La boina


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5–7 minutos

¿De que trata este relato breve?

Un hombre espera en una calle de barro. No hay apuro, solo la certeza de que no va a fallar. Mientras la figura se acerca, el presente se mezcla con otro tiempo: una puerta golpeada, el olor a tierra húmeda, los cuerpos en el suelo. No hay explicaciones, solo fragmentos que vuelven y se acomodan…


Me entretuve unos segundos en la grieta del muro. Tenía al final el nacimiento de una ramita verde. Me puse en esa esquina detrás de un gran árbol para ocultarme. Un pequeño remolino levantó el polvo de la calle de tierra sobre mis botas. Las miré, tranquilo. 
Divisé a lo lejos una silueta. Era él. Acomodé el revólver entre mis ropas. Por costumbre me olí la solapa del saco. Sentí la humedad del barco que me trajo hace años. Voy a matarlo. Anoche armé una incendiaria. Quemarlo primero y el balazo después. 

Camina rápido. Mejor. Busqué mi bolsa con la bomba. Estaba en el piso sobre barro. El olor de tierra húmeda se elevó al moverla. El mismo olor. Tenía catorce años, solo con mi abuela, bajo esa tormenta. Golpearon la puerta; el olor a lluvia y barro entró junto al soldado. A la semana sentí los cuerpos embarrados y olor a sangre. Las máscaras de gas esparcidas en el suelo. Uno, que tenía un par de años más, me sacó de ahí.

—¡Corre! —tosiendo, sin parar— los que debían cuidarnos nos matan.   

 Tosí. Me apoyé en el muro con mi mirada fija en la silueta cada vez más cerca.  Un rayo de sol entre los nubarrones me obligó a pestañear. Cinco años corrí de ese barro. Cuando abrí mis ojos estaba en un puerto al sur. Ingeniero White. Llegué con italianos y españoles. Me acomodé a nuevos sonidos. Un par de perros nos recibieron.  Unos días después me dieron el cartón amarillo con mi nombre. La mujer escribió sin sacarme los ojos. Alemania.  Giovani me invitó a dormir con ellos. Era robusto y sonreía por todo.  Fumaba puros y siempre me pedía cerillas. 

Suspiré. Busqué la cerilla. La primera raspada, nada. Ya está a treinta metros. No voy a errar. 

Giovani me llevó al café.  Hasta tarde se discutía de política. Del Nuevo Mundo. El olor a tabaco fuerte.  Las cerillas de mano en mano.  Un día pude leer los titulares de La Antorcha. 

—Si no hacemos nada, nos pasan por arriba —dijo mi amigo. 

La mecha tomó fuerza. Soplé un poco. El olor a petróleo me rodeó. La luz azulada calentó mi barba.   La dueña de la pensión un día me pidió tocarla.  Levanté mis hombros y ella solo entretejió sus dedos entre mis pelos.  Al terminar cada cena, solo a mí me ofrecía de nuevo.

—Mi hijo está de peón. Lejos. Una estancia de los ingleses por Comodoro —me dijo una noche— se llevó queso y la boina de su padre.

Asentí. 

—Tiene grabada la bandera italiana en uno de los bordes. Con estas manos se la hice —me dijo.

Las vi; eran como las de mi abuela. Una bomba se llevó a ella y a mi casa. 

Me acomodé para el tiro. Llevé mi mano atrás para juntar impulso. Una de mis botas se enterró en el fango. Mis ojos se centran en medio del cuerpo, más cerca del cuello que del cinturón. Un par de ladridos.  La calle desolada en el atardecer.   Seguí con la mirada la bola de fuego hasta que estalló sobre el saco azul. Observé cómo la llamarada iluminó un charco de agua amarronada y en él unas gotas de lluvia repiquetearon.   Saqué mi revólver y caminé despacio, las gotas frías en mi cara.  

Esos cristales en el rostro como esa mañana en el bar del puerto.  

Lo vi a Giovani murmurando en una mesa. Moví la silla y me senté invertido, con el respaldar entre mis piernas.

—Los peones fueron a la huelga en los campos de los ingleses —lo escuché decir. 

Escuché el aullido del viento de la Patagonia sobre las puertas del bar. 

No pude entender a los otros compañeros de la mesa. Entre el italiano y el español. Le hice un gesto con los hombros a Giovani.  Vi su mano moverla como una guadaña en su cuello.

—¿Cómo? —le pregunté. 

—Los fusilaron a todos, Kurt. 

—¿Quién?

—El Ejército argentino, Kurt. Los que nos debían cuidar nos matan. 

Mis manos sobre el respaldo de la silla. 

Él estaba sentado a mi lado; arrojó algo al centro de la mesa.

—Los enterraron a todos. Más de mil. El teniente Benigno Varela.

La boina se deslizó para mi lado. 

Mis nudillos rojos. Abrí mi boca buscando aire. En el centro de mesa, la boina. La bandera de Italia bordada. El calambre en mis manos.

Mis dedos agarrotados en el revólver. Lo veo revolcarse en llamas sobre la tierra. Siento el frío metal del percutor. El ruido culmina en medio de la sien. Un disparo.  No gasto más. 

Caminé de regreso a la esquina. Escuché gritos acercándose.

Benigno

Me senté a esperar en el barro. Solo. 

Nota de autor

Este relato fue construido desde una restricción deliberada: narrar la violencia sin explicarla. La elección de una primera persona cerrada responde a la necesidad de situar la experiencia en el nivel perceptivo y no en el discursivo. La conciencia narrativa no interpreta ni justifica; registra. En ese sentido, el texto se organiza a partir de estímulos sensoriales —el barro, el olor, la humedad, el frío— que funcionan como vectores de memoria. La articulación entre infancia, guerra y presente no se explicita, sino que se produce por repetición material de esos elementos. El relato no propone una continuidad narrativa, sino una superposición de experiencias que se activan por contacto.

Los objetos cumplen una función estructural dentro de ese sistema. La boina, por ejemplo, no se desarrolla como símbolo enunciado, sino como elemento recurrente que concentra una carga histórica y afectiva sin ser interpretado. Su aparición no organiza el sentido, pero lo tensiona. Del mismo modo, el fuego y el barro no operan como metáforas, sino como condiciones materiales de la experiencia: uno como irrupción y el otro como permanencia. El relato se sostiene en esa oposición.

La pregunta que subyace al texto no se formula en términos ideológicos, sino éticos. No se trata de evaluar la legitimidad de un acto, sino de situar una experiencia límite: qué formas de respuesta se abren cuando la violencia es ejercida por las mismas estructuras que deberían garantizar protección. El texto no responde esa pregunta ni la desarrolla. La desplaza hacia la experiencia del personaje y la deja en estado de tensión.

Kurt Wilckens llegó a la Argentina tras la Primera Guerra Mundial y se estableció en Bahía Blanca. En enero de 1923 asesinó en Buenos Aires al teniente coronel Héctor Benigno Varela, quien había dirigido la represión de la Patagonia Trágica (1921–1922), donde más de mil peones rurales fueron fusilados. Wilckens fue detenido ese mismo día y asesinado meses después en su celda.


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