La luz hizo un espacio entre la cortina para iluminar la mesa de luz. El joven, entre sueños, la detectó. El ruido que se sintió desde la cocina logró el cometido y él abrió sus ojos. Faltaba poco para su cumpleaños y había soñado que lo festejaba en el patio de la escuela de arte del museo Sampere. ¿Me prestarían el patio?
Los jeans colgaban del respaldar de la cama. Era una cama antigua de hierro, de un tío de alguien que terminó en un baldío. El día que la vio, supo cómo quedaría. Los tonos, decapados y otros misterios la habían dejado como un objeto de colección. En respuesta al amanecer, se vistió rápido y encontró la sutileza para escaparse de la mirada de sus hermanas y su madre, que hablaban en la cocina.
—Te digo que llevó todos sus libros a una biblioteca de estos movimientos barriales —comentó una de las hermanas.
—¿Pero cuándo conoció a esta gente? —preguntó la madre mientras cebaba el mate.
—Cuando fue a la Plaza de Mayo… en el Día del Trabajo.
La otra hermana las miraba sin decir nada, hasta que no pudo más:
—¿Y qué tiene si participa? Algo hay que hacer, estamos todos para la mierda. Tiene veintidós; si no lo hace él, ¿quién?
El muchacho cerró la puerta despacio. Miró a su madre; su mente la dibujó con un grafito 7B, por la intensidad de esos ojos y el mirar triste de aquellos días.
Treinta cuadras caminó; por momentos apuró el paso, acompañado de la melodía de su propio silbido. Sintió su armónica en la campera; la tocó como una cábala. Un amigo del barrio lo saludó con un grito; él se rio y le devolvió otro.
Se conocían de practicar capoeira. Pobre, lo habían despedido el mes pasado. Por intercambio de clases de dibujo consiguió que los muchachos del comedor popular le guardaran algunas porciones y él se las traía. Un bebé tiene.
Los carteles y la bandera que él había pintado flameaban en la columna. Sus compañeros estaban en la esquina. Lo primero que hizo fue observar una de las letras pintadas en la bandera.
—Nene, viniste, campeón —le dijo un hombre mayor.
Chiche tenía más de cincuenta años; en una época fue delegado de la Unión Obrera Metalúrgica, tenía esa voz ronca de los cigarrillos negros y de noches trasnochadas.
Le gustaba su mirada. Le compartía historia de sus luchas. Dicen que hay química entre las personas. Vidas pasadas, no sé.
Le dio un abrazo. Un compañero le dijo que era un abrazo militante. Tenía un sentir de familia, de alguien que te cuidaba. Tal vez sí, mi viejo no se hubiese ido.
Una morocha se les acercó y les dio un beso fuerte con sonido en la mejilla.
—¿Te dejó solito tu novia?
Él sonrió. Se imaginó los colores de la acuarela, la combinación necesaria de marrones de su pelo; en el fondo, los rojos y celestes de las banderas. Un carmesí. «Me van a hacer falta unos grises para esas nubes que se avecinan», pensó.
Caminó con ellos; cada vez más gente confluía al ritmo de la marcha. La estación de trenes parecía un mar de cabezas que hacían olas. Por uno de los laterales apareció el del bombo. El sonido rítmico y los cánticos llenaban de música los sueños de los marchantes.
A metros divisó el puente. Lo había dibujado decenas de veces. Los atardeceres con sus naranjas y las torres nacaradas del otro lado. La gran ciudad al frente.
Uno de los compañeros gritó.
—Hay mucho movimiento del otro lado.
Cortar el acceso a la ciudad les pareció lo más apropiado. Sin trabajo desde abajo, buscando el pan cuando no se consigue nada.
—Vente al comedor del barrio; mientras los chicos esperan el plato de comida, aprovecha y les enseñas a dibujar.
Y así fue.
Ese día se dio cuenta de que los fideos no alcanzaron, pero nadie dijo nada por el medio plato.
Unos ruidos extraños, una vibración. Se detuvo mirando los colores del cielo. Grises y blancos que se difuminaban sobre el azul celeste. Sobre el piso la tela roja de la bandera. En su mente buscó el número adecuado para lograr pintar las capas que emularan el movimiento. La morocha que corría. La gente agolpada en medio del puente.
—Pibe, movete, que se pone feo —le gritó ella entre los sonidos del bombo.
La observó pasar a su lado; tenía un bolso tejido con pin. No pudo distinguir qué era. Pero el azul era Francia.
Entre los apretujones de la gente que empezaba a desesperar, escuchó el sonido de la voz de su madre que se colaba en su mente: «Nene, cuídate, no pienses que alguien te va a ayudar».
Entre el tumulto detectó a Chiche. Con su mano alzada. La imagen de su acuarela y el lienzo. Pintó un plato medio vacío. Hoy no hay carne. La morocha le señaló el camino de regreso desde una esquina. Estaba parada al lado de la baranda del puente. Los colores del río la rodeaban. Era raro; hoy lo veía verdoso a sus aguas, marrones por momentos.
Disparos.
Retumbó en su tímpano. La onda rebotó como un choque eléctrico.
Se le vino un recuerdo, de esos perdidos. Chispazos eléctricos.
No lo dejaban ir a la casa de nadie, pero esa vez sí. Estaba en el patio jugando con pelota de goma. Entre tiros al arco, cayó en un viejo galón, en el fondo. Entró corriendo en busca del balón; estaba cerca de un enchufe con cables pelados. Algo lo llevó a querer tocarlos.
—Cuidado, nene —le dijo una voz ronca.
Salió corriendo y su amigo lo esperaba afuera.
—¿Quién es? —le preguntó.
—Mi papá.
Esa noche al acostarse, le preguntó:
—Mamá, ¿qué quiere decir papá?
Otro disparo.
Llevó sus manos a sus oídos. Chiche seguía avanzando. O no. El humo no le dejaba ver. Imágenes de personas de negro. Un cuerpo que cae a su lado. Destellos sobre un plástico. Los colores de la pincelada.
—Para lograr eso debes elegir el pincel adecuado. El grosor de la cerda y la calidad. Acuérdese de eso.
Así le dijo el profesor ese día en la escuela de arte del museo.
Cuando llegó a su casa, su mamá estaba en la mesa de la cocina con un cuaderno.
—Súmame esta cuenta —le solicitó mientras le preparaba una leche chocolatada.
Entre humo y el olor a pólvora, sentía los pasos de su madre recorriendo el barrio vendiendo productos cosméticos. Los zapatos gastados; ella amaba el cine, pero hacía años que no iba. Pero él tenía todas las témperas.
—Cuidado, nene —gritó Chiche.
Ese momento. ¿Voy? ¿Vuelvo?
Sus ojos llorosos, con lo cual su mente encontró tonos nuevos para memorizar.
Dos personas le gritaban. De uno grabó los ojos. El sonido se esparció, dueño del momento. El dolor fue en el hombro, la humedad en la pierna. Rebotó contra el piso gris topo del puente.
La vista le descubrió nuevas perspectivas de sombras desesperadas. Trazó líneas imaginarias desde un punto perdido de la humanidad.
En una de esas líneas vio una sombra que se acercaba. Pensó que le gustaría que fuera su novia y darle ese beso que recordaría toda su vida. Una vez, consiguió una camelia blanca como ninguna. De tan bella que era, la dibujó varias veces. Se la dejó bajo el pupitre en la última hora. Cuando ella la vio, se puso de pie frente a todos y corrió al último asiento para darle un beso. Ese quiero. Lo quiero de vuelta.
La sombra lo abrazó y lo levantó del piso.
Su pierna colgaba. Se imaginó el rojo de la línea sobre el gris topo siguiendo el rastro. La pincelada y la cerda justas para darle la capa del grosor adecuado.
Fueron saliendo del puente. Los gritos se fundían con las bombas de estruendo. Logró ver el techo de la estación del tren. Allí, hacía unos meses, despidió a su hermana, que se fue a estudiar a la capital. Él iba a ir pronto. Bellas Artes.
La sombra lo apoyó en el piso de la estación. Al lado del expendedor de boletos. Pudo verle el rostro. Tendría su edad. Algo le dijo:
—Nos siguieron.
Se percató de los ojos claros, de las pestañas largas.
—Yo te cuido.
Las corridas se resbalaban en el piso de la estación. Las personas de negro le parecieron perros de presa. Su mente lo llevó a un cuadro de dos niños, el color amarillo de los pantalones de uno y el naranja del otro. El mastín marrón entre ellos. Los tonos únicos de Goya.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó el muchacho.
Sentía la boca pastosa, sin saliva. Movió lenta su lengua.
—Maxi… Maximiliano —le susurró.
Por el rabillo detectó los ojos marrones del mastín.
—Yo soy Darío.
Maximiliano sintió el zumbido de la bala que atravesó la espalda de su ayuda.
El perro de presa los cazó.Fue sintiendo la humedad pastosa recorrer su cuerpo. No quería perder sus colores.Pensó en el dibujo de su madre.
Tendría que haberle puesto color.
La armónica salió de bolsillo y se resbaló en tina roja.
Nota de autor.
Este relato está construido desde una focalización íntima y restringida: el mundo se percibe únicamente a través de la sensibilidad del protagonista. No hay explicación histórica ni juicio externo; solo conciencia. La violencia irrumpe como experiencia sensorial, fragmentada, porque así se descompone la percepción cuando el cuerpo entra en peligro.
La estructura responde a un arco mínimo: una mañana que parece ordinaria y que, sin embargo, contiene una despedida invisible. Me interesó trabajar la anticipación sin subrayados, sosteniendo la tensión a través de motivos recurrentes —la luz, el grafito, los colores, la armónica— que funcionan como sistema simbólico interno. El protagonista comprende el mundo a través de la pintura; por eso incluso el miedo y el dolor se traducen en tonos y texturas.
El puente opera como espacio narrativo de umbral. No es un lugar geográfico determinado, sino un territorio de tránsito: entre la casa y la calle, entre la juventud y la conciencia, entre la ilusión de transformación y la irrupción de lo irreversible.
La decisión final fue retirar cualquier énfasis discursivo. El silencio no es ausencia, sino forma ética de cierre. No se trata de convertir una vida en consigna, sino de preservar su singularidad. Este cuento no busca representar un acontecimiento, sino detenerse en una experiencia: la de un joven que cree que puede cambiar algo y que, en ese intento, atraviesa un límite. Su propia vida.

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