Los casos de Lucía Fuentes. Episodio 4

Lucía observó las calles atestadas de personas. La circulación estaba detenida por la marcha del orgullo en la ciudad de Buenos Aires.

—No hay manera de avanzar —comentó el taxista.

El reloj marcaba menos de veinte minutos para el inicio del show en el Centro Asturiano.

—Me bajo —dijo, mientras pagaba y empujaba la puerta.

Hacía calor en esa noche de noviembre. Unas diez Marilyn Monroe, con sus vestidos blancos y sus melenas rubias al viento, bailaban alegres en una esquina. Se abrió paso entre el gentío y las ropas de cuero con sudores varios. En el borde de la calle, dos niñas lloraban mientras otra vomitaba. Sus pelos eran rosas y sus ropas negras. Lucía se detuvo en los ojos de una de ellas, buscando una explicación.

Una carroza con artistas pasó ruidosa cerca de un puesto de bebidas colas con fernet. Las latas de cerveza tapizaban el asfalto.

Detrás de un grupo de adolescentes, un rostro le llamó la atención. Desidere.

¿Era ella?

Una brisa repentina movió los cabellos sueltos del travesti, que con su mano le tiraba un beso.

La música sonaba estridente.

“¿A quién le importa lo que tú digas?”

Al verla, recordó su última reunión. La sala tenía tres paredes tapizadas de una biblioteca de cedro, antigua pero lustrada. En la cuarta, una marquesina de corcho. La foto de Desidere Pereyra unida con un hilo rojo a Robotina. El forense había confirmado que los restos óseos eran de ella. El hilo rojo continuaba hacia un dibujo: un hombre blanco, rubio, con cicatriz en el rostro. Por los datos hallados, presumían que había pertenecido a las fuerzas militares.

Un golpe en el hombro la devolvió al ruido y a los olores de las calles. Buscó entre el tumulto a la persona. El olor a higos le indicó su cercanía. Sentada con las niñas, una anciana con su balde limpiaba el vómito de una de ellas.

Sus manos flacas, sus uñas largas, hacían ruido en el borde del recipiente. Una de las niñas la observaba en silencio.

Lucía notó que la niña tosía sin poder respirar.

“Yo soy así, y así seguiré, nunca cambiaré.”

La canción retumbaba en el asfalto mientras miles de personas saltaban al unísono.

Entre la multitud volvió a ver a Desidere, que intentaba correr sin lograrlo.

Su rostro no era el mismo.

Un hombre mayor, disfrazado de vampiro, parecía seguirla. Por instante, su rostro fue visible: una cicatriz marcaba su mejilla izquierda.

Otra vez la tos.

La niña.

Supo del peligro de Desidere, pero a alguien debía ayudar.

Fue al encuentro de la vieja y del balde. La reconoció: San la Muerte. Tocó su estampita en el bolsillo; hacía un par de meses que no se separaba de ella.

Al llegar, la vieja le dejó espacio.

Lucía tomó el trapo que absorbía el líquido espeso.

—¿No te parece que está jovencita? —le susurró, mirando los ojos vacíos—.

Que me conteste, Señor.

La mano flaca tocó el rostro de la muchacha.

—Los favores con favor se pagan —dijo la anciana. Una voz vacía, sin tono.

El puesto sanitario estaba a unas cuadras. Tomó a esa niña de minifalda roja y la levantó como pudo. Sus piernas, cubiertas de tatuajes. Las amigas lloraban, pegadas al asfalto, sin atreverse a mirarla.

Caminó arrastrando su carga entre hombres con látex y contenedores de basura. Ellos orinaban en la calle. El olor fluía por el piso, marcando los zapatos. Lucía tenía unas sandalias color crema cuya talonera le fue marcando la piel hasta sangrar.

Faltaban pocos metros para el puesto; alguien la ayudó a llegar.

Cuando pudo subir a la niña a la ambulancia, una enfermera la saludó.

¿Era la misma de la Colonia Montes de Oca?

—Quédate tranquila, que te la cuido —le dijo.

Caminó hasta el Centro Asturiano. En cada sombra trató de encontrar a Desidere. Las puertas estaban cerradas; el show ya había terminado. En su teléfono, un mensaje:

“Te esperé. Mañana no me falles en la fiscalía. Javier.”

Apenas llegó a su departamento, tiró las sandalias.

Al otro día, la herida le molestaba al subir las escaleras de la fiscalía. El cartel de “No funciona” del ascensor le marcó la mañana.

El espejo en la sala reflejaba el rostro de Javier.

Mantenía los ojuelos que tanto la enamoraron. Sus ojos ámbar la buscaron.

—¡Me clavaste ayer!

No explicó. El trabajo hablaba por ella.

Él la miró y le señaló una silla.

Sobre la mesa, cinco cajas grises con fechas consecutivas. Documentos desclasificados de la dictadura.

—Son muchos expedientes. No están digitalizados.

Lucía miró las cajas.

—Hay uno que tenía un sticker: el atrapa mariposas.

Silencio.

Javier bajó la mirada. Sus manos aferradas a la silla.

—Figura el nombre de tu padre.

Lucía tomó el expediente. Leyó las primeras hojas.

—Tenés treinta minutos. Sobre la repisa hay café. No podés tomar fotografías —sugirió Javier, mientras observaba el ceño fruncido de su expareja en el espejo.

Abandonó la sala cuando escuchó el primer clic del teléfono.

Sonrió. Lo esperaba.

Lucía trataba de leer mientras tomaba las fotos. Algunas palabras le parecían puñales.

“El pozo.”

El primer llamado no lo escuchó. En el tercero atendió su móvil.

El ruido de estática precedió la voz rasposa de Nora.

—Lucía, están las autoridades de la Policía Federal en el instituto —comentó.

—Nora, estoy ocupada, no es buen momento.

—Pará, no me cortes, escúchame.

—Tengo pocos minutos para ver un expediente, no puedo ahora.

—Me llamó el hijo de Desidere.

Lucía se sacó la sandalia.

—Ha pasado algo. Venite.

Cerró el expediente.

No puede ser.

En el pasillo vio a Javier charlando con un colega. Este, al verla, se acercó.

—¿Tan rápido? —le preguntó.

—No pude leerlos, tuve un llamado urgente.

—¿Todo bien?

—No.

Lucía sintió su mirada mientras bajaba las escaleras. Desde el piso superior lo vio saludarla.

Le tiró un beso con su mano, mientras recordaba el rostro de la travesti.

Estacionó frente al edificio del Instituto Universitario de la Policía Federal Argentina.

Nora la esperaba en la puerta.

Llevaba su pelo suelto y la campera negra para el trabajo de campo. Caminaron rápido por los pasillos.

—Ponete este auricular —le dijo, dándole el dispositivo—. Sus ojos claros, fijos en los de Lucía.

Nora hizo clic en la grabadora de su móvil.

—Hola…

—Sí, ¿quién habla?

—Soy Mateo. Ustedes estuvieron en mi casa la semana pasada. ¿Se acuerda? Soy el hijo de Desidere.

—Ah, sí, claro. ¿Cómo estás? —preguntó Norita.

—No muy bien… Mi mamá me dijo que, si algo le pasaba, las llamara. Me dejó una tarjeta con sus números.

—¿Qué ha pasado, querido?

Lucía recordaba su pelo castaño. Los trofeos de fútbol sobre la repisa en el apartamento.

—No volvió. Desde anoche. Nunca me ha dejado dormir solo —decía el niño en la grabación.

El llanto de Mateo atravesó el auricular y se reflejó en las paredes grises del edificio.

Lucía se sacó el audífono y, con voz grave, preguntó:

—¿Diste la alerta?

—Ya hay agentes en el domicilio. Llamé al comisario de la seccional doce.

—¿Pacheco?

—Sí.

El atardecer se notaba con el canto de las cotorras del patio del instituto.

En la puerta del despacho del rector se detuvieron.

—¿De qué se trata esto?

—No estoy segura, pero está el ministro del Interior.

—Pasá —le dijo Lucía.

—No, es solo para vos, esta reunión.

Lucía pensó en los archivos encriptados a los que le negaron acceso y en Javier, que los consiguió.

Si la despedían, Norita debía seguir con este caso. Era difícil, al ser consultoras. En realidad, dependían del comisario de turno o del fiscal para la convocatoria.

La mesa ovalada tenía un solo asiento disponible. En el ventanal posterior, unas gotas repiqueteaban. Se presentaron y hablaron sobre la seguridad del país… sobre la importancia de tener una fuerza federal de policía para la investigación de casos complejos y de terrorismo.

El sonido del llanto del niño se mantenía en sus oídos. La llaga en el talón le pedía sacarse el zapato. Se contuvo.

Un hombre sentado a su izquierda había estado en silencio desde el inicio. Abrió un expediente.

Lucía observó su bigote cortado, la mandíbula marcada.

—Subcomisaria Fuentes, veo que en la práctica de tiro fue excelente. Sin embargo, no aceptó ser francotiradora.

—Así es.

—¿Le tiene miedo a la muerte?

Lucía se carcajeó. Los demás se sorprendieron al verla.

—No se asusten, pero puedo decir que le hablo.

Ya no le importó nada; si la iban a despedir, que fuera ahora. Una sombra en la ventana y pequeños golpes en el vidrio desviaron la mirada de los presentes. Sentados, dos cuervos miraban atentos, resguardándose de la lluvia. Sus picos pegaban en el cristal sincronizados con las gotas.

El único que seguía con la mirada atenta sobre Lucía era el entrevistador.

—Me gusta que se lleve bien con ella.

Lucía le prestó atención; un dejo en su voz. Un sonido propio de la comunidad judía. Sabía de un agente de los servicios de inteligencia que se había formado en el Mossad.

El hombre le adivinó el pensamiento.

—Sí, soy Rubén Gelfman. Déme los motivos por los que me reconoció.

El resto de la sala estaba en silencio absoluto; hasta los cuervos dejaron de hacer ruido.

Lucía amaba los rompecabezas desde niña. La sala del instituto desapareció poco a poco. Recordó el piso del living de su casa: ella con su padre, arrodillados, armando una ciudad medieval de mil piezas.

—Espera, hija, antes de colocarla, estúdiala. La forma de sus bordes, la gama de colores. Memoriza.

Jugaron toda la noche. Al irse a la cama, le dijo:

—Piensa a las personas como partes de un rompecabezas. Si no encajan… o no están en el lugar indicado, o son de otro juego. Todo puede leerse.

Lucía buscó los ojos grises del hombre. Con una voz suave y firme describió:

—No se colocó en la punta de la mesa para pasar desapercibido, tampoco en los laterales. Buscó un punto intermedio entre las sillas. Notó mi molestia en pie. Fue el único que me observó al caminar. Trató de ocultar su dejo judío, pero la cadencia de uso de la letra d lo delata. No le molestaron los cuervos, ni los miró. Sabe de su poder. Ha sobrevivido a muchos gobiernos y le temen.

—Sí me molestaron los cuervos.

Pidió licencia para estudiar psicología forense y luego regresó.

—Así es.

—Ha colaborado en numerosos casos con éxito en sus interrogatorios y ha creado un algoritmo de análisis psicológico de la escena forense. ¿Por qué la universidad y no el campo?

—No hay muchas jefas mujeres, y no me siento cómoda con hombres de bajo intelecto que me den órdenes.

El rector miró la ventana.

Lucía se puso de pie, dispuesta a irse.

—Agente Fuentes, tome asiento —dijo Gelfman, e hizo un gesto leve con su dedo que el rector interpretó.

El rector se puso de pie.

—Subcomisaria, a partir de este momento forma parte de la nueva división de la Policía Federal.

Lucía asintió.

Le explicaron la nueva oficina y el equipo. Al despedirse, Gelfman la llevó a un costado.

—Bienvenida.

—Solo tres cosas le pido: cierta independencia.

—Ajá.

—Mi compañera, la oficial Nora Marchetta.

—Ya está asignada a la unidad. Me lo esperaba.

—Y, por último, el caso del atrapa mariposas.

El hombre la miró intrigado.

—Está bien, pero su unidad manejará múltiples casos en simultáneo.

El graznido de los cuervos los sobresaltó.

Lucía sonrió, cerrando la pesada puerta tras de sí.

En el pasillo, Nora estaba inquieta.

Lucía le tomó la mano y le susurró:

—Aceptá.

La miró desconcertada y atinó a decirle:

—Llamá a Pacheco.

La puerta se abrió y el rector la llamó.

—Oficial Marchetta, pase.

Lucía apuró el paso, tecleando un mensaje en su teléfono.

—¿Cómo le va al comisario más guapo del Cono Urbano?

—¡Con tu caso! El nene quedó en la casa de una vecina, pero por poco tiempo. Seguro, Trabajo Social lo lleva a una casa de cuidado.

Su auto le pareció un bálsamo.

En silencio buscó las fotos que tomó del expediente.

Algunas estaban borrosas.

En otras aparecía el estudio de abogados de su familia en Tucumán. Su apellido, allí.

No quería volver a su departamento. Su madre la esperaba; hoy no quería verla.

Buscó a Javier en sus contactos.

—Voy esta noche.

Se lo imaginó llamando a la otra para que no fuera. No importaba.

Esta noche me toca a mí.

Continuará…

Nota de autor:

Este capítulo nace del cruce entre la mirada forense y la memoria íntima. En el plano visible, Lucía se mueve entre una Buenos Aires saturada de cuerpos, ruido y símbolos —la marcha del orgullo, la noche, los restos de un caso inconcluso—, pero bajo esa superficie late una búsqueda más profunda: el intento de reconstruir una genealogía rota.

El relato se organiza en tres planos simultáneos:

  1. Plano realista – La narración policial y social: el caos urbano, la investigación judicial, la presencia de la dictadura como herida institucional. Aquí domina el registro visual, casi cinematográfico, con ritmo de cámara en mano y un lenguaje preciso, seco.
  2. Plano simbólico – Las presencias que no se nombran del todo: San la Muerte, los olores, los cuervos, la niña enferma, la higuera. Estos elementos funcionan como signos de tránsito entre lo racional y lo espiritual, un territorio que Lucía empieza a habitar sin control.
  3. Plano íntimo o de memoria – El recuerdo de su padre y el rompecabezas, metáfora central del episodio. Representa la estructura moral de Lucía y su modo de leer el mundo: cada caso, cada víctima y cada sombra encajan —o deberían encajar— en un orden que ya nadie reconoce.

En este punto de la saga, Lucía deja de ser una observadora periférica y se convierte en pieza activa de un entramado mayor, el de la verdad histórica y la herencia familiar.

El tono noir se funde con el lirismo introspectivo para revelar que, en los márgenes de lo policial, la justicia también puede ser una forma de amor por los fragmentos.


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