Mi cuerpo irá más tarde


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7–11 minutos

¿De que trata este relato breve?

En un patio dominado por una higuera centenaria, una mujer enfrenta la grieta entre lo que ha vivido y lo que ha sido. Un hallazgo inesperado desata una crisis silenciosa. Entre memoria, vergüenza y poder, este relato explora el instante en que la voluntad decide abandonar el lugar que ya no puede habitar.


La higuera llevaba cuatrocientos años en el centro del patio. El tronco enorme dejaba ver sus raíces entre las baldosas. Las hojas verdes se movían de vez en cuando bajo el cielo gris del atardecer.  En un costado, un banco de madera con ella sentada, absorta observando la nada. El rodete tenso de sus cabellos. Sus lentes precisos sobre sus ojos rasgados competían con sus labios finos de dientes apretados. Shizuko acomodó su falda y colocó sus piernas oblicuas. Palpó  uno de los mosaicos sevillanos con sus azules variados que la rodeaban.

«No puedo seguir así», pensó.  Amaba las matemáticas y, como un juego, llevó su vida a una ecuación. Despejar la x. Un movimiento cerca del árbol le llamó la atención. Un pájaro de un negro brillante la miraba. El canto metálico le pareció una melodía cotidiana.

Otras voces llenaron el patio. Sobre los arcos  blancos que daban paso a la galería, los vio llegar.  Sus cuatro hijos con ropas de la escuela. Su cuerpo se elevó como buscándolos; el más pequeño levantó su mano y todos siguieron su camino. El banco sintió el peso de su retorno. Una mano buscó el apoyo de la otra.  Acarició cada uno de sus dedos. 

 Una empleada de la casa se acercó despacio. Shizuko se puso de pie. 

—Señora, la persona de su fundación ha llegado. 

—¿Dónde la recibiré?

La empleada bajó su mirada buscando las raíces de la higuera.

—No hay salas disponibles, pero en uno de los pasillos internos hay sillones. 

La siguió entre puertas de caoba. Las paredes ocres con cuadros simétricos. Sintió la mirada de cada uno de esos rostros  pintados.  Al final de uno de esos corredores, la ventana junto a unos sillones mostraba las luces de las colinas habitadas de Lima.  Una pequeña mesa las separaba de su visita. Primero, notó las patas Luis XV y luego las sandalias de la pequeña mujer. Vio al tordo apoyarse en el dintel de la ventana.

—Disculpe, ¿cómo dice? 

—Ay, mi señora, por su cara me doy cuenta de que usted no sabe nada. 

—No.

—Pues a nosotros nos llega toda ropa deshilachada. 

Shizuko, observó en el rostro cobrizo unos ojos negros tan brillantes como el plumaje del pájaro; sus manos se movieron solas en busca de las de ella. 

Necesitaba aire.  Se movió rápido entre los pasillos. En su mente, una carpeta guardada en ese cajón con llave. La mirada recelosa de su marido. El escritorio de madera lustrada. Vio a los guardias que la miraban. Uno que otro la saludo. Sus cuerpos grises como el cielo. Sus miradas al tanto de todo. 

Uno la detuvo.

—Señora.

—Déjeme pasar, debo buscar un documento.  

Observó las manos grandes y los dedos gruesos del hombre. Lo vio cerrar el puño y tensar sus nudillos.

— Pase

Los marcos dorados de otros cuadros rodeaban el mueble. Miró para todos lados. Lo había visto una tarde pegado a uno de ellos.  Se acercó. Pasó su mano sobre el borde superior. Nada.  Lo levantó y colocó su mano por detrás. Allí estaba pegada con cinta. Una llave pequeña. 

El ruido de la cerradura le pareció estrepitoso. Se contuvo unos segundos esperando el ingreso de los guardias. Estaba ahí. La primera carpeta, como si nada. Las primeras hojas no decían nada. Pero una de ellas encontró todo. 

Doscientos millones de dólares en donaciones desde Japón a la fundación.  A su nombre.

No, el de él. El suyo. 

Las ultimas líneas en la hoja fueron una sentencia. Esos fondos derivados a hermanos de su marido. Llevó sus manos a su garganta. Se aprisionó con fuerza. Solo veía la ropa deshilachada.

—¡No! —su voz sonó ronca, emergió con fuerza.

Recordó a su padre, las horas de trabajo, el silencio como guía.  No te conviene, le había dicho. «Cuánta razón tenías», pensó. Cerró el cajón sin prisa. 

Al salir el hombre, la paró en seco.

—No puede retirar ningún documento de la sala.

La presión sobre su muñeca le hizo soltar la carpeta. Camino erguida, sola por los pasillos. 

Sentía el aire caliente por sus narinas. La voz de un niño, del más pequeño, la llevó a un cuarto.

Los vio a los cuatro sobre una mesa con papel barrilete.  Las varillas cortadas, la cola en costado. ¿Cuándo pasó el tiempo? En ese momento se dio cuenta.  Sobre una vitrina, varios marcos de fotos. En todas, él con los niños.  Ella no. Todo empezó como un juego. Su cuñada, una tarde le dijo:

—Mejor él con los niños. 

Ella se rio esa vez, como si la cámara no la quisiera.  Y un día ya no estuvo más con ellos. 

El pasillo la esperó. En el fondo, una luz tenue como escapándose de la noche. Se detuvo congelada. A lo lejos veía la higuera del patio. 

«Un pie tras otro», pensó.

Haji. El sonido de esa palabra repiqueteaba en su mente. La vergüenza sobre el rostro de su padre. Ninguna mancha. Su madre limpiando los cuchillos de plata. 

Logró moverse. Soportar lo insoportable. Su padre y ella cambiando sus nombres. Recordó sus palabras siendo pequeña.

—El espacio interior es sagrado, mi niña. 

Otro paso en ese pasillo. Una lámina de pintura descascarada cayó flotando, liviana. 

Uchi-soto. Los caracteres pintados en tela, el pincel ladeado para el grosor indicado. 

El canto metálico del ave la devolvió al único espacio que sentía cálido, a la sombra de la higuera. 

Colocó su mano tibia sobre el poderoso tronco. Una luz encendida en un cuarto del segundo piso. La sombra sobre la cortina era inequívoca.

Él había llegado. 

Sintió que la sombra se movía.  Que la buscaba. Como cuando eran jóvenes. 

Lo vio un atardecer; era igual a su hermano. Tenía sus ojos y su sonrisa. La enamoró con cuentas y números.  

Una noche, no sabe cuándo, su voz cambió. 

—En esto, no necesito tu opinión. —Se quedó callado unos minutos y remató— en nada en realidad.

Desde ahí esas palabras la rodearon. 

—No se le ve bien. Esta mujer se pierde. Tu madre no sabe lo que dice. 

Tomó su pecho y apretó su mano mientras la sombra seguía imperturbable en la ventana.

Su cuerpo buscó el banco de madera; a su lado, el tordo daba saltos. 

— Se acabó— dijo.

El pájaro negro voló de su lado hacia la copa de la higuera.

—¡Llévate mi voluntad!—le dijo con voz entrecortada—. Mi cuerpo irá más tarde.

Las hojas verdes se movieron. El tronco como brazos pareció emitir un zumbido. 

La higuera sabía todo.

Nota de autor :

Este relato fue construido desde la contención. La historia no se articula a partir de la denuncia explícita, sino desde la experiencia íntima de una conciencia que se fractura. La elección de una focalización cerrada en Shizuko responde a la necesidad de narrar el poder no desde su ejercicio visible, sino desde su efecto silencioso: la erosión de la identidad. Por eso, los eventos externos —la corrupción, la fundación, la vigilancia— aparecen fragmentados, casi periféricos, mientras el núcleo del relato se desplaza hacia lo corporal: las manos, la respiración, la tensión. El espacio también fue concebido como estructura narrativa. El patio funciona como espacio de verdad, íntimo; la casa como espacio de representación y control; y el pasillo como una zona de tránsito entre ambas dimensiones. La higuera, en ese sistema, no es un elemento decorativo, sino un eje simbólico: un organismo que acumula memoria, que observa sin intervenir, y que encarna una forma de permanencia frente a la fragilidad moral de los personajes.

El relato se sostiene sobre una tensión entre dos sistemas éticos. Por un lado, una matriz cultural vinculada a nociones japonesas como el haji, entendido como una vergüenza que fractura el orden moral, y la división uchi–soto, que separa el espacio íntimo de lo verdadero del espacio social de lo representado. Por otro lado, el contexto latinoamericano introduce una lógica distinta: la normalización de la corrupción, la disolución de la responsabilidad en estructuras familiares y políticas, y la convivencia cotidiana con la impunidad. El personaje se sitúa exactamente en ese cruce. Su conflicto no es solo descubrir un acto ilícito, sino enfrentarse a la imposibilidad de reconciliar ambos sistemas morales. En ese sentido, la crisis que atraviesa no es legal, sino ontológica: no saber quién se es dentro de un sistema que ha vaciado de sentido la noción de integridad.

El punto de inflexión del relato no ocurre cuando Shizuko encuentra los documentos, sino cuando comprende su propia desaparición. Ese momento está marcado por una imagen concreta: las fotografías donde ella no aparece. Allí se revela que su exclusión no es reciente ni accidental, sino progresiva y estructural. La corrupción del marido no es un hecho aislado, sino la extensión de una forma de relación que la ha desplazado lentamente fuera de su propia vida. La frase final, “Llévate mi voluntad. Mi cuerpo irá más tarde”, no debe leerse únicamente como una insinuación de muerte, sino como un acto de escisión. La voluntad, entendida como agencia y núcleo de decisión, se separa del cuerpo, que ha sido funcional a un sistema que ya no reconoce como propio. El ave negra, en ese contexto, no representa la muerte, sino la transferencia de esa voluntad fuera del espacio corrompido.

Aunque el relato dialoga con la figura de la esposa de un presidente peruano, no busca reconstruir un episodio biográfico, sino explorar una posibilidad interior que la historia oficial no registra. La ficción permite desplazarse desde el dato hacia la conciencia, y desde el hecho hacia la experiencia moral. En ese sentido, el relato no intenta explicar, sino imaginar el instante en que una persona comprende que ya no puede habitar el lugar que ocupa. Este texto se escribe desde una pregunta: qué ocurre cuando la dignidad no puede ejercerse hacia afuera. La respuesta que propone no es la acción visible, sino una forma más radical y silenciosa: la recuperación de un espacio interior que no puede ser tomado ni negociado.


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