La luz amarillenta del baño se reflejaba en los azulejos. La guarda azul, con unas equidistantes flores de lis, cortaba el color celeste del techo.

El mensaje del teléfono resplandeció en la pantalla. La notificación mostró la noticia del día.

—¿Te enteraste? No encuentran a los vecinos —la voz desde el otro lado de la habitación sonó curiosa.

—¿Los del piso de arriba? ¡No me digas! —contestó el hombre haciendo un buche con líquido dental.

—Sí —aclaró la mujer. Acomodó su cabello con un broche—. Los vi irse en la camioneta: a él, su mujer y, me parece, que el hijo menor.

—En el diario dice que hallaron la camioneta vacía —confirmó él mientras se secó el rostro.

Su piel tenía unas manchas de edad; las masajeó frente al espejo, pero seguían allí.

Su esposa abrió la puerta.

—¿Dónde hallaron la camioneta?

—¿Viste por el camino negro? Bueno, a pocos metros de la ciénaga.

—Para mí los secuestraron —comentó ella, mientras le acomodaba la camisa.

El timbre de la calle resonó en el edificio.

Ambos se quedaron quietos, escuchando el eco que llegaba desde el pasillo.

—Debe ser la movilidad del trabajo —dijo ella.

—O la policía —contestó él, sin moverse.

Ella se acercó a la ventana de la sala.

—Es de mi trabajo —llevó sus ojos al techo—. Bajo; nos vemos a la noche.

Las escaleras tenían un borde de madera en el filo para evitar resbalarse. Observó cada peldaño para que su taco de siete centímetros no se enganchara. Cuando la nombraron gerente de la sucursal del banco, lo que más le gustó fue que la pasaban a buscar por su casa, a ella y al tesorero.

Cuando abrió la puerta, se encontró con los dos cafés y la sonrisa de Daniel.

Hacía poco que se había casado. Ella y su Roberto habían participado del festejo. Le compraron un juego de café de buena cerámica.

—¡Buen día, Mónica! —saludó el tesorero.

—Bien… bueno, es una forma de decir, con el tema de nuestros vecinos que han desaparecido.

—Claro, la familia Pruneda vive en su edificio.

—¿Los conocés?

—Sí, por supuesto. ¿Se acuerda que me pidió que los evaluara para el crédito?

Mónica se acomodó la falda y movió los pies para que los tacos no corrieran la alfombra de goma. Sintió la mirada del chofer; asintió con la cabeza, pero no agregó comentario.

Daniel sorbió su café y continuó:

—Mi hermana trabaja en la policía científica. Me comentó que la camioneta estaba cerrada, y los bolsos y camperas, adentro. Se bajaron sin nada.

La gerente lo miró interesada.

—Qué raro. Anoche estuvo muy frío.

—Sí, pero ¿a qué fueron a la ciénaga?

—Increíble… —Mónica bajó la voz, casi susurrando—. Nosotros desde el piso de abajo escuchábamos las discusiones con el hijo.

El auto ingresó al estacionamiento del banco. Bajaron cautelosos. Dos automóviles de la policía estaban estacionados en el lugar de las visitas.

Daniel saludó a los guardias e ingresó por el pasillo que va al tesoro.

—¿Y los policías? —preguntó.

—Esperaban a la gerente —dijo uno de ellos.

El tesorero sintió la vibración del teléfono en su pantalón. Era su esposa.

—¿Hola, mi amor, todo bien?

—Me quedé preocupada con tu camisa, que estaba sin planchar.

Daniel acomodó su cuello.

—No te preocupes.

—Tu hermana viene a comer esta noche, me llamó recién. Estuvimos charlando lo de tu cliente.

—…cliente del banco…

—Le comenté del crédito en dólares que le conseguiste.

—Mi amor, por favor, no lo cuentes así…

—Me dice que no encuentran el dinero por ningún lado…

—¿Ajá? Pero retiraron todo anteayer. ¿Habrán pagado algo?

—Claro. Y otro tema: adentro de la camioneta había un teléfono.

Daniel usó la llave del tesoro para revisar la caja fuerte.

—Se va a cortar, estoy entrando a la bóveda.

—Ok, te espero esta noche, cielo.

El guardia lo saludó prestando atención a la charla del tesorero. Ayer en la sala de espera del médico, de lo único que se hablaba era del caso Pruneda.

Cuando pudo, fue al baño. No había nadie.

Sentado en el inodoro escribió a su hijo:

—El tesorero dice que no encuentran los dólares.

—¿Viste? Fue por dinero. Los mataron y los tiraron a la ciénaga.

—Hay un teléfono en la camioneta.

—Ahhh, eso no se sabía. Seguro era de la novia del pibe. Desapareció, ¿viste?

—¿Vos los conocés?

—A ella sí, fue al bachillerato conmigo. La encontré hace poco en un recital con el muchacho.

—¿Por qué no me dijiste?

—¿De qué?

—De que estaba desaparecida.

—Me enteré recién.

—Bueno… acá está la policía. Vino a hablar con la gerente. Cálculo que es por los dólares. En el horario del desayuno varios comentaron que la prensa ya está diciendo que desde el banco han batido que tenían plata. Que los entregamos.

La puerta del baño se abrió. El guarda dejó en silencio su teléfono. Las dos voces hablaban despacio. No supo por qué, pero subió sus pies sobre el inodoro tapado y se agazapó.

—La camioneta la manejaba el hijo, eso está comprobado —dijo uno de los hombres.

—No… en el noticiero dijeron que manejaba la mujer, la vio un camionero —lo comentó este periodista que siempre habla de casos policiales.

—¿El narigón del canal nueve?

—Sí.

—No puede ser, si los secuestraron para robarles los dólares.

—Nada que ver. Se pelearon la mujer y el hijo con el padre. Este fue solo y para mí que los mató.

—La señora que limpia en mi casa también limpia en el edificio de ellos. Vio a la señora Pruneda llorando en la farmacia.

—Algo pasaba. Ahora que pienso: vos fuiste el cajero que le dio los 250.000 dólares.

—Sí. Me extrañó que los quisieran en efectivo. Traían una bolsa de cuero.

—Me comentaron que la encontraron hacia dentro de la camioneta.

—No sabía eso.

Uno de los hombres miró debajo de las puertas de los baños. El otro se apoyó en la puerta. Una de ellas estaba entreabierta.

El cajero se acercó a su compañero y lo besó en la boca.

Alguien empujó la puerta. El cajero se acomodó su ropa e ingresó a la primera puerta de un baño disponible.

El tesorero observó a su compañero, que estaba ruborizado, salir disparado del baño.

Se acercó al mingitorio. Dos bolas blancas de naftalina se golpeaban por el correr del agua. Con su mano libre tomó el teléfono y le dictó:

—Por acá complicados. Llegaron más policías. Me han dicho que sigo yo para la entrevista.

—¿Querés que me acerque? —escribió su abogado.

—No. ¿Sabés algo del caso?

Un ruido a sus espaldas lo asustó. Semigiró para ver al cajero salir del receptáculo. Su teléfono perdió el equilibrio, cayendo al suelo.

El cajero se acercó y lo levantó.

—Gracias —dijo el tesorero avergonzado.

El cajero solo observó y se fue rápido.

Daniel observó el destello de luz de un mensaje de voz. El sonido áspero de la voz de su abogado llenó el espacio del baño.

—Acá en tribunales se acercó la familia de la novia del muchacho. Hace cuarenta y ocho horas que está desaparecida. Escuchame, vos me contaste que era medio palo verde lo que sacaron en la bolsa. Estaba vacía, no había ni un dólar.

El tesorero no contestó. Al salir del baño, se dirigió a su oficina, donde lo esperaban oficiales. Vio a su jefa saludar a un cliente mientras se acercaba.

—Ahora te toca a vos —le dijo seria.

El sonido de sus tacos rebotaba en el piso de cerámica marrón. Acomodó su ropa en el pasillo y vio salir al guarda del baño.

Se paró frente a él y lo observó de arriba a abajo.

—Estás gordo. Así no vamos a ningún lado.

Buscó la máquina de café. La sala tenía un par de sillones, una cafetera de las buenas y un buen televisor.

Tomó de la gaveta cerrada la cápsula de Nespresso. El sonido del café cayendo la distrajo unos minutos. En el televisor, las imágenes de la ciénaga y sus historias.

—Mónica, ¿no sabía que ya habías terminado con la policía? —comentó la subgerente ingresando a la sala.

Era más joven que ella. La ventana dejó pasar un destello del sol del mediodía.

—Sí, necesitaba mi dosis de cafeína —contestó.

—¿Y?

—Bueno, fue un interrogatorio de rigor. Justo son vecinos míos.

—Sí, ya sabía.

Mónica se detuvo en el rodete que su compañera tenía.

—Perdón que te diga… pero ¿cómo hacés para tirarte así el cabello? Es como un lifting…

—¡Jajaj, me hacés reír! Bueno, por lo menos arrugas no tengo. Estaba viendo que el crédito de los Pruneda lo autorizaron vos y Daniel. Pero no encuentro, debido al monto, la autorización de casa central. ¿La tendrás vos, cielo?

Mónica se acomodó los pliegues de la falda. El televisor mostraba cómo un periodista tiraba un palo y se hundía en el barro marrón.

—Querida, ¿sos auditora ahora? Me has hecho acordar a una frase de mi abuela.

—¿Sí? ¿Está viva todavía?

—No, pero nos decía: “Lo que natura no da, Salamanca no presta”. Te juro que te va como anillo al dedo.

Ambas se detuvieron en las imágenes del televisor. Un joven envuelto en una manta salía de una ambulancia. El titular en letras rojas decía:

“APARECIÓ EL HIJO DE LA FAMILIA DESAPARECIDA”

Mónica se apuró al salir de la cafetería. Daniel le hizo señas para hablar con ella. Vio al guardia hablar con los policías. Caminó hacia ellos. Observó la placa dorada en la pechera del oficial.

—Oficial López, por favor, ¿podrían liberar la sala de espera del banco? Mire la fila de personas en la puerta.

—Estamos esperando documentación pertinente. Y aprovecho para decirle que van a tener que ir a declarar a la comisaría.

—Pero, ¿por qué? Si ya nos han entrevistado.

—Su marido ya está en nuestras oficinas.

—¿Cómo?

—¿No le ha avisado?

El guarda se fue corriendo para un lateral, como si no fuera su ámbito. Ella le miró la panza moverse.

El guardia se quedó quieto unos segundos. Vibró su teléfono. La imagen del muchacho en la ambulancia, repetida por todos los televisores de la sala de espera. Los empleados atentos a los canales de noticias. Observó al cajero, que se ponía de pie y se sentaba en cuestión de segundos. El rostro del hijo de los Pruneda en primera plana. Le temblaron las piernas. Lo conocía. El fin de semana pasado lo vio en el asado que organizó su propio hijo en su casa.

Ese día su mujer lo llevó a la habitación. El ruido de la fiesta aturdía en el patio.

—Tu hijo anda con marihuana.

—No empecemos con eso de nuevo.

—¿Le viste los ojos rojos al muchacho nuevo? Bueno… pasé al lado y tiene olor a pachuli.

—Pachuli, no me hagas reír, te quedaste en los setenta.

—¿Vos le das plata a Darío?

—¿De dónde…?

—Bueno, ¿y esos jeans nuevos, quién?

El sonido de la sirena de una ambulancia lo devolvió al banco. Sintió la mirada de los policías. ¿Uno de ellos le tomó una foto?

No me dijo que lo conocía.

La cafetería estaba vacía, así que ingresó. Apoyado en una de las paredes escribió:

—¿Darío, el chico de los Pruneda estuvo en casa?

El policía ingresó a la sala. El guarda ocultó su teléfono en su saco.

—¿Se encuentra bien? Lo veo pálido.

—Sí, estoy bien. Tengo diabetes y a veces me da un bajón.

—¿Hay algo que pueda decir?

—¿Del banco?

—¿Pasó algo en el banco? ¿Alguno botoneó el dinero que retiraron los Pruneda, no?

Tenía fuego en la planta de los pies.

Recordaba el almuerzo del domingo anterior. Fue un comentario tonto.

—Hoy un cliente se llevó medio millón de dólares en efectivo…

Su hijo, curioso, lo colmó de preguntas.

—¡No! Señor oficial, eso es imposible.

Al policía le había extrañado el tiempo que el guarda estuvo en el sanitario y cómo se comportaba.

—¿Me repite su apellido? —le dijo.

El “pip” de la radio que lleva adherida en su pecho le avisó que debía comunicarse con la central de policía.

—Por favor, despeje la sala.

Una vez que vio irse al guarda, contestó:

—Cabo Sánchez al habla.

—Dice el comisario que vaya a buscar a la abuela del chico Pruneda. Vive en un departamento cerca del banco.

—Copiado. ¿Cómo está el muchacho?

—No habla. Los médicos están asombrados de que soportó la hipotermia.

—Los muchachos me comentaron que estaba envuelto en barro.

—Lo escupió la ciénaga.

—¡No te puedo creer!

—Así dicen.

Apagó la radio. Su compañero lo esperaba en el auto. Un pino verde desodorante se balanceaba colgado del espejo.

—¿Tenés la dirección? —le preguntó mientras encendía la patrulla.

—Sí, la señora nos espera. Pobre mujer.

—No es para menos. ¿Entrevistaron al vecino, el esposo de la gerente?

—Ordóñez me comentó que sí. Lo han demorado. No pudo explicar ciertos movimientos de dinero de sus cuentas.

—Hay algo en los empleados de este banco. El guarda estuvo con los cajeros como media hora en el baño. Uno de ellos salió alterado.

—¿El gordo? Sí, algo pasa… la gerente lo verdugueó en el pasillo.

—Por acá está, esta es la dirección.

La mujer esperaba en la vereda. Tenía el pelo corto y llevaba una campera de lana verde. Uno de los policías le abrió la puerta en silencio.

Abrió el separador de vidrio de la patrulla con los asientos posteriores.

—Gracias por venir a buscarme —dijo la abuela.

—De nada, no se preocupe —dijo el copiloto girando su cabeza.

—Por lo menos, me dejaron a mi nieto —comentó.

Entre los policías se miraron.

—¿Cuándo fue la última vez que lo vio?

—El sábado pasado durmió en casa, para acompañarme. Tenía un asado al día siguiente.

—Ajá.

—Al otro día se fue con la novia. Algo pasó esa noche. Me llamó para decirme que habían peleado.

—¿Sabe dónde fue el asado?

—Sí, en la casa del hijo de Marta. El padre es guarda en el banco. Yo a ella la conozco de chica.

—¿Del guarda? ¿De cuál, del gordo?

El auto estacionó en la puerta de la comisaría. Los agentes acompañaron a la anciana a unas estancias en el interior para que esperara.

La sala no tenía ventanas. El ruido de un aire acondicionado permeaba las conversaciones de los funcionarios.

Una mujer se acercó a la anciana para presentarse. Llevaba un saco gris perla sobre un pantalón de vestir negro.

—Buenas tardes, soy de la fiscalía. Por favor, acompañemos.

Atravesaron un pasillo entre oficinas de vidrio. En la primera de ellas, la abuela reconoció un rostro.

—Es la gerente del banco —pensó. Cobraba la pensión de la caja de jubilaciones de abogados en su banco.

Dos policías la entrevistaban. Le llamó la atención verla descalza, con los zapatos rojos al costado.

En la oficina siguiente estaba su nieto. Vestido con ropa nueva. La miró y le bastó para sentir la soledad abrumadora de las pérdidas.

—Señorita, allí está mi nieto —señaló con el dedo.

La asistente del fiscal le sonrió.

—Sí, claro, luego lo verá. Pase a esta oficina, tome asiento.

Sobre la mesa, la grabadora y una taza de café. Un investigador tomó asiento enfrente de la abuela.

La asistente saludó cortés y salió de la sala. Siguió su camino por el pasillo vidriado. En una de las oficinas vio a uno de los cajeros del banco y en la otra al guarda. Ambos recién llegados. Al final del corredor, una puerta interna la llevó a un pasillo en espejo al otro. Un compañero la saludó.

—¿Llegó la abuela, no?

—Sí, está en la oficina sexta —le dijo, dirigiéndose ahí.

Antes de ingresar a la sala espejada a observar el interrogatorio, envió un mensaje. Tecleó rápido:

“Ya está la abuela. No va a ser un pan fácil de roer. Fue una abogada famosa”.

En la sala se observaba a la anciana y a los investigadores. Sobre una mesa, el expediente. Fotos de la camioneta y de la ciénaga. Un teléfono y bolsos vacíos.

—Este informe también es de ese expediente —dijo un ayudante.

Ella lo acomodó en la carpeta.

—Es muy raro que se salvara él solo.

Entre las fotos, los restos de una mujer joven repletos de barro.

El compañero siguió explicándole.

Al ayudante, con la foto en su mano, le preguntó:

—¿Es la novia del muchacho?

—Así es. El chico se niega a declarar.

Por unos minutos escuchó las declaraciones de la abuela.

Cuando vio su reloj, ya hacía rato que había terminado su turno.

En el subsuelo fue a buscar su auto. Encendió la radio: un vidente decía que la familia Pruneda estaba viva en Brasil. Que escaparon con un millón de dólares.

Al salir del estacionamiento, los periodistas se abalanzaron sobre su auto.

Bajó el cristal y, bajo las miles de preguntas, contestó:

—Secreto de sumario.

Nota de autor:

Este cuento nació de un baño con azulejos amarillentos. Esa imagen contenía, sin saberlo, toda la asfixia de la clase media que quería explorar.

Lo escribí obsesionado con una paradoja: vivimos saturados de información pero cada vez sabemos menos. El caso Pruneda es todos los casos que consumimos sin comprender: cada desaparición, cada escándalo, cada tragedia convertida en entretenimiento.

Quise que el lector experimentara la información como la experimentamos hoy: fragmentada, contradictoria, poco confiable. No hay narrador que ordene el caos. Cada personaje tiene su versión. Es el chisme elevado a método narrativo.

La ciénaga no es solo un lugar; es nuestro inconsciente colectivo. Que «escupa» al hijo pero retenga a los padres no es casualidad: solo los jóvenes pueden salvarse del barro generacional.

Me interesaba más lo no dicho: el guardia escondido en el baño, el hijo mudo, el «secreto de sumario» final. Hemos perfeccionado el arte de saber sin saber, de mirar sin ver.

Sin resolución

Resolver el misterio hubiera sido una traición. Los grandes casos nunca se resuelven completamente. El «secreto de sumario» es nuestra realidad: vivimos rodeados de verdades oficialmente innombrables.

Si el lector termina con más preguntas que respuestas, habré logrado mi objetivo. Esa incertidumbre —saber que algo terrible ocurrió sin poder precisar qué— es la condición contemporánea que quería retratar.

La ciénaga, al final, somos todos nosotros.


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