Prisha acomodó su rodete. «Tirante», le dijo su madre esa mañana. Su uniforme caqui le quedaba ceñido. Tomó aire escondiendo el abdomen. No es para tanto. Ruidos en el pasillo de la central de policía de Mumbai. Sus compañeros corrían a la salida.
—¿Oficial Prisha Deshmukh? —preguntó el hombre transpirado por la carrera.
Ella asintió viéndolo sentarse a beber agua.
—Hay… un artefacto en la Puerta de la India.
En la puerta de la oficina apareció su jefe. Con una mirada, le pidió que lo siguiera.
—¿Qué se sabe, señor? —murmuró trotando tras él.
—No mucho, lo detectaron a las nueve horas bajo el arco mayor de la puerta.
El sol del estacionamiento la encandiló. Sobre uno de los laterales, en un furgón negro, los policías del Escuadrón Antiterrorista de Maharashtra trepaban por la puerta posterior.
Su jefe le señalaba la camioneta con las llaves en la mano.
—Venga conmigo en el asiento delantero —le ordenó.
El plástico crujió sobre el cuero del asiento. El bigote tupido se movía.
—Disculpe, no le entiendo.
El jefe la observó intrigado.
—No dije nada.
¿Tiene un tic?
El estruendo de las patrullas se llevó el resto de las palabras en el habitáculo del Mahindra.
La oficial observó el resto de las fuerzas movilizadas tras los cristales. Las calles repletas de mujeres y niños.
—El resto del equipo ya está en el lugar.
—¿Paquistaní? —preguntó. Su voz le sonó chillona.
—Es probable.
El sonido de un teléfono la sobresaltó. Colgada del espejo retrovisor, una imagen de Krishna niño se movía. La detuvo con sus dedos.
Escuchó a su jefe responder: «Sí, está aquí». El auricular negro destacaba en su oído.
Prisha palpó su arma pegada a la cadera. Bajó el cristal de su ventana dejando paso a una tenue brisa.
—Por su edad, hace veinte años era una niña, pero todo, en esta zona, fue… —comentó el jefe.
El bigote. Una barrera negra que se movía sin destino.
Tictac.
Miró el reloj de pulsera, que le regaló su padre cuando entró a la escuela de policía. Le dijo que era de oro, pero ambos sabían que era enchapado.
—¿Usted lo cubrió?
Notó cómo el hombre deslizaba sus manos sobre el volante, como aferrándose.
—Sí, era joven. Llovió la noche previa. Cuando el zumbido se llevó las vidas, muchas quedaron esparcidas en charcos.
—Fue difícil.
Silencio.
—No alcanza esa palabra a definir. No encontré ninguna todavía—susurró el jefe.
El auto estacionó a metros de la Puerta de la India. Los uniformes caquis rodeaban en círculo el acceso. Prisha se detuvo en algunos rostros curiosos de la multitud que esperaba.
A lo lejos le pareció ver a su padre. No, no es posible. Miró a su jefe:
—¿Por qué no se van?
El hombre levantó sus cejas, y le señaló el furgón negro con los materiales.
Al subir sintió frío. Una colega la ayudó con el auricular y el micrófono pegado en la mejilla derecha.
—¿Escucha bien?
—Sí. Pero el casco ya tiene.
—Mejor doble.
Otro oficial le acercó el traje. Retiró sus botas. Revisó que sus medias no estuvieran rotas. Era un miedo de chica. «Imagínese que se descompone en la calle y el médico ve que tiene un agujero en la media», le decía su madre mientras las cambiaba.
El traje era pesado. Desde las prácticas le llamó la atención que no cubría la espalda. Bajó despacio del furgón. Era tal el calor que su sudor empañaba el cristal del casco. El fresco le llegaba del área posterior. En su mente resonó el comentario de su instructor:
—Si estuviera cerrado por la espalda y te explota, sale expulsada usted como un proyectil.
Cuando lo uso, sonrío sin saber por qué.
Los policías le abrían paso por el cordón humano que rodeaba al artefacto. Sentía el movimiento del segundero de su reloj.
—Cambio Prisha, me recibe.
—Recibido, señor.
Atravesó la multitud y quedó sola frente al arco mayor.
El dedo pequeño de su pie izquierdo insinuó un calambre; la flexión en sentido contrario lo controló.
—Fíjese en el centro. Es un objeto gris.
Buscó el objeto en cada detalle del arco hasta encontrarlo.
Caminó tres pasos. Un silbido suave le llegó a sus oídos. Miró para ambos lados.
¿Y si el detonador estaba cerca?
Miró el objeto extrañada.
—¿Señor?
—Sí, oficial.
—Voy a acercarme. Describo a partir de ahora el proceso.
—Grabando.
Estaba a centímetros del artefacto. El silbido resonaba más fuerte.
—Es de color gris, señor. Tiene unas inscripciones. Caracteres rojos.
—¿Caracteres?
—Sí, son chinos, señor.
El ruido de las conversaciones y exclamaciones llegaba al reducido espacio del casco.
—Trate de desactivarlo, oficial.
—Señor, ¿está seguro de esto?
Un olor a caramelo de los vendedores ambulantes se coló en su casco.
Esas manzanas acarameladas que se acumulaban sobre la mesa. Una espada de juguete resplandecía sobre la silla.
—Las niñas ni juegan con eso —le dijo una tía en el cumpleaños de un primo.
Una tarde de esa semana, vio a su padre, horas en el taller. En el horario de la cena se acercó por su espalda y con un silbido la llamó.
Sobre el borde de la silla, una espada de madera brillaba con su nombre tallado.
—Oficial, oficial, ¿está usted bien?
—Sí, señor —dijo suspirando—. El objeto tiene ala y pico, señor.
—¿Cómo dice?
—Es una paloma, señor.
— Cof Cof…¿Tiene una cápsula?
—Sí, señor. En la pata derecha.
—Oficial, ¿la ve volar?
—No, señor. ¿Estará cansada?
—Es una espía, pues.
Nota de autor
Este cuento se montó alrededor de un instante: el momento en que un aparato de Estado decide qué cosa tiene delante. Bajo un arco vigilado aparece un objeto. Un protocolo se activa. Una oficial joven —Prisha, rodete tirante, uniforme ajustado, primera misión— es enviada a desactivar lo que el aparato ya supone una bomba.
Pero la oficial no decide nada. Decide la institución. El cuento intenta hacer visible esa diferencia: cómo una maquinaria entrenada en sospecha categoriza lo que encuentra antes de mirarlo, cómo la decisión existe antes que el hecho. La paloma del final no es un giro cómico; es lo que el dispositivo termina nombrando.
Quise que ese instante institucional se viera a través de un cuerpo. Por eso el relato trabaja sobre la sensación física: el plástico contra el cuero, el casco que se empaña, el olor a caramelo, el reloj enchapado del padre marcando un tiempo paralelo al del operativo. Prisha no es la protagonista del cuento sino el lugar donde el aparato se hace audible. Bajo el uniforme bien puesto, alguien sigue siendo hija.
Frente al jefe que cierra el caso con una afirmación, queda esa otra voz: «¿Estará cansada?». No detiene nada. Pero existe.

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