El ticket del tren nocturno era de color violeta. Juan Carlos lo observó memorizando cada detalle. La vibración del mensaje en su teléfono resonó en su bolsillo. Un par de mochileros, riéndose, le preguntaron la hora.
—Las veintiuna —contestó de mala gana, mirando su reloj.
Otra vez la vibración. Vio el nombre de la notificación. Era su hija:
«¿Estás bien, papá?»
Le costó encontrar cada letra para responderle.
Entre la valija de mano y la banca de madera estaba su guitarra. Compañera de años. Cada pulso de su vida lo sentía en la yema de los dedos al escribir.
«Sí, mi vida».
Mintió. ¿Qué le podía decir? ¿Que otra vez su padre estaba solo?
Una música sonaba en la estación. Su mente rápida reconoció las notas: un bolero.
Esa voz. ¿María Marta Serra Lima? Sí.
En su móvil buscó las imágenes en fotos. Cientos. Ella sentada, riéndose. Sí, en este show cantó ese bolero. Cecilia estaba de pie frente al micrófono.
Él, a sus espaldas, con su guitarra. ¡Qué voz hermosa tiene!
La música resonó en la sala de espera de la estación de Barcelona Sants.
Recordó ese día en que, al final del show, se le acercó:
—¿Tomamos algo esta noche? —le dijo Cecilia entre risas.
Pudo contarle cada lunar y escucharla cantar muchas mañanas. Hasta ayer.
Las personas se agolpaban en el andén. Subió lento, sin ganas. Le tocó el asiento de la ventanilla. Estaba perfecto para dormir toda la noche.
Hacía dos años que estaba junto con Cecilia. Decidir convivir no fue fácil.
—¿Estás seguro? —le dijeron sus compañeros de la banda.
Empezar de nuevo a los cincuenta.
Un día, al regresar del trabajo —en la mañana era docente de música en el conservatorio—, la encontró en su departamento.
Sintió el olor a torta de naranja. Ese calor del horno junto al aroma cambiaron su mundo.
Simple y único.
Su mente volvió al tren. Observó pasar a los mochileros y al guarda.
Estaba frío. Usó su aliento para empañar el vidrio. Si tuviera quince, seguro escribiría su nombre.
No pensó que se volvería a enamorar.
Cuando quedó viudo, se imaginó solo. Cuidó a sus hijas lo mejor que pudo. Con alguna compañera de vida se sostuvieron por unos instantes.
¡Qué complicada fue esa época!
Luego, un día, ella se incorporó a la banda con su dulzura y su cariño.
Llevaban varios meses con algo sin decir.
Hasta ayer.
—No te entiendo —le dijo Cecilia, quitándole la mirada.
Ella quería algo más. Él estaba lleno de miedos. ¿Volver a casarse?
No era el compromiso el problema.
—¿Y entonces qué es?
No encontraba las palabras. Las canciones lograban decir lo que él no podía.
“Hay amor, si yo pudiera encontrarte ahora…”
No podía pensar en el abandono.
El no encontrarla un día.
Sentía que la firma de ese papel era una sentencia del miedo absoluto a perderla.
El tren todavía no arrancaba. El guarda le tomó el ticket para verificarlo. Un grupo de turistas se acomodó en el asiento delantero.
Recordó su llanto en el baño mientras juntaba su ropa en la maleta.
¿Qué hice? ¿Qué hago? ¿A dónde voy?
Se puso de pie. Buscó su maleta y la guitarra. El guarda le llamó la atención.
—Tren a punto de partir.
—Me bajo —gritó.
El tren se fue. Las maletas, expectantes sobre baldosas rojas. Las penumbras rodeaban el andén.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
La silueta inconfundible de Cecilia lo buscaba en el terraplén.
Levantó su mano. Ella empezó a correr a su encuentro.
Cincuenta años tenía. Era tiempo de tener su final feliz.
Juan Carlos corrió, no le importó nada. Valió ese momento del encuentro para cada día del resto de su vida.
La abrazó fuerte.
—¿Te quieres casar conmigo?
Ella le tomó el rostro con las manos. Buscó las arrugas de los ojos.
—Siempre.
La música se elevó hacia los altos techos de la estación.
“…Y todo a media luz…”
El bolero los acompañó mientras caminaban de la mano.
—¿Será que la vida es como las películas? —preguntó Juan Carlos.
Ella sonrió.
—¿Sabés quién me trajo?
Él la miró sorprendido.
—Tus hijas.
Nota de autor
Este ejercicio narrativo parte de una convicción simple y, a la vez, radical: siempre vale la pena sentir amor, incluso —y especialmente— cuando el miedo, la edad o la experiencia parecen desaconsejarlo.
El relato se construye alrededor de un instante de decisión. No hay grandes peripecias externas, sino un conflicto íntimo: el temor a perder frente al deseo de volver a apostar por el vínculo. Juan Carlos no huye del amor; huye del duelo anticipado que implica comprometerse otra vez. En ese sentido, el texto trabaja el amor no como ideal romántico, sino como acto de coraje consciente.
Desde el punto de vista narrativo, se emplea una focalización interna cercana al personaje principal, que permite que el lector acceda a su memoria, sus asociaciones sensoriales y sus silencios. El tiempo del relato es fragmentado: presente (la estación, el tren), pasado inmediato (la discusión con Cecilia) y pasado afectivo (la viudez, las hijas, la vida compartida). Esta alternancia busca reproducir el funcionamiento real de la conciencia en momentos de crisis, donde el pensamiento no avanza de manera lineal.
La sensorialidad cumple un rol estructural: el color del ticket, la vibración del celular, el olor de la torta de naranja, el frío del vidrio empañado. Estos elementos no son decorativos, sino anclajes emocionales que sustituyen la explicación psicológica directa. La emoción se sugiere a través de objetos, sonidos y gestos mínimos.
La música —en particular el bolero— funciona como un lenguaje paralelo. Las canciones expresan aquello que el protagonista no logra verbalizar. La letra citada opera como eco interno y como memoria compartida, reforzando la idea de que el amor también se construye a partir de una historia común.
La estación y el tren representan un espacio simbólico de tránsito: partir o quedarse, avanzar o regresar, cerrar o abrir una vida. El gesto de bajarse del tren no busca un efecto sorpresivo, sino una coherencia emocional: el cuerpo decide antes que el razonamiento termine de ordenarse.
Finalmente, el cierre introduce a las hijas no como obstáculo, sino como puente. Ellas encarnan la continuidad afectiva y desarman el miedo del protagonista: amar de nuevo no niega lo vivido, lo integra.
Este relato no propone que el amor garantice finales felices, sino algo más modesto y más humano: que sentir sigue siendo preferible a protegerse del todo, incluso cuando amar implica riesgo.





Deja un comentario