El humo circuló entre los bailarines, siguiendo la música del bolero. La voz afinada del cantante y el ruido de las guitarras la acompañaron desde el momento en el que se sentó en su mesa como cada jueves. Rosa miró la puerta vaivén, esperando su entrada.
La canción se acomodó en su alma y esa voz recorrió el salón:
« La luna susurra secretos que no te conté »
Una luz curiosa se reflejó en la copa de vino blanco, dulce y frío como le gustaba.
Una pareja danzó como una sombra sobre su costado. Pudo ver el rostro de ella: sonreía. Se imaginó un comentario al oído de él. El vestido azul le marcaba la cintura y él movía sus pies con sus zapatos bicolores. Los observó danzar hacia el escenario. La banda ejecutaba el ritmo maravilloso de un bolero. El requinto dio esa melodía expresiva que amaba.
«Confesión de medianoche, se me quiebra el corazón».
La media luz sobre el escenario mostraba las manos del pianista sobre el teclado. Ella movió sus dedos sobre la madera siguiendo las notas. Sonrió. A mí me sale mejor. Observó la puerta vaivén de la entrada. Era de cedro rojo con un vitral. Flores de lirio en tonos azulados y blancos. Ya va a venir.
Cruzó sus piernas. Las colocó en diagonal; sus zapatos color canela esperaban el momento de ir a la pista.
Recordó cuando lo conoció en sus treinta. Lo vio en el medio del baile. Tenía un traje a rayas finas que le quedaba pintado. La primera vez que bailaron, le susurró al oído
—Eduardo, me llamo.
Su voz ronca con un dejo a barrio que la enamoró.
El pianista siguió con su repertorio. Y ella cantó con ellos:
« A hacer mayores mis contadas alegrías
Y a ser dichoso, yo contigo lo aprendí »
Cerró sus ojos y se vio. El vestido rosa. Ese día llevaba bucles en el cabello. Notó la mirada perdida de él. Consiguieron el mismo salón. Las mismas puertas vaivén. Buscó la esquina donde estuvo la torta de bodas. Era cerca de donde ahora estaba el escenario.
Un ruido entre los pies de la mesa la devolvió a los boleros del salón. Lo primero que vio fueron sus zapatos. Se puso los marrones. Acomodó su cabello corto con coquetería y le sonrió.
Él traía su copa de vino malbec. La elevó en busca del brindis.
—Por los dos —dijo ella sonriendo.
Algo le susurró al oído; pero no pudo escucharlo.
El camarero de siempre se acercó. Dejó un jazmín en la mesa. Ella lo elevó a su rostro. Era un aroma que le duró toda su vida.
Sintió el contacto de su piel cuando Eduardo le ofreció su mano para ir a bailar. La música se coló entre los danzantes.
«Contigo aprendí »
«¿Qué puede un beso ser más dulce y más profundo »
Sus manos le recorrieron la espalda. Esa energía de estar juntos de nuevo. Su rostro, por momentos joven y por otros, se detuvo en cada arruga. Porque eran de ella. Siempre.
« Que puedo irme mañana mismo de este mundo
Las cosas buenas, ya contigo las viví »
Giraron varias veces. Ambos rieron y se contaron anécdotas que solo ellos sabían.
Él le inventaba historias. No podía cantar. No había nota que colocara bien. Sin embargo, en sus pies sentía la música. Entre risas contaba que el problema fue que le robaron su voz. ¡Si no, qué cantante sería!
—¿Todo bien? —preguntó el camarero llevándose una copa.
Ella solo le sonrió. La puerta vaivén le trajo un rostro conocido. Le señaló con un gesto.
—Dime si no es parecido a ti?
—¡De joven, puede ser! —le dijo él sonriendo.
«Reloj, no marques las horas porque voy a enloquecer
Ella se irá para siempre cuando amanezca otra vez»
Ambos miraron el escenario. La voz del cantante atravesaba el tiempo y el espacio.
Todos los jueves se preparaba. Buscaba su vestido y los zapatos. En una caja nacarada tenía algunas joyas. La elegía con detalle, ya que cada una guardaba una historia.
Un anillo de zafiro. Ese no. Llevaba tosiendo varios meses cuando se lo dio. Deja el cigarro. Pero él no pudo con su genio.
Eligió un colgante pequeño con un cristal rosa. Ese sí.
«Cerca de ti, aunque estés lejos de mí, porque te llevo en mi pensamiento,
Porque te siento en mi propio vivir»
—Este tema es de Garrido —le dijo.
—Sí, claro —le dijo Rosa bebiendo un poco de vino.
—¿Sabías que su mujer le escribió una nota cuando estaba mal de salud?
Sus pies se movieron bajo la mesa.
—No —dijo Rosa y se acomodó su cabello. Giró su cabeza en busca del escenario
—Amado, toma mi mano y llévame contigo —eso le escribió —le comentó Eduardo.
—Sabes que… yo creo que el amor no se va nunca.
El joven parecido a Eduardo se sentó en la mesa.
—Mamá, ¿estás bien?
El camarero pasó cerca de la mesa y saludó al hijo de Rosa con un cabeceo.
—¿Te llamó él? —preguntó Rosa.
—Sí.
—¿Te has puesto traje?
Su hijo sonrió.
Qué increíble tiene tu risa.
¿Lo has visto?
Tomó la mano de su hijo y fueron al escenario. La banda tocaba.
«Sombras nada más, acariciando mis manos,
Sombras nada más, en el temblor de mi voz»
Mientras danzaban, lo vio a él mirarlos desde la mesa. Ahí estaba su Eduardo. Lo imaginó moviendo los pies bajo la mesa.
—Mamá. ¿Esto no te hace mal?
—Bailar, mi niño, no.
—Pero deberías dejarlo ir. ¿No te parece?
—¿A quién?
Rosa observó en sus ojos la preocupación.
—El recuerdo, no mi vida. Nunca.
Siguieron bailando en silencio. En la última pieza, Rosa le dio un beso a su hijo y murmuró:
—Se va …si lo olvidas.
«Pasarán más de mil años, muchos más. Yo no sé si tenga amor la eternidad.
Pero allá, tal como aquí, en la boca llevarás sabor a mí»
Nota de autor
Escribí este cuento desde la intuición de que el amor no desaparece cuando termina la presencia física, sino que encuentra otros modos de permanecer. El género romántico suele narrar encuentros y pérdidas; yo quise explorar esa zona intermedia donde el afecto insiste, donde lo vivido se sostiene en la memoria y cobra un pulso propio.
En esta historia, la música funciona como puente: un lenguaje capaz de despertar gestos, voces y presencias que el tiempo parecería haber borrado. Creo que cada persona guarda un lugar —un salón, una mesa, un bolero— donde el recuerdo se vuelve una forma de compañía. Ese espacio íntimo, casi sagrado, es el que intenté habitar con estas páginas.
Más que hablar de duelo, busco hablar de continuidad: cómo ciertos amores, lejos de extinguirse, encuentran en la memoria un territorio donde seguir respirando. Porque a veces no amamos a pesar del recuerdo, sino a través de él.





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