La vastedad blanca.

La vastedad blanca. Solo eso pudo pensar. Por momentos lograba diferenciar tonos más oscuros, pero el frío era tan intenso que se le cristalizaba la barba y no podía prestar atención a otra cosa. Más de dos años en esa cabaña construida como se pudo. Cerró la puerta con fuerza para evitar el ingreso de la nieve. En cada lado del cuarto, unas tarimas de madera para dormir, cubiertas con piel de pingüinos. El olor a podrido se mezcló con la grasa quemada en los tarros de metal encendidos. Uno al lado de cada tarima. El hollín creaba figuras a las que José María les ponía nombre. Una de ellas le recordó la nariz prominente de su capitán cuando lo llamó:

—Viene una expedición sueca a la Antártida, va usted.

Y así fue, del calor de Entre Ríos a estas tormentas heladas.

El viento rugía como una alarma molesta que no se podía apagar. El muchacho se acomodó en su tarima, tapado por las pieles que logró acumular en esos meses. Durmiendo al frente estaba uno de los suecos. Le llevaba un par de años nomás y fue el único que se dignó a ayudarlo. Dag Anderson. Dos metros de altura y un cabello que, con el frío, estaba cada vez más blanco. De la tarima izquierda sintió una tos fuerte, peligrosa. Otto era el jefe de la expedición; la fiebre lo volcó al catre hacía días. Le doblaba la edad. Lo recordó los primeros meses de convivencia. El equipo cumplía el horario a rajatabla: medir la temperatura, el viento tres veces al día y escribir todo en la bitácora. Se detuvo en el cabello del sueco que sobresalía entre las pieles. Fue una tarde cuando Dag sacó de su bolso una revista gráfica. Le espió los dibujos y, de atrevido, señaló un sombrero. Dag sonrió y pronunció el nombre. Cada palabra, memorizada con los meses. Los otros se rieron hasta que no lo hicieron más.

El sonido de la tos productiva del jefe. José María se acercó a Dag, que le susurraba, y le tocó la frente: volaba de fiebre. Uno de los tarros se apagó. La luz se escapó sigilosa en busca del viento. A los minutos el último tarro siguió a ese destino.

—José—le dijo el jefe con voz entrecortada por la tos—, carga con grasa los tarros.

El muchacho asintió, tenía la boca seca y no le quedaba saliva. Fue en busca de un barril de madera. Lo destapó, pero estaba vacío. Él lo sabía. Escuchó un silbido desde el catre de Dag.

—Llévate mi hakapik.

Martín se detuvo ante el palo enorme con el gancho de metal en la punta. Palpó el frío del metal en todo su curvo contorno. Había visto cómo usarlo.

Sin grasa de foca no hay nada. No hay comida. No hay luz, ni calor. El cuarto catre, el del biólogo, no emitía sonido. Corrió las pieles sobre el rostro frío. Los ojos abiertos, la barba roja cristalizada, el azul rabioso de los labios. Lo tapó con un rezo. No dijo nada. No era el momento.

Tomó su fusil con la bandera celeste y blanca en la culata. La sintió pesada. Se abrigó con lo que pudo. Una piel sobre otra. La lanza de Dag en su mano izquierda, el fusil colgado en la derecha. Al irse, la puerta crujió impertinente.

El viento helado le cacheteó el rostro. Cada paso lo enterraba en la blancura. El silbido juguetón le recordó quién era el dueño de esas tierras. «Si aumenta la tormenta, estoy perdido… y todos muertos», pensó.

Buscó ayuda en el cielo. Un par de aves graznaron en respuesta. Sostuvo su brújula entre los guantes.

—Para que no te pierdas —le dijo seco su padre un día, antes de irse a la marina.

Las agujas le marcaron el este. Divisó la costa y una colonia de focas. Una pequeña, aunque sea.

Los copos le caían sobre el rostro mezclados con una llovizna helada. Unos pingüinos caminaron rápido rumbo al oeste. Se deslizaron uno tras otro por una pendiente. Tienen poca grasa.

Le quedaban pocos minutos de sol. En un costado le pareció ver un reflejo azulino. El hielo se abría en una grieta inacabable. Con la poca luz no logró divisar el fondo. La esquivó y colocó una estaca roja en el borde. A los metros la logró ver. ¡Que no la tape la nieve!

El sonido del agua impactaba con fuerza en los bordes de la masa de hielo. Unas crías de foca lo observaron, curiosas. Unos lobos marinos rugieron desde lo alto de la meseta. José los observó. Eran enormes. Un grupo de focas salió despavorido del agua pasando a su lado. La nieve le llegaba a las rodillas. El agua se elevó frente a él. Unas olas enormes lo salpicaron al caer en el borde del hielo.

Ahí la vio. Una bestia violácea y blanca apareció tras un grupo de focas. La orca abrió su boca llevándose dos de ellas. El sonido de la mandíbula cerrándose le hizo doler el tímpano. Fue tal la estampida que una de ellas lo embistió. Su cuerpo se aplastó en la nieve junto al olor penetrante de esa piel resbaladiza que lo aprisionaba. Para zafar giró sobre sí y el fusil se escapó entre la nieve. El animal asustado siguió su camino. Se puso de pie tambaleando, usando la lanza de Dag como soporte. Sus ojos rápidos buscaron el rifle. No lo veía. Su mano le dolía. Podía moverla.

Un bramido ensordecedor en su cara. Su cuerpo tembló. Un lobo marino parado frente a él. Solo. Los sonidos desaparecieron. Nada se movía.

Observó los colmillos blancos a cada lado. Los bigotes relucientes por los cristales de hielo. Pudo ver el color ámbar de esos ojos violentos sobre los suyos.

Le pareció ver a su madre y a su padre en el escritorio de la notaría. Los abrazó al partir, con la promesa del regreso.

El olor de la bestia en sus fosas nasales.

Escuchó en su mente la risa de Dag leyendo su revista. Al jefe hablando solo al escribir su bitácora. Al biólogo que besaba los pingüinos, congelado en su cama.

Y tomó la lanza con sus dos manos.

El último rayo de sol se reflejó en los bordes del gancho.

La elevó sobre su cabeza y la clavó en el centro del cráneo del lobo marino. El crujido del gancho cortó el aire. La masa de trescientos kilos tembló, mientras un chorro oscuro de sangre salpicaba la nieve. Los colmillos, al caer, marcaron su recorrido en la blancura. Un remolino de viento se quedó sobre la masa desparramada.

José María esperó unos minutos.

El rostro del animal tenía algún movimiento. Sus manos temblaban cuando sacó el cuchillo de caza. Se trepó al lomo y lo hundió a bisel. La fuerza fue enorme para atravesar la piel. Sintió su mano hincharse cuando logró cortar el cuello.

No podía moverlo, pero el desnivel del piso y el hielo hicieron lo suyo. La inmensidad del lobo se deslizó dejando el vientre expuesto. Un calambre en la pierna lo detuvo unos minutos. Ya con el anochecer abrió el abdomen. Cortó lonjas de carne y grasa. Sus manos se resbalaron en el tejido amarillento. Extendió una manta en el hielo. Contó los trozos. Debo volver mañana.

El dolor de su muñeca le hizo morder sus labios cuando la ató. Caminó de regreso arrastrando la carne con la brújula en la mano. Calmó la sed chupando un hielo. Dejó el saco de piel con la grasa en el centro del cuarto. Llenó cada tarro y una luz cálida iluminó entonces los catres. Los escuchó toser. Y solo pudo agradecer ese sonido, mientras la nieve tapaba la puerta.

Se sentó en la cama; sentía la sangre retumbar en su cabeza. Vio que Dag lo llamaba.

—¿Qué es del biólogo? —le preguntó señalando el cuarto catre.

La tos no los dejaba hablar. Martín le hizo señas de que el sueco había partido.

Dag le tomó la mano. El viento azotó la puerta, que respondió ruidosa.

—Tranquilo, que te llevo a Entre Ríos.

El muchacho pálido sonrió.

—Y yo a Lung.

Arropó a Dag y fue a darle agua al jefe, que le agradeció.

No pudo dormir.

Se levantó en silencio. Fue en busca del cuarto catre. Al lado, sobre el suelo, una foto sepia tirada. Mostraba al biólogo con un niño en brazos. Otra foto más pequeña, de una mujer, estaba aferrada a la mano tiesa. En el dorso pudo leer: Astrid y Erik.

Arrastró el cuerpo con las mantas que lo cubrían, siguiendo sus propias huellas en la nieve. Fueron horas de dolor.

La estaca roja apenas sobresalía marcando la grieta azul.

Fue diciendo en sueco las imágenes más lindas que recordaba de la novela gráfica.

—Beso, paloma, dulce, luna, conejo.

Las lágrimas formaban cristales en sus mejillas rojas.

«No sé decir que descanses en paz», pensó. Lo dejó caer en esa grieta eterna.

El cuerpo liberó la foto de la mano, que planeó unos segundos antes de perderse en la oscuridad.

Se puso de pie tambaleando. Se detuvo en su regreso al escuchar ruidos venidos del este.

El sol se asomaba entre la vastedad blanca.

Unas velas enormes de un barco en la orilla de la meseta se movían con el viento.

No estaba seguro, pero le pareció ver su bandera flamear en lo alto.

El celeste y el blanco.

Se arrodilló colocando sus manos en la rodilla y susurró:

—Vuelvo, mamá.

Nota de autor

Este cuento nace de una imagen: un hombre en medio del frío absoluto. No una historia primero, sino la intuición de un cuerpo enfrentado a un paisaje donde todo lo que normalmente sostiene la vida humana —la ciudad, la conversación, las rutinas— ha desaparecido. La Antártida me interesaba como ese lugar donde la experiencia se vuelve elemental: un cuerpo que resiste, una brújula heredada, unas pocas palabras aprendidas en otro idioma.

Mientras escribía descubrí que esa imagen tenía una raíz histórica. El protagonista del relato está inspirado en José María Sobral, joven alférez argentino que en 1901 se integró a la expedición antártica sueca dirigida por Otto Nordenskjöld. Durante dos inviernos un pequeño grupo de científicos vivió aislado en una cabaña de madera en la isla Cerro Nevado, soportando temperaturas extremas y tormentas constantes, mientras el barco de la expedición —el Antarctic— desaparecía entre los hielos. En 1903 la expedición quedó dividida en varios grupos dispersos por el mar de Weddell y sobrevivió en condiciones precarias hasta ser rescatada por la corbeta argentina Uruguay.

No quise narrar esa historia completa. Me interesaba algo más pequeño y más humano: un momento posible dentro de ese aislamiento. Un instante en el que alguien debe salir a la tormenta para conseguir comida y combustible para los otros.

Por eso el protagonista no delibera demasiado. En ciertos momentos pensar demasiado sería una forma de mentir. Las acciones ocurren antes de convertirse en argumento. Quise que el lector sintiera primero el peso de la lanza, el frío en el rostro, el olor del animal, y solo después entendiera lo que estaba ocurriendo.

También intenté que la narración permaneciera dentro del cuerpo. El tímpano que duele, la mano que se hincha, el calambre que detiene el paso. Más que contar el frío, quería que el lector lo experimentara.

El gesto más difícil de escribir fue el del biólogo muerto. Sin tierra donde enterrarlo ni palabras suficientes en su idioma, el protagonista solo puede ofrecerle las pocas palabras suecas que aprendió mirando revistas: beso, paloma, dulce, luna, conejo. Son palabras domésticas, casi infantiles, y precisamente por eso me parecieron las únicas posibles en un lugar donde el mundo humano casi ha desaparecido.

En el fondo el cuento intenta mirar algo sencillo: lo que queda de nosotros cuando desaparecen casi todas las mediaciones de la civilización. En ese límite sobreviven pocas cosas, pero quizá las esenciales: la responsabilidad hacia otros, la memoria de casa y la obstinación de seguir vivo.

Por eso el final no es heroico. Cuando el protagonista ve un barco en el horizonte no piensa en gloria ni en aventura. Solo dice algo más simple:

vuelvo, mamá.

Porque después de haber estado en el borde, lo único que queda claro es el deseo de regresar.


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