Bumbula

El atardecer reflejaba sus colores sobre el agua de la laguna. El olor al pasto emergía entre las piernas de los chicos con su trote rápido.

El bote de madera los esperaba en un costado junto a los juncos en la orilla.

El Cabezón Bumbula se acomodó en la proa, el Petiso Barroso a babor, el Flaco Torres en el otro lado y a mí me tocó la popa. A lo lejos se veían algunos visitantes que buscaban aves.

El Cabezón andaba triste; su mamá fue al médico y el otro día, al salir de la escuela, mientras pateábamos unas latas, se largó a llorar.

—¿Qué te pasa, Cabezón? —le preguntó el Petiso.

Barroso siempre se da cuenta de todo. Tiene un don.

—Mi vieja tiene una pelota en los pechos —aclaró el Cabezón llevando su mano a la izquierda.

El Flaco Torres sabía lo que era; a una tía suya le había pasado. La habían llevado a un lugar donde la quemaban para frenar todo.

—Pero no anduvo —aclaró.

Nos quedamos callados un buen rato. Unas ranas croaban de lo lindo; el Flaco, mirándolas, nos dice:

—Che, ¿si cazamos algunas y las freímos? Che, Bumbula, lo de mi tía no sé si es así, ¿viste?

—No pasa nada.

Silencio.

—¿De dónde sacamos aceite? —preguntó el Cabezón.

Era cierto, no teníamos nada y parecía que solo tristeza andaba por ahí.

En mi casa estaba difícil también. A mi viejo lo habían echado de la fábrica por gremialista. Había poco para comer, y pensé en llevarme las ranas.

Barroso metió las manos en el agua y nos salpicó un poco a todos.

—¿A que no saben? Averigüé qué quiere decir Bumbula —comentó.

El Cabezón lo miró extrañado.

—Me lo contó mi abuela…

Recordé que el otro día habíamos ido todos a la casa de su abuela. La casa estaba repleta de plantas y la abuela nos sentó debajo de una higuera. Nos trajo un plato con queso y dulce de membrillo para todos. Yo traté de comer despacio, para que no se acabe, saboreando. Y ahí de la nada le pregunté al Cabezón por su bicicleta.

—¿Bumbula, qué pasó con tu bici?

La abuela le miró la cabeza y se fue riendo. Nos reímos todos con ella, inclusive el Cabezón.

—¿Y qué te dijo?

Un par de ranas croaron más fuerte y tuve la impresión de que se acercaron a escuchar.

Barroso se acomodó las zapatillas que se le habían mojado; y nos comentó lo de la abuela, que la palabra viene de lejos, de un pueblo antiguo: los quechuas, y que significa redondo.

—Te das cuenta, Cabezón, antes que te creciera la cabeza, tu mamá te decía Bumbula —le comenté.

—Sí… Me lo bordó en el guardapolvo y en la bolsita. Bumbula Pacheco.

Nos reímos un rato.

La mamá de Pacheco estaba sola con sus hijos.

Se me vino a la mente cuando mi viejo nos contó en la cena que al esposo se lo habían chupado.

Esa noche no dormí bien. Escuché a mi madre rogarle a mi papá que se fuera al campo porque seguía él.

Las ranas saltaban a mi lado. Y me salió de adentro, creo que se me fue la voz un poco.

—Mi viejo se fue —les dije a los chicos.

Bumbula se acercó y me abrazó. De la nada. El bote se movió un montón. Yo también lo abracé con fuerza.

El Flaco Torres empezó a remar y el Petiso Barroso lo siguió. El bote se movió hacia el centro de la laguna. El sol se estaba poniendo en el horizonte. Estaba naranja ese día. El Flaco puso el remo en el bote y nos miró a todos un rato.

—El año próximo me cambian de colegio. Al de los salesianos.

—Es todo de varones ese —le acoté.

—Ajá.

No nos vimos más; la vida nos llevó por varios caminos, ninguno se entrecruzó.

He preguntado por ellos en varios lados. Cuando aparecieron las redes, tuve alguna esperanza. Llevé a mis hijos al barrio, a la laguna. Fui a la escuela, a la que íbamos todos. Pregunté en las calles, en las casas, hasta hablé con algún pariente de Pacheco.

Nada, pero a la vez todo.

Es que cuando lo necesito, voy a ese bote, a ese atardecer. Están ellos como siempre.

Nota del autor

Este relato trabaja con una voz adulta que recuerda, pero procura no corregir ni traducir la mirada infantil. La elección de un lenguaje sencillo, corporal y fragmentario responde a la intención de reproducir cómo ciertos hechos —la enfermedad, la ausencia, el miedo— irrumpen en la infancia sin marco explicativo ni elaboración conceptual.

La estructura se apoya en una escena única —un atardecer en una laguna— que funciona como espacio de condensación: allí conviven el juego, el silencio, la risa y la amenaza. El relato avanza sin anticipaciones ni símbolos cerrados, permitiendo que los acontecimientos entren de manera abrupta, tal como lo hacen en la experiencia de los niños.

El tiempo narrativo no busca reconstruir una historia completa, sino fijar un instante que, con los años, se vuelve un lugar de regreso. La memoria aparece así no como nostalgia, sino como un territorio al que se vuelve cuando es necesario sostenerse.

El cuento no propone una explicación histórica ni un juicio retrospectivo; se limita a narrar el momento en que un gesto —un abrazo inesperado— se vuelve una forma elemental de cuidado frente a lo incomprensible.


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