Bajo los paraísos

Llegó a la cama rendido. Tuvo mucho trabajo en el taller. Sus manos grandes, acostumbradas al esfuerzo del golpe en la chapa, trataron de abrir el pastillero. Algunas pastillas rodaron al lado de la mesa de luz. Sus oídos disminuidos por los interminables ruidos del día trataron de localizarlas en el piso. Las buscó unos segundos y renunció a ello.

«La verdad que no entiendo que hice mal», el pensamiento intruso lo atrapó cuando sus ojos trataban de descansar.

Los últimos años no habían sido fáciles para nadie.

Un día se fue de esa casa. No tenía lugar o no lo quería tener. Ya a esta altura no tenía mucha importancia. Dejó dos hijos y una compañera que había dejado de serlo.

—Nos dejaste hace rato— le dijo cuando partía.

El reclamo seguía dando vueltas, como su cuerpo en la cama. Sentía las sábanas pegajosas y su alma pedía aire.

«No puedo darle lugar» 

Suspiró. Un cigarro. De esos negros, fuertes que te raspa el humo. Eso me hace falta.

Luego de unos años había logrado su espacio. Cuando se fue no se llevó nada. Ni la ropa. Un bolso negro que tenía un logo descascarado. No habló con nadie, buscó una pensión en el barrio de su infancia. Caminar con la arboleda conocida le sirvió.

En una de esas calles de a poco empezó a sobrevivir.

¿Está mal eso?

Consiguió un local y un viernes, que no recuerda, no fue más a la fábrica. No cobraba mucho allí y le retenían el treinta por ciento. No le quedaba nada del sueldo.

—¿Pero escúchame, vos no alquilas, entendés?— le recriminó a su ex pareja un día.

—Ahora… lo único que te falta que me pidas… es que venda las casa— le contestó furiosa.

Nunca le pidió eso, ni cuando otro, se acomodó en ella. Le alegró eso, se sintió más libre.

¿Los problemas?

Que se encargue él, ya que duerme ahí. Así de fácil.

Sintió un malestar en el pie. Lo sacó entre las sábanas. Flotaba en un costado.

Las palpitaciones insistían cada tanto y su memoria le traía imágenes vividas.

El más chico, le salió lindo. Era buen mozo el pibe. Un día lo llamaron para una propaganda de jeans. La foto inundó las revistas. No terminó el secundario. No quiso. Se lo llevaron a la playa, a los discotecas de moda y un buen día la autopista le daba la bienvenida con su hijo en calzoncillos.

En la fábrica lo felicitaban por el mocoso.

«No lo pusiste manejar nunca», le dijo su esposa ese día, cuando lo llamaron para que lo busque.

Estaba borracho semidesnudo en un rincón de esos lugares para personas importantes. No recordaba nada.

Lo cargué cómo cuando era un niño. Estaba dormido cuando lo besé.

La hermana lo cuidó esa noche. Y a partir de allí vivió a la sombra del hermano. Lo protegía.

Porque quería. Bueno eso pensábamos todos.

A los años entró a trabajar en ventas, tenía parla, energía. Siempre parecía estar listo para todo.

En sus cumpleaños, cuando empezamos a reunirnos, lo veía irse al baño. Todos sabíamos lo que hacía.

Esa tarde, en el patio de la casa, mi ex mujer me responsabilizó de todo.

No podía mirarla, cuando me gritó:

—Tu padre ya era borracho.

Y si lo era. También lo recogí del piso, pero a él, no lo besé.

—Es que siempre fuiste un padre ausente.

Y saqué fuerza y le increpé:

—¿Y vos que madre fuiste?

Ahí volvimos a odiarnos con más fuerza.

Ayer fue que vino.

Entró con la fuerza de siempre. Miró las mesas llenas de grasa y herramientas esparcidas. Contó algunas de sus hazañas.

Yo sabía que lo habían echado del trabajo la semana anterior. La hermana me había comentado.

Pobrecita ella. Siempre hablando de él. Ese atardecer cuando vino a verme, la vi triste y la acompañé al auto. Estaba el marido esperándola. Lo noté contento, me miró y me dijo:

—¿Y qué le pareció la noticia?

Desconcertado, me quedé unos minutos mirándolo.

—¡Va a ser abuelo!

Mi hija no me había contado nada. Ahí fue que le dije:

—Mirá nena, tenés que seguir— sentía esas palpitaciones de mierda —hacé como si tu hermano estuviera muerto.

Eso le dije.

Retiró la sábana y se puso boca abajo en la cama. En su mente la cara de su hijo en el día de ayer giraba.

—Papá, me tengo que mudar con vos.

Eso me dijo.

Lo miré fijo incrédulo. La novia lo había rajado del departamento. No sé cómo. Pero me salió de adentro. Años apretados. Bronca acumulada.

—No nene. Acá no.

Me empujó con fuerza, caí sobre el costado de la fosa entre los bidones de aceite. Mi tobillo rebotó. Ahora lo veo, flota negro afuera de la cama.

El reloj lo terminó de despertar de esa noche sin sueño.

Se bañó como pudo. Unos mates solo en el taller.

La calle empezó a poblarse, el kiosquero lo saludó atento. Le costaba caminar. Pero la ventaja de vivir arriba del taller era innegable.

Uno de sus empleados lo saludó con una bolsa de pan para el mate. El teléfono sonó. Su exmujer.

—¿Cómo te atreviste de no darle lugar a tu hijo?

—No puedo con eso.

—Ah…, y yo si, siempre igual vos. Pero le dije que no.

—Bueno.

—Ahora me amenazó con que debo vender la casa.

—Tal vez es la solución, un poco para todos.

—Ves que sos un desgraciado. Le expliqué muy bien que nunca fuiste un buen padre… que se lo debés.

—¿Qué le debo?

—Que nunca estuviste.

—¿Fuiste vos a buscarlo a cada antro? No, querida fui yo. Siempre me culpaste de todo. Pero sabés qué, vos lo abandonaste primero. Ni la leche le diste.

Clic.

Dejó el teléfono a lado del mate. Salió a la calle a tomar aire. Algo fresco.

Dos paraísos franquean la entrada al taller. Se apoyó en el tronco de uno de ellos. La vereda es ancha. Tiene esos baldosones antiguos calcáreos con algunas guardas. En la esquina a unos cuarenta metros le pareció reconocer el auto de su hijo.

Pero no.

El kiosquero le preguntaba algo. Movía sus manos. «Estoy cada vez más sordo», pensó.

Le pareció escuchar gritos y corridas. Una llanta del auto ruidosa.

Al darse vuelta vio el auto a las corridas sobre la acera, derecho a embestirlo.

El capó azul reluciente con los rayos de la mañana. La cara de su hijo al volante. Gritos desesperados de los vecinos.

El golpe le impactó en la cadera.

La frenada llegó pero el rebotó en las guardas calcáreas.

Y solo prefirió cerrar sus ojos, para qué ver.

Nota del autor

Este cuento está construido desde el flujo de conciencia porque necesitaba que la forma reprodujera el estado mental del personaje. No hay orden en su memoria ni jerarquía moral en sus recuerdos: el pasado irrumpe como lo hace la culpa, sin aviso y sin estructura. La narración avanza como avanza la mente cuando uno intenta dormir y no puede: fragmentos, reproches, escenas que regresan sin permiso.

Desde lo narrativo, me interesaba que el lector no tuviera un juez externo que organizara los hechos. No hay una voz que explique quién tiene razón. Solo hay una conciencia fatigada que se defiende, que acusa, que recuerda y que omite. Esa inestabilidad formal busca reflejar una inestabilidad más profunda: la de una familia que no logra construir un relato común sobre lo que le ocurrió.

En el plano filosófico, el cuento gira alrededor de una pregunta incómoda: ¿qué hace una familia cuando uno de sus miembros se vuelve destructivo? ¿Hasta dónde llega la responsabilidad afectiva? ¿Existe un punto en el que el límite —incluso el corte radical— deja de ser abandono y se convierte en un intento de supervivencia?

“Matar en vida” a alguien no aparece aquí como gesto cruel, sino como decisión límite. Es una forma extrema de protección hacia el resto y, a la vez, una herida moral que nunca cicatriza. El padre del cuento hereda una historia de abandono emocional, la reproduce y la padece. El accidente final no es solo físico: es la materialización de una cadena que nadie supo romper.

La historia no intenta absolver ni condenar. Solo intenta mostrar lo difícil que es amar cuando el amor convive con el daño.


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