Román logró poner la cuarta marcha de la pesada camioneta y aceleró por la carretera con nieve. Ganev observó los cambios en silencio. Un gitano amigo les rentó una camioneta por una semana. Era la madrugada del uno de marzo de 1978 cuando llegaron a Corsier-sur-Vevey.
Los abedules se movían con la ventisca. El cementerio era pequeño, con tumbas bajas.
—Qué frío que hace —dijo Ganev sosteniendo la pala sin guantes que tomó de la tolva. La lona cobertora quedó al costado acumulando cristales.
Caminaron ambos con palas en las manos por pasillos angostos. Las lápidas en blanco, como la nieve que se juntaba alrededor. Se detuvieron en una de fecha reciente: veinticinco de diciembre.
—¡Esta es!
—Sí. Le tocó en Navidad.
—A todos nos llega.
Roman empezó a cavar. Las palas de tierra iban dejando montículos alrededor de la fosa. La escarcha daba reflejos con la luna.
En un momento sus miradas se encontraron. Román con sus veinticuatro años y Ganev con sus cuarenta.
—No me gustaría pintar el taller de gris —dijo de repente Román.
Ganev asintió con un cabeceo y siguió cavando hasta que el metal chocó con la madera del cajón.
Luego de dos horas de pala lograron sacar el féretro.
—Pesa una enormidad.
—Más de cien, seguro.
—Pero sí era delgado el difunto.
—¡Será la madera! ¿Has visto las manijas? Son como de bronce.
Lo arrastraron como pudieron. Para subirlo a la tolva, valió más la maña que la fuerza.
Román lo tapó completo. El regreso fue más rápido.
—¿Te imaginas si armamos el taller en un buen barrio? —dijo Román-
—Estaba pensando en poner el elevador adelante para que todos lo vean —comentó feliz Ganev.
—Una máquina de café y dos sillas. De las buenas, con tapizado. ¿Qué te parece?
A la madrugada arribaron al taller en el barrio de Renens. Ya se sentía el bullicio de los trenes.
—Lo dejamos en la camioneta. Y en un rato abrimos como si nada. —Va a parecer que estamos arreglándola —comentó Roman.
—¿Y el rescate, cuándo lo pedimos?
Román miró la camioneta y su taller. Se preguntó si todo esto era una buena idea.
Hace tres meses, unos días antes de la Nochebuena, cansados de esperar que entrara un cliente al taller, se cruzaron al bar de los italianos.
«De ahí vino la idea», pensó.
Ese día como siempre, Román miró las paredes en búsqueda de alguna foto de los equipos de fútbol de Polonia. Pero nada.
Botellas verdes y ámbares en las repisas. Y todas las fotos de equipos italianos. Una mesa redonda pequeña estaba vacía; allí se ubicaron.
El mozo les alcanzó dos caffè corretto, para Román con grappa (aguardiente de uva) y para Ganev con sambuca (licor de anís).
Pietro los saludó. Mirando al barman, gritó:
—¡Llegaron los polacos!
Se les unió arrastrando una silla vecina. Él tenía un buen trabajo en el ferrocarril. Era soldador.
—Yo soy húngaro —reclamó Ganev.
Román lo palmeó. Charlaron de lo difícil que estaba el trabajo. Pietro comentó sobre las organizaciones sindicales.
—¿Cubrieron la renta ya? —les preguntó preocupado.
Román sabía que él era un buen amigo. Se encogió de hombros. Ayer habían atendido al único cliente de la semana. Dividieron en tres el dinero del trabajo. Una parte para la lata del alquiler y las otras a cada bolsillo.
La lata estaba por la mitad y era fin de mes.
Pietro pidió un panino con queso y lo partió en tres.
Ganev le agradeció con la mirada y le preguntó por el mundial de fútbol del año próximo. A sabiendas de su fanatismo.
—Ma come, nosotros tenemos a Paolo Rossi e impecable a su seleccione—comentó Pietro.
Entre el overol azul, el italiano sacó un diario para mostrar cómo eran los partidos en Argentina, pero un título llamó la atención de Román.
—¿Y esto? —preguntó.
—Ah sí, han robado un cadáver y pedido rescate.
—¿Y lo pagaron?
—¡Sí! Todavía no encuentran a los delincuentes. Negocio pleno.
Al amanecer del otro día abrió las puertas de su taller. El féretro en la tolva. Ganev había comprado el periódico y llegó unos minutos más tarde. Los titulares del robo al cementerio, con las fotos del lugar, estaban en las primeras planas.
—Hoy a la tarde llamamos a los familiares —comentó Román.
Por medio de un jardinero obtuvieron el teléfono de la viuda. Observó la mancha de humedad en el techo. Crecía cada día.
—Hay que usar teléfono público —dijo Ganev.
Llegaron a la plaza. Unos niños jugaban con sus madres distraídas. Marcó los números que tenía escritos en un papel con una mancha de grasa gris.
«¿Por qué no atienden?», pensó.
Luego de varios intentos escuchó la voz grave:
—Residencia Chaplin.
Cortó. No sabía bien qué decir.
No supo por qué, pero en su mente se le vino la imagen de su festejante: Fiorella. Todavía no era su novia. Recordó que meses atrás fueron a verla cantar.
Allí fue cuando Ganev le preguntó:
—Roman, ¿esta muchacha sigue con la idea de ser cantante?
—Sí.
—Pero le has dicho que desafina.
—No, no le he dicho.
«Sin dudas no es buena idea que cante», pensó
—Ni siquiera conozco su casa, ¿qué le voy a decir?
Marcó de nuevo y cuando escuchó la voz le dijo:
—Tenemos el cuerpo, déjeme hablar con la viuda o corto la llamada.
—Un minuto, por favor.
Una musiquita de charlestón se escuchó en el auricular.
—¿Sí? —dijo la voz de mujer del otro lado
—¿Es la viuda de Charles Chaplin?
—Así es.
Los ojos marrones de Ganev le preguntaban qué estaba pasando. Tapó con su mano el auricular y le confirmó que tenían a la viuda.
—Señora, simple y claro. Nos da 600.000 francos y le devolvemos a su amado.
Del otro lado de la línea se hizo silencio.
Román y Ganev movían sus puños y se escuchó de ambos un susurro:
—¡Vamos!
Pasaron unos minutos de silencio. Román observó el auricular callado.
—¿Hola? —preguntó.
—Sí, sí estoy. Mi respuesta es simple y clara: No.
—¿Cómo que no?
El click del corte del llamado desestabilizó a Román. Sentía los desafinados cantos de Fiorella en su mente.
Volvieron al taller en silencio. Cada uno en su mundo. Pasaron por una calle llena de restaurantes. El olor a comida se filtraba en cada paso.
Recordó a su madre preparando sopa de remolacha roja clara con uszka rellenas de setas silvestres para las fiestas de fin de año. Esa tarde que le dijo que se iba.
—Bueno mi hijo, hemos sufrido mucho en Varsovia, si te tienes que ir .. Ve.
Se tocó la mejilla para ver si sentía el beso tibio de su madre.
«Y dos años después, sigo igual… no peor y sin sopa», pensó.
Tropezó con una baldosa despegada de la acera.
—Debemos bajar el precio —dijo Ganev viéndolo trastabillar.
Román lo miró.
—Sí, y además guardar el féretro en otro lado y devolver la camioneta.
Estaban por cerrar más temprano de lo habitual cuando llegó Fiorella con un primo para arreglar una moto.
Ganev los hizo pasar y se puso a revisar la Vespa. Cuando Roman salió del baño, vio a Fiorella apoyada en la tolva. «Se me paró el corazón».
Ella miraba curiosa el bulto enorme de la carga.
Él le dio un beso y la invitó a tomar un café al bar de los italianos. Ganev le hizo una seña para que se fueran.
El bar estaba repleto y el único televisor estaba en el canal Télévision Suisse Romande. La música de violines le llamó la atención. Era una de las pocas películas que había visto de niño.
Fiorella también se detuvo mirando la escena. La mirada del personaje cuando la florista le reconoce el gesto y aparecen las letras: ¿Puedes ver ahora?
Se sentaron en la última mesa. Ella le tomó sus manos.
—¿Estás bien? ¿Novedades? —le preguntó.
—No ninguna.. aunque… no te ha pasado que haces cosas que no sabes por qué las haces.
Ella lo miró curiosa.
—Me sabe pasar eso cuando canto. Me pregunto ¿cuándo me saldrá bien?
—¿Y?
— Bueno justo eso , me lo pregunto siempre que termino de cantar… en el escenario.
Nota del autor
Este relato se apoya en una de las anécdotas más surrealistas del siglo XX: el robo real del cadáver de Charles Chaplin en marzo de 1978. Los nombres de los protagonistas, Roman Wardas y Ganev Janev, así como el escenario de Corsier-sur-Vevey y la respuesta final de la viuda, pertenecen a la crónica histórica. Sin embargo, el interés de este cuento no reside en la reconstrucción del crimen, sino en la filosofía que late detrás de él: la peligrosa seducción de las ideas inútiles.
A menudo, los seres humanos no somos movidos por la lógica, sino por el resplandor de planes que, en la intimidad de nuestra desesperación o de nuestro entusiasmo, parecen brillantes, pero que están condenados por su propia naturaleza absurda. Al igual que los Roman y Ganev reales, todos hemos cavado alguna vez en el lugar equivocado, convencidos de que el peso que arrastramos es un tesoro, cuando en realidad es solo madera vieja que nadie reclama.
La figura de Fiorella —esa cantante que sabe que desafina pero que vuelve a preguntarse por qué falla solo al bajar del escenario— es el espejo de los protagonistas. Representa ese paréntesis de ceguera voluntaria en el que todos entramos cuando nos tienta una idea disparatada. Mientras cavamos o mientras cantamos, creemos haber burlado al destino. La verdadera tragedia no es el fracaso, sino el momento del despertar: ese instante en el que la realidad nos devuelve a la quietud de nuestras manos sucias y nuestros talleres vacíos. Este relato es, en definitiva, un homenaje a esa terca humanidad que prefiere aferrarse a una idea absurda antes que aceptar el silencio de la derrota.
La narrativa de este cuento se sostiene en la desproporción: la distancia insalvable entre la épica de un robo histórico y la modesta ambición de un taller mecánico con sillas tapizadas. Es el relato de un clímax silencioso, donde el verdadero giro dramático no es el éxito o la captura, sino el «clic» de un teléfono que devuelve a los protagonistas a su realidad desnuda y gélida.
A través de la simetría entre el crimen de Roman y el canto desafinado de Fiorella, el texto explora la ceguera voluntaria como motor humano. Lo narrativo aquí no busca resolver un misterio policial, sino retratar ese instante en que la idea brillante se apaga, convirtiendo el supuesto tesoro en un bulto pesado que solo nos recuerda nuestra propia e inútil humanidad.





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