Serie de cuentos o nouvelle de la historia Argentina.

El sabor de la tarta de queso la consoló: la combinación perfecta de dulce y suave. Estaba sola en la cocina. Se acomodó en la silla; el embarazo ya le molestaba un poco. Una miga cayó sobre el mantel de hule. Pasó sus dedos para retirarla. Era un regalo de su madre. El reloj mostraba, otra vez, que debía irse a dormir sola. En el living vio la foto de su casamiento: ella con el pelo largo y él con el uniforme de oficial. Se acercó, como un ritual, y tocó la punta del marco. Fue apagando una a una las luces. Agradeció, viendo la escalera de madera interminable que llevaba al piso superior, que el ejército los hubiera trasladado a una casa con una habitación en planta baja. 

Hace unos días atrás, con Marta —la empleada—, habían subido al altillo. Era un desastre. Debían quedar todavía algunas bolsas para descartar.

Se recostó. Sobre la mesa de luz, el ángel de la guarda. 

—Qué hermosa que es esa imagen —pensó.  

A su derecha, la ventana daba a la calle. El sonido de la lluvia repiqueteaba. Observó el vidrio brillar con un relámpago. Acomodó la mano siguiendo los movimientos del bebé. Su padre le había dicho que, por la forma de la panza, era un varón. Ajustó la almohada vacía de Antonio. No lo veía bien. Estaba bajando de peso con todo este tema de la política. 

Se acordó de aquella charla en la sala de profesores de la escuela, hacía unos meses. Una de sus compañeras le preguntó:  

—Decime, Elvira: tu marido es oficial, ¿no? —dijo la profesora de Ciencias.  

Ella asintió. Observó que una de las celadoras se fue de la habitación. Le pareció ver un gesto de disgusto en su rostro.  

—Por fin tenemos algo de orden en este país —comentó la de Matemáticas mientras acomodaba sus carpetas en la mesa.  

—Te cuento —dijo en voz baja—: una de mis compañeras de la Acción Católica conoce al equipo que está auditando la fundación de Evita.  

Otras profesoras se acercaron a escuchar.  

—Los chicos de los orfanatos comían pollo y pescado tres veces por semana. Estaban llenos de raquetas de tenis y de ropa. Mi marido me dice: “Así se tiraba la plata en las cabecitas negras. Nada de la austeridad que necesita la república”.  

—Terrible —se escuchó a coro.  

—Ahora bien, como te digo una cosa, te digo otra: Eva Perón no se llevó un peso a su casa.

Elvira tocó su vientre. Había algo con la comida de los niños. ¿Y si ella no estuviera? ¿Alguien le daría de comer a su hijo? El cuarto se iluminó otra vez y luego llegó el trueno.  

—Buenos Aires y sus tormentas —pensó.

Se durmió tarareando:  

“El Ángel vino de los cielos y a María le anunció”.

Un ruido la despertó en la noche. ¿Voces? Le costó ponerse en pie. ¿Terroristas? Atilio le había comentado que entraban por la noche. Un ruido a movimiento de muebles. Otro relámpago la reflejó en el espejo del ropero. Una voz grave atravesó las paredes:  

—Vamos al altillo.

No estaba segura si conocía esa voz. Los pasos resonaban sobre la escalera de madera. El humo de cigarros la descompuso. Una contracción. Se acercó al ropero. Sin hacer ruido, se escondió entre la ropa. El picor de la garganta le pedía toser. Se contuvo con lágrimas en los ojos. Otro ruido fuerte: muebles que se arrastraban en el piso de arriba.  

—Me van a matar.

La lluvia torrencial se acompañó de granizo, golpes duros contra los cristales.  

—Antonio, volvé… —rogó.  

Perdió noción de tiempo. La molestia en sus piernas. Estaba acalambrada. Tenía que salir. Recordó que su marido tenía un arma en el cajón de su mesa de luz. El sonido de la puerta de ropero retumbó en toda la habitación. Tropezó con la punta de la cama. Se mordió la lengua para no quejarse. El cajón estaba vacío. Sobre la mesa, el encendedor de su marido. Lo tomó. No escuchaba ya ningún movimiento.

Salió a la cocina. Despacio. No prendió la luz. Nada. 

La escalera.  

Se prendió de la baranda. Subió escalón por escalón, suspirando. El tufo a tabaco impregnado en la casa. Una de las fotos colgada en la pared era de ellos dos en Mar del Plata, con los lobos marinos detrás.

Al llegar a la puerta del altillo le pareció ver unas velas pequeñas encendidas en la entrada. La luz, muy tenue en el interior. Ajustó la vista. Algo estaba en el centro del cuarto. Un zumbido le creció por dentro. Le temblaba la mano cuando usó el encendedor. La llama creció de a poco desde su mano. Allí fue cuando vio al cadáver.

Semanas antes había empezado todo. 

La sala de espera del obstetra estaba vacía. Las luces del atardecer marcaban las horas. Antonio no llegó. El llamado telefónico de la noche previa lo había puesto muy nervioso. Elvira sabía que no debía hacer preguntas. Esa mañana ni tomó el café. La taza fría quedó en su lugar hasta el almuerzo.  

—¿Te veo a la tarde? —preguntó Elvira.  

Antonio se acercó y le tocó su panza.  

¿Está preocupado? ¿Tiene miedo?  

—No creo que pueda —carraspeó—, está todo raro. Estoy viendo velas… Dejan tres o cuatro en la puerta, con un ramito de nomeolvides. 

—¿Dónde, Antonio?  

—El otro día, por ejemplo, en las escaleras de la oficina del jefe.  

Él le acomodó el cabello castaño, que caía sobre sus hombros.  

—No sé si te has dado cuenta, pero alguien ha movido las macetas de la entrada. Tres centímetros.  

Le dio un beso sin ruido en la mejilla y se fue.  

Elvira observaba en la sala de espera sus pies hinchados. ¿No me olvides? Esas flores azules pequeñas.  

—Señora de Arandía, pase por favor —dijo el médico.

Ya era de noche cuando el taxi la dejó en la puerta de su casa. Varias veces intentó que la cerradura le respondiera, hasta que al final el clic le permitió ingresar.  

—¿No me dejas entrar? —le preguntó a la casa.

Le pareció sentir el perfume de su marido en la sala. Recordó el día en que se conocieron.

Una amiga la había invitado a la fiesta del círculo de oficiales. Entre su madre y su tía le consiguieron un vestido acampanado. Ese día lo conoció. Estaba apoyado en una esquina. Tenía un par de años más que ella. Le gustó que era alto. Entre la música y la gente lo perdió de vista. En un momento, cuando regresó del baño, escuchó un silbido.  

Qué impertinente.  

Era él. Siempre fue reservado, pero detallista. Se acercó sonriendo y le regaló una galleta. 

Un ruido en la cocina la regresó a su casa. Estaba todo oscuro. Prendió la luz y lo vio sentado. Sus manos en la mesa. Trastabilló al verlo. Su cara amarillenta. Se sentó a su lado y le tomó sus manos. Él la observó largo rato.  

—Tengo un secreto. Debo cuidar algo que no quiero… Me buscan, Elvira —le dijo asustado.  

Ella no supo qué decir. Lo ayudó a ponerse de pie y lo acostó. Se quedó a su lado velando el sueño. Cambió su ángel de la guarda y lo puso en la mesa de luz de Antonio, para que lo proteja. Le pareció que su arma no podía estar cerca de la estampita. La puso bajo la cama. El frío del metal le generó una contracción leve. Entre sueños se imaginó sola y, en otros, atrapada, en una caja.

Despertó con la claridad del día entre las cortinas del dormitorio. La nota de Antonio estaba en el velador:  

“Me fui al trabajo, estoy mejor”.

Eran las ocho de la mañana. El timbre sonó varias veces. La neblina dejó pasar a Marta.  

—Le traje nísperos.  

Ingresó con un par de bolsos. Marta era una salvación para las cosas de la casa. Había trabajado en la casa de su tía varios años. 

—¿Estás bien, nena? —preguntó mientras acomodaba víveres en los reposteros.  

—No he dormido muy bien. Tenemos que terminar de limpiar arriba —Elvira señaló el altillo.  

—Madrecita, ya está todo listo. Se ve que su esposo terminó, ya que está con llave. Llevo días sin poder entrar.  

—¿Cómo?  

Elvira se quedó sentada en silencio, no parecía escuchar los comentarios de Marta.  

—Mire lo que le traje.  

Un recipiente de plástico contenía una porción generosa de torta. Al verlo, sonrió.  

—¡Tarta de queso!  

Siguieron charlando largo rato. En un momento la señora comentó:  

—¿Quién le ha dejado el ramito de nomeolvides en la puerta?

Como pudo, se puso de pie. Sus pies hinchados. Abrió la puerta de calle. La casa tenía un pequeño distribuidor donde ella había puesto unas macetones. Entre ellos, tres velas apagadas y un ramillete de flores pequeñas azules, eternas. Lo tomó y lo llevó para sí. El aroma dulce, fresco, delicado.  

—Pase adentro, mamita, la veo pálida —Marta la tomó del brazo—. Son tiempos difíciles.

Elvira la miró. Sabía la situación política y la violencia en las calles. Marta continuó con los quehaceres de la casa. La observó limpiar la escalera sin terminar de subir. Al irse, cuando la abrazó, le dijo: 

—Cuídese, ¿por qué no se va unos días con su mamá? 

Ella la miró con ternura.  

—No sé para qué le cuento, pero por ahí la ayudo: tengo un familiar que trabaja de sereno en la CGT, también allí han aparecido las flores.  

Elvira la tomó de las manos. Sintió el calor de la mujer. 

—No está Evita.

La vio irse. Estaba triste. Colocó el ramillete en la mesa de la cocina. Sacó la tarta de queso. Una combinación perfecta de dulce y suave.

Allí fue cuando vio al cadáver.

El aroma leve de las nomeolvides seguía en el aire: no había pasado el tiempo.

Era la misma noche.

La luz del encendedor y el cadáver en el centro de la habitación. Sobre uno de los lados, una caja de madera apoyada. Se acercó, su vida entera temblaba. El ataúd era de metal. Una simple caja gris. El rostro de la mujer muerta, mantenido. La recordó en los balcones. Su voz en las fábricas. La ropa para su bebé que le había regalado la celadora de la escuela. “La hizo mi mamá con la máquina Singer que le dio Evita”. “La puta de Perón”, esa frase en los círculos militares. Su madre, que le dijo que había que ir a votar.  

—¿Por qué no está enterrada? —pensó.

Todos merecen cristiana sepultura. Su bebé pateaba. Una contracción. Se sostuvo del borde de la caja metálica. Un sonido en un costado. Un ronquido. Observó a su marido cuidando el cadáver. La llama del encendedor iluminó su rostro perdido. Una brisa apagó la llama. Con su dedo giró la perilla de encendido. Nada. Oscuridad plena. Igual podía ver el rostro de Eva. Observó un movimiento en su frente. No le salió la voz. La llamarada y el sonido del arma atravesaron el altillo.

Elvira sintió el dolor en el hombro y luego en su pecho. Cayó despacio. Logró ver la cara despeinada de Antonio. Se imaginó en la caja de madera. Eran los últimos segundos. Se acordó de la galleta dulce que él le regaló. Del barrilete azul que su padre remontaba al cielo en el parque. De la ropita de su hija que no podría usar. Y se vio correr junto a ella en un campo lleno de nomeolvides.

Nota de autor

Nomeolvides es un ejercicio de tensión psicológica y terror íntimo que se sumerge en uno de los secretos de Estado más oscuros de la historia argentina: el destino del cadáver de Eva Perón.

El relato se inspira directamente en hechos históricos documentados y traumáticos. En noviembre de 1955, tras el golpe de la «Revolución Libertadora,» un comando militar encabezado por el teniente coronel Carlos Eugenio Moori Koenig secuestró el cuerpo embalsamado de Evita. Durante meses, el cadáver fue ocultado en diversos lugares, llegando a descansar, increíblemente, en el altillo de la casa particular del Mayor Eduardo Arandía, un lugarteniente de Koenig.

La Tragedia y el In Media Res

La tragedia doméstica que se narra tiene una base real documentada: Arandía, consumido por la paranoia y el miedo a la resistencia peronista (que dejaba códigos como velas y flores nomeolvides en el rastro del cuerpo), disparó una noche contra lo que creyó era un intruso. La víctima fue su propia esposa embarazada, un femicidio que la dictadura encubrió bajo la versión de un «accidente» o un ladrón.

Para recrear esta atmósfera de intrusión y colapso, he optado por una estructura narrativa que se vale del recurso in media res (empezar la historia en medio del asunto). El lector es arrojado al terror de Elvira en la noche, culminando en el clímax del descubrimiento en el altillo:

«Allí fue cuando vio al cadáver.»

A partir de este momento de máxima tensión, el relato se detiene y retrocede. La pausa permite insertar el flashback de las semanas previas, dosificando los indicios (el nerviosismo de Antonio, las flores, la charla política) para explicar cómo el secreto de Estado contaminó la vida de Elvira. El retorno a la escena final con la frase repetida cierra el círculo, permitiendo que la revelación impacte con toda su fuerza histórica, culminando en el desenlace fatal.

El personaje de Elvira es una invención de la ficción, aunque su nombre (referido como Elvira Herrera en algunas fuentes) se usa aquí para humanizar la tragedia silenciada. Ella representa la víctima inocente, forzada a confrontar la crueldad de la historia en el espacio más íntimo: su propio hogar.

Este relato es ficción, pero su objetivo es honrar la memoria de la mujer que murió por el peso de un secreto que jamás debió custodiar.


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