Juan se sentó en una silla de esterillas a ver las estrellas. En el cielo puro, una nube pasó descuidada frente a la luna inmensa. A lo lejos se veían algunos faroles de la ciudad de San Salvador de Jujuy.
Le dolía un poco el hombro derecho. Quedó así desde la caída del caballo, en la batalla de Maipú. Habían pasado más de veinte años, pero el dolor seguía firme. En esa batalla, cuando le acomodaron el brazo, el general se acercó a verlo:
—¡Era hora de que le pasara algo! —le dijo serio José Francisco.
Luego se rieron sin parar. Amaba ser granadero a caballo.
El viento del norte le recordó que refrescaba al anochecer. Con una de sus botas apartó un grillo que insistía en subirse. La Cruz del Sur marcó el horario de las estrellas mientras las montañas vigilaban el valle.
Sacó el sobre de su bolsillo interno. Su casaca azul estaba un poco raída. Había poca luz, pero sabía la carta de memoria. Buscó la firma. Le gustaba el trazo elegante de Juana Rosa. Ocho hijos en catorce años juntos. La última palabra tenía un garabato: «Volvé».
La fogata iluminaba el rostro de Juan Esteban, generando sombras sobre el suelo de tierra aplastada. Nunca se imaginó estar en este estado, desbastado y ya sin hombres. Luchó codo a codo con quienes ahora eran sus enemigos. Algo estaba mal.
Dos años de Lavalle escapando hacia el norte; ya ni su sombra los seguía.
Observó a uno de sus hombres, Niceto, preparar el porongo con yerba mate. Claudio María cortó queso y lo puso simétrico sobre una tabla de quebracho.
—¿Y ese queso, soldado? —preguntó Juan.
—De cabra, mi coronel. Lo conseguí en la casa que hospeda al general Lavalle. La gente es buena por acá.
—Hay que andar con cuidado.
Llevaban semanas escapando entre los campos hacia Salta. Famaillá, con su tierra negra fértil de caña de azúcar, se cubrió con la sangre de los suyos. Le dolió ver a sus soldados desparramados por los cañones. Huyeron como pudieron.
El sentir de la carta en sus manos le trajo los ojos de su esposa en la cocina. Su mano tibia, con olor a canela, tocándole la barbilla. La taza de arroz con leche en la mesa de madera.
—¿Para qué se va, mi Juan? —le dijo.
Él la miró. Tenía los mismos bucles que en la capilla del Callao, en Lima, cuando se casaron. Esa tarde preciosa cerca del Pacífico.
—Ya sabe… que desde que soy militar es la unidad y un poder central lo que quiero para la patria.
—Pero, Juan, ya ha visto que San Martín se mantiene afuera de todo esto.
—Lo sé.
No dijo nada, pero sus pensamientos lo invadieron.
Cuando el general Lavalle fusiló a Dorrego.
De golpe, sin juicio, sin nada.
Fue la llamarada que nos quemó.
Fue hace dos años, cuando el hijo menor se aferró a su mano y no lo dejaba moverse.
—Mi niño, las cosas se hacen y no se discuten —le dijo con un abrazo.
Montado en su cimarrón, fue cuando su esposa Juana Rosa le dio la carta con un beso.
—Leéla después.
Se alistó para unirse con Lavalle una mañana lluviosa. Llevaban meses de derrotero desde ese día.
Un grito áspero, como un bufido, lo devolvió a la fogata. Era un lechuzón orejudo que escapaba hacia el norte volando bajo. Los soldados tomaron sus fusiles conteniendo los sables para no hacer ruido.
—Son los esbirros de Rosas que están tras nosotros —susurró Juan a sus compañeros.
Los árboles de churqui y queñoa formaban una escondedera con la ladera de montaña. Estaban a pocas cuadras de la casa donde dormía Juan Galo. Los tallos de formas sinuosas entre pastizales y la ladera los protegían a medias.
El sonido a pisadas y de las lechuzas traía olor a sangre. Niceto se agazapó entre las piedras apuntando con el fusil de chispa Brown Bess. El peso de cuatro kilos sobre su clavícula.
Unas sombras emponchadas levantaron el aura.
—Coronel Pedernera, somos de los suyos —dijo una de ellas, moviendo un pañuelo blanco.
—¡Alto ahí! Identifíquese —dijo Juan mientras blandía el sable corvo con la empuñadura forrada en cuero.
—Soy Venancio, ayudante de campo. ¿Se acuerda de mí?
—Sí.
—Una avanzada se cargó al general, mi señor. Lo vi tirado, con la sangre saliendo de su cuello.
Entre los troncos sinuosos y la luz escurridiza de la luna, entre las copas de los árboles, Juan y Niceto subieron a sus caballos y, sigilosos, ingresaron a la casa por el patio trasero.
Otros dos soldados lo habían envuelto en mantas en el patio y vigilaban la casa vacía.
—Una descarga de los federales, señor. Recibió un balazo y cayó —dijo uno de ellos.
Juan Esteban se acercó al cuerpo. Hizo la señal de la cruz mientras destapaba la cara de Juan Galo. Una ventisca le pegó en la cara. Era un viento conocido. Áspero y lastimoso.
El mismo de la noche en que lo conoció hace veinte años.
La Cruz del Sur acompañaba los desfiladeros en la pared infinita del Paso de Los Patos en la cordillera de los Andes. Abismos de piedras negras y rocas filosas.
Juan Galo con diecinueve y Juan Esteban en sus veinte años. Ambos parados frente al abismo oscuro de los Andes.
Galo se agachó para buscar una piedra y tirarla al vacío. El sonido seco al chocar con los muros retumbó en la noche.
—Está frío por estos lados —dijo Galo observando al muchacho a su lado.
—Así es. —Miró los ojos claros del granadero—. Por acá, el soldado Juan Esteban Pedernera, escuadrón cuatro, a órdenes del coronel Manuel Olazábal.
—De este lado, Juan Galo Lavalle, escuadrón dos, a mando del coronel José Matías Zapiola.
Entre charlas, Juan Esteban conocería que desde los dieciséis Galo era torero.
La brisa nocturna movió las mantas del cadáver. No supo por qué, pero le acomodó el cabello.
—Traé agua y un trapo, Niceto. Lo lavamos y nos lo llevamos —dijo Juan—. ¿Entraste a la casa?
—A la cocina nomás, mi coronel.
El coronel Pedernera agudizó su oído en espera del galope de las tropas.
Silencio.
El sonido de sus botas en la madera del piso, cuando ingresó a la casa, le molestó. Un rastro de sangre lo guió a una habitación al fondo de un pasillo atravesado de ventanales. La luz de luna reflejó la silueta alta y abatida.
En un costado del cuarto, una mujer joven sostenía unos trapos ensangrentados. El olor a pólvora se movía entre los objetos.
—Pedernera, gracias a Dios que es usted —dijo ella.
—Doña Dalmacita… ¿está usted bien?
Se detuvo en la falda con sus telas en capas de niña bien. Hace unos meses la vio. Le bastaron pocos minutos para saber que Galo y ella caerían en una historia de esas. La mirada esquiva de la niña.
¿Qué esconde?
Ella explicó detalles y sombras.
—Aquí tiene dinero para irse —le dijo Juan Esteban.
—¿A dónde? Para una mujer de mi clase, no tengo regreso para ningún lado.
Se le imaginó más niña cuando su actual amante muerto mató a su hermano. Se imaginó su llanto al lado de su madre. Y, ahora, aquí enamorada del verdugo.
—¿Me dice que la bala entró por la cerradura?
Ella se puso de pie y fue a la puerta.
—Hay que irse. Si encuentran el cuerpo, será estaca de todas las plazas.
Juan Esteban miró su figura pequeña y tomó sus manos. Llevó una de ellas a sus labios. Su olfato presto, en busca de detalles.
—No hace falta que la bese, ya olió que no tengo pólvora —dijo ella.
Juan no la miró.
Se detuvo en un reflejo sobre una baldosa lateral. Buscó la bala y la guardó junto a la carta.
—Debemos irnos.
—Voy con ustedes —dijo ella.
Él la observó preparar un bolso. En silencio, se retiró. En la puerta le dijo:
—No espere mucho de mí.
—Solo que me deje salva y sana en Potosí.
El patio tenía un aljibe pintado de blanco con unas margaritas silvestres a cada lado. Venancio aplastó las flores con la carga del cadáver al lomo del caballo.
—Los animales no dan más —comentó.
Juan Esteban acarició el lomo del caballo.
Niceto venía con Dalmacita con la bolsa de provisiones de la cocina.
—No quedó nadie en la casa —comentó el coronel.
—Rápido, salgamos de la ciudad —aseveró Juan.
Los seis caballos rumbearon para el norte. En uno de ellos iba amarrado el cuerpo de Juan Galo. Pequeñas gotas de sangre marcaban el suelo terroso de las calles de San Salvador. Una guía oculta en la oscuridad.
Las ventanas corrían sus cortinas para ver el cortejo. Nadie salía en la noche profunda. Unos perros ladraron en el sur de la ciudad.
—Los de la cuadrilla federal no se han dado cuenta de lo que ha hecho. Pero ya lo deben saber —concluyó Niceto, llevando a su caballo con paso corto al lado de Juan.
Más perros se sumaban en un coro a destiempos.
—Son ellos, mi coronel —comentó Venancio.
A una legua se encontraron con Claudio María y Alexander Danel, que se persignaron varias veces al ver el cuerpo. A distancia se observaba el centenar de hombres con sus miradas perdidas sobre el cuerpo de su guía. Ninguno se aproximaba.
Juan sentía la soga de la rienda que le hacía una llaga en su mano. Los cuerpos de sus soldados arrastrados en barro en estos años de lucha. Esas mujeres y niños solos en medio de la pampa.
¿Tenía sentido esta lucha?
Sus manos heridas.
Recordó el regreso desde los Andes. Eran setenta y seis los soldados de esa epopeya. Ese martes fue con su Juana Rosa, embarazada, a la plaza de Mayo. Nadie los aplaudió. Meses después, Rivadavia disolvió a los granaderos. Solos quedaron.
Ella lo abrazó toda la noche y todo el día siguiente. Lloró en el patio a resguardo, para que alguien no lo viera.
Una lechuza se acercó a los caballos y Juan retomó las riendas. Con una seña, todos se alinearon rumbo a Potosí.
Al anochecer, el olor emanaba fuerte del caballo que sostenía el trote entre los desfiladeros.
El sol marcaba el inicio de un caluroso camino en la quebrada de Humahuaca. Tomaron el Camino Real. Dos días completos de marcha.
El coronel observó a Niceto preocuparse en demasía por la joven. El sonido de un arrullo continuo circulaba entre los pastizales. El arroyo dio paz a la sed de los caballos. La aldea de Huacalera estaba cerca. Los soldados compartían un pedazo de queso con pan. El calor era insostenible.
Juan Esteban se sacó su camisa y con sus manos echó agua en su cuerpo. Las cicatrices agradecieron el fresco.
—¿Siente el olor, mi coronel? —comentó Niceto.
Nadie se animó a decir nada.
Unas piedras sirvieron de asientos. Los seis miraron el cuerpo y el hedor los rodeó.
—En picas colocan las cabezas —aseguró Claudio María—, rodeando las plazas.
Dalmacita se persignó y con un pañuelo de encajes secó su frente.
Juan Esteban tenía su vista fija en sus botas negras. Una de las gastadas puntas le molestaba.
Con esas botas había peleado en guerra con el Brasil por la Banda Oriental. Otros jóvenes muertos en los pastizales. Batallas exitosas, cuerpos abandonados en los pastos.
—¿Saben algo?… hace unos meses recibí una carta.
Los demás lo observaron en silencio.
—A Lavalle le dijeron que fue Dorrego, el que, a pesar de que le ganamos a Brasil, entregó la Banda Oriental.
Niceto bajó la mirada.
—Por eso lo fusiló sin juicio.
El hedor se hacía palpable. Venancio miraba la tropa con sus ropas sucias y sus caras largas.
—Pero no fue así. Fue el mismísimo Rivadavia.
Juan Esteban se puso de pie. Observó el bulto del cadáver sobre el lomo zaino del cimarrón. Acarició sus crines.
Alguna vez fue salvaje como Galo.
Suspiró despacio, para él.
Cien batallas de ganador tuvo Lavalle. Y aquí estamos, hechos un bulto podrido.
—Este cuerpo no da más.
Unos lugareños los observaban desde el otro lado de la orilla. Sus rostros marcados por la Puna.
Niceto se acercó a hablarles y, a los minutos, regresó.
—Juan, saben de nuestra carga… Me dicen que los muertos tienen pase en el altiplano.
Venancio se puso un pañuelo tapando sus fosas nasales.
El coronel Pedernera se puso firme, sonando el taco de bota con la otra.
—Soldado, retire su pañuelo. ¡Compórtese como un hombre!
Niceto se acercó cauteloso.
—Discúlpelo, señor. Usted ya dijo que no da más.
Juan caminó al lado del arroyo. Se fue despacio. La tristeza invadía su cuerpo. Las caminatas de ascenso en la cordillera. Los cóndores sobrevolando sus almas. San Martín abandonado en Europa. Juana Rosa que no entendía sus marchas a la nada. Sus hijos de los que no recordaba sus caras.
El sol carcomiendo las carnes.
Juan se detuvo en la orilla del arroyo. El agua corría indiferente. Sacó el sable corvo, no para blandirlo, sino para usarlo como apoyo.
El tiempo pasó sin prisa. A su regreso, los soldados estaban ahí. Esperando.
—Niceto, tráeme el cuchillo de desposte de Lavalle.
Niceto y Venancio miraron una capilla cercana. Ninguno de ellos se movió.
—Alexander, ¿usted fue médico en Francia?
—Sí, coronel Pedernera.
Un grupo de abejas se acercó al rostro del francés. Desde la caída de Waterloo estaba ofreciendo servicios por las Provincias Unidas del Sur. Alejó a los insectos con un movimiento brusco de su mano.
Juan Esteban miró a Venancio.
—Andá a la capilla. Si te fijás, el patio culmina en el arroyo; ahí lo dejás —ordenó.
Las moscas siguieron el andar lento del caballo.
Dalmacita empezó a toser. Trastabilló con una piedra al seguir el cuerpo de Lavalle.
Niceto entregó el cuchillo de desposte al coronel y se acercó a sostener a la joven.
Juan los miró atento.
—No se preocupe por mí, necesito una olla grande para hervir agua —contestó ella con voz fuerte.
La capilla estaba sin sacerdote. Una mujer comechingona comentó que había servicios cada quince días. Se quedó parada frente al cuerpo.
Las mantas celestes unitarias se abrieron, dejando ver un cuerpo hinchado que exudaba un líquido cetrino. La piel azul verdosa sostenía apenas una forma que se extinguía.
Juan Esteban miró su muerte como la de él mismo.
Pocas veces compartieron algo más que la batalla. En una de ellas, un baile del pericón. El violín y la guitarra sonaban esa tarde. No tenían ni treinta años. Al llegar, ya lo encontró en la pista de baile. El bastonero dio el aura y los pañuelos giraron. No había niña que no lo mirara. Juan Galo, el torero, el hombre sin miedo.
Miró su rostro, su nariz recta, su barbilla marcada.
—Permiso, mi coronel —solicitó Venancio, cargando la enorme olla.
Unos soldados armaron el fuego con madera de quebracho.
Juan Esteban se acercó a Alexander.
—Tome mi sable corvo; inicie con él —comentó Juan.
El golpe seco del mango en la mano del francés.
Alexander se arrodilló sobre el cuerpo.
El llanto de Dalmacita atravesó el desfiladero. El eco de las montañas lo hizo eterno.
La hoja se introdujo desde el cuello hasta el abdomen. Líquidos marrones cayeron a los costados. El crack de los huesos de las costillas quebradas dio paso a los órganos internos.
Juan Esteban se acercó a Dalmacita. La mujer de la capilla aportó un recipiente de metal. Niceto volcó aguardiente hasta rebasar, mojando las manos de las mujeres. Ninguna retiró sus manos.
A metros del arroyo, los soldados sentados en el suelo observaban los márgenes. Su silencio contrastaba con el del agua del arroyo, que golpeaba con fuerza las piedras.
Restos de órganos flotaban y corrían entre las piedras, que se tornaban oscuras a su paso.
El trapo blanco se tiñó de color parduzco con el corazón blando en las manos de Juan. Fue cayendo lento en el recipiente de metal; burbujeó en el aguardiente.
Dalmacita mantenía su rostro impávido. Juan estaba extrañado, una mezcla de sentires.
Qué fuerte es. ¿O… lo disfruta?
Niceto giró su cuerpo al ver el corte seco que separó los brazos y luego las piernas.
El coronel Pedernera tomó uno de los brazos. Sentado junto al río, retiró la piel y cada músculo.
Cada fibra flotaba en el agua cristalina. Las veía irse. Lo mismo que la vida de cada soldado, entre los pastizales de la pampa húmeda. Esta inútil guerra entre compatriotas.
Uno a uno fueron dejando los huesos en la olla humeante. Algunos soldados dejaron sus caballos y caminaban errantes. El humo blanco ascendía tortuoso en un cielo diáfano.
Juan Esteban dejó los huesos, limpios, raspados hasta el final, en el recipiente humeante. Volvió sobre los restos. La cabeza entera estaba sola sobre el poncho celeste. Tuvo el impulso de volver a acomodar su cabello, pero se frenó. Las abejas revoloteaban cercanas.
Observó a la mujer de la capilla, sus ojos negros y sus pómulos salientes. Las manos fuertes, curtidas por el tiempo y la vida.
—Mujer, ¿tiene otra olla?
Ella entendió todo.
—Los panales están, de la cerca aquella, a una legua —señaló con su mano.
No quiso ir con nadie. Caminó junto a los árboles. El viento le traía los recuerdos de su primer hijo varón. La vez que orgulloso se lo presentó a San Martín.
—Te salió linda la criatura —le dijo.
Él se rió orgulloso.
—Se ve que es parecido a la madre —concluyó el general.
Una vez le contó la anécdota a Juan Galo. Media hora se rió.
No le importaron las picaduras en sus manos ni en su cuerpo. Las abejas furiosas defendían su miel.
La olla, cubierta hasta la mitad.
El regreso fue rápido. Solo quedaba la cabeza de Galo y el silencio de la tropa alrededor.
Juan se acercó con el recipiente. Venancio y Claudio María lo ayudaron. Niceto no podía mirar. Dalmacita estaba arrodillada sobre la manta, su falda teñida por los restos líquidos de Galo.
La cabeza fue ingresando lentamente, haciéndose espacio entre la miel. El líquido espeso peinó los cabellos y el rostro de Juan Galo se cubrió de brillo. Con forjas ajustó el recipiente a su caballo.
Los rayos del atardecer anticipaban una marcha lenta. Los soldados esparcidos en una lomada cercana esperaban.
Juan Esteban vio los rostros escapando la mirada. No le hizo falta hablar fuerte.
—Los he visto mirar al sur.
Silencio en el valle.
—Hemos compartido mucho. Sobre todo, nuestra fe ciega a los deseos de un hombre o de hombres.
El cielo violeta daba paso a un azul profundo.
—No hay día en que no me pregunte si esos deseos eran de unos pocos hombres o de la patria.
La lechuza se detuvo en un árbol vecino. Juan Esteban la observó acomodarse en la rama.
—Pueden irse. Sus mujeres, sus hijos son el sueño al que se deben. Lo hecho, hecho está.
Se puso firme, el sonido de sus tacos al tocarse, y su venia en saludo a su tropa.
Los siguió hasta el horizonte. Cuando dejó de verlos, volvió al arroyo.
Niceto, Claudio María y Venancio habían enterrado la ropa del general. Dalmacita dejó una pulsera que brilló hasta que la tierra la ocultó para siempre.
Juan Esteban se acercó a la mujer, que estoica estaba al lado de su caballo. En sus manos, el recipiente de metal con el corazón. El coronel observó las manos aferradas al objeto.
—El corazón es mío —dijo ella.
La brisa levantó un poco de polvo.
—Entonces el rostro y sus sueños son míos.
Nota del autor :
Este cuento nació de una obsesión: ¿cómo se entierra un ideal?
La historia del coronel Juan Esteban Pedernera desmembrando el cadáver de Juan Lavalle en 1841 es un hecho histórico que la literatura argentina ha visitado quizás por lo que revela sobre nosotros mismos. Pero fue precisamente esa crudeza la que me atrajo: aquí había una metáfora brutal sobre el destino de los héroes de la independencia, convertidos en carroña de las guerras civiles.
Escribir sobre Pedernera —granadero de San Martín en el cruce de los Andes, luego seguidor de Lavalle en su derrota— me permitió explorar ese momento exacto en que los sueños colectivos se pudren. El mismo hombre que a los veinte años cruzó la cordillera para liberar medio continente, ahora con cuarenta debe descuartizar a su amigo y líder como a una res, mientras sus soldados desertan uno a uno.
La imagen central del cuento —las fibras musculares de Lavalle flotando en el agua cristalina del arroyo— busca condensar toda una época: los cuerpos de los héroes disolviéndose en la geografía que pretendían liberar, sus ideales arrastrados por la corriente como despojos.
Trabajé especialmente en los saltos temporales entre tres momentos: la noche final de 1841, el cruce de los Andes veinte años antes, y los recuerdos domésticos de Pedernera con su familia. Estos planos se entrelazan para mostrar cómo un mismo hombre contiene al héroe épico y al derrotado, al soldado glorioso y al carnicero de sus propios compañeros.
El personaje de Dolorcita Bosch (aquí llamada Dalmacita) añade otra capa de complejidad: la mujer que ama al hombre que mató a su hermano, y que ahora reclama su corazón literal. En ella quise condensar las contradicciones de una época donde los afectos y los odios políticos desgarraban a las mismas familias.
Este cuento es, finalmente, una elegía por una generación que pasó de la gloria a la ignominia, de libertar naciones a despedazarse entre hermanos. En los huesos hervidos de Lavalle está toda nuestra historia argentina: la grandeza y la barbarie inextricablemente unidas, la épica que deviene en grotesco, los próceres que terminan como bultos podridos sobre el lomo de un caballo.
La pregunta que atraviesa el texto —»¿Tenía sentido esta lucha?»— sigue resonando. Quizás por eso necesitaba escribir este cuento: para entender cómo llegamos a ser un país que devora a sus propios héroes.
Debo confesar aquí algo fundamental: soy tataranieto de Juan Esteban Pedernera. Escribir sobre mi antepasado fue enfrentarme no solo a la historia argentina sino a mi propia sangre, a interrogar qué de esos ideales rotos y esas contradicciones terribles pervive en mí.
Este relato forma parte de un proyecto más amplio sobre los olvidados de nuestra independencia, aquellos cuyas historias oficiales prefieren callar. Porque a veces, en los silencios y en los gestos más terribles, está la verdad de lo que somos.






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