El sonido persistente, como un silbido, que venía de la cama de al lado, lo alertó.
Abrió los ojos despacio; sentía los párpados pesados, pegados. «Lagañas», pensó.
El techo blanco, con el fluorescente que titilaba, le daba dolor de cabeza.
Rodrigo buscó sus manos y se encontró con las cánulas rosas que llevan líquido a sus venas.
Ese… es un abocath número catorce. Tengo que ir a la reunión de padres. ¡La semana pasada no había ni uno!
¡Qué luz fuerte! ¡Viendo desde la cama me deja ciego!
Un rostro se acercó a examinarlo. Le resultaba familiar.
—Está anémico —comentó el observador—, usando sus dedos para bajar los párpados y ver la esclerótica.
Intentó hablar, pero una sonda en su nariz, más su boca pastosa, se lo impidieron.
—Tranquilo, Dr. Rodrigo, ha tenido un accidente.
¿Un accidente? ¿Cuando?
Estuvo tres días de guardia la semana pasada.
Recordó a su esposa, Laura, cuando le dijo: «Si estás cansado, no manejes».
No conseguí reemplazo. Esos días se llenó de accidentes de tránsito la clínica.
Una enfermera le pasó un trapo húmedo por su rostro y los labios.
Los escuchaba hablar, pero no los entendía.
Cerró sus ojos.
No supo cuánto tiempo durmió. Estaba todo más tenue cuando volvió en sí. Un dolor en el pie derecho. Observó los alambres que traccionaban su pierna colgados del techo.
«Me quebré», reflexionó.
Notó movimientos en la cama de al lado. Estaban trayendo a otro paciente. Los camilleros dejaron al nuevo; uno de ellos lo miró y le comentó a su compañero.
—El auto de este —señalándolo a Rodrigo— no sirve más, quedó hecho un acordeón.
Un grupo de médicos residentes se acercó a la cama del nuevo paciente. Prestó atención al diálogo entre ellos. El pase de la guardia.
—Paciente con politraumatismo severo por accidente de tránsito. De profesión, médico de terapia intensiva.
Rodrigo trató de ver el rostro en la cama de lado; parecían tener la misma edad.
No lo conozco. ¿O sí? ¿Es Manuel del Hospital Central? Tiene gemelos. ¿De cuántos años: cinco o seis? Sí me hubiese cubierto la guardia.
Una enfermera comentó que la familia estaba con él.
Otro médico se acercó a examinar al nuevo paciente.
—Está anémico —sentenció.
El sonido de la polea del equipo de tracción lo sorprendió. La pierna derecha colgando del andamio para ambos.
Pobre Manuel.. Sí estaba con sus hijos. ¡Esa vez que lo encontré en el club! Son hermosos los chicos. Tenían puestos botines y abrazaban una pelota de cuero. ¿Te salieron futboleros? Una voz lo volvió al frío de la terapia intensiva.
—Dr. Rodrigo, ¿cómo se siente? —preguntó una enfermera con su nombre bordado en el ambo. Claudia.
Reconoció a la compañera de guardia. ¡Estoy en mi hospital!
—Bien, Bea —susurró.
Giró su cabeza y reconoció la sala. Las diez camas junto a la pared. La mesa central con los monitores con sus luces. Esas luces.
La luz del semáforo. El ómnibus de larga distancia que pasa en rojo.
El sonido del impacto sobre la puerta lateral.
Su esposa, que lo mira subir a la niña en el asiento posterior. Él sonríe.
—Ponela de mi lado —le sugiere.
La sonrisa de ambas.
Claudia le pasó el trapo húmedo por su cara. El fluorescente titilaba.
¿De qué lado fue el impacto? Sentía el sudor recorrer su sien. El sabor amargo en su boca.
Una voz en el fondo de la sala.
—¿Dónde están mis hijos? —preguntaba Manuel.
Se dejó caer. Un abismo se abrió en la sala de terapia intensiva.
Caía sin ruido. Sin aire. Solo.
Los hierros retorcidos de su auto. La mochila de su hija desparramada. La camilla con su esposa subiendo a la ambulancia.
Mi nena. ¿Dónde está mi hija?
Sus dos colitas del pelo atadas con un moño rojo.
Es la vez que vieron a un artista ambulante con una marioneta. Su risa que llenaba el espacio con cada movimiento del muñeco.
La luz se iba. La oscuridad ocupaba cada resquicio.
Escuchó a unos colegas hablar del caso de al lado:
—¿Los gemelos sobrevivieron?
—No. Es terrible.
Un olor a acetona, dulce, lo arrastraba. Un golpe en su cara. Una cachetada en su mejilla.
—Dr. Rodrigo, despierte, vuelva en sí —exigía Claudia.
No quiero volver. Déjame ir.
—Tu hija está bien. Decí que le hiciste caso a tu mujer y la pusiste atrás de su lado.
Nota de autor
Este texto nació del intento de escribir como piensa una mente herida: a saltos, por fragmentos, aferrándose a detalles mínimos para no caer. Por eso la historia avanza como avanza la conciencia cuando despierta en una cama ajena: luces, ruidos, nombres que se confunden, recuerdos que irrumpen sin permiso.
El paciente de la cama de al lado no es solo otro cuerpo en terapia intensiva. Es un reflejo. Al mirarlo, el protagonista se mira sin saberlo. La historia se pliega sobre sí misma y devuelve una imagen inquietante: a veces el horror no está enfrente, sino apenas desplazado.
La imagen que acompaña el relato prolonga ese juego. No explica ni adorna: devuelve el reflejo. Dos camas, dos cuerpos, una misma fragilidad. Como si el texto y la imagen se miraran entre sí.
No hay lección ni consuelo. Solo la certeza de que entre la vida y la pérdida puede haber una decisión mínima, un gesto doméstico, una frase dicha a tiempo. Y que a veces sobrevivir no es alivio, sino una forma silenciosa de quedarse mirando el espejo.






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