Engranaje de azúcar


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5–8 minutos

¿De que trata este relato breve?

Leer Engranaje de azúcar es entrar en una historia donde el cuerpo guarda memoria. Lo que parece un simple paseo junto al mar se transforma lentamente en algo más inquietante y humano. Entre tatuajes, silencios y una complicidad difícil de nombrar, el relato obliga al lector a mirar de nuevo aquello que creyó entender.


Vio el asiento de la moto, era ancho. El cuero crujió cuando él se sentó adelante. Era esas motos anchas de paseo, preparadas para los turistas, como ellos, que ya no podían caminar por calles de Salou.

Acomodó su ropa, aunque no encontró manera de ocultar sus senos enormes. No le importó antes, menos ahora. La franja roja sobre su piel saltaba con los primeros movimientos de la moto.

Se rio. Él devolvió con otra risa. Las piernas gordas del hombre sobresalían por los laterales de la moto. El tatuaje negro desgarraba la piel mostrando un engranaje. Las estrías separaban el pigmento donde las líneas curvas desaparecían dejando una cicatriz derretida.

Ella sostuvo su rótula con la mano en uno de los movimientos sobre la acera.

El sol refractaba en los cristales azulinos de los edificios que los rodeaban. Una gaviota los observó pasar desde una tarima. Una brisa trajo sal y movió los cabellos rosas de la mujer. En su mano un delfín celeste se movía desde el pulgar como una pinza atrapando el pelo. Quince años y él dieciocho, cuando en esa galería oscura, el primer dibujo se adueñó de la piel en un pacto de sangre. Uno fue por ellos, otro por una banda, otro por la simetría, otro para que no quedara de catálogo y varios por la unificación de Alemania. Cada uno fue saboreando la nueva piel de esos niños perdidos en la bruma de Berlín.

Cuando frenó la moto en la esquina, se sostuvo de la masa de grasa de su acompañante. Observó las gotas de sudor caer sobre los tribales de la espalda siguiendo una ruta que cambiaba con los movimientos. Él le señaló el mar a su derecha.

El agua azul se movía elegante llegando a la costa. La gaviota sobrevolaba al ras como tocando la espuma.

En ese momento los distinguió. Un muchacho en sus treinta y ella en sus veinte. Con un movimiento dulce, ella acariciaba sus bíceps mientras él miraba al frente, como si nada. Su mirada se detuvo en las pantorrillas: el mismo engranaje. Se apresuró a susurrarle a su compañero. «Es el tuyo». Él asintió.

En segundos la pareja de jóvenes continuó ágil su recorrido. Ella los siguió un buen rato hasta que la moto se detuvo unas cuadras adelante.

Los contenedores de basura sobre la acera dejaban un margen justo para el paso. Ambos juntaron sus piernas. Ella sintió el esfuerzo y el roce entre ellas. Cuando sortearon los obstáculos ella aplaudió como cuando eran niños.

El sonido de la música fue aumentando hasta que llegaron a un bar con DJ.

Ella le apretó el brazo para detenerse. La moto quedó al lado de la escalinata. Rápido los contó. Veinticinco escalones. Sobre el borde mirando al mar estaba la pareja de jóvenes elevando sus manos siguiendo el sonido rítmico.

El brazo de ella tembló señalando el mar.

—¿Vamos? —le dijo entusiasmada.

Sus ojos tenían la fuerza para atreverse. Le sostuvo la mano hasta el primer escalón. Los kilos sobre el tobillo se esparcieron entre los pliegues, la zapatilla le contenía los bordes de piel.

Escuchó un quejido grave, contenido como era él en cada paso.

Cada escalón un año.

En uno de ellos, supieron que no tendrían hijos. En otro, cada uno marchándose de un hogar, que ya estaba vacío. Un velorio sin flores a mitad de camino. En el que más crujió la articulación fue cuando se quedó él sin trabajo. En otro solo quedó ella y horas de espera en un pasillo helado por la cirugía del corazón de él.

En el último escalón el pinchazo del catéter de la bomba de insulina entre los pliegues amorfos de su abdomen. El dulce de cada momento de vida acumulado en su piel.

Lo vio esforzarse, para ayudarlo en el último peldaño, le tomó sus manos grandes. Arrugadas. Caminaron juntos hacia el bar como esa tarde, en ese bosque, cuando eran niños. Suspiró. Le costó entrar el aire, pero lo sintió un triunfo. Él se llevó su mano al pecho. Ella le tomó el pulso. No sabía bien por qué lo hacía, pero era como si lo curara con contar cada latido. Él la siguió en cada número.

—Estás bien —le aseguró ella.

Él asintió.

La mujer recordó cuando él la rescató de los golpes de ese falso amor, mientras caminaban juntos al borde de muralla.

El mar prestó atención.

Con unos tragos en la mano se acercaron de a poco a la pareja de jóvenes.

Ella esperó que cada rayo de sol se fundiera sobre las olas. La noche se apoderó de la arena. El ritmo del DJ marcaba el tiempo. Los tatuajes bailaron entre los pliegues.

Hansel y Gretel elevaron sus manos al ritmo de la música.

Seguían juntos.

Nota de autor

Engranaje de azúcar reinterpreta el universo simbólico del cuento de los hermanos Grimm desde una corporalidad contemporánea. Me interesaba imaginar qué ocurriría con Hansel y Gretel décadas después del bosque: no como figuras infantiles atrapadas frente a la casa de dulces, sino como adultos sobrevivientes de otra forma de consumo, donde el tiempo, el deseo y el cuerpo terminan devorándose mutuamente.

En el relato original, el azúcar representa seducción y peligro. La casa comestible promete refugio, pero es una trampa. En este cuento, esa lógica permanece, aunque desplazada hacia la piel. Los tatuajes funcionan como una nueva arquitectura de azúcar: marcas nacidas del deseo, de la juventud y de la necesidad de construir identidad sobre el cuerpo. Cada tatuaje fija una etapa vital, una ideología, una pérdida o una ilusión. Sin embargo, con el paso de los años, las estrías, el aumento de peso y la enfermedad deforman esas imágenes hasta convertirlas en restos de aquello que alguna vez intentaron representar.

El engranaje tatuado aparece como símbolo central de esa transformación. Representa el mecanismo inevitable del tiempo: un sistema que continúa avanzando aun cuando el cuerpo ya no puede seguirle el ritmo. El cuento contrapone dos versiones del mismo símbolo: el engranaje intacto en los jóvenes y el engranaje quebrado sobre la piel envejecida de Hansel y Gretel. Ambos pertenecen al mismo ciclo. La juventud no desaparece; queda atrapada debajo de la carne transformada.

La estructura narrativa trabaja deliberadamente sobre la percepción del lector. Durante gran parte del texto, Hansel y Gretel parecen una pareja. Solo al final se revela que son hermanos. Esa decisión busca cuestionar la mirada automática con la que interpretamos los cuerpos y los vínculos. El lector proyecta una historia antes de comprenderla realmente, del mismo modo que juzga esos cuerpos antes de conocer el peso simbólico que cargan.

El ascenso por las escaleras constituye el eje filosófico del relato. Cada peldaño concentra un episodio biográfico: enfermedad, infertilidad, desempleo, muerte, procedimientos médicos. El trayecto físico se convierte en una metáfora de la acumulación del tiempo sobre el cuerpo. Sin embargo, el cuento no pretende instalar una visión trágica de la vejez o de la obesidad. Por el contrario, busca explorar la persistencia del deseo y de la celebración aun dentro de cuerpos erosionados.

El mar y la música funcionan como contrapuntos frente al deterioro. Allí, Hansel y Gretel todavía bailan. Los tatuajes deformados continúan moviéndose entre los pliegues, como restos vivos de quienes fueron alguna vez. En ese sentido, el cuento propone una idea central: el tiempo puede alterar la materia del cuerpo, pero no necesariamente logra destruir la necesidad humana de belleza, afecto y movimiento.

Más que hablar sobre obesidad o enfermedad, Engranaje de azúcar intenta reflexionar sobre aquello que permanece después de que la juventud desaparece: las marcas, la memoria y los símbolos que continúan respirando sobre la piel.


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