Lo vio. No esperaba eso. Se ocultó tras unas cerámicas. Acomodó una, que movió con su codo. Los sonidos del bazar se mezclaban con bocinas de la calle. Desde ahí podía verlo mejor. La figura era inconfundible. Los rulos castaños caían sobre la campera de jeans desgastada. Era su altura y el porte. Les hablaba a dos hombres que lo rodeaban. Se fijó en el movimiento de los labios entre los bigotes de esas personas. ¿Qué les dice? Uno de ellos tomó el brazo de su amigo y lo empujó dentro de la tienda.
Un vendedor lo interrumpió. No le entendió. Una tetera con sus azules y verdes en la mano del hombre que la movía, insistiendo. Le dijo que no con la cabeza.
¿Por qué a él? Se conocían de niños. Un olor a rosas de una perfumería cercana lo impregnó. El aroma le recordó a su madre escuchando tras la puerta de la sala. A su padre, charlando con otros profesores. A él coordinando los panfletos contra el Sha. Las tazas de bordes dorados en la mesa. Los restos de café en el fondo. Y un susurro de su padre:
—Rostam, la SAVAK está en todos lados, hijo. Hasta las moscas le pertenecen.
Uno de los rostros de esa noche parecía estar entre los comerciantes del bazar. Miró dos veces al hombre del turbante que se acercaba; sus ojos negros hacían juego con su capa. La túnica interior blanca estaba abotonada hasta el cuello. El olor a tabaco lo seguía.
«Es el mullah», pensó.
Lo vio ingresar al comercio donde estaba su amigo Kamal. Apretó sus puños. Las articulaciones generaron un ruido vivo, tenso.
Se acercó, oculto entre los clientes. Los rulos de Kamal le cubrían su mirada ámbar. Esos ojos.
Los mismos estaban sentados en los pupitres de caoba, con los libros forrados de azul, en el Dabestan Ferdowsi. El asiento de Kamal generaba un ruido, como una rana, al moverse. El profesor explicaba el Corán con una voz cansina. Y ahí, con una sonrisa tenue, me miró. Ese ámbar único de su mirada, ese espíritu indomable.
—No te animas —le susurré.
Kamal movió el asiento.
El sonido y las risas todavía resuenan en sus sueños.
Un anciano lo tomó del brazo para pasar en ese pasillo atiborrado de clientes y volvió a los sonidos del bazar. Uno de los hombres le mostraba algo a Kamal. ¿Una foto? En ese momento, un perro se detuvo frente a él, entre la gente. El lomo marrón, la boca entreabierta con lengua caída. Su corazón se detuvo. El cuerpo se quedó sin sonidos.
Se vio de niño, diez años recién cumplidos. Caminaba junto a su hermana a pocas cuadras de su casa. Cerca de la esquina, una casa antigua con árboles. Las flores blancas y rosas del membrillo. Se reían de la nada. Ella caminaba tras él con una bolsa de pan fresco. La reja de la casa era verde con unos hermosos azulejos engarzados. El ladrido potente, sorpresivo de un mastín lo hizo saltar. Le pareció flotar esos segundos. Su hermana corrió a abrazarlo.
Se transformó en una prueba. Cada compañero de la escuela caminó esa acera. Ninguno podía recordar el azulejo de la reja.
Hasta que le tocó a Kamal.
Rostam repitió la ceremonia. La caminata hacia la casa de la esquina. Los pétalos caídos formaban un remolino en la acera. La charla amena en espera del momento. Kamal sonreía. Rostam miraba el rostro de su amigo, aguardando el momento. El mastín estaba listo tras las rejas, agazapado, esperando. Fue allí cuando vio el movimiento rápido de la mano de Kamal sobre la reja. El golpe seco, contundente, y el perro asustado gimiendo se alejó de la reja.
—Viste qué hermoso azulejo. Mi padre hace unos iguales.
El perro estaba ahí, parado, mirándolo en el bazar. En el fondo del puesto estaba Kamal. Sobre la pared, decenas de azulejos azules le hacían de fondo. El hombre del turbante le daba la mano a su amigo. El olor a tabaco inundaba los espacios. El mismo aroma de cuando su padre lo llevó a las reuniones de lectura. Rostam se preocupó al verlo. El mullah comenzó a leer las frases del Corán al terminar las reuniones.
—Para parar al Sha, necesitamos a las mezquitas —le comentó su padre.
Esa noche las moscas los seguían a ambos. Y no se olvidó de eso.
Sobre el dintel, se ocultó del perro tras una columna.
Agudizó sus oídos. Kamal iba a ingresar. ¿A dónde? No escuchaba bien. Los vendedores llamaban a sus clientes con un bullicio ensordecedor.
De pronto notó los ojos ámbar sobre los suyos. Kamal se acercaba para hablarle. Los hombres lo siguieron con la mirada. El mullah movió la cabeza. Rostam buscaba un mensaje en el rostro de su amigo de la infancia. Observó caer la foto de un ayatolá desde la mano de Kamal, que rápido la levantó.
¿Les dijo? Las moscas están en todos lados.
Los olores del bazar se mezclaron con el aroma de los membrillos de la casa de la esquina. Con el tabaco de la primera vez que fumaron juntos en un garaje. Con el abrazo transpirado, luego del partido de futbol.
¿Qué hubiese pasado si le tocaba a él denunciarlo?
El ladrido del perro en su mente, en la casa de la esquina, en su vida, en el pasillo del bazar.
La voz grave, como un canto de Kamal mientras lo abrazaba.
—Qué alegría verte. No sabía que conocías el comercio de mi tío.
¿Te muestro unas tazas para tu mamá?
El perro se fue lento por el tumultuoso bazar, pero se quedó de por vida en Rostam.
Nota de autor
Este relato surge de una inquietud persistente: qué ocurre con la identidad cuando las condiciones que permiten reconocerla dejan de ser claras. No se trata únicamente de la vigilancia política, sino de algo más íntimo: el momento en que los vínculos comienzan a ser leídos bajo sospecha y ya no es posible distinguir con certeza entre lealtad y traición.
La escritura se construye a partir de anclajes sensoriales —el bazar, los azulejos, el olor a rosas, el tabaco, el perro— que funcionan como dispositivos de memoria. Estos elementos no buscan describir un espacio, sino activar una experiencia. El presente no avanza de forma lineal, sino que se ve constantemente interrumpido por irrupciones del pasado. La memoria no aparece como reconstrucción, sino como reacción del cuerpo.
El narrador se sitúa en una tercera persona de focalización interna estricta, adherida a Rostam. Todo lo que ocurre está mediado por su percepción: incompleta, interferida, atravesada por la duda. El relato no explica los hechos; los observa desde una conciencia que intenta comprender sin lograrlo del todo. En un entorno de vigilancia, la percepción misma se vuelve inestable.
En el núcleo del cuento se encuentra la idea de la prueba. En la infancia, Rostam somete a Kamal a una prueba simple: el miedo, encarnado en el perro, como forma de revelación. Kamal no se paraliza: actúa, transforma la situación, y en ese gesto queda definido como alguien capaz de ver y responder donde otros no pueden. Esa escena funda una certeza: quién es el otro.
Sin embargo, en el presente, esa estructura se invierte. Rostam ya no es quien prueba, sino quien observa. Y lo que observa no puede ser verificado. El contexto ha cambiado. La vigilancia lo contamina todo. Ya no hay pruebas limpias, solo interpretaciones. El relato no busca responder si Kamal traiciona, sino formular una pregunta más profunda:
¿es posible seguir siendo el mismo cuando las condiciones que definían esa identidad han desaparecido?
La elección de Irán en la década de 1970 responde a esa necesidad. Es un momento histórico donde confluyen modernización, represión estatal y una reorganización del espacio religioso. La presencia de la SAVAK introduce un clima de vigilancia estructural, mientras que el bazar y la esfera religiosa funcionan como espacios donde lo social, lo político y lo íntimo se entrelazan. No hay exterior posible. La metáfora de “las moscas” expresa esa totalidad: la vigilancia no es puntual, es ambiental.
En ese contexto, la prueba deja de ser directa —como en la infancia— y pasa a estar mediada por fuerzas opacas. Ya no se enfrenta un peligro visible, sino una red de significados inciertos. La decisión moral no desaparece, pero se vuelve ambigua.
El perro, como figura recurrente, actúa como un núcleo de memoria que conecta ambas temporalidades. En la infancia, el miedo exigía acción. En el presente, exige interpretación. Esa diferencia marca el desplazamiento del relato: de la certeza a la duda.
En última instancia, el texto propone una inversión silenciosa:
en la infancia creemos poder juzgar a los otros; en la adultez descubrimos que somos nosotros quienes estamos siendo puestos a prueba.
El relato no resuelve esa tensión. La sostiene. Porque en un mundo donde todo es observado, la lealtad no necesariamente desaparece:
se vuelve irreconocible.

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