El espejo estaba igual que siempre. Pero la imagen ya no era la misma. No eran solo los años.
—¿Te diste cuenta, no?
El espejo no respondió.
Sobre la mesa estaba la base color piel.
Presté atención a los ruidos que dejaban las pisadas en la madera.
«La gente que entra», pensé. Tomé la base y la esparcí por cada pliegue de mi rostro. Me imagine distribuirla por todo mi cuerpo y desaparecer.
Como la vez que mi padre me vio. Esa vez tenía doce o diez, pero tuve el detalle de pintar mis labios sin salirme del margen. También pedí desvanecer como el humo de un sahumerio, pero no ocurrió. A los meses, él se fue en busca de otra vida y yo me quedé, un rato con cada quien, hasta que mi abuela me vino a buscar.
Ella cosía para afuera, eso me decía. La máquina hacía ruido hasta altas horas. Yo me quedaba en la silla, viéndola y aplaudiéndola cuando terminaba cada prenda. Los volados me encantaban. Un día me hizo probar un vestido, que era para la hija de la profesora de la otra cuadra. La que daba clase en una escuela pituca.
No me olvido cuando me vi en el espejo; y la vi sonreír. No sé si era por el vestido o por mí.
Mi reflejo me miraba cuando escuché risas lejanas y los tres golpes secos en la puerta del camerino.
«Primer aviso», dijo una voz ronca.
Me sobé lento a la altura del ombligo. El dolor iba y venía sin ninguna educación. Hace un par de años me desperté hinchado. No solo: no me entraban los zapatos, no me cerraba la camisa.
El primer golpe que la médica me dio con un dedo en mi abdomen me sobresaltó. Sonó como agua moviéndose. No sé cómo, ese día terminé viendo cómo una aguja enorme entraba como quien conoce y me sacaba un líquido de la panza que luego supe que no pararía jamás.
La etiqueta vino más tarde: cirrosis.
Cuando la leo, me da como risa. Tiene como una cadencia alegre. Es como la onomatopeya de un grillo.
Un destello en el espejo. Sobre una repisa, la foto de mi abuela, que me cuida, acompaña ese brillo inesperado.
Tengo ojeras. Son grises. Como el cielo. Podría asegurar que, además, tienen vida propia. Si alguien no les gusta, se expanden hasta la comisura de mis labios. Terrible. Isabel, la equilibrista, me dijo: «usa esto», y me alcanzó un pote. Es un frasco blanco que no te dice nada, lo hace la dueña del circo, que es serbia. Es como una fórmula de las que se heredan. Es de color naranja; una vez me la puse en la nariz, la perdí de vista unos minutos.
—Maravilloso.
La compañía tiene más de seis generaciones, así que no sé muy bien quién es el serbio.
Las ojeras, estas últimas semanas, me están costando taparlas y la fórmula es la misma.
Otra vez el dolor. Ya no lloro, porque he llorado mucho.
Lloré con cada golpiza. Me desperté una vez sin dientes. Dos menos. Se puede decir que fue mi fiesta de quince años. Fueron varios; a uno, que se le cansó la mano, me los dejó envueltos en un pañuelo.
Los guardo… Algún día me lo voy a encontrar, tal vez a la salida de la función. Ya estaría grande, como yo, o unos años más. Se me acercaría cauteloso a darme la mano. Nadie fue tan gentil. Los encontró en el piso y me los envolvió. Tal vez en otra vida, yo podía usar vestidos y él me pasaría a buscar. No sé si tomaríamos un helado; por ahí, me regalaría un libro.
Puse mis dientes en un frasquito de perfume. Lo tengo en una caja aterciopelada, envuelto en el pañuelo. Tiene bordada una R. Le agrego perfume de hombre que solo compro para él.
Tosí y siento que mi panza se mueve sola. Sobre una de las sillas están las múltiples faldas que me coloco. Con volados, bordados y moños. Un exceso.
Un día me pidieron que me disfrace para una especie de show cómico. El de siempre, para burlarse de la marica, del cabro, el nombre es lo de menos.
Había visto ese show.
El humorista caracterizado de mujer. Noté la burla y el menosprecio.
Eso no.
Les pedí una semana, me inventé un viaje.
La máquina de mi abuela quedó agotada. Una dama antigua fui. La gente me tomaba fotos. Lo increíble es que no se burlaron. No pudieron.
Solo usaba mis trajes para las funciones. Los coloco en cajas numeradas por colores y géneros.
La otra vez, le llevé un álbum de fotos a mi médica. No tengo casa donde caerme, pero guardo cada vestido de mi carrera.
La vi asombrarse de las capas de telas y tules.
Pasé mis manos por el borde de su escritorio.
—¿Y por qué me dio esto, doctorcita?
Noté su mirada de asombro.
—Ya lo hablamos… es un combo entre una hepatitis y el alcohol.
El alcohol.
Era adolescente cuando empezó, un poco de vino, hasta que las botellas se acumulan vacías en el piso de la cocina. Cuando la soledad no se calmaba, la botellita de la farmacia. Ese alcohol era el que me quemaba. «Para sentir», me decía.
Cuando conseguí un trabajo regular, al ponerme mis vestidos, ahí sí no bebía. No podía hacerles eso a ellos, pero ya fue tarde para esta vida.
Me acuerdo que una vez llegué mal al carromato y el hijo del serbio me dijo:
—Así no entras.
Esa noche no pude usar mis trajes.
Me senté bajo un toldo cerca de los caballos.
Un compañero que ya no está se sentó a mi lado y me dijo:
—Tu público te extrañó.
Lo miré. Era una persona pequeña que tenía un clavel enorme en la solapa.
Solo le tomé sus manos y lloré.
Empecé a llegar limpia los días de función, solo esos días.
Cuando en el hospital me dijeron que no había tratamiento, ni siquiera trasplante por beoda, no opiné.
Si era cierto.
Estuve internada hasta ayer.
Firmé mi alta y me fui.
—¿Sabe lo que significa?
Me encogí de hombros y me encaminé al circo.
Le pedí al taxi que me bajara una cuadra antes.
Me sostuve la panza al caminar, buscando el aire en cada suspiro.
Y vi la marquesina. Mi foto con mis vestidos.
Sentí las miradas de todos al ingresar.
La equilibrista me tomó del brazo y me ayudó en cada metro.
El espejo me mostraba las sombras en mis ojos. Los labios perfectos. El vestido como una novia.
Busqué en la cajita el pañuelo y lo coloqué entre mis ropas.
Otra vez el golpe seco en el camerino.
Escuché el nombre de mi personaje.
Es esa quien soy.
Sé que es mi último show y va a ser deslumbrante.
Escuché los aplausos y entré.
Nota de autor
Este cuento se cuenta desde una sola voz, en primera persona, instalada en el presente del camerino mientras su protagonista se prepara para la última función. Es una narradora protagonista que no se explica: nombra los objetos —la base color piel, el frasco blanco de la fórmula serbia, el pañuelo bordado, los dientes en el frasquito de perfume— y deja que el lector arme el sentido. Me interesaba un narrador que revelara la identidad por acumulación, nunca por declaración. Así se revelan las identidades en la vida: por gestos, por prendas, por la forma en que alguien se mira en un espejo. No por anuncios.
Estructuralmente trabajé con dos tiempos trenzados. El presente del camerino —el maquillaje, los tres golpes en la puerta, la marquesina— sostiene el hilo; sobre ese hilo se engarzan los recuerdos, que no aparecen en orden cronológico sino emocional. Cada objeto llama a una escena: la máquina de coser trae a la abuela, el vestido trae a la profesora pituca, el pañuelo trae al que pegó. El cuento se viste despacio, como la protagonista, y cada prenda trae una vida.
Me importaba más el tono que el argumento. Buscaba una voz capaz de decir cosas terribles sin amargura y cosas tiernas sin sentimentalismo. Una voz que le encontrara cadencia alegre a la palabra cirrosis y perfumara con colonia de hombre los dientes que le arrancaron. Esa distancia tonal sobre el propio dolor —ni queja ni resignación, sino algo más difícil: aceptación lúcida— es, para mí, lo que define al personaje. No hay víctima en este texto. Hay alguien que decidió no serlo.
Lo filosófico
Hay una pregunta que atraviesa todo el texto y nunca se formula: dónde vive una persona. El cuerpo de la protagonista está traicionándola —se hincha, pierde dientes, acumula líquido. El cuerpo, aquí, es lo que se rompe. Pero ella sigue ahí. El cuento responde de a poco, y la respuesta es incómoda para cierta metafísica: ella vive en los gestos y en los objetos. En el margen perfecto de los labios pintados a los diez años. En el vestido que la abuela le probó. En el pañuelo bordado. En las faldas numeradas por colores. La identidad no está adentro sino distribuida afuera, en cosas y rituales. Por eso el maquillaje no es máscara: es revelación. Ponerse la base no la oculta, la trae a existir.
De ahí una tesis implícita: el gesto precede al ser. Ella no se viste de mujer porque sea mujer; es mujer porque se viste, porque elige, porque insiste. Ser performer no es metáfora: es literal. La existencia es performance, y eso, lejos de banalizarla, la vuelve más profunda. Cuando escucha el nombre de su personaje y dice es esa quien soy, no está diciendo «ese es mi disfraz». Está diciendo lo contrario: el personaje no es la ficción, es la verdad. El cuerpo asignado, el nombre civil, la mirada del padre —eso era la ficción. El personaje es el lugar donde por fin coincide consigo misma.
Y hay una ética de la alegría que el cuento no nombra pero practica. A una vida le pasó todo lo que puede pasarle: abandono, violencia, soledad, alcohol, enfermedad terminal. Y sin embargo la voz no se queja. Sobre el dolor todavía se puede poner un vestido, un pañuelo, un show. No es negación del horror —el horror está todo nombrado en el cuento, con crudeza— sino su transfiguración. La diferencia entre la queja y el arte es esa: el arte sabe que el horror existió y decide, aun así, entrar a escena. La escena del humorista condensa esa ética. Le piden que se burle de lo que ella es, y ella responde volviéndose más digna, más hermosa, más ella. No pudieron. Dos palabras que contienen una posición moral completa.
El cuento termina en un verbo solo, sin objeto ni circunstancia: entré. Es deliberado. No entra a escena, no entra al escenario, no entra a morir. Entra. Porque el punto no es adónde. El punto es que entra siendo quien es.
El título nombra el secreto sin revelarlo. Hay una letra bordada en un pañuelo, y esa letra no es lo que parece. El lector que la lea bien, leerá el cuento entero.

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