El pasillo de la Basílica era imponente, con arcos altos que parecían aplastarla a cada paso. Sor Elena caminó apresurada entre columnas que olían a piedra húmeda y cera derretida. Ella sujetaba la caja con la flor de irupé entre las manos. El peso frío de la cruz en su pecho tiraba hacia atrás; la cadena, tensa, parecía querer anclarla al suelo.
—¿Cuánto tiempo más crees que puedes huir?
La voz resonó en su mente, profunda, grave, arrastrando las palabras. Se detuvo en seco, la respiración áspera.
—No… no lograrás vencerme —su voz fue frágil, un intento de acallar lo que sabía que estaba por venir. Había temido este momento durante años.
—No se trata de vencer… se trata de lo que ya has perdido.
Perdido. Esa palabra. No. No iba a escucharlo.
La voz, muda durante tanto tiempo, volvió a sonar. Sabía demasiado. Conocía aquella noche en la parroquia de Nuestra Señora del Socorro, en Buenos Aires. Las voces bajas no habían sido fruto de su imaginación.
—Cállate —murmuró, casi entre dientes.
Apretó la caja con tanta fuerza que la flor crujió.
—No puedes silenciarme. Yo estaba allí.
El frío metal rozaba su piel a través del hábito. Apretó su crucifijo.
—¿Recuerdas las miradas? ¿Los Esteros del Iberá? ¿La mirada de las dos niñas? Eran dos niñas: la madre y la beba. Yo recuerdo todo, Elena.
Sus manos temblaban.
—No volveré a caer. No, esta vez.
—Ya caíste —la voz le rozó la nuca, fría como agua de pozo.
El eco de cada palabra llenó su mente. La monja respiró hondo y aceleró hacia la puerta de su habitación.
—¿Y qué crees que harás ahora? ¿Esconderte en tu celda? ¿Rezar por redención?
Sostuvo la cruz contra el pecho con una mano, mientras con la otra sostenía la caja. El metal ardía contra su piel.
Al final del pasillo, la estatua de la Virgen María la miraba con ojos de piedra inmutables. La nave central estaba envuelta en penumbra; el incienso formaba espirales lentas que subían hasta perderse en lo alto. Sor Elena sintió la presencia como nunca antes: la Virgen sostenía con su crucifijo entre sus manos. Su mirada en él; sombras delicadas se movían alrededor de la figura. Al principio pensó que era un juego del humo y las velas, pero no… algo estaba allí, algo tangible.
Dos mariposas azul celeste volaban en círculos, con una suavidad que contrastaba con la tensión que la atravesaba. Quedó inmóvil, incapaz de apartar la vista.
Danzaron alrededor de las manos de la Virgen antes de posarse en las palmas que sostenían la cruz.
—¿Qué significa esto?
La voz volvió, suave, implacable.
—No son mariposas, Elena. Son tus guardianas… o tus carceleras.
Corrió a su habitación. Cerró los ojos, intentando calmarse, pero en la oscuridad de sus pensamientos el recuerdo volvió con fuerza.
Estaba en Los Esteros del Iberá, un espejo inmóvil de cielo y selva. La niña en borde de las aguas rodeada de flores abiertas en los irupé. El sol sobre las aguas calmas. Su madre , llena de energía recolectando las flores, como en cada temporada.
—¡Qué blancura, son hermosas! —dijo Elena, mirando la flor en manos de la niña—.
Tienen algo especial, algo que no puedo describir. ¿Cómo te llamas, mi niña?
Ella sonrió, inclinando la cabeza.
—Anahí— le dijo. Las mariposas azul celeste la rodearon , sabedoras.
Esos ojos de esa niña la atravesaron como un hilo que cose un secreto a través del tiempo. Las pequeñas manos en las suyas, sentía el calor en su palma todavía. Tres años tenía cuando la entregó. Dejo a la madre rota en la orilla ,mientras el auto se alejaba de los Esteros. El hombre que le prometió todo manejaba en silencio. Ahí, la traición ocupó su alma cuando él no regresó.
Su valija repleta de sueños esperando en el piso de la parroquia.
La oscuridad del cuarto se apoderaba del aire. En la mesa de luz, el crucifijo emitió un destello de plata. La flor blanca del irupé en la caja de madera acompañó al reflejo.
Sor Elena estaba aferrada al borde de la mesa cuando una mariposa se posó en su mano.
— Te encontraron—dijo el crucifijo— es hora que digas dónde está Anahí.
Nota de autor
Escribí este relato siguiendo el rastro de un peso que no se ve, pero se siente. Sor Elena nació de una imagen: una mujer atravesando un pasillo largo, llevando algo que no puede soltar, mientras una voz invisible le recuerda que el pasado no se archiva. El irupé, las mariposas y el crucifijo llegaron después, como mensajeros inevitables de esa memoria. No me interesaba escribir sobre el bien o el mal, sino sobre la grieta que se abre cuando uno intenta huir de lo que hizo y, sin embargo, lo lleva consigo. En este cuento, la fe no es refugio ni castigo absoluto: es un territorio donde la culpa encuentra su lenguaje.






Replica a Gustavo Lorenzo Moretta Cancelar la respuesta