Los hilos de Aklla

El rayo de luz le molestó. Sus manos arrugadas movían la tela envolviendo el fardo. Paños tejidos, para ese único momento. La emoción inundó su voz en un canto agudo. Varias mujeres la ayudaron a colocar el cuerpo de su amiga sentada, con las rodillas flexionadas. 

«Hazlo tú», le había dicho hace unos días. Tomó la última manta. Se detuvo en el color rosa que formaba hileras entre semicírculos rojos. El tacto le resultó áspero por primera vez en su vida. Eran tres las tejedoras; ahora solo quedaba ella.

El ritual empezaría más tarde. La música de las antaras era olas sonoras. La brisa de la tarde se coló entre todos y una hoja rosada se apoyó en el pie de Aklla. La observó mientras envolvía con amor el fardo, tan redondo como una luna.

Tomó entre sus manos la hoja y caminó despacio al centro de la sala rectangular. El piso ocre de la tierra apisonada se sintió frío. Los enormes tapices colgados componían un espacio multicolor. Cada obra parecía brillar en sus combinaciones simétricas.

Recordó la primera vez que entró al lugar. Su madre debía llevar las cerámicas con agua y hojas de muña, y le pidió que la ayudara. Aklla tomó con sus manos pequeñas la vasija y entró mirando el piso, como le habían dicho. Una hoja rosada la siguió, arrastrada por la brisa del umbral.

Dejó el cántaro al lado de un tapiz enorme. Lo observó desde abajo: los colores y las formas. Sus repeticiones, por momentos, le recordaron el sonido de las gotas de lluvia cayendo una a una.

El chistido de su madre en la puerta la alertó para que saliera. Una mujer joven la detuvo cerca de la entrada.

—¿Qué miras tanto?

—Lo que dicen.

—¿Qué?

—Números. Hay la misma cantidad de hilos en cada lado.

Su madre la tomó de la mano con urgencia y, sin sacar la mirada del piso, se disculpó. El sonido de una ocarina las detuvo. Una de las grandes tejedoras sostenía una cerámica en forma de ave que generaba un sonido dulce pero penetrante.

La madre le indicó que se quedara en la puerta esperándola. En el dintel las escuchó hablar.

—Es muy niña para dejarla.

Su madre parecía rogarles, arrodillada en ese frío piso. Al despedirla, le puso la hoja rosa seca en la mano y le dijo:

—Te enseñarán cosas que yo no puedo. Una vez por semana vendré a verte desde el patio.

Cincuenta años después estaba en el centro de la sala de las tejedoras del Imperio Wari. Aklla besó la hoja en su mano. «Siempre viniste mientras pudiste», pensó. 

Buscó ayuda para el traslado del cuerpo con la mirada. Siempre le parecía ver a su madre entre la gente. El collar de cuentas rojas y negras le pesaba en el cuello. Un hombre joven se acercó con otros. Los músculos de los brazos sostenían maderas donde colocaron el fardo. Unas pequeñas mariposas nocturnas se posaban sobre las mantas. La melodía armoniosa de decenas de quenas las seguía en el revoloteo.

Aklla tocó la manta. Una de las mariposas se posó en su mano.

—Te hubiesen encantado —murmuró hablando con el fardo.

Su mente recorría momentos de su vida. La mujer joven que la cuidó desde el primer día estaba allí. Cuando dejó de ser niña, le dio un collar de cuentas que nunca más se quitó. Rojas, negras. Sus dedos se desplazaron por cada una. 

Las grandes tejedoras debían ser mamá de niñas. La mayor de las tres tuvo varones. La segunda, una niña que una fiebre se llevó. Quedó ella como la  hija y su único amado los hilos y la simetría.

Los pasos del funeral se acompañaron de grillos. Las estrellas iluminaban el camino al entierro. Cuando llegaron, las piedras estaban dispuestas en montículos simétricos. La primera tejedora llevaba años en su reposo. A su lado, las herramientas del telar y un filete de oro sujetando los tapices.

El muchacho le pidió permiso para mover el fardo. Su rostro le devolvió la imagen de un viejo amor. Evocó el día en que él empezó a seguirla al río. No le hablaba, pero un día le regaló una lúcuma. No hay vez que pruebe una y no recuerde sus besos. Cuando le pidió que se fuera con él, no pudo. Pensó que no quería dejar solas a las tejedoras… pero no fue eso. No quería dejar el telar. Los tapices eran símbolo del reino. La matemática de la vida entre hilos y colores.

El fardo quedó en el centro del espacio generado por los ladrillos de adobe. Se acomodaron los objetos cerca, como al abrigo del conjunto redondo de telas y huesos. El jarro de cerámica preferido y un tapiz con dos colibríes cuyos colores se correspondían. Todo debía ser un complemento.

La última tejedora se sentía sola acariciando una punta del tejido. Su mirada perdida en una línea asimétrica de la pared. Una vibración en el suelo la obligó a sostenerse. Entre los pobladores, detectó el rostro arrugado de una mujer. Sus ojos se llenaron de lágrimas. ¿Era la cara de su madre? La mujer se movió entre los presentes. Su mirada buscó el espacio que dejaba su partida. ¿Y si era su hermana?

Se volvió niña caminando entre las terrazas de cultivo en la ladera de la montaña. Los verdes intensos junto a los fucsias de la flor de quinua. Su hermana de la mano. Una risa cantarina, el salto del agua en las canaletas. Un cactus erguido en medio del camino.

—Mira esto —le dijo la hermana.

La niña le mostraba en sus dedos un insecto redondeado de cubierta gris. Lo dio vuelta y un rojo intenso, único, apareció en su palma.

Aklla tocó el vientre del insecto.

—De aquí sale el color rojo de las lanas.

La hermana mayor la miró sorprendida, y ella sonrió.

La anciana sonrió buscando ese rostro conocido que le trajo el recuerdo. «Te fuiste lejos, yo me quedé», pensó. La grieta en la pared pareció moverse. Fijó la vista en esa línea: sola y única, con inicio y fin. Su mirada se perdió entre las arrugas de su mano buscando el comienzo de cada una.

—¿No quieres ser madre? —le preguntaron un día.

Estaba contando el hilo de un tejido: un cóndor azul.

—Cien —contestó.

Otra vibración en el suelo. Un hilo de polvo fue cayendo desde el techo. Los adoquines temblaron con movimientos conocidos. El zumbido de la tierra hizo callar las quenas. Con rapidez, los hombres colocaron los bloques de piedra sobre cada una de las tejedoras de Huarmey.

La anciana vio su espacio libre, a sabiendas de que faltaba poco. El polvillo caía del cielo como gotas de lluvia. A pasos rápidos, y algunos desesperados, los pobladores salieron del mausoleo.

El peso en sus piernas no le dejaba partir. Una mano la ayudó.

—Ven por aquí.

La mujer, tan anciana como ella, tenía ojos grises y manos rudas de la cosecha.

—Eres igual a mi madre —le murmuró.

—Yo puedo decir lo mismo de ti, hermanita.

Salieron ambas entre el polvo. El suelo se movió otras dos veces mientras ellas permanecían sentadas en silencio, las manos entrelazadas en una sola.

El cortejo volvió a organizarse. Todos se pararon a esperarla. Aklla se puso de pie. Una niña corrió a su lado. La miró sorprendida. Su hermana le tocó la túnica.

—Tiene tu nombre. Es mi hija.

La anciana le acarició el pelo. Lo sostuvo entre sus dedos.

—Es como tú. Sueña hilos y números. Te la vine a dejar.

El sonido de antaras se propagó, por el mausoleo de adobe y por la sangre de Aklla.

Nota de autor

Este cuento nace de una reflexión sobre el lugar del conocimiento femenino en las sociedades antiguas a partir de una visita al Huaca Pucllana, en Miraflores, Lima, Perú.

En el mundo Wari, el tejido no era una actividad doméstica ni decorativa: era un sistema complejo de símbolos, simetrías y colores que expresaba identidad, poder y orden político. Los textiles funcionaban como un lenguaje visual capaz de transmitir jerarquías, alianzas y cosmovisiones. En ese contexto, las tejedoras no solo eran artesanas, sino depositarias de un saber técnico, matemático y simbólico fundamental para el reino.

Aklla surge de esa intuición. Desde niña percibe en los tapices algo que otros no ven: números, equilibrio, repeticiones. El tejido aparece entonces como una forma de pensamiento materializado en hilo. A través de esa mirada, el cuento propone que las tejedoras ejercían una forma silenciosa de conocimiento matemático y político dentro del mundo Wari.

La historia también explora una decisión poco visible en los relatos sobre el pasado: la elección de una mujer de no ser madre para dedicar su vida a un oficio y a la preservación de ese conocimiento. En el caso de Aklla, el telar se convierte en su forma de continuidad. Su legado no será biológico, sino intelectual y cultural.

En términos narrativos, el relato se construye desde un punto de vista cercano a la conciencia de la protagonista, alternando presente y memoria como si se tratara de hilos que se cruzan en un telar. Los objetos recurrentes —la hoja rosada, el rojo obtenido de la cochinilla, el collar de cuentas— funcionan como motivos que conectan las distintas capas temporales del relato. El uso del color tiene un papel central: los tonos rojos, rosados y negros remiten tanto a los pigmentos históricos de los textiles Wari como a la transmisión simbólica del conocimiento.

Asimismo, el cuento busca reconstruir la atmósfera sensorial de ese mundo a través de sonidos y materiales: la música de las antaras y quenas, la textura de los tejidos, la tierra apisonada de los salones, el adobe de los mausoleos. El terremoto que irrumpe hacia el final introduce la ruptura del orden aparente del mundo, pero también subraya la permanencia del conocimiento transmitido entre generaciones.

De este modo, la estructura del cuento reproduce la lógica del telar: presente y pasado se entrelazan hasta que, al final, una nueva niña llega para continuar el patrón. La elección de Aklla no interrumpe el linaje; lo redefine. Su legado no está en la sangre, sino en la mirada capaz de ver números, simetría y sentido en los hilos del mundo.

Si lo leemos desde lo filosófico :

Lo primero que hay que notar es que el cuento no tematiza el rol de la mujer. No lo discute, no lo reivindica, no lo contrasta con el mundo masculino. Simplemente lo muestra como el centro organizador de la civilización. Los hombres aparecen en dos momentos: cargan el fardo y mueven piedras. Son cuerpo y fuerza al servicio de un ritual que las mujeres diseñan, ejecutan y significan.

Eso no es feminismo anacrónico proyectado sobre la cultura Wari: es una decisión narrativa que restituye una jerarquía que la arqueología del Castillo de Huarmey efectivamente sugiere.

El cuento construye una genealogía que no pasa por el padre ni por el linaje masculino.

La madre biológica reconoce su límite y entrega a su hija a quienes pueden darle más. Es un acto de amor que renuncia al control.

Las grandes tejedoras son la institución. Transmiten el conocimiento técnico, simbólico y político del tejido. No son madres de Aklla pero la forman. Una de ellas le da el collar cuando deja de ser niña, que es el único rito de iniciación que el cuento narra explícitamente.

La hermana representa el linaje afectivo, la memoria de la infancia, el mundo anterior al don. Y es ella quien trae a la niña al final, completando el ciclo. No las tejedoras, no la institución: la hermana. Como si el cuento dijera que la transmisión más honda necesita tanto la línea del conocimiento como la línea del amor.

Aklla no es madre. El cuento lo dice de manera lateral, casi clínica: alguien le pregunta, ella cuenta hilos, responde «cien». No hay culpa, no hay explicación, no hay defensa. Esa neutralidad es una posición filosófica y también una posición sobre la mujer: su valor no depende de la maternidad.

Lo que sí tiene Aklla es una vocación absoluta. Y el cuento la trata con el mismo peso que trataría la vocación de cualquier figura masculina en cualquier épica. Nadie le pregunta al guerrero si no quiere ser padre. A Aklla sí se lo preguntan. Y su respuesta es contar hilos. Eso basta.

Las manos arrugadas que abren el cuento. El collar que pesa en el cuello. Los dedos que recorren las cuentas. Las arrugas de la mano buscando su propio inicio. El cuento habla del cuerpo de Aklla con la misma atención con que habla de los tapices: como un objeto que registra el tiempo, que guarda marcas, que tiene textura.

No es un cuerpo sexualizado ni idealizado. Es un cuerpo que trabajó. Esa es su dignidad.

La grieta y las mujeres que no sobrevivieron

El cuento tiene dos ausencias femeninas que pesan en silencio. La niña bella de la segunda tejedora, que una fiebre se llevó. Y la primera tejedora, que ya lleva años en su reposo. Ninguna de las dos tiene nombre ni voz, pero su ausencia estructura el presente de Aklla: ella es la última porque las otras se fueron. No es una superviviente heroica. Es la que quedó. Esa distinción importa.

Lo que el cuento no dice y vale señalar

El cuento no muestra violencia sobre las mujeres, no muestra subordinación, no muestra conflicto de género. Eso puede leerse de dos maneras.

Una: es una idealización del pasado precolonial que borra tensiones reales.

Otra, el cuento elige mostrar un mundo donde ese conflicto no es el tema, porque hay otros temas más urgentes. La muerte, el conocimiento, el tiempo, la transmisión. Las mujeres no luchan por un lugar en ese mundo. Ya están en el centro. El cuento simplemente parte de ahí.

Esa elección es en sí misma una declaración.


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