El frío generaba cristales sobre la sotana. El hombre, cansado, alternaba sus manos entre el cabestro sosteniendo la mula y su bolsillo. Su aliento nublaba su vista en la ruta de Sevilla a Toledo. De lejos, vio las torres y el humo de las casas.
«He vuelto», pensó.
La mula trastabilló con una piedra, lo que le obligó a aferrarse. Al principio, contó los días desde el puerto del Callao en Lima. Cuando llegó a Sevilla, ya no sabía cuántos habían pasado. Los guardias de la corona del rey protegieron la carga en los caminos a Toledo. Unos días antes, en la travesía, se habían unido unos mercaderes con queso y carnes para el Monasterio de San Juan de los Reyes. Las recuas de arrieros aprovechan los soldados para viajar seguros. Uno de ellos le ofreció queso, mientras miraba sus baúles. Fray Bartolomé aceptó un poco de pan sin perder de vista sus posesiones. El arriero tenía una panza descomunal, que se movía sola, tras las ropas. Su caminar le recordó a un mono; sus muslos raspaban uno con otro y sus brazos separados se movían sincronizados.
En la carreta delantera viajaba su arcón de herramientas junto a baúles privados de la corona. Se preocupó por los crisoles de arcilla de grafito y sus cizallas de muelle. Las tijeras pesadas de hierro heredadas de niño. Con el movimiento de la carreta, al subir la ladera, el baúl golpeaba con los costados.
El resto de los baúles estaba protegido en el fondo de la carreta. Los soldados revisaban cada hora su interior.
El estruendo del agua sobre las rocas y las presas de los molinos del río Tajo lo sobresaltó. Se dio cuenta de que los extrañaba.
—Estamos llegando —murmuró.
Un soldado cabalgando a su lado asintió.
El puente de San Martín, con su pavimento de piedra, le pareció un embudo. Las carretas fueron pasando de a una. Él las siguió con su mula. Dos imponentes torres almenadas jugaban con las sombras del último rayo de sol.
La cuesta siguiente finalizó en el muro norte de la iglesia. Caminó entre los candiles de brea hasta la portería. Sintió sus pies hinchados, cuando un monje pequeño lo hizo pasar. Por el rabillo del ojo vio al mercader moviendo sus caderas, que se apresuró a ayudar con sus cofres.
—Quieto ahí, buen hombre —le sugirió Fray Bartolome. Su voz cansada era grave, profunda.
El monje se movió rápido a ayudar al recién llegado con los baúles.
Los soldados vigilaron cada momento, mientras los diez arcones del Perú se guardaban en el convento.
—Este es mío, son mis herramientas de orfebrería, van conmigo.
Bartolomé, observó al joven monje moverse servicial. Recorrieron pasillos en la penumbra. El sonido del agua seguía retumbando en los muros del convento.
—Este es su cuarto, mi Fray. El taller está en el sótano.
—Conozco.
La habitación era desolada. Un camastro con dos sillas. La ventana daba al patio trasero. El ruido de los burros le llamó la atención. La delgada cortina deja ver a los mercaderes bajando sus productos en la penumbra. La luna los mostraba como sombras que se alargaban por momentos.
Puso su cofre a los pies de la cama. Con una tela limpió al detalle la tapa. Cansado, se recostó en la litera. Era más de medianoche cuando los golpes en la puerta lo despertaron.
Abrió la puerta y el joven sacerdote estaba junto al prior. El candelabro iluminaba de abajo sus rostros.
—Fray Bartolomé, debe acompañarnos, por favor. Los soldados han encontrado muerto a uno de los mercaderes. Quieren saber si vino en viaje con usted.
Caminaron en silencio por los recovecos del monasterio. Una estatua de Cristo crucificado separaba el pasillo del patio. Una luz tenue de la luna marcaba el rostro en madera. Los sacerdotes se persignaron a unísono. El fraile deslizó sus manos sintiendo las columnas labradas.
En el centro del patio estaba el cuerpo. Los soldados lo rodeaban en silencio con una antorcha iluminada. Los colores anaranjados se movían por la brisa sobre el cuerpo.
El prior y el joven sacerdote bajaron sus rostros en una plegaria. Fray Bartolomé reconoció las nalgas y la panza del mercader. Recorrió su abdomen abierto. Los pellejos de piel colgando.
—Se han llevado la grasa —dijo el soldado iluminando el pellejo con la antorcha. Una gota de aceite cayó al piso de piedra.
—El mercader, venía con nosotros en la caravana desde Sevilla —aclaró el fraile, observando a uno de los soldados.
—¿Los cofres? —inquirió el Prior.
—En el sótano. Todavía no se abrieron —aclaró el asistente.
—¿Usted cree…?
Uno de los soldados observó un hilo de sangre hacia el edificio lateral del convento.
Los hombres cruzaron el patio apresurados. El sótano estaba protegido por más soldados.
—Nadie ha entrado, mi señor —dijo uno de ellos.
—Traiga el uno y el cinco —dijo el prior señalando.
—Sí, señor.
Entre varios, movilizaron los baúles. A fray Bartolomé le pareció que la luz de luna los seguía entre los arcos del patio.
—¿Los llevamos a la iglesia, señor?
Asintieron.
La iglesia en penumbras era una bóveda muda. Varios sacerdotes corrían encendiendo la brea de los candiles. Iluminaban las piedras blancas de los muros con destellos naranjas.
En las cercanías del altar, los soldados abrieron uno de los baúles. Al retirar la tapa, el brillo dorado de las planchas de oro repujado se reflejó en el rostro del fray.
«Únicas», pensó Bartolomé —que conocía las técnicas de fundición de los hornos andinos—. Los pequeños hornos cilíndricos de cerámica que, junto al viento de las alturas del Cusco, fundían las piedras para obtener el oro.
Observó al prior leer el pliego de papel de tinto sellado por el escribano de la Casa de Contratación en Sevilla con los pesos, onzas y ochavas de cada pieza.
—Está todo… La muerte es por otra causa —comentó el Prior—, mirando a los soldados.
Fray Bartolomé se distrajo con el cáliz de plata que estaba en el altar.
—Está opaco —expresó en voz alta.
El asistente, sorprendido, concordó con él.
—Mañana me lo baja al taller.
Al volver a sus aposentos, vio a los soldados retirar el cuerpo del patio. El cansancio era extremo. Sentía sus brazos adormecidos. Entre sueños recordaba a niños corriendo por las laderas verdes con sus llamas blancas. El aroma de los tamales.
El canto de un gallo minutos antes del amanecer. Había dormido unas horas. Caminó en los pasillos junto a otros sacerdotes. Las paredes grises. Lo ocurrido en la noche se susurraba entre voces. Sintió sus miradas en la espalda.
En el comedor había sopas de ajo y pan. Las puertas de la cocina dejaban salir el aroma de los calderos. Se ubicó en una de las esquinas. Solo. Desde el púlpito un lector de escrituras comenzó su prédica. Bartolomé la reconoció: Zacarías 5: «…todo aquel que hurta será destruido…»
El sabor del ajo le cayó mal al estómago. Al terminar, llevo sus trastes al lavabo; por suerte, llego primero. No quería entablar conversación. Rápido, huyo a los pasillos que conocía de memoria. ¿Cuántos años tenía cuando ingresó? ¿Doce?
Llegó al taller en el sótano; su baúl de las herramientas y los cálices opacos estaban allí. Sentado en una banqueta de madera estaba el asistente.
Retiró una caja de madera labrada. Una pieza única de oro. Una pequeña corona.
—¿Es para la virgen? —preguntó el joven desde la banqueta.
El fraile asintió. Envuelto en un paño de alpaca, una pieza de oro inca. Un vaso ceremonial con incrustaciones turquesas.
—¿Ves estas piedras? Son únicas. Una técnica perfecta.
Bartolomé utilizó con extremo cuidado sus herramientas para extraerlas. Fue colocando cada una en la tiara de la Virgen María.
La tarde los encontró encorvados en las piezas. A las preguntas de la noche anterior, solo silencio. Sobre un costado de la mesa, los cálices opacos eran testigos ocultos.
—Pásame uno de ellos.
Fray Bartolomé lo observó. Sabía lo que significaba esa falta de brillo. Tomó un aríbalo, la ánfora andina que lo acompañaba. El cuello largo y elegante con dos orejuelas a los costados. Un líquido cetrino salió pegajoso de ella. Deslizó el paño mojado en su jugo sobre en el metal gris. Frotó lento hasta que pudo ver sus ojos negros reflejados en la plata.
El aprendiz tomó el cáliz maravillado.
—Parece un espejo —comentó el joven—; vi uno en Venecia. Los hacen de cristal soplado con una amalgama de estaño.
Una tos los desconcertó. El prior estaba en la orfebrería.
—Me alegro de encontrarlos. Vengan conmigo y traigan la corona de la virgen. Ha venido la madre abadesa del convento de San Antonio.
Los soldados entraron por detrás del sacerdote con una caja de metal para la corona. La cruz tallada tenía un rubí.
Fray Bartolomé colocó la pieza recién terminada con esmero entre sedas blancas y borravino. Las turquesas de la corona relucían entre ellas.
Caminaron lento detrás de la caja. El fraile escuchaba el diálogo cómplice entre el asistente y el prior.
—La señora abadesa es de buena estirpe —preguntó el joven.
—Chaval, es de la familia de los Ayala… La dote que ha dado la familia para el ingreso como monja de coro no solo fue oro. ¡Propiedades!
Cuando llegaron a la sala capitular del monasterio, Bartolomé suspiró frente a los techos abovedados y los ricos artesonados de madera tallada. Los rayos del sol ingresaban por uno de los ventanales laterales. Varios braseros de bronce impregnaban el aire con aroma de madera y cenizas.
La abadesa estaba sentada a la mesa con sus cuatro acompañantes. En silencio. El prior abrió la caja y presentó la corona y al orfebre.
Las cinco saludaron con un gesto de cabeza. La silla de la madre superiora estaba tallada con el asiento de terciopelo carmesí con tachas doradas. La mujer tomó la corona en sus manos.
Fray Bartolomé prestó atención a cómo se movía la saliva en los bordes de la comisura de los labios de la monja. Como pequeñas burbujas en el seseo. Sus dedos gordos sobre las turquesas. El brillo del oro se apagaba con el manoseo.
—Excelente trabajo —confirmó la madre superiora—. ¿Cuántas piedras incrustadas?
—Veinte, mi señora abadesa.
—Alabado sea el Santísimo Sacramento y esas manos que Dios le ha dado.
Bartolomé las vio irse con sus túnicas grisáceas y sus mangas anchas. Los cordones con sus cuatro nudos se movían al compás de la caminata. Los soldados de escolta de su trabajo de meses. Escuchó el piar de los pájaros del atardecer. Se apoyó en los muros del patio con la mirada en la nada.
¿Y si me vuelvo?
El asistente lo llevó forzado a comer un poco de pan con queso de cena. El vino tenía un sabor dulce. Por unos minutos prestó atención a algunos diálogos. El mercader y su asesino. Cuando regresaban a sus aposentos, el asistente le tocó el brazo.
—¿Usted cree que haya sido el sacamantecas?
—Pistacos les dicen en Perú —comentó al pasar.
—¿Entonces sí?
—Habladurías, hijo, habladurías.
No consiguió conciliar el sueño. Su mente volvía a los dedos sobre la corona. La veía perder el brillo una y otra vez.
Se colocó la sotana. Cerca del patio, tomó un farol encendido. Sobre su hombro, colgando una forja con sus herramientas.
Descalzo, caminó entre las piedras. El camino al convento de la abadesa era corto. La luna iluminaba las casas palaciegas. Los arcos de entrada con las columnas talladas. Se detuvo para ver sus rastros. Sentía que lo seguían. Espero oculto tras una entrada, pero nada. Un gato blanco cruzó el camino sin detenerse.
Trepando el muro posterior del convento, logró entrar a una huerta. Sus pies se llenaron de un barro húmedo. El olor a pasto mojado en sus narinas.
«¿Estará en la iglesia mayor?», pensó.
Por la sacristía ingreso al presbiterio. En el retablo, la figura de Cristo en la cruz. Se persignó. La virgen de tamaño natural estaba en el costado derecho. Elevó su mirada desde los pies de la estatua. El rostro bello de María, sus ojos infinitos.
«No está la corona», pensó afligido.
—¿Donde?—murmuró
Su mente veloz pensó en las habitaciones. La saliva en la comisura. La corona de la Virgen.
Llegó al edificio dormitorio y buscó la celda abacial cerca del coro alto de la iglesia.
La habitación era simple, con una pequeña antesala donde un brasero estaba apagándose.
Bartolomé escuchó ruidos en el dormitorio. Sus pies se resbalan por el barro. Espió desde el dintel. La mujer sentada al borde de la cama observaba la corona bajo la sombra de un candil. Los reflejos del oro acentuaban las arrugas de su rostro. Sus manos toscas sobre la pieza.
La vio ponerse de pie y caminar con la corona puesta.
«No es para esto», pensó
La mujer se acomodó en el otro lado de la cama, dando la espalda al fraile.
Bartolomé sintió su respiración acelerada y el calor en su rostro. Despacio se acercó a la mujer. Tomó el cordel de su sotana y lo atravesó sobre el cuello de la abadesa. Espero el último aliento de la mujer para retirarle la corona.
Con suavidad la acostó en el piso.
De su bolsa extrajo sus herramientas. Coloco el ánfora de boca ancha en un costado. Abrió las telas del camisón turbado, evitó mirarla.
El abdomen globuloso se liberó entre las telas. Con un fino cuchillo hizo un corte transversal. La grasa amarilla brotó entre el hilo de sangre.
Un ruido los sacó de su embrujo. En la puerta de la sala estaba estupefacto el asistente.
—Pasa —le dijo—, guarda la grasa en esa ánfora.
Silencio.
—¿No te animas?
Silencio.
—Yo me encargo entonces. Tú ve y devuelve la corona a la Virgen.
El muchacho tomó la corona.
—Espera. Dámela.
Bartolomé tomó la pieza única y la untó en cebo.
—¡Ahora ve!.
Nota de autor:
1. La dimensión narrativa: El claroscuro y la focalización en lo Gótico.
Desde el punto de vista técnico, el cuento fue construido bajo una focalización interna fija en Fray Bartolomé. El narrador en tercera persona no es omnisciente en el sentido tradicional; no lo sabe todo, sino que se adhiere estrechamente a la mirada, los silencios y los sentidos del protagonista. Esto permite que el lector experimente el mismo extrañamiento que sufre el fraile al volver a Toledo: el ruido del río Tajo que lo sobresalta, el sabor hostil de la sopa de ajo o la repulsión casi física ante la falta de higiene de la abadesa.
Visualmente, la narrativa se apoya en la técnica pictórica del claroscuro barroco. Toda la historia se desenvuelve entre la penumbra, la luz de la luna filtrada por arcos y los destellos anaranjados de las antorchas y los candiles de brea. Este contraste de luces no es decorativo: sirve para reflejar la dualidad de Bartolomé. El lenguaje se ralentiza deliberadamente en las escenas de orfebrería y carnicería, equiparando el acto de extraer una turquesa inca con el acto de extraer el sebo del abdomen humano; ambos procesos se narran con la misma precisión quirúrgica, fría y pausada.
2. La dimensión filosófica: El arte, la profanación y el metamensaje
El núcleo filosófico del relato explora la paradoja de la belleza y la obsesión idolátrica. Bartolomé no mata por codicia material, sino por una devoción estética que ha cruzado la frontera de la locura. Para él, el oro y la plata no representan riqueza monetaria, sino una manifestación divina de la pureza que el «manoseo» del mundo terrenal (encarnado en la codicia de la Corona, la glotonería del mercader y la hipocresía de la abadesa) corrompe constantemente.
Aquí opera un metamensaje sobre la apropiación y la transmutación. Bartolomé destruye un objeto sagrado andino (el vaso ceremonial) para construir uno católico (la corona de la Virgen), pero al mismo tiempo introduce un elemento pagano y macabro (el sacrificio humano del pistaco) para purificar el arte religioso europeo. Hay una ironía trágica en el uso de la cita bíblica de Zacarías («…todo aquel que hurta será destruido…»): el fraile se sabe condenado por las leyes de los hombres y de la Iglesia, pero opera bajo una moral superior y estética donde el fin (devolverle el brillo a lo sagrado) justifica la profanación del cuerpo. La obra de arte sobrevive a expensas de la vida humana.
3. La dimensión histórica: El puente colonial y el mito del Pistaco
El trasfondo histórico del cuento se asienta en la España del Siglo de Oro y el flujo de riquezas provenientes del Virreinato del Perú a través de la Casa de Contratación de Sevilla. El Monasterio de San Juan de los Reyes y el Puente de San Martín en Toledo sirven como un escenario real que encapsula el poder eclesiástico y la rigidez de la época.
El punto de inflexión histórico-antropológico es la hibridación del mito. En España, el imaginario popular temía al Sacamantecas, un criminal real o imaginario que asesinaba para extraer la grasa. Sin embargo, al cruzar el Atlántico, Bartolomé adopta la cosmovisión andina del Pistaco (o Naqak): una figura terrorífica (muchas veces identificada por los indígenas como un fraile o un blanco) que degollaba a las personas para extraerles la grasa y usarla en la fundición de metales campanas, o para dar un brillo sobrenatural a los santos. Al regresar a Toledo, Bartolomé no solo trae oro repujado y técnicas de fundición de los hornos de cerámica cusqueños (huayras); trae consigo el monstruo.
Se convierte él mismo en la encarnación del pistaco colonial, ejecutando en suelo español el mito que nació del trauma de la conquista en suelo americano.
La literatura permite revertir el terror.
Cuando Fray Bartolomé toma el cordel de su sotana en la penumbra de la celda abacial, el cuento deja de ser una intriga histórica para convertirse en un estudio sobre la inevitabilidad. El ser humano suele coquetear con sus obsesiones en el pensamiento, pero hay un segundo preciso —un quiebre silencioso— donde la voluntad se impone y se ejecuta el acto.
Al apretar ese cordón y, posteriormente, hundir el cuchillo en el abdomen de la abadesa, Bartolomé no solo profana un cuerpo; clausura su propio pasado y destruye cualquier posibilidad de redención bajo el techo del monasterio. Ese barro húmedo que arrastra en los pies desde la huerta es el símbolo físico de su descenso: ya está manchado, ya no pertenece al mundo limpio de los vivos ni al orden de la Iglesia. Lo maravilloso y terrible de ese momento de no retorno es que el personaje lo acepta con una calma sobrecogedora. No hay arrepentimiento, solo la certeza de que su destino ha quedado sellado.

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