de Lima.
Ella sonrió.
Un proyecto de investigación la esperaba en una oficina difícil de encontrar.
Escaleras y el olor al hospital.
Siempre pensaba que debía haber un acuerdo internacional sobre qué desinfectante va en cada lugar.
Volver siempre le movía su alma.
Los pasillos, los diálogos que se repiten.
Los sonidos de las alarmas.
Durante la pandemia estuvo en esas salas con Valentina en su vientre.
Su primer embarazo.
Lucharon juntas y ganaron.
Todavía recordaba cuando salió con pocas fuerzas, juntando el aire como podía, con su hermosa hija al lado.
Caminó por esos pasillos, no usó silla de ruedas, prefirió el brazo de su esposo.
Sus ojos húmedos.
Una enfermera la saludó levantando su mano.
Ella le obsequió un beso en el aire.
El café de la reunión estaba sorprendentemente sabroso.
—De Cusco —confirmó el colega, un neonatólogo de renombre.
Coordinaron una próxima actividad.
¡Ojalá que sea en línea!
Los pasillos la esperaron.
Un cuadro de una enfermera pidiendo silencio le siguió la pisada.
—Tenga cuidado, hay huelga de choferes y está todo congestionado —comentó el guarda.
Ya en la segunda cuadra, el tráfico hervía.
Una reunión de colores y olores.
Bajó un poco la ventana en busca de un aire que no existía.
Sus manos alertas en el volante.
Con su palma tocó su vientre.
Un camión rojo pasó a milímetros de su espejo lateral.
Una hazaña filosa.
A su costado izquierdo, un Toyota gris.
Dos hombres discutían sobre algún congresista.
Desde el parabrisas observó las colinas ausentes de verde, rellenas de múltiples casas: rojos, marrones, naranjas en combinaciones azarosas, mezclados con el caminar de miles de personas.
A lo lejos divisó un camión cisterna que lleva agua a los conos de Lima.
A pocos kilómetros estaban las playas y el agua potable en las tuberías de las zonas ricas.
—En un lado el agua está muy cerca y en los otros tan lejos —pensó.
Le pareció ver a unos niños correr tras el camión.
Una moto se paró a su lado.
Sintió la mirada sobre su cuerpo.
Rápido buscó su bolso.
Se tranquilizó.
Lo había dejado bajo el asiento del acompañante.
Giró para verle los ojos.
Los encontró entre el casco y un pañuelo verde que le tapaba la boca.
Eran negros profundos.
Las pestañas en punta.
Lo notó encorvado.
Sobre sus espaldas sostenía una caja de envío rápido.
Sintió el peso y el calor.
El olor a petróleo revoloteando, espeso y vivo.
Sentía sus pies pesados.
Aceleró unos metros.
¿De qué son esos ojos?
—Doble a la derecha —dijo la voz de Google Maps.
A pocos minutos, ni el mapa sabía a dónde ir.
En la pantalla de su auto apareció la llamada de su esposo.
—Hola, mi vida, veo que estás quieta hace media hora. ¿Está todo bien? —le preguntó.
Una mujer ofrecía tortas y emolientes entre los autos.
Se imaginó el sabor al limón en su boca.
La vio pasar demasiado rápido.
—Sí… estoy bien, quédate tranquilo.
El vientre se tensó.
Los músculos le recordaban quién era.
Movió como pudo su pierna derecha.
No podía sobarse, mientras un calambre crecía desde la planta de su pie.
Logró conducir unas cuadras, pero quedó cercada de tiendas, vendedores ambulantes y miles de personas que bajaban de las colinas a vender, comprar y negociar.
Por el espejo retrovisor, la calle era un hormiguero.
Un golpe en el cristal.
—Apúrese, mamita, que ya van a cerrar la pista —la voz grave de un vendedor de limpiaparabrisas.
—Hoy sí va a arder Lima, dicen que los choferes van a parar hasta la noche —le gritó la vendedora de ropa íntima.
La mujer le ofreció un corpiño.
—Te va a ser falta una talla más.
Televisores, radios, lavadoras de ropa antiguas alineadas sobre las veredas, conversaban con ropa íntima de colores brillantes
Una sombra sobre el piso.
Un hombre recostado con unas botellas a su lado.
Abandonada su existencia entre miles de caminantes.
Tenía el color del cielo limeño en su piel.
Le pareció ver una cruz colgada de su cuello.
Se lo imaginó con una vida distinta.
Tal vez una guitarra y una mujer enamorada.
Una marinera norteña que lo acompañaba en esas vueltas de la vida.
¿Quién abandona a quién?
Dos niños pasaron corriendo.
Uno llevaba una porción de torta.
Su niña creciendo.
Ella le haría sus tortas de limón.
Observó sus brazos flacos, las camisetas de fútbol transpiradas hablaban a las risas.
Las voces se fundían y atravesaban los cristales del auto
—Trusas a dos soles, trusas limpias, casi nuevas.
—No mire tanto, señora, que el sol parte la cabeza.
—Yo tuve una barriga así cuando nació mi nieta.
—Si no avanza, se queda.
Un sonido bajo creció buscando el aire.
La música venía del hormiguero.
Era el sonido que saltaba de una guitarra pura, una voz antigua
“Dices que soy triste, ¿qué quieres que haga?”
El punteo de las cuerdas se movía al compás de una brisa nueva que llegaba a la cachina.
“No dicen ustedes que el cholo es sin alma.”
Uno de los niños le dio un pedazo de torta al abandonado de la vida, que lo desmenuzó en migajas para comerlo de a poco.
“Y que es como piedra, sin voz, sin palabra.”
La música seguía subiendo entre los puestos como en una búsqueda eterna.
Una contracción.
Tomó aire.
Sin querer, aceleró el auto.
Frenó a tiempo ante una anciana que llevaba un bolso.
Los tamales se desparramaron por el piso.
Ágiles y un par de perros festejaron la hazaña.
Otra vez su cuerpo rígido, su sudor recorriendo sus mejillas.
La mujer recogía los que podía.
Su rostro estaba marcado de mil historias.
Toda la noche previa había cocinado en la olla de siempre, cuidando el asa de plástico para que no se le queme cuando tenía el balón nuevo de gas.
El dinero justo para todo.
Pero nunca dejó a sus nietos sin un pan con palta.
Sus hijas se fueron en busca de algo mejor.
Ella se quedó en espera.
Valery sintió ver la vida de la anciana en esos tamales desparramados, como pedazos abandonados.
Un perro pasó rápido con su premio.
Se bajó del auto.
No le importó nada.
El dolor la golpeaba de arriba a abajo.
No era ese lugar para su niña.
La anciana le miró el vientre que se movía.
Valery sacó un billete de donde pudo.
La mujer tomó un tamal que no se había caído y lo puso en su mano temblorosa.
Unos adolescentes entraron al auto.
Las zapatillas chillaron en el suelo.
Las capuchas oscuras, las miradas esquivas.
Sin aire.
Sin llanto.
En silencio, el abdomen contraído.
Se sostuvo en el guardabarros delantero.
El tamal en sus manos.
En su mente resonaba su casa, extrañaba su silla con su manta de alpaca.
—Mamita, no se la ve bien —dijo la vendedora de trusas.
—¡Se te sale el chico! —comentó un hombre que pasaba con una carretilla con neumáticos.
Los niños de la torta de limón ayudaron al abandonado que quería opinar.
No le salían las palabras.
No las encontraba.
Una hoja de El Comercio flotaba y, por momentos, en letras amarillas mostraba un título
“La feria de segunda más grande de Lima, donde se venden cachivaches.”
Cada vuelo de esa hoja marcaba los minutos interminables de cada día.
Los pies como garrotes.
Sus puños cerrados.
Su corazón angustiado.
Valery siguió la hoja como si una brújula le dijera dónde ir.
Caminaría a la Maternidad Nacional.
La gente continuaba con su venta, con su trueque, buscando la moneda.
El auto desapareció en la marea de sonidos y olores.
Uno de los niños le dio su bolso.
Sonaba el teléfono.
No contestó.
¿Qué diría?
—¡Que no nazca acá! —comentó la anciana del tamal—. Este no es un lugar para empezar.
Un vendedor de arándanos miró a la vieja y a la embarazada.
No veía ventaja por ahí.
Los niños le pidieron algunos.
Les dio.
—Estás a cinco cuadras —le dijo a la mujer—. Apúrate, que se te hace de noche.
Caminó sin mirar.
Solo olores la acompañaron.
Por momentos eran de humo y, por otros, de canela.
—Vamos, que puedes —le dijo una mujer con gorro blanco y un cucharón desde el puesto de arroz con leche.
Sus ollas enormes sobre un carro de chapa.
Unas moscas sobrevolaban huyendo de un repasador naranja.
Valery vio que la aplaudían.
Una contracción.
Observó al camión cisterna que volvía, de la colina sediento.
Pensó en el agua.
En esos comentarios, al arrullo de una sala confortable.
—Imagínate, invadieron la zona y ahora quieren calles y agua.
¿Y está mal querer agua?
Sostuvo su panza durante unos segundos.
Aguanta, chiquita.
La imagen de su madre, que despidió hace unos años, apareció entre los puestos ambulantes.
Con su pelo largo y su sonrisa eterna.
Una mano pequeña tomó la suya.
La fue guiando unos metros por donde indicaba su madre.
—Niño, ¿tú ves a esa mujer de pelo largo? —preguntó conmovida.
Miles de cabezas frente a ellos.
Colores, texturas, pero ninguna de pelo largo.
—No, señora —contestó elevando los hombros.
Un grupo de hombres discutía el precio de una autoparte.
Hicieron silencio a su paso.
—Llega —apostó uno.
—No, lo tiene en la cachina.
Los escuchó y algo en ella le empezó a dar risa.
La ciudad seguía su curso: vendiendo, gritando, viviendo.
Nadie la molestó.
Nadie la detuvo.
Esa era la verdad
Nota del autor
Este cuento se inscribe en la tradición de la crónica urbana literaria y del cuento realista-poético contemporáneo, articulando una experiencia de tránsito físico y simbólico en la ciudad de Lima. El texto narra el desplazamiento de Valery, una mujer embarazada de clase media, que queda atrapada en el caos urbano y atraviesa —literal y metafóricamente— el espacio liminal de la cachina: un mercado de objetos usados donde convergen pobreza, sobrevivencia y humanidad.
Desde el punto de vista narratológico (Genette, 1983), la obra trabaja una focalización interna variable, que alterna entre la conciencia de la protagonista y una voz coral construida mediante enunciaciones populares. Este recurso produce un efecto de polifonía social en el sentido bajtiniano: las voces de la calle interrumpen la narración dominante y otorgan densidad moral al espacio narrativo.
La estructura tripartita responde a un movimiento de crisis y revelación: del encierro (el auto, la clase, el cuerpo) hacia el contacto con lo colectivo. En términos formales, el texto combina secuencias descriptivas líricas con fragmentos de oralidad callejera, generando una textura rítmica que reproduce el pulso de la ciudad.
El relato explora la relación entre cuerpo y territorio: el embarazo funciona como metáfora del tránsito y de la gestación social. El auto, espacio cerrado y burgués, se contrapone a la calle como matriz viva y caótica. El lenguaje opera desde una poética de la contención (Woolf, Hemingway), donde la emoción está sostenida por la observación.
En su desenlace —“Nadie la molestó. Nadie la detuvo. Esa era la verdad.”— se condensa una ética de la mirada: comprender sin idealizar, observar sin juzgar.
Así, este relato propone una forma de realismo compasivo que transforma el hecho urbano en una experiencia moral y estética.






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