Sabía que Marcelo me esperaba en la sala de residentes. Cuando la compañera del laboratorio me dio los resultados, sin abrir el sobre, supe el contenido en su mirada. «Llevábamos meses complicados», me dijo mientras me lo extendía. «Cada vez más casos en los transfundidos y diálisis».
El sobre tenía un color raro, entre gris y blanco. Lo cambié de una mano a otra.
En el ascensor me crucé con la residente de ginecología, que se reía de algo que no recuerdo. Se ve que mi cara no era muy buena, porque me dijo:
—¿Estás bien?
Levanté los hombros y el sobre se escapó de mis manos. Planeó. Lo recogí sin mirar.
Caminé sin sentir mi pisada. Me sudaban las manos, así que guardé el sobre en el bolsillo del guardapolvo. De tanto en tanto me percaté de que estuviera ahí.
Me detuve al lado del matafuego que enmarca la puerta de la sala de residentes. Lo toqué como si fuera un crucifijo.
Cuando abrí la puerta, estaba ahí, sentado, tomando mate con unos compañeros. Su mirada en mi bolsillo. El sobre gris sobresalía; con un gesto, me preguntó. Yo entendí que quería saber del resultado. Con la vista le señalé que fuéramos a los dormitorios.
Una semana antes, en la madrugada de la guardia, estábamos sentados hablando de nada, aprovechando que la sala de espera estaba vacía. La radio, bajita, para no molestar, presentaba a una nueva artista pop.
—Es Madonna —me dijo Marcelo.
Me sonreí mientras escribía en una agenda los casos del día y lo que tenía que estudiar.
—¿Ustedes en diálisis hacen los laboratorios nuevos?
Dejé la agenda de cuero negro sobre recetas y resúmenes de historias clínicas y lo miré.
Marcelo era delgado y alto. Buen cirujano. De carácter reservado y meticuloso. Lo noté pálido. No me había dado cuenta de sus labios finos. Noté que buscaba aire y su mirada me era esquiva.
—Las pruebas de Elisa, ¿no? —le dije.
Se acercó a la mesa y asintió. Sus manos temblaron al aferrarse al borde.
—Te das cuenta de que si me da mal, no me van a dejar operar.
Lo vi acariciar su rostro y acomodar su cabello.
Un murmullo llegaba desde la sala de espera. Me hizo un gesto y se fue a ver a los pacientes.
Lo seguí, y le susurré:
—Vente a las seis de la madrugada a diálisis, que te los hago con las muestras de los pacientes. En siete días están los resultados.
Asintió con el rostro y noté sus ojos más claros.
En esos días, lo vi de lejos en los pasillos hacia el quirófano. Giré en otro sentido, buscando el aire de los patios. En las conversaciones del hospital o en mi casa, veía la grilla de tubos. Uno con sus iniciales. Mis labios inmóviles.
Ahora estábamos los dos caminando a los dormitorios. El pasillo da al patio donde hay una fuente con una estatua, entre cipreses. El verde de sus copas se mecía entre nubes grises. Marcelo la observó en silencio mientras abría la puerta de habitación.
Se sentó en el borde de la cama. Una foto de él y su madre en una repisa rodeada de libros en el otro extremo.
Él vivía en la residencia; yo solo usaba mi habitación los días de guardia.
Me señaló la silla. Yo dejé de respirar un segundo.
—¿Sabes qué me preocupa? —me preguntó mientras sostenía sus rodillas.
Mordí mis labios.
—La soledad. Ese último momento, ¿viste?
El ruido de la lluvia sobre la fuente y sobre los cristales de la ventana.
No dije nada y él adivinó el resultado impreso.
—Y la otra, si no me dejan operar, me van a despedir.
Silencio.
Vi su rostro cabizbajo buscando la punta de los zapatos y su voz diluirse con la lluvia.
Observé la foto de Marcelo abrazado a su madre. Y aparté la vista.
Parpadeé, pero mis ojos seguían secos. Mis manos ardidas. Mis brazos me pedían moverse.
Lo abracé.
Sentí su cuerpo tembloroso.
El sobre seguía intacto sobre la cama.
El repiqueteo de las gotas de la lluvia en los cristales parecía un tictac cada vez más fuerte.
—Vuelve a tu casa con tu mamá —le sugerí.
Marcelo me miró y asintió con la cabeza.
—Gracias.
Salí despacio, sin palabras.
En el pasillo, el matafuego rojo. En la ventana, la estatua con su manto y el niño en brazos.
Entré a mi habitación, la cama destendida y la almohada en el piso.
Me saqué el guardapolvo y me metí entre las sábanas.
Sentí un ruido seco caer al piso.
La tormenta seguía y la luz de un rayo iluminó las baldosas.
El sobre gris estaba caído al lado de la silla.
Giré hacia la pared, pero esperé en vano el sueño.
Nota de autor:
Este relato utiliza el entorno hospitalario apenas como una escenografía de paso. El verdadero territorio de la texto no son los pasillos ni los laboratorios, sino el miedo en su estado más puro y abstracto. La medicina es, en esta pieza, solo la capa superficial que permite explorar una tragedia mucho más profunda: la incapacidad del ser humano para articular el consuelo frente al abismo del otro.
El núcleo de la narración es el pavor compartido. No es el miedo a la enfermedad, sino el miedo a la desaparición de la identidad y a la soledad del tramo final. He buscado retratar ese instante exacto en que la realidad se vuelve inabarcable y las palabras se quedan cortas. El protagonista no sufre por un diagnóstico, sino por la parálisis existencial de no encontrar la sintaxis necesaria para mitigar el dolor de su par. Ese miedo a la palabra insuficiente es el que tiñe de gris toda la atmósfera.
He optado por una ejecución basada en el brutalismo narrativo. Mi intención fue despojar a la prosa de cualquier ornamento sentimental, privilegiando la fuerza de los objetos y la economía del gesto. En este estilo, el sentimiento no se explica, se transfiere a través de lo físico: el peso de un sobre en el bolsillo, el frío de un matafuego o el ruido seco de un papel cayendo al suelo. La primera persona funciona aquí como un testigo maniatado por su propio silencio, obligando al lector a habitar esa misma asfixia.
Desde una perspectiva filosófica, el relato explora la claudicación de la razón. Cuando el mundo conocido se fractura, el ser humano abandona sus estructuras de poder (en este caso, la jerarquía profesional) y regresa al refugio primario. La sugerencia de «volver a casa, con la madre» no es un consejo médico, es una regresión existencial: ante la inminencia de la nada, el único camino posible es el retorno al origen.
En última instancia, esta es una historia sobre la fragilidad de nuestros vínculos y sobre cómo, en los momentos de quiebre absoluto, lo único que nos sostiene es el abrazo mudo de quien, como nosotros, tampoco sabe qué decir.

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