No durmió bien. El reloj mostraba las cuatro de la madrugada. Conciliar el sueño no le era fácil. Rumiaba con el trabajo y las tareas pendientes de la semana.
—No le voy a dar el gusto —pensó.
Esta vez, le tapo la boca.
Su mente volvía a esas frases una y otra vez, pero algo más profundo se movía sigiloso entre sus sueños.
Volvió al diálogo en el trabajo con un jefe que no era. Se vio partiendo de la oficina. Casi se desmaya al ver que sus zapatos eran distintos.
¿Se habrán dado cuenta?
Un ruido lo alertó; corrió la sábana. Una brisa calurosa le erizó la piel.
El sonido de la vajilla, los utensilios en el lavabo, el agua que se escurría. Un murmullo.
—¿Hay alguien en la cocina?
Esperó en silencio, quieto. Sobre la mesa de luz, una foto de otro tiempo en colores blanco y negro. Se detuvo en la torre de la capilla.
Un tenedor cayendo en el piso de cerámica. El sonido rebotó en las paredes blanco tiza del departamento.
Sentía la discusión en la oficina. El ardor le fluctuaba desde los labios hasta la boca del estómago.
Trató de calmarlo con su palma sobre la mano. Ese calor… le trajo el recuerdo de la mano de su madre.
Se sentó al borde de la cama, ansioso, con las manos pegajosas.
Era veintiocho de diciembre.
Miró a sus pies. En el derecho, el dedo pequeño tenía una lastimadura por esos zapatos nuevos. Sentía su sangre moverse. Los ruidos volvieron, pensó. Veinte años sin sonar.
Esta vez, le tapo la boca.
¿Se habrán dado cuenta
Su rostro en la almohada dejó un hilo de saliva sobre un ancla bordada de azul.
Desde que se fue, la buscó por todos lados. Una vez la vio en la plaza del barrio, en el asiento de madera que tenía rota una de las filas. Sentada. Llevaba el pelo corto, con cierto movimiento en las puntas. Así le gustaba. Al principio no lo creyó, pero cuando sintió el olor al helado de limón, no dudó más. Era ella.
Su mamá está entre las fallecidas.
La frase rebotaba como esas pelotas en la cancha vacía.
Su mano temblaba con el auricular del teléfono. Le tocó a él avisar a toda la familia del accidente.
El ataúd estuvo cerrado esa noche, hace veinte años.
Un accidente la mutiló en la ruta. La encontraron tarde. En el barro.
La ayuda no llegó a tiempo ni para ella ni para los siete muertos que la acompañaron.
El perro del departamento de al lado ladró sin consuelo con cada ruido en la cocina.
Él sabía que era ella.
Cuando también se fue su papá, acomodó unas cajas viejas que él atesoraba. Dentro, un sobre de madera con fotos. En una se reconoció junto a sus padres y su hermana. Un poncho cada uno, en la puerta de una iglesia. La textura del papel bajo sus dedos le devolvió varias puntas de un alfiler atravesado.
Se vio en esa siesta: nueve años tenía. No lo dejaron ir a jugar. No sabía bien qué pasó.
La punta filosa de un alfiler en la cara de su madre. Le bordeó el rostro y luego los ojos. Sintió una presencia a sus espaldas. Por el espejo de la cómoda la vio.
Su mamá lo observaba en silencio, viendo cómo sus ojos desaparecían de la foto, dejando un hueco.
Sentado en el borde de la cama, el enorme espejo le mostraba sus canas y su entrecejo arrugado.
El olor a limón inundó la habitación.
—Mi vida, ¿te has puesto los zapatos distintos?
La risa de ambos. Cinco o seis años.
¿Cuándo fue?
Caminó despacio.
En las paredes blanco tiza la observó vendiendo productos Avon.
Recordó la puerta de la directora de la escuela. Ella le tomaba la mano. Su voz dulce:
—Él es muy inteligente —le dijo. Había pasado el primer trimestre; ya no había cupo.
En la otra pared veía los buñuelos con anís para la tarde, tapados con un repasador bordado con un ancla.
Los ruidos de platos. El calor del verano que huyó de la cocina. Los ladridos, más bajos.
Sentada en la esquina la vio. Lo estaba mirando con esa tranquilidad.
Tenía la juventud de su partida y él las arrugas de su vida.
Corrió la silla lateral. No le salían las palabras.
A sus dieciséis se fue. La esperó tantos años.
Quería pedirle perdón. Quería decirle que la amaba.
Que esta vez nadie le tape la boca.
Sintió sus manos cálidas. Buscó en sus ojos reflejar la foto dañada. Las cosas no dichas de un adolescente tonto.
Ella solo lo acarició en la mejilla. Tomó una cucharilla de su helado de limón y se la dio en la boca. Él la abrió entre llantos.
Se elevó eterna y se fue por la puerta de la cocina, para volver otro veintiocho de diciembre. O tal vez no.
Regresó como pudo a su habitación. El reflejo del portarretrato lo llamó.
Le dolía ver la foto atravesada de alfileres, pero quería darle un beso.
Miró a su padre y a su hermana. Sus rulos, cuando niño.
El rostro de su madre no tenía nada. Solo una enorme sonrisa.
¿Nunca fue?
Nota de autor
Este cuento parte de una idea sobre lo ominoso: eso que nos resulta familiar y, de pronto, se vuelve inquietante.
Lo escribí pensando en cómo el duelo puede desdibujar los límites entre lo real y lo recordado. Quise que la figura de la madre no apareciera como un fantasma, sino como una presencia hecha de sonidos, olores y objetos: el agua, la foto, el helado de limón.
el relato, el hijo no enfrenta un terror, sino una culpa que retorna bajo forma cotidiana. La frase “Esta vez, le tapo la boca” funciona como eco inconsciente, como si el propio lenguaje repitiera la represión del afecto.
Pero hacia el final, lo ominoso se transforma: el miedo cede a la ternura, el silencio al perdón.
Quizá ese sea el verdadero gesto de reconciliación con los muertos: permitirles volver no como espectros, sino como memoria viva






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