Sentía las voces en la otra sala. En cualquier momento entrarían. Coloqué mi mano sobre la pierna para que dejara de temblar. Estaba frío, pero abrí la ventana: bordes oxidados, cortinas sucias. No lograba distinguir el cartel de la Comisión Nacional de Pensiones que estaba abajo. Lo habían escrito con una letra grotesca, de payaso. Tenía esos colores entre gris y crema. Lo odiaba. Hacía un año que me habían conseguido este trabajo. Esperaba otra cosa. En mi mente desfilaban imágenes de TikTok, chicos jóvenes que la habían pegado. No podía entenderlo: tengo ojos claros, soy alto.

Otra vez, ruidos en la sala contigua. El ascensor. 

La sola idea de que hubieran puesto a alguien para manejar el ascensor me desesperaba. ¡Solo para apretar botones! El primer día de trabajo, cuando lo vi… medio gordito, con esos ojos achinados. Miré hacia otro lado. Ahora, era el único que me ofrecía café. Llevaba un par de meses viéndolo, hasta que un día le pregunté: 

—¿No te cansa solo apretar botones? —me costó mirarlo. 

—No. También saludo —respondió. 

Me mostró un papel que guardaba: “Buen día. Buenas tardes. Feliz día de la secretaria”. Me quedé mirándolo. 

—Mi mamá me lo escribió —agregó, acomodando su guardapolvo azul. 

Tomé el teléfono para revisar una app. Compré criptomonedas. Entré en Binance, estaba en una apelación. Pagué con todo lo que tenía, incluso con la jubilación de mi abuela, y el tipo no me liberó las cripto. Me temblaban las manos. Imaginaba que mi abuela le había escrito el papelito al del ascensor. Eso me destruía. 

La primera vez que los escuché pensé en la tajada que se llevaban. Estaba en el baño de una oficina poco usada: la de presidencia de la Secretaría de Discapacidad. Me gusta porque está limpia y hay papel higiénico. La voz aguda de la mujer la reconocía cualquiera. Ese día pensé: si me descubren, no cuento la historia. 

Eran dos hombres y ella. 

—Las licitaciones de la compra de medicamentos solo van para esa droguería, ¿me entendés? —la voz masculina era firme. 

La puerta de la sala no hizo ruido. Era la tarde y el último rayo de sol iluminaba un perfil. Tendría unos cuarenta años. Bien vestido, el traje le quedaba pintado. Seguro iba al gimnasio porque se le notaban los brazos. Me lo imaginé en una lancha haciendo surf en Punta del Este, lleno de minitas. Él lo tenía todo y yo, escondido en un baño. 

La segunda vez me preparé. Pasos. Venían hacia la sala. Ayer había comprobado que podía esconderme en un armario de caoba enorme. Saqué cajas y tablas. No eran muchas, pude moverlas. Había un cuadro de San Martín boca abajo. La mirada que me lanzó al girarlo… No sé qué se cree, si se dopaba con opio para cruzar los Andes. 

Los tacos resonaban en el piso de madera. Los reconocí: ella estaba. Mejor. El que parecía manejar el negocio en realidad era un empleado más. Pregunté quién era. Apellido de peso, de presidentes. Fotos en revistas. 

Yo estaba destinado a tener mucha guita. No sé por qué nunca se me da. 

En el secundario pegué el estirón rápido. Jugaba al fútbol, pero me pasé al rugby: ahí estaban los ganadores. El problema fue no entrar en la Universidad de Buenos Aires. Entra cualquiera, hasta migrantes con cualquier cara. 

¿Introducción al pensamiento científico? ¿A quién le importa esa materia de mierda? 

Cuando vi en redes la cantidad de extranjeros que estudiaban con la nuestra… ¡Qué bronca! 

—Nene, pasate a una privada y hacé marketing, va más con vos —me dijo mi viejo un día. Ya llevaba tiempo dando vueltas. 

Me metí en el armario. Busqué la grabadora en el teléfono. Desde el baño no se escuchaba bien, ya lo había intentado. ¿Y si adentro tampoco se escucha? 

Dios mío, Dios santo, ¿qué hago? 

Abrí la puerta del armario. Una planta de interior en la esquina. ¿Si dejo ahí el teléfono? Lo van a ver, me van a descubrir. ¡Cómo late mi corazón, carajo! 

Los tacos. Otra vez al armario. Ella llevaba un traje azul y el pelo teñido de rubio. El reloj… no sé si era un Rolex, creo que no. Era la hermana: la Secretaria de Presidencia. 

Hace unos meses vendí el auto que me regalaron mis viejos. ¡Libra compré! Así me fue. Entonces me fui a vivir a la casa de mi abuela. No hay día en que no me deje un pedazo de torta de limón en el desayuno. Una mañana me dice: 

—Con tu abuelo, cuando compramos la chacra, yo me encargaba de todo. Compraba telas y les hacía la ropa a todos mis hijos. Ahorrábamos todo. 

—En esa época se podía ahorrar, abu —le contesté. 

Ella, con sus ojos grises, me respondió: 

—Trabajábamos, mi amor. Trabajábamos. 

Me faltaba el aire. La puerta del armario apenas entreabierta. Llegaron dos personas más. Hablaban bajo. Alguien entró con café. 

Vi los pocillos blancos con ribete dorado. Una voz grave comentó: 

—Me dijeron que este juego quedó del período de Eva Perón —señalaba la tetera—. Mirá el nivel que tenían… de la taza de lata a la porcelana. 

Las risas llegaron perfectas. Prendí la grabadora. El icono de sonido se movía entre moderado y alto. 

Alguien trajo un expediente. Por la voz, creo que era la gorda de contrataciones. Al principio tampoco le hablaba. Usa ropa colorida y aros grandes. Unos días atrás la encontré llorando: había visto la lista de personal a despedir. 

—Pedrito —me dijo. 

—¿Pedrito? 

—El ascensorista. Hace veinte años que trabaja acá. 

—¿Cuándo? 

—A fin de mes. 

El chirrido de una silla sobre el piso. Lo vi irse al baño. Llevaba un traje pegado al cuerpo. Bronceado de éxito. Me lo imaginé con la cadenita de oro en la muñeca. Martín. Lo había visto en redes, dueño de una compañía de suplementos. 

Vibró mi teléfono. Casi se me cae. Mis piernas flojas. No pude leer el mensaje. 

—¿Me escucho? 

Contuve el aire. Me apoyé contra el fondo del armario. El olor a humedad me provocaba ganas de toser. En el costado izquierdo, una calcomanía: “el Che Guevara”. Esa boina ridícula. 

Uno de los nuevos era de la droguería. Escuché la cifra: una fortuna en dólares por mes. Sentía el móvil caliente en la mano. Quedaba treinta por ciento de batería. Sonó un teléfono. Ella contestó. Los demás, en silencio. 

—Para recaudar más hay que cancelar los subsidios a discapacitados. ¡Como sea! —la secretaria miraba a cada uno. 

—Del contrato con la droguería, que te lo vamos a aumentar mil por ciento, nos pagás —cerró Martín. 

La mujer miró hacia el armario. Sentí sus ojos sobre mi piel. 

—¿Ese armario está abierto? —preguntó. 

Martín se acercó y, con el peso de su mano, cerró la puerta. La llave cayó ruidosa al piso. 

Oscuridad total. No podía moverme. Sentí el giro de la llave en la cerradura. No me atrevía a encender la pantalla. Esperé. Rogué no quedarme encerrado. Recordé la escuela. Cuando elegíamos compañeros y dejábamos al final al peor jugador o al gay. Yo me reía, siempre era capitán. Pero tengo grabados los ojos de un compañero. Lo triste que se ponía, yo esperaba verlo llorar. El profesor miraba y no decía nada. Una vez fui a su casa y me enseñó matemáticas para la prueba. Me fue bien, pero no lo saludé al otro día. 

¿Por qué no lo hice? 

No escuchaba nada. Encendí la pantalla. En un lateral, la madera rajada, debajo del Che. No veía luz afuera. Eran las veinte. Bocinas de la calle, gente volviendo a sus casas. 

La luz se encendió. Me pegué contra la pared posterior. Silencio. 

Por la hendija lo vi a Pedrito barriendo. 

¿También limpia? 

Golpeé la madera. Sus ojos en la rendija. 

—Abrí, Pedro, soy yo, de marketing. 

Cuando abrió la puerta lo vi. Sus ojos rasgados, esa inocencia brutal. Se reía. Estaba feliz de verme. 

—¿Cómo estás? —le pregunté, sin pensar. 

Me sacudió la ropa como para ayudarme. Lo dejé. 

—Ahora que lo veo, contento. Me dijeron que es mi último día hoy. Lo busqué para saludarlo —me comentó. 

Sacó un alfajor de maicena del bolsillo de su guardapolvo. 

—Me lo hizo mi mamá —dijo. 

Lo abracé. No sé por qué, pero lo abracé. 

Bajé el ascensor solo. El espejo me devolvía la imagen. No quería mirarme. No me interesaban ni el traje, ni el reloj, ni los consejos para ser CEO en TikTok. 

Y detrás de mi reflejo apareció Norita. Una novia que me quería y que dejé porque su padre manejaba un colectivo urbano. 

En la calle, el ruido era ensordecedor. El teléfono volvió a vibrar. Quedaba veinte por ciento. 

—Venite al Café Tortoni. 

Sabía de quién era, aunque figuraba “desconocido”. Me concentré en el aroma del café. Lo reconocí apenas entré. Alguno que otro lo saludó. 

—¿Todo bien, pibe? —dijo el periodista. 

Charlamos media hora. No podía dejar de mirar la puerta de entrada. Le compartí un auricular. 

—Te vamos a proteger. No vamos a revelar la fuente. 

Sabía que no sería así. 

La taza estaba vacía. Le envié el audio. Al irme le dije: 

—No me gires nada. 

Nota del autor

Este texto es una obra de ficción que combina lo literario, lo social y lo político. Está inspirado en el clima de la Argentina contemporánea, pero no retrata personas ni hechos específicos. Busca explorar las tensiones entre el poder, la vulnerabilidad y la memoria colectiva.


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2 respuestas a “El último día de Pedrito”

  1. Avatar de angeldecaffeinated3310ba1571
    angeldecaffeinated3310ba1571

    He pensado en la actualidad de tu relato, moderno y a la vez un clásico en este mundo ultracapitalista. Hermoso leerte .

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    1. Muchas gracias por tu comentario, me ayuda mucho a mejorar como escritor

      Mis relatos nacen de la herida compartida. No busco héroes ni villanos, sino rostros, voces, gestos pequeños que revelan el peso de la injusticia. Escribir, para mí, es un acto de memoria y de resistencia: una forma de interpelar al otro a través de la crudeza de lo cotidiano.

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