Una historia de Gustavo Lorenzo Moretta.
Serie de cuentos o nouvelle de la historia Argentina.

Episodio I
La casa, la escalera, la penumbra. Todo comenzó antes de que ella lo supiera.
I. La Cocina

El sabor de la tarta de queso la consoló: la combinación perfecta de dulce y suave.
Estaba sola en la cocina. Se acomodó en la silla; el embarazo ya le molestaba un poco.
Una miga cayó sobre el mantel de hule. Pasó sus dedos para retirarla.
Era un regalo de su madre.
La radio dejaba escapar los primeros compases de un tango. Elvira sintió que esa melodía la acompañaba mientras se acomodaba en la silla.


El reloj mostraba, otra vez, que debía irse a dormir sola. En el living vio la foto de su casamiento: ella con el pelo largo y él con el uniforme de oficial. Se acercó, como un ritual, y tocó la punta del marco. Fue apagando una a una las luces. Agradeció, viendo la escalera de madera interminable que llevaba al piso superior, que el ejército los hubiera trasladado a una casa con una habitación en planta baja

Hace unos días atrás, con Marta —la empleada—, habían subido al altillo. Era un desastre. Debían quedar todavía algunas bolsas para descartar.
II. Su Dormitorio

Se recostó. Sobre la mesa de luz, el ángel de la guarda.
—Qué hermosa que es esa imagen —pensó.
A su derecha, la ventana daba a la calle. El sonido de la lluvia repiqueteaba. Observó el vidrio brillar con un relámpago. Acomodó la mano siguiendo los movimientos del bebé. Su padre le había dicho que, por la forma de la panza, era un varón. Ajustó la almohada vacía de Antonio. No lo veía bien. Estaba bajando de peso con todo este tema de la política
Su mente volvió a la sala de profesores de su escuela


Se acordó de aquella charla en la sala de profesores de la escuela, hacía unos meses. Una de sus compañeras le preguntó:
—Decime, Elvira: tu marido es oficial, ¿no? —dijo la profesora de Ciencias.
Ella asintió. Observó que una de las celadoras se fue de la habitación. Le pareció ver un gesto de disgusto en su rostro.
—Por fin tenemos algo de orden en este país —comentó la de Matemáticas mientras acomodaba sus carpetas en la mesa
—Te cuento —dijo en voz baja—: una de mis compañeras de la Acción Católica conoce al equipo que está auditando la fundación de Evita. Otras profesoras se acercaron a escuchar.
—Los chicos de los orfanatos comían pollo y pescado tres veces por semana. Estaban llenos de raquetas de tenis y de ropa. Mi marido me dice: “Así se tiraba la plata en las cabecitas negras. Nada de la austeridad que necesita la república”.
—Terrible —se escuchó a coro.
—Ahora bien, como te digo una cosa, te digo otra: Eva Perón no se llevó un peso a su casa. Elvira tocó su vientre. Había algo con la comida de los niños. ¿Y si ella no estuviera? ¿Alguien le daría de comer a su hijo? El cuarto se iluminó otra vez y luego llegó el trueno.
—Buenos Aires y sus tormentas —pensó.
Se durmió tarareando:
“El Ángel vino de los cielos y a María le anunció”.
III. Voces en la Noche

Un ruido la despertó en la noche. ¿Voces? Le costó ponerse en pie. ¿Terroristas? Atilio le había comentado que entraban por la noche. Un ruido a movimiento de muebles. Otro relámpago la reflejó en el espejo del ropero. Una voz grave atravesó las paredes:
—Vamos al altillo.
El Ropero

No estaba segura si conocía esa voz. Los pasos resonaban sobre la escalera de madera. El humo de cigarros la descompuso. Una contracción. Se acercó al ropero. Sin hacer ruido, se escondió entre la ropa. El picor de la garganta le pedía toser. Se contuvo con lágrimas en los ojos. Otro ruido fuerte: muebles que se arrastraban en el piso de arriba.
—Me van a matar.
La lluvia torrencial se acompañó de granizo, golpes duros contra los cristales.
—Antonio, volvé… —rogó.
El Encendedor

Perdió noción de tiempo. La molestia en sus piernas. Estaba acalambrada. Tenía que salir. Recordó que su marido tenía un arma en el cajón de su mesa de luz. El sonido de la puerta de ropero retumbó en toda la habitación. Tropezó con la punta de la cama. Se mordió la lengua para no quejarse. El cajón estaba vacío. Sobre la mesa, el encendedor de su marido. Lo tomó. No escuchaba ya ningún movimiento.
Salió a la cocina. Despacio. No prendió la luz. Nada.
IV. La Escalera y el Altillo

Se prendió de la baranda. Subió escalón por escalón, suspirando. El tufo a tabaco impregnado en la casa. Una de las fotos colgada en la pared era de ellos dos en Mar del Plata, con los lobos marinos detrás.

Al llegar a la puerta del altillo le pareció ver unas velas pequeñas encendidas en la entrada. La luz, muy tenue en el interior. Ajustó la vista. Algo estaba en el centro del cuarto. Un zumbido le creció por dentro. Le temblaba la mano cuando usó el encendedor. La llama creció de a poco desde su mano. Allí fue cuando vio al cadáver.
